EL CINE #3
El reproche de Sergio a modo de broma la hizo reírse, de manera falsa.
No tenía ganas de reír, tenía ganas de gritar, de quitarse la indescriptible tensión que la ahoga sin parar.
El joven se detuvo, estaban ya en la puerta de Mari y ella se lamentó de que el pasillo no tuviera unos metros más, o mejor unos kilómetros.
—Aunque en el pueblo llegaste mucho más tarde —añadió Sergio en una parcial oscuridad.
La figura del joven le imponía, parecía enorme enfrente de ella, si era su hijo…
¿Por qué ese sentimiento? No lo comprendía.
Pero lo que si le hizo recordar la voz del muchacho, fue el pueblo y la casa de su hermana.
Aquella vez que llegó tan borracha y su hijo…
Sergio… la llevó a la cama viéndola en ropa interior.
Además no con una lencería de mercadillo, no, si no con una preciosa que le realzaba lo que la genética le había otorgado.
El calor la invadió, pudo respirar hondo al abrigo de la oscuridad sin que su hijo se diera cuenta, tenía un poderoso aliado, pero también su enemigo, la poca luz la estaba volviendo loca.
—Yo… me voy a cama. —no quería conversar, quería ir a dormir, quería romper esa intimidad cuanto antes.
—Vale, que descanses.
Mari miró hacia atrás ya dentro de la habitación.
Similar a lo que debes ver al morir, la película de tu vida, la mujer vio la de aquella tarde.
Lo ilusionada que había estado al saber que iría, lo a gusto que se sintió, todas las risas y la felicidad extrema.
Sin embargo ese calor, ese dichoso calor, que seguramente se inició al dar la mano a su hijo.
El tacto de la mano aún podía sentirlo en la piel, era tan suave, tan cómodo “ojalá me tocara con sus manos” pensó súbitamente sin saber muy bien lo que hacía.
El labio inferior le comenzó a temblar, se apretó con fuerza el vientre notando que un alíen le iba a salir del interior.
Abrió los preciosos ojos que había heredado tanto como pudo, para que si era posible, su hijo los pudiera contemplar.
Después con toda la fuerza de voluntad que disponía soltó el aire caliente que tenía en sus pulmones, similar a la chimenea en un tren y entonces dijo algo impensable.
—Sergio, te amo.
Cerró la puerta sin dar oportunidad a réplica, no quería escuchar la respuesta, ya sabía que su hijo también la amaba, sin embargo ¿hasta qué punto?
Anduvo a pasos rápidos hasta el tocador, allí posó sus manos para apoyarse e hiperventilar como si le estuviera dando un ataque de pánico, pero…
¿No era eso? Quizá fuera peor. Se quitó la chaqueta y viendo que no le servía de nada, tiró toda su ropa a una esquina.
Desnuda estaba mejor, hacia un poco de frío, no obstante no lo sentía, era un horno que manaba su propio calor.
Aquellas telas la aprisionaban, la estaban asfixiando como antes lo había hecho el coche, pero ahora tirada en la cama, por encima del edredón estaba bien, algo más liberada.
Sin embargo, no era suficiente, sentía que algo la estaba haciendo presión en el vientre.
Se negaba a asumir la verdad, pero cuando su respiración se volvió a agitar de forma frenética, no lo pudo ocultar más.
Allí mismo, se dio la vuelta topando su rostro contra la cama.
Soltó su sujetador lanzándolo a algún lado donde ya lo encontraría a la mañana siguiente.
Pasó ambas manos por sus pechos desnudos, sus pezones erectos daban pistas de cómo se sentía su cuerpo por dentro.
Una de sus manos se movía inquieta, en dirección a un rincón del cual nadie había sabido nada en varios meses.
Atravesó con los dedos la última porción de tela que tapaba su cuerpo y en un momento de locura, tocó lo que su entrepierna escondía.
Abrió la boca, los ojos y cada poro de su piel.
Sintió el paraíso al apretar sus labios vaginales entre sus dedos, estaba ardiendo, tanto que no recordaba una situación así en su vida.
Se dejó llevar por una lujuria que controlaba su cuerpo y en un abrir y cerrar de ojos, su cadera comenzó a moverse frenética contra la cama.
Mordió la almohada hasta desgarrarla, con el objetivo de que nadie se enterase de lo que había pasado allí, por lo menos lo consiguió.
Su mano quedó quieta mientras notaba como esa presión en su vientre desaparecía y la sensación acuosa en su mano aumentaba.
El placer fue instantáneo, duradero y perfecto.
No pudo medir el tiempo que quedó tirada en la cama gozando de aquella breve masturbación que había proporcionado la mayor de las felicidades.
Quizá se había llegado a dormir, pero le daba igual, solo pensó que lo mejor sería meterse por el edredón para no helarse durante aquella noche.
Miró al techo donde nada había, solo su felicidad y un rostro al que no se le borraba la sonrisa. Rememoró toda la tarde, culminado con aquella guinda que no podía haber sido mejor. Había sido una noche, que no olvidaría jamás y todo… TODO, gracias a Sergio, su querido hijo.