La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) UN NUEVO PROBLEMA
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UN NUEVO PROBLEMA

Los días pasaron con calma, hasta que llegaron los primeros exámenes para Sergio. Era mitad de enero y sobre todo la semana anterior, no había tenido un momento de descanso, todo había sido estudio y más estudio.

La relación con Marta se había enfriado hasta tal punto que llevaban días sin hablarse y desde la discusión no habían vuelto a quedar.

El joven sabía que aquello estaba más que muerto, pero aún se agarraba a que después de los exámenes todo volvería a la normalidad.

No es que necesitase a Marta por encima de todo, sino que el desliz con Alicia aún le traía cargo de conciencia.

A esta última la había estado evitando durante todo este tiempo. Sus conversaciones no pasaban de cuatro frases anodinas y siempre acababan con Sergio pidiéndola tiempo, ya que este mes iba a ser muy duro.

Se lo tomó realmente en serio, tenía esos dos frentes abiertos y solo había una manera de olvidarse de sus problemas, estudiar.

Así lo hizo, desde el gran día con su madre en el cine, trató de estar el máximo tiempo posible estudiando.

Ni siquiera perdía el tiempo en viajar hasta la biblioteca de la universidad, en casa aprovecharía ese tiempo de traslado.

Además que aquel lugar, sobre todo los baños de la tercera planta… , le traían demasiados recuerdos.

La relación con los demás miembros de la casa comenzaba a fluir de una manera fabulosa.

Con su madre ya había mejorado desde el verano, pero después de compartir su tiempo en el cine, sus miradas eran más cómplices y algunas veces incluso mantenían largas charlas desayunando.

Tiempo atrás aquello era impensable, Mari nunca había estado para nadie mientras tomaba su café mañanero, sin embargo, para su hijo, parecía que ahora todo era poco.

Con Laura todo había cambiado, era mucho más alegre y no habían vuelto a discutir desde el día que se “encontraron” de fiesta. Incluso algún que otro día, la muchacha le asaltó con alguna que otra duda con respecto a sus deberes y Sergio, sorprendido, se la resolvió de mil amores.

Sin embargo, eso detonaría en un punto, justo después del primer examen que concluyó el joven. Era un día como otro, nada especial, había ido a la tarde a la universidad y salió del examen con una amplia sonrisa al sentir buenas vibraciones, sabía que aprobaría.

Llegó a casa justo cuando anochecía, el tiempo se había vuelto bastante helador, incluso demasiado para esas fechas del año.

Entró en su habitación y se desvistió con rapidez, el cuerpo le temblaba, sentía los huesos congelados.

De pronto escuchó un golpe en la puerta que le sobresaltó, viendo que su hermana había entrado en la habitación.

Traía una cara de pocos amigos que sumado al portazo, hizo que Sergio se sintiera incómodo.

—¿Tata? —preguntó sorprendido mirando a Laura.

—Sergio, —la voz de la joven sonaba dura, pocas veces la había visto tan enfadada. Sergio se quedó paralizado, como si un movimiento la pudiera irritar todavía más— te voy a preguntar una cosa.

El rostro del joven se contrajo y se acabó de subir los pantalones del pijama para que no se le notase que le comenzaban a temblar las piernas. Sergio sin saber a qué venía su hermana, por el rostro y el cabreo, se hacía una idea.

—Tú —señalándole con el dedo índice como si le fuera a apuñalar— y… ¿Alicia?

—¿Qué pasa?

Tomó una actitud que le valdría cuando Laura tenía doce años, pero no ahora que era una adolescente a pocos meses de ser mayor de edad. Hacerse el sorprendido y fingir a su hermana que nada iba con él, no era un buen plan y Sergio lo supo nada más la pregunta brotó de sus labios.

—¡Qué pasa y una mierda! ¿Te has liado con Alicia?

—No.

Le salió una voz cortada, sentía pánico por los gritos que podía desencadenar Laura, cuando se enfadaba era un terremoto. La respuesta le había salido automática, quizá negando la mayor saldría de aquella, pero estaba equivocado.

—Sergio… no me mientas.

Por un momento la ira que la joven sentía se transformó.

Todo el cabreo acumulado al ver a su hermano mintiéndole mutó en un sentimiento más profundo que Sergio pudo ver.

Se levantó de la cama para estar a su altura, casi una cabeza entera les separaba en distancia, pero se miraron a los ojos.

“Esos dichosos ojos…” pensó Sergio recordando la rama femenina de la familia y su herencia ocular.

El rostro de la muchacha había cambiado y no había ira, el joven lo vio y no pudo hacer otra cosa que quedarse quieto. Esperaba que Laura se aguantara, sin embargo no las tenía todas consigo. Porque su hermana no estaba cabreada, sino… decepcionada… triste.

—Laura, mira…

—¿Sí o no?

Aunque cortada, la voz de Laura sonaba dura y determinada.

El móvil en la mano le dio pistas a Sergio que algo había pasado, alguien lo sabía y le habían delatado.

Todas las cartas estaban jugadas, solo él y Alicia sabían lo que había pasado, las dos opciones iban por el mismo lado.

O Alicia se había ido de la lengua con una amiga, o directamente se lo había dicho a Laura.

No encontró sentido lógico para ninguna de las dos.

—¿Te lo ha dicho ella o alguna amiga?

Laura vio la realidad, algo que no se imaginaba, que una amiga se liara con su hermano, con su querido hermano. Se dio la vuelta enfadada y no quiso contestar a Sergio, porque ya no era relevante, sabía la verdad. Aunque pensándolo bien, ¿por qué la propia Alicia la iba a mentir?

Sergio trató de agarrarla por el brazo. Sujetó su antebrazo, pero Laura tiró con más fuerza. La mano del joven se deslizó hasta sujetar su muñeca y allí con un peor agarré, Laura logró zafarse de la sujeción de su hermano.

—Te odio, joder. TE ODIO.

Le dijo mientras abandonaba su cuarto. Pero para sorpresa de Sergio no le había gritado, no había armado un escándalo, aquellas palabras habían sido casi un susurro, un suspiro que trataba de ahogar el llanto.

Por un momento se sintió dolido, muy dolido, prefería que le hubiera gritado o pegado, pero no escuchar esa voz quebrada de su hermana mientras sus ojos se le clavaban como cuchillas.

Escuchó como la puerta de su hermana se cerraba con fuerza y al de nada, su madre asomó por la puerta. Eran los mismos ojos que tenía Laura los que ahora le miraban, sin embargo estos no lo hacían desde el odio y la tristeza.

—¿Sergio, pasa algo?

—No, mamá no te preocupes… solo que le tengo que pedir perdón a mi hermana. —el joven apenas la miró, se sentía fatal, no quería ver ni a su madre.

—Voy yo si quieres…

—Gracias, Mari, pero en serio, no. Ahora en un minuto voy donde ella.

Su madre sonrió, quizá por ver como su hijo había madurado en todo este tiempo, en cómo había criado a un joven tan bueno. Aunque ella no tenía la información de como este se había liado con la amiga de su hermana, tal vez sabiéndolo hubiera cambiado un poco su opinión.

Se sentó en la cama y la habitación se le vino encima.

Había fallado en tan poco tiempo a su novia (o quizá ex, no tenía idea) a su ligue y a su hermana, “no paro de cagarla” se dijo con las manos en la frente.

Golpeó con fuerza sus piernas y supo que el error lo había cometido en un principio al no acompañar a su hermana a casa y largarse corriendo donde su “amante”.

Error que había desembocado en todo esto, debía arreglarlo y debía hacerlo ya.

Puso los pies en el suelo y colocándose de pie se decidió a que todo cambiaría, cogería las riendas de su vida y se decidiría a encaminarla.

No podía ser que estuviera con una chica con la que no estaba bien, que diera largas a otra sin saber que quería y menos aún que aquello salpicara a su hermana.

Solo se salvaba Mari en todo esto, su dulce madre, que tan buenos momentos le hizo pasar y que logró que todos los sentimientos se fueran a un lado.

Fue a dar el primer paso, sin embargo al pisar, se dio cuenta de que algo había bajo la planta de su pie.

Lo alzó comprobando que era lo que había caído al piso.

Al sujetar a su hermana, una pulsera de su muñeca había volado en el “forcejeo”.

La cogió en sus manos, era una pulsera que conocía muy bien, puesto que la había hecho en clase hacía muchos años, cuando su hermana cumplió los diez años.

Era de goma y de diferentes colores, si no recordaba mal, la había confeccionado en clase de plástica y la profesora le había ayudado. Fue un momento muy bonito cuando Laura la recibió y comenzó a saltar de alegría, jurando que no se la quitaría jamás, incluso le dijo que le quería.

Pero el tiempo pasó y obviamente se la fue quitando hasta el punto que hacía unos años no se la había vuelto a ver.

¿Por qué ahora volvía ese regalo a su muñeca?

Sergio buscó el motivo en su cabeza. Agarró con fuerza la pulsera entre sus dedos y reprimió unos sentimientos que emergían furiosos, porque sabía lo que simbolizaba, que su hermana lo volvía a querer.

—Laura… —Sergio abrió con dudas la puerta de su hermana— ¿Se puede?

—No.

La voz de la joven se escuchó de fondo. Estaba boca abajo contra la cama y tapaba su rostro con una almohada. Haciendo caso omiso a la respuesta, Sergio entró.

—Te he dicho que no —repitió Laura sin mostrar el rostro.

Sergio avanzó hasta la cama y allí se sentó, al tiempo que su hermana se giraba hacia el otro lado para poder darle la espalda. El joven no intentó nada, solo se quedó allí y por unos segundos observó la espalda de la muchacha.

—Primero de todo… lo siento, tata. —sabía que aquello la ablandaría el corazón.

Laura no contestó, no hacía falta, Sergio escuchaba su respiración acelerada y el sorber constante de mocos, estaba llorando o al menos a punto de hacerlo.

Se tuvo que morder el labio para no ponerse a llorar con ella.

Podían ser muy diferentes, en ocasiones podían llevarse como el perro y el gato, pero ver llorar a su hermana pequeña siempre le había partido el corazón.

—Vale, lo que me has preguntado, es verdad.