La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) GRAN IDEA #2
60%

GRAN IDEA #2

El joven masticaba con ansia, tenía bastante hambre, pero los oídos estaban puestos en su madre, aquella información le había causado cierta intriga.

—¿Sabes quién es Mariví? Creo que tiene un hijo de tu edad, más o menos, se llama… ¿David puede ser?

—Sí —dijo después de tragar un gran trozo—. Sé quién es, pero no le conozco, tiene par de años más que yo, o quizá alguno más.

—Pues hablé con ella del tema, sin más, salió la conversación.

Me comentó que su madre hacía un mes que había fallecido y que ahora estaba sola en la tienda de ropa.

Me dejó caer que si quería podía empezar con ella, un sueldo bajo y pocas horas, para ir aprendiendo.

Luego ya iría a más. No sé, me da algo de miedo, más que nada por hacer algo nuevo, pero creo que vendría bien para la casa y para mí.

—Por mí, adelante. —Mari no se esperaba ninguna otra respuesta de su hijo— Aunque sabes que si hace falta vuelvo al cine, no tendría problema.

—No, hijo. Si vuelves a trabajar que sea para tener dinero para tus gastos, ya te lo dije.

Mari alargó la mano y cogió la de su hijo mientras tragaba la bola que se le había hecho en la boca.

—Sabía que me apoyarías, gracias.

La mano de la mujer apretó con fuerza a su hijo como queriendo llegar a más, a decir alguna cosa más o a querer pasar un límite. Sin embargo, dejó de apretar y fue a retirarla cuando de pronto, Sergio se la agarró entrelazando los dedos.

—A mí todo lo que hagas, si es bien para bien, me parece correcto, mamá. —sus miradas se cruzaron con fuerza y ambos quedaron con los ojos fijos en el otro— Si quieres trabajar, trabaja. Incluso si es lejos y hace falta que te vaya a buscar iré, o coge mi coche, no me importa.

—Eres un cielo… Te quiero.

Sergio sonrió de felicidad al escuchar que cada vez su madre soltaba más frases cariñosas, aquello le hacía sentirse de maravilla, el día no podía mejorar.

—Por cierto, tenemos que repetir lo de ir al cine, ¿no te parece?

—¡Por supuesto! —al pensar en esa opción a Mari le brillaron los ojos.

Con el sándwich terminado, Sergio se levantó de la mesa dejando a su madre sentada en la silla de al lado.

Esta se colocó correctamente el cabello detrás de la oreja y se entristeció un poco, quería decirle que se quedara un rato a su lado, pero debido a sus pensamientos reales, no lo veía decoroso.

—Voy a mi habitación. —Sergio colocó ambas manos en los hombros de su madre y con un lento movimiento, besó la mejilla caliente de Mari— Yo también te quiero.

Aquello último lo había dicho en su oído y la piel se le erizó por todo el cuerpo. Notar el aire caliente que desprendía por sus labios era demasiado y mientras su hijo marchaba, ella suspiraba con ganas.

En la habitación el joven no perdió ni un segundo.

Se le había ocurrido algo mientras hablaba con su madre, algo de lo que tenía muchísimas ganas.

Encendió la pantalla del móvil y marcó un número que se comenzaba a saber de memoria.

No le hacía falta ni mirar la agenda, aunque allí lo tenía guardado como Tía Carmen.

—¿Cariño? —respondió la mujer al otro lado del teléfono.

—¿Qué tal esta mi tía favorita?

—Pues sorprendida de que me llames a estas horas y además así de pronto, ¿no habrá pasado algo? —siempre que le iba a llamar su sobrino, Carmen solía tener al menos un mensaje avisándola.

—No, tranquila, todo está bien. Solo te llamaba para contarte algo.

—Pues dispara, pequeño, justo iba a ponerme a cenar.

—Acabo de terminar los exámenes, además creo que voy a aprobar todas.

—¡Qué bien! —la voz de Carmen se notaba realmente feliz— Como me alegro, es que eres muy listo. ¿Ahora puedes descansar un poco o vuelves a tener clase?

—Pues tengo un par de semanas de vacaciones y por eso te llamaba. —Sergio calló para notar la reacción de su tía.

—No entiendo. ¿Qué quieres, cariño?

—He pensado y todo esto si te parece bien… me gustaría ir a visitarte —la última palabra sonó como debía sonar… escondiendo lo que en verdad tramaba.

Por un momento el móvil se quedó en silencio, ni de un lado, ni del otro sonaba ni siquiera una respiración. Carmen se había quedado helada, completamente paralizada, no porque le viniera mal, si no por las ganas que nacían dentro de ella porque eso sucediera.

—¿Tía? —comentó Sergio al no escuchar nada.

—Estoy aquí…

—¿Te parece mal?

—Si un día esa proposición me parece mal, te doy permiso para que me mates.

—Pues te diré que me he asustado un poco, pensaba que igual estaba el tío por ahí o algo.

—No, tranquilo, cariño. Pero vaya que me has pillado así de pronto y una no es de piedra.

—Mi idea es ir un día, bueno, dormir donde la abuela y eso…

—¿Te parece buena idea venir el viernes? Así pasamos juntos el viernes y el sábado si quieres puedes marchar, lo único no sé si podré dormir contigo.

—Por mi perfecto, no tengo ningún otro plan. —rio maliciosamente al otro lado del teléfono.

—Menuda alegría me acabas de dar… no lo sabes bien. Me acuerdo mucho de ti, bueno, de algunos momentos más que otros y de unas partes más que otras.

El tono de voz de la mujer había mutado, ya no estaba tan alegre, sino que Sergio recordó que ese sonido lo usaba para ciertas ocasiones en la que ambos estaban unidos, muy unidos.

—Yo cada día lo recuerdo… y el otro día pensé en algo. Una pena haber desaprovechado el hotel donde paramos a dormir.

—Ya te digo… —Carmen recordando lo bien que lo pasaba con su sobrino. Empezó a calentarse— aquella ducha, era bien grande. ¿Te hubiera gustado ponerme contra aquel mármol?

—Mucho… aunque lo hice luego en tu casa. —la mano libre de Sergio comenzaba a apretar su miembro mientras Carmen a kilómetros de allí pasaba una mano por su entrepierna.

—Tengo que bajar, que me espera Pedro para cenar.

—Bueno, pues ya concretaremos entonces…

—No, no. ¿Quién te ha dicho que cuelgues? —escuchando aquello, Sergio pudo imaginarse la sonrisa pícara en el rostro de su tía. Como le gustaba— Vete hablándome que voy bajando… ¿Quieres algo especial?

—¿Cómo?

—¿Alguna ropa, alguna cosa…? No sé —escuchó unos pasos y una voz de fondo—. Es Isabel que acaba de llamar… la mujer del panadero, ¿sabes?

—Pues algo que realce tu fantástico cuerpo, que ya sabes cómo me encanta. Lo demás lo dejo en tu mano, porque vas a estar igual de preciosa con cualquier cosa.

—Vale, eso sin problema —decía Carmen ya al lado de su marido—. Por cierto, ¿este año tienes calabacín o pepino?

—Lo tengo ahora mismo en mi mano, está enorme, tiene unas ganas de saludarte.

—¡Qué bien! —sonando con total normalidad mientras su cuerpo ardía— Y ¿te han traído huevos de corral?

—Vaya si tengo… —Sergio estaba de lo más caliente, sacó su miembro del pantalón del pijama con una erección y vio sus genitales bien llenos— si los vieras ahora, están repletos.

—¿Ah, sí? Pues mira, hazme el favor y guárdalos para mí, ¿bien?

—¿Hasta el viernes? Imposible, tía… es mucho tiempo, me van a doler.

—¡Que sí anda! Mira que a Pedro le encantan, guárdalo y te lo pago el mismo viernes, venga, Isabel.

—Mierda. Vale… como me pones. Te amo, tía…, pero lo de no tocarme lo voy a incumplir, solo una vez. Ahora mismo.

Carmen sintió un latigazo de placer en su entrepierna al escuchar que su sobrino se iba a masturbar con ella al teléfono. Miró con el rabillo del ojo a su marido que degustaba la tortilla que ella misma había preparado ajeno a lo que sucedía al otro lado del móvil.

—¿Qué ha pasado con el Manolo entonces? —fue lo único que se le ocurrió preguntar, para no estar pegada al móvil en silencio y sin excusas.

—Le ha pasado que la tiene muy dura —contestaba su sobrino con la respiración agitada—. Que se la está moviendo arriba y abajo pensando en su tía favorita, en su cuerpo, en su cara… Dios, no puede ser.

—¿O sea que ya llegó?

Pedro la echó una mirada para saber que le había pasado al hombre. Le alzó la palma en el aire para que esperase y escuchar lo que su sobrino le tenía que decir.

—Me corro, joder. ¡Qué rápido…! Va, va, va… Tíaaaaaa —estiró la “a” hasta el límite de su voz quedando después en un jadeo contante.

Carmen esperaba al otro lado con impaciencia y un rostro enrojecido hasta el extremo que gracias a que solo tenían una luz encendida, su marido no podía vislumbrar.

—Tendrías que ver la de leche que tengo.

—Bueno pues ya me contaras más no te preocupes. Si te parece bien, te dejo que voy a cenar. ¿Vale, Isabel?

—Vale… —decía al otro lado del teléfono un Sergio atorado y con la mano llena de sus propios líquidos— Voy… voy a limpiarme, piensa en mí esta noche y las que viene.

—Lo haré, seguro —dijo con una falsa sonrisa que ocultaba su erotismo.

—Tengo muchas ganas de follarte… —acabó por decirle su sobrino.

—Y yo, y yo. Bueno —con un tono cordial que apenas podía mantener— saludos y ya nos veremos, que tengo muchas ganas.

Colgó sin esperar más respuesta mientras a kilómetros de distancia su sobrino se limpiaba y se metía en la cama de la misma, agotado por tal placer y con un hormigueo constante en sus genitales.

Carmen dejaba el móvil en la mesa de la sala ausente por completo. Miraba la televisión al lado de su marido, notando a la vez como en su entrepierna algo caliente salía de su interior.

—¿Qué quería? —le dijo su marido con la boca llena.

—Nada, tonterías, nada importante la verdad. Quizá quedemos el viernes para pasar la tarde, ya veré.

—Bueno, vete sin problemas, yo me parece que estaré trabajando hasta tarde.

Ella asintió con una sonrisa mientras por dentro pensaba “y tanto que voy a ir… no sabes lo bien que me van a follar”.