La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) EL CINE #2
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EL CINE #2

El cosquilleo que le acompañó hasta el coche no cesó y en el momento que se tuvieron que separar, se sintió desdichado, hubiera seguido pegado a ella por toda la eternidad. “¿Por qué esos pensamientos? ¡Sergio, te gusta tu madre, joder!” le gritó su raciocinó mientras él lo negaba a capa y espada.

—Córtame si te aburro, Sergio —le comentó la mujer mientras se colocaba el cinturón.

—No, no, si me gusta escucharte, habla cuanto quieras.

—¡Jope! Hoy estás un poco adulador. —rio buscando que su hijo hiciera lo mismo, pero no lo hizo, solo mantenía una dulce sonrisa llena de ternura.

—Me alegro mucho de verte así y de que lo hayas pasado bien.

—Sí, me ha encantado no te puedo mentir, hacía muchísimo que no venía al cine. —Mari comenzó a mirar a la carretera buscando en su pasado, mientras Sergio encendía el motor.

—Mamá, te lo digo en serio. Cuando vinimos del pueblo te prometí que intentaría que estuvieras más feliz, espero seguir cumpliéndolo.

—Cariño, no tienes que prometer nada, yo ya soy feliz…

—De verdad, Mari, —Sergio la cortó sin querer escuchar excusas— trataré de hacerlo. Los días que papá no pueda y si no te apetece ir a un sitio sola, te acompañaré. No tienes más que pedírmelo.

—Hijo, que no de verdad. Tranquilo que no hace…

—A ver —el coche tomaba el rumbo de vuelta a casa— ¿hay algo que te gustaría hacer? ¿Qué hayas visto… no sé… otra película que te haya llamado la atención? O ¿un restaurante que quieras visitar…?

Mari vio como las palabras de su hijo eran sinceras.

No se sorprendía de escucharlo, conocía bien a Sergio, bueno, le llevaba conociendo bien desde agosto.

Pero no era la veracidad de sus palabras, sino como las entonaba, una seguridad, un poderío…

daba la sensación de que incluso la voz le había cambiado.

Sin dejar que terminara le cortó, porque un hormigueo comenzaba a recorrer su nuca.

—Sí.

Su respuesta fue en un tono más elevado de lo habitual, sentía que daba la respuesta correcta en el segundo final de un programa y como en la película, si no lo decía, todo acabaría en tragedia.

—Sí. Quiero ver una cosa —repitió mientras Sergio se volteaba cada poco a mirarla—. Me gustaría ir a ver la función de teatro del rey león, ¿sabes de cuál te hablo?

—La que anuncian en la tele y que es en Madrid, ¿no? —Mari asintió con la cabeza— Si papá no quiere, voy contigo.

“¡Que no quiera, por favor!” saltó una voz oculta en lo más profundo de su alma. Se atusó el cabello porque los dedos le temblaban. El pensamiento la había atorado del todo, se sentía incómoda en todas las posiciones y el coche se cerraba en torno a ella asfixiándola.

—Este mes de enero tengo los exámenes, pero según los termine, miramos para ir, ¿te parece?

—Sí —respondió más segura que en toda su vida.

La carretera se aclaraba al llegar a la zona residencial. El frío del exterior contrastaba con el del interior y los espejos se comenzaban a empañar. Sergio abrió las ventanas, pero el clima nocturno era helador, no era necesario jurar que estaban en invierno.

El muchacho por fin aparcó cerca de casa, por un lado una maravillosa noticia para Mari, que realmente se sentía enclaustrada dentro del vehículo.

Sin embargo, también le embargaba una sensación de comodidad de la cual no se quería desprender, como si quisiera embarcarse en el viaje a Madrid con su hijo ya mismo.

Eran sentimientos contradictorios que se evaporaron cuando el joven abrió la puerta. Mari hizo lo mismo para no parecer extrañada, saliendo al exterior donde una ráfaga de aire gélido le aclaró la mente, lo más importante era llegar a casa, “¡Qué frío!”.

Cruzó los brazos para retener el mayor calor posible dentro de su cuerpo.

Pero no le iba a ser muy necesario, Sergio que ya había llegado donde ella, dándose cuenta de la situación, despegó su brazo del cuerpo y la rodeó para atraerla hacia él.

No lo hizo por ningún motivo en especial, era mera costumbre, la rutina de hacerlo siempre con Marta.

Siempre que salían del coche la abrazaba, sobre todo cuando hacía ese tipo de tiempo.

No obstante no era su novia la que sujetaba con fuerza contra el lado derecho de su cuerpo, sino su madre. La mujer con una cara sin gesticular de la sorpresa, notaba como el calor la inundaba por todos lados. Lo único que desconocía, era de dónde provenía ese calor.

—Pues lo de Madrid, mamá, déjamelo a mí. Lo único tendré que mirar un hotel, que ir y venir en el mismo día sería una paliza.

—Sí —volvió a decir con ganas Mari sin mirarle a la cara, le daba vergüenza. Después sonando demasiado ansiosa añadió— Aunque si prefieres ir y volver no estaría mal. —de la posibilidad de que Dani la acompañase, ya se habían olvidado.

—No hay problema, mejor dormir y salir al día siguiente.

Ya hice eso de salir a lo loco con la tía y mira, acabamos en un hotel durmiendo.

—a Sergio se le pasó por la cabeza, que de haber sabido lo que sentían podrían haber aprovechado la cama aquel día.

Rio por dentro relamiéndose del placer que Carmen le provocaba y siguió— Eso sí, me encargo de que nos den dos camas, no te preocupes.

Con Carmen solo quedaban de matrimonio, aunque eran enormes, mamá, no te haces a la idea.

Mari alzó la mirada hacia su hijo, le veía sonreír, una sonrisa perfecta, maravillosa.

En el interior de su cuerpo ese calor se avivó, sin entender que era lo que lo hacía prenderse de esa manera.

Los dedos de Sergio en su cintura le quemaban, pero de una forma de lo más gratificante, deseaba que aprestase más fuerte…

mucho más. Su vergüenza la hizo seguir con los brazos cruzados, deseando únicamente en su mente, mostrarle un poco de afecto a su primogénito y al menos rodearle la cintura como él hacía.

El portal estaba cerca, una entrada que daba lugar a otro mundo, a una cosa donde no era tan feliz como lo era en el coche de Sergio.

Le resultaba curioso, una situación tan peculiar…

tenía la felicidad en casa, a una puerta de distancia y no podía disfrutar de ella como quisiera, sin embargo en la calle, en el cine o en casa de su hermana…

sí. Mari sonrió ante semejante estupidez, porque sí, su forma de actuar… le resultaba estúpida.

—Me da igual —salió de los labios de la mujer formando una nube de vaho.

—¿Cómo? ¿Qué dices? —Sergio se había perdido con la respuesta.

—Me da igual como sea la cama que nos vayan a dar.

Sus ojos se miraron y ambos lo sintieron, una extraña conexión que les hizo sonrojarse al momento.

Una respuesta sin ningún doble sentido, a su madre le daba igual como fuera la cama, ¿Por qué…

la usarían para dormir? En ambas mentes surgió el mismo pensamiento.

Una pequeña posibilidad germinó en sus cerebros golpeados por el frío, una posibilidad tan absurda, tan retorcida que no se permitían pronunciarlo en alto. ¿Y si usaban la cama para algo más?

El tintineo de las llaves del joven les trajo a la realidad, al mundo helador donde vivían y donde esos pensamientos volvían a esconderse en un profundo abismo dentro de sus almas.

Subieron las escaleras en completo silencio con un semblante congelado digno de alguien que se dedica profesionalmente al póker.

La casa estaba a oscuras, Laura ya estaba dormida y Dani seguía trabajando, los dos estaban “solos” dentro de las cuatro paredes.

Ninguno de los dos encendió la luz, recorrieron los metros del pasillo en casi completa oscuridad.

La luminosidad tan escasa que envolvía la casa, era la proporcionada por las farolas de la calle, nada más.

Mari siguió la sombra de la silueta del joven, una masa negra algo más alta que ella que le hacía de guía, de protector.

—Vaya —la garganta a Mari le carraspeó, estaba demasiado tensa— hacía mucho que no venía a estas horas a casa.

—Que no se convierta en costumbre.