La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) GRAN IDEA
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GRAN IDEA

Salió más relajado de la ducha y con una sonrisa de oreja a oreja. Con el pijama puesto se acercó a la sala donde se encontraban sus padres. Divisó un rato una serie de la cual ni siquiera tenía conocimiento, pero que sus padres veían con atención y esperó a que el capítulo terminase.

—Mamá, ¿me podrías ayudar a hacer algo de cena? —le comentó el joven queriendo hablar con ella sobre la novedad de Marta.

Quería tener la confianza que poseía con su tía, una confianza más similar a amigos que a familiares, este sería un buen momento para comenzar a labrarla.

—¿Quieres que te ayude o que te la haga? —respondió Mari con una sonrisa irónica levantándose de al lado de su marido.

—Yo ayudo, ya verás.

No colaboró en nada. Apenas llegaron a la cocina, la mujer se puso a preparar unos sándwiches mientras el joven se sentaba en la mesa a esperar. Eso sí, mientras esta cogía los ingredientes, Sergio aprovechó el momento para empezar con lo que de verdad le interesaba.

—Tengo que contarte algo —no esperó a que su madre le preguntase. Lo soltó de una vez— Marta y yo, ya no estamos juntos.

—Vaya… ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —Mari se había girado al momento asomando en el rostro unas gotas de preocupación.

—Sí, sí, esta vez ha sido diferente. Creo que no somos del todo compatibles y lo hemos dejado como amigos… aunque bueno, ya sabes eso de amigos, quizá no volvamos a hablar en la vida. Pero puedo decir que esta vez, todo quedó bien.

—Pues si estás bien, me alegro, cariño. —la mujer siguió preparando la cena y desde su posición comentó— Sinceramente, creo que las segundas partes no son buenas. Cuando una pareja rompe es por algo y ese algo… es difícil que después cambie, incluso suele quedar resquemor.

—Me parece que es justamente lo que nos pasa.

—¿A ti te sigue gustando?

—Claro, y la sigo queriendo. Pero ha sido la mejor decisión que podíamos tomar. Lo hemos hablado en la universidad, se lo he comentado e incluso nos hemos despedido con un abrazo. Hemos vivido mucho juntos y eso siempre quedará para nosotros.

Mari que preparaba la cena de su hijo dándole la espalda, no pudo guardarse una sonrisa que le surgía desde su interior.

No le gustaba aquella chica para su hijo, porque en verdad se había dado cuenta hacía poco, que ninguna le gustaba para él.

¿Entonces quién podría ser la indicada? Esperaba que en algún momento se casara y tuviera hijos, pero de momento, le gustaría que estuviera solo.

Por mucho que se quisiera engañar, sabía muy bien por qué prefería que su pequeño no tuviera pareja.

Trataba de pensar que aquello era una idea disparatada fruto de una mente que cada día estaba más alocada, pero no lo era.

“Ahora Sergio tendrá más tiempo… podríamos hacer más cosas juntos” pensó mientras ponía la lechuga sobre el pan de molde.

La idea de tener planes con Sergio le hacía estar más feliz que… ¿Junto a su marido? Tristemente, era así. El día del cine había sido tan perfecto que esperaba otra invitación por su parte, sabía que en época de exámenes no sucedería, pero ya habían terminado, “ojalá tenga un plan para los dos”.

Sergio seguía hablando de la relación rota con Marta, sin embargo su madre surcaba pensamientos del todo inapropiados sin escucharle.

Últimamente se cuidaba más, vestía algo mejor, sin ropas rotas o camisetas usadas de sus hijos.

Todo aquello era por quererse más o ¿por alguien más…

? La segunda opción era la más acertada y en el fondo lo sabía.

Durante este último mes había estado pensando más en sexo, algo que tiempo atrás apenas le hacía perder uno o dos minutos al día.

Desde la visita a su hermana un pequeño picor interno había regresado a su cuerpo y sobre todo desde las fiestas navideñas se acrecentó.

Logró con éxito par de orgasmos en unas relaciones algo…

pobres… con su marido durante todo enero.

Misionero y ella arriba, no pasaron de ahí.

Pero al menos, y casi con la primera introducción, consiguió un clímax muy satisfactorio, quizá por la poca falta de coitos o quizá porque llevaba una temporada más… caliente de lo normal.

Mientras ponía unas lonchas de jamón cocido, recordó la última relación sexual con Dani.

Había sido un día en el que su hija no estaba y por la tarde Sergio había ido a un examen.

Ella le había puesto bastante pasión, sin embargo su marido apenas aportó…

estaba cansado. Era normal que estuviera así, tenía mucho trabajo y se deslomaba, pero siempre era lo mismo.

Lo más difícil de asimilar para ella había sido el precoito. Todo aquel día se había levantado con un pensamiento en la cabeza. Quizá lo habría soñado o simplemente su mente le había traído una conversación con su hermana donde hablaban de un miembro sexual… el de Sergio.

Las imágenes vividas aquel día hace tanto tiempo en el que le vio masturbarse la habían machacado toda la mañana.

Veía a la perfección los dedos aferrar la carne mientras venas repletas de sangre bordeaban el tremendo tronco.

Era una imagen que nunca le había agradado, salvo ese día, en el que pensarlo le llevaba por un camino de… placer.

Siguió recordando aquella situación mientras colocaba el queso y su hijo parloteaba a la par que ella contestaba con síes sin tener en cuenta lo que dijera.

El miembro gordo y grande de su pequeño la había perseguido incluso a la tarde y no pudo reprimirse las ganas de convencer a su marido para hacer algo.

Por supuesto lo hicieron, y aunque ambos llegaron al orgasmo, Mari se sentía vacía, como si todavía necesitase más.

Aquella noche mientras su marido dormía, la inquietud le había asaltado.

No podía dormir, el picor en su entrepierna era desmedido y un pensamiento bloqueado, tiraba abajo toda restricción impuesta.

Miró si su marido dormía profundamente, por supuesto que lo hacía, los ronquidos eran demasiado sonoros como para estar despierto.

Una mano traviesa pasó la goma de su pijama nuevo y llegó a una zona la cual últimamente se cuidaba mucho más, incluso ese día la había depilado casi al ras. No se reconocía, era otra Mari, una… más joven.

La noche cuando salieron del cine, era cierto que acabó por masturbarse, pero aunque Sergio tuvo mucho que ver, logró aislarlo de su mente.

Sin embargo ese día le era imposible, todo el tiempo aquella imagen de su hijo con un pene de lo más erecto masturbándose la había avasallado.

Incluso le volvió a la mente como en casa de su tía estando los tres en el jacuzzi, salió con una erección más propia de un caballo.

No se reprimió, por primera vez en su vida dio rienda suelta a la lujuria que la aprisionaba, “total, es mi cabeza” se convencía mientras los dedos se movían en torno a su clítoris.

Se imaginó que entraba en la habitación, que apagaba el ordenador a su hijo y se sentaba ella en sus piernas terminándole el trabajo.

Sus dedos veloces lo hacían tan bien que al de un minuto no tuvo que pensar más… todo fluyó entre sus piernas. Sus pulmones explotaban mientras reprimía un grito contra el cojín y trataba de respirar lo más lentamente posible para no despertar a su marido.

¡Qué bien se lo había pasado! Y cogiendo el bote de mayonesa escuchó que Sergio seguía hablándola, aunque sin saber por dónde iba, perdió el hilo…

como para no. Aunque lo que no perdió fue el recuerdo de tal precioso orgasmo y de cómo, después de completarlo, se imaginó diferentes situaciones con Sergio.

Posturas que hacía mucho que no probaba. Posturas que quedaron años atrás olvidadas, incluso… sexo oral… ¿Hacía cuánto que no practicaba el sexo oral? No lo sabía. Le encanta, le gustaba mucho hacérselo a su marido y cuando ella lo recibía… ¡Qué placer!

El bote de mayonesa seguía en sus manos, apuntando a ambos trozos de pan del sándwich, al tiempo que pensaba en el sexo oral que tanto añoraba. Solo se imaginaba una cosa mientras sus manos rodeaban el cilindro que había entre sus dedos.

Dirigiendo el chorro que se avecinaba y queriendo apretar con ganas para que aquel fluido blanco saliera le dio palabras a sus pensamientos “el pene de Sergio”.

“¿Por qué esta locura?” meditó mientras trataba de que aquel bote se convirtiera en un miembro de piel suave, músculos duros y con una magnitud considerable.

—¿Mamá?

La voz de Sergio la llegó a asustar. El volumen de su voz se elevó demasiado sorprendiéndola y haciéndola temblar por un momento mientras sus manos apretaban aquella mayonesa sin control.

—¿Me estás escuchando?

—Sí, cariño… Bueno es que me acaba de venir algo a la mente… lo siento.

Mari miró a su hijo con una sonrisa nerviosa pensando que sus ideas descabelladas podían ser leídas por su primogénito. Pero para nada iba a ser así, Sergio sabía lo ocupada que estaba siempre su madre, era lógico que algunas veces no escuchase.

La mujer volvió la vista al sándwich, el chorro había sido potente…

abundante… fijando sus ojos azules en el pan, solo le venía una cosa a la cabeza “Sergio…”.

“Me estoy volviendo totalmente loca” se gritaba mientras su cabeza seguía imaginando que aquella crema tan abundante era de una persona y… ¿Por qué no?… se lo daba a ella.

—¿Quieres este sándwich? Quizá puse demasiada mayonesa —le preguntó Mari.

—No, si la mayonesa le da un toque más sabroso. —la madre se lo acercó a la mesa— Muchas gracias, mamá. Tiene una pinta deliciosa.

—Sí que la tiene —contestó Mari sin saber por qué o por quién lo decía.

La mujer se sentó a su lado, frotándose los ojos para después hacer lo mismo con sus sienes. No le dolía nada, solo quería sacar fuera esos pensamientos inadecuados y hablar tranquilamente con su hijo.

—Cariño, —Sergio no respondió con la boca llena— he estado mirando lo del trabajo que te comenté. A papá le ha costado decir que sí, dice que no hace falta, pero yo creo que sí y bueno, tú también tienes que saberlo, quiero escuchar tu opinión.