La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) JUNTOS DE NUEVO
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JUNTOS DE NUEVO

La espera para Sergio fue eterna, la palabra terrible se quedaba corta.

Cada día, pensó en su tía, desde el lunes hasta el propio viernes solo había una mujer en su vida.

Trataba de no salir de la habitación, pero con solo ver películas no se le calmaba el apetito voraz que había cultivado.

Toda esa semana sin sacar sus fluidos genitales estaban pesando, literalmente.

Solo había una cosa que ocupaba cada segundo en sus pensamientos, el sexo.

Para Carmen en cambio todo fue muy rápido, se preparó para el gran día con un mar de excusas para que Pedro no sospechase que su sobrino estaba por el pueblo. Incluso fue dos días antes a adecentar la casa de sus padres y así tenerla algo más presentable cuando Sergio llegase.

El día por fin llegó, Sergio se levantó de su cama de un salto con un pene tan erecto que su glande asomaba por encima del capullo. Jamás había estado tanto tiempo sin masturbarse, era un nuevo récord para él, sobre todo si añadimos que el coito estaba más que asegurado.

—No has madrugado tanto ni para estudiar. —le sonreía Mari mientras terminaba de prepararle un bocadillo— Toma, para el viaje. Aunque no es muy lejos, ¿no?

—Que va, la casa de Pablo está a una hora y poco de viaje, en nada estaremos allí.

Durante aquellos días, había construido la sólida excusa de que unos amigos iban a pasar la noche en casa de Pablo.

No había forma de comprobar que esa información fuera falsa y tampoco su madre se iba a poner a indagar.

Total era una noche, no había problema, solo le causaba algún que otro nervio pensar que el coche le dejase tirado en medio de la carretera y que su viaje saliera a la luz.

—Llámame cuando llegues.

—Te llamo mejor a la hora de comer, que entre que bajamos todo y lo preparamos se me va a pasar.

Mari frunció el ceño, pero al final aceptó. No le gustaba cuando su hijo cogía aquel pequeño coche para hacer un trayecto largo, siempre tenía malos presentimientos, aunque estos nunca se cumplían.

—Bueno, pero ni un minuto más tarde…

—Sí, tranquila. —rodeó con los brazos a su madre, apretando fuerte los cuerpos y sintiendo los pechos de esta. Su pene saltó de alegría, cualquier cosa le alteraba y más aquellas mamas tan perfectas.

—¿Te despediste de tu padre? —Sergio asintió— ¿De tu hermana?

—Sí. Aunque se hizo un poco de rogar, me dijo que ni que me fuera a ir a la luna. Cosas de Laura.

Ambos rieron y Sergio aprovechó el grato momento para dar un beso de varios segundos de duración en la mejilla de la mujer. Mari lo agradeció hasta tal punto que el frío de la mañana se disipó a su alrededor.

—Marcha anda… que se te hará tarde —le dijo por no seguir notando a su hijo tan cerca.

Aquella semana había estado realmente amoroso y eso la encantaba. Incluso tenía un aroma especial, algo que no reconocía. Sabía que no era la colonia, Sergio no solía usarla con asiduidad, era otra cosa… aunque no lograba descifrar el que.

Era muy simple y no tenía mayor misterio, el olor que a Mari le resultaba curioso, no era otra cosa que el exceso de semen que se depositaba en los calzoncillos de su hijo. De haberlo sabido se hubiera sonrojado al momento.

—Te quiero, mamá. Mañana te veo.

—Adiós… —la puerta de la calle se cerró con rapidez dejándola con la palabra en la boca— Te quiero.

El coche arrancó, haciendo que Sergio sonriera de felicidad y… placer. El coito se acercaba, estaba ya a unas horas de estar con Carmen, su tía favorita y la mujer más perfecta que conocía.

El abrazo a Mari y notar sus grandes bultos le había activado, pero estando solo en el coche y pensar en lo que le esperaba en el pueblo, aquello se levantó con ganas.

La erección era plena, apenas en unos segundos su miembro estaba listo para la batalla.

Se lo miró curioso y lo sacó de su “envoltorio”, para hacer lo mismo con el móvil y sacarse una foto.

—Salgo —añadió en un mensaje a su tía, que justo se conectaba y veía la foto.

—¡Jesús, bendito…! No corras en la carretera…, pero no tardes. ¿Están muy hinchados tus huevos?

—Un montón, no te lo puedes ni imaginar.

—Creo que me he pasado. —el sexo de Carmen que había estado toda la noche caliente, comenzaba a humedecerse.

—Cuando llegue me lo arreglas.

—No te quepa duda. Ahora deja el móvil y ven, lo tengo todo listo.

Dicho y hecho. Sergio aceleró el coche y durante cinco horas no paró de conducir. Su amado vehículo le respondió de maravilla y su miedo a que le dejase tirado nunca se cumplió.

Fue a la vez un viaje largo y corto, toda el ansia por ver a su querida tía le superaba y hacía que el reloj pareciera que no avanzase.

Pero por el lado bueno, estar pensando todo el rato en Carmen hizo que su mente se detuviera poco en la carretera y aquello hacía que ciertos tramos, ni se diera cuenta de haberlos pasado.

Cerca del mediodía paró en una gasolinera a repostar, comprar una lata de red bull para seguir bien activo y arrancar de nuevo. Ni siquiera se detuvo a comer el bocata que su madre con tanto amor le había preparado, lo devoró mientras no paraba de pisar el acelerador.

Por fin entraba en la provincia de su pueblo y como bienvenida unas nubes negras con mala pinta lo recibían.

Las primeras gotas comenzaron a caer y de seguido un aguacero le rodeó por completo.

“El mismo buen tiempo de siempre” pensó sin que aquel día helador y lluvioso le quitara el ánimo y tampoco… el calentón.

Aminorando la marcha mandó un mensaje a su tía, “ya llego, en cinco minutos”. Por una vez no se había perdido, aquello era un milagro y más con el día tan malo que hacía, la visibilidad era nula.

Aunque de cierta forma, vio la luz al final de una gran recta. Había llegado a las afueras del pueblo y al fondo, tras un aguacero, bajo un paraguas de color amarillo, una mujer esperaba paciente en una pequeña tejavana a la salida de su casa.

El corazón le saltó del pecho y un nerviosismo se adentró en su cuerpo, como si le diera pudor ver a su tía después de tanto tiempo. Las manos le comenzaron a sudar y una sonrisa más bien tonta se apoderó de su rostro, ya estaba allí, junto a su amada Carmen.

Se detuvo a su lado y la mujer se acercó con prisas, abrió la puerta, sacudió el paraguas y se sentó mojando levemente el asiento del copiloto.

Ambos se miraron en silencio, con una sonrisa más tierna que otra cosa y de improviso, se lanzaron a la vez a los brazos del otro.

Los dos se rodearon con fuerza apretándose como si nunca quisieran volver a separarse, era una pena que vivieran tan lejos, porque ya fuera de una manera u otra, se amaban.

—Qué ganas tenía de que llegaras —dijo Carmen separándose del muchacho y colocándose correctamente las gafas.

—Y yo de llegar… se me ha hecho largo el camino, no he parado de pensar en ti. —una parte de su cuerpo era fiel testigo de ello.

—Pues arranca, cariño, vamos a casa de la abuela. —el coche aceleró y se incorporó a la carretera— Te hubiera invitado a entrar, Pedro está trabajando, pero no sé realmente a qué hora vuelve.

—¿Qué tal todo? —ambos sabían a qué se refería con esa pregunta.

—Sinceramente creo que bien, me tomo de otra forma nuestra relación y no sé… ahora estoy mejor. —el gorro de lana se le había movido con el abrazo y mirándose en el espejo del copiloto se lo colocó correctamente— Aunque dejemos ese tema por esta vez.

Carmen sonrió de forma dulce a su sobrino para después hacerlo de una manera más maliciosa. Los dos sabían muy bien por qué el muchacho había recorrido tantos kilómetros y no le quería hacer perder el tiempo con sus dramas, esta vez no.

—Dime —Sergio no puso sus ojos en su tía, solo los oídos— ¿Cuánto me has echado de menos?

—Cada día me acuerdo de ti, lo juro. —no mentía.

—Otra cosa… ¿Hiciste lo que te pedí? —el muchacho solamente asintió, como si el mero hecho de hablar de ello le fuera hacer eyacular.

—Ha sido duro… incluso me duele un poco.

—Bueno… —pasando una mano por la pierna de su sobrino y mirando tras sus gafas le añadió— pronto lo voy a arreglar.

El erotismo de su tía le impactaba, el recuerdo del mes de agosto ya se había difuminado y ahora con ella delante, volvía a ponerse como la primera vez. El cuerpo de Sergio era un motor encendido comenzando a funcionar a miles de revoluciones, la mujer que tenía al lado era su perdición.

—¿Te gusta mi modelito?

Sergio quitó por un momento la vista de la mojada carretera para mirar a Carmen.

Llevaba un abrigo de pelo, unos vaqueros con botas y en la cabeza un gorro de lana a juego con el color de sus gafas de pasta ancha.

Se dijo por dentro que daba igual lo que llevara, como si fuera desnuda o envuelta en un saco de patatas, para él, era una belleza.

—Eres preciosa, me da igual lo que lleves, tía. Pero sí, te queda bien, como todo…

—Mi vida… —resopló recostándose en el asiento— como echaba de menos esos halagos tuyos. —miró de arriba abajo a su sobrino notando el incipiente bulto en el pantalón de chándal— ¿Has venido así todo el camino?

El joven observó la dirección del dedo de su tía, llegando hasta su entrepierna donde su pene, de poder hablar hubiera gritado de todo para poder introducirse en algún lado. La primera gota de sudor le cayó en ese instante, el frío de fuera era ya una mera anécdota, él estaba ardiendo.

—Todo… Entero…

Los cristales se habían comenzado a empañar y Carmen al escuchar como su sobrino había estado alrededor de cinco horas con aquel tremendo mástil duro como una piedra, no pudo más que morderse el labio.

El placer la invadió súbitamente, tenía un plan para aquel día, un plan que comenzaba a desmoronarse desde el primer minuto.

Pensaba en llegar a la casa, jugar un poco y después, un coito. Pero no podía dejar a su sobrino así, su cara hablaba por si sola… aunque no era la única. Carmen volvía a estar tan caliente como en aquellos días de verano.