EL CINE
Se adentraron en la sala, amplia e iluminada únicamente por las luces de las escaleras que subían hacia las butacas.
La oscuridad no era total, pero apenas se podían apreciar los números de cada asiento.
La pantalla se encendió y les proporcionó algo de visibilidad para encontrar su lugar sin recurrir al móvil.
Sus asientos estaban en el ala derecha, alejados de la muchedumbre que se concentraba en la mitad central.
Como le gustaba a Marta, Sergio adquirió una silla justo al lado de las escaleras y la otra a su izquierda la que solía ser para él.
Se acomodaron primero y después dejaron la ropa que les sobraba en el asiento más próximo que quedaba libre.
Los tráileres comenzaron e impacientemente Sergio comenzó a devorar las palomitas que su “pareja”, al menos esa noche, le había comprado. Para cuando la película comenzó, el joven ya se había comido un cuarto del enorme bote.
El final se acercaba y esta comenzó a tomar tintes de tensión. La mujer se sumergió en la trama, que para ser de acción estaba bastante lograda, y se inclinaba hacia la pantalla con mucho interés.
Sergio por otro lado ya era asiduo de este tipo de películas y no prestaba su total atención, sino que desde hacía unos cuantos minutos le interesaba otra cosa.
Se había terminado las palomitas para la mitad de la película, en él era habitual, siempre se las comía sin control.
Pero aun así, todavía quería más y le pidió a su madre.
Por supuesto Mari no le negó y puso entre ellos su bote de palomitas, para que ambos las disfrutasen.
Sin embargo, la primera vez que fue a coger, se detuvo en una milésima reparando en cierta zona de su madre.
Con la oscuridad casi completa y con su progenitora fijando toda la atención a la gran pantalla, la mujer cogía palomitas sin mirar y algunas se les resbalaban de los dedos.
Sergio vio una en concreto, como se deslizaba con paciencia por la parte alta de su pecho para después rodar por el jersey.
Algo que podría ser lo más normal del mundo y que Sergio, por supuesto no se quedó mirando.
Lo inusual fue que cada vez que se limpiaba las pequeñas migas que dejaban las palomitas, el jersey no se movía, pero la camiseta interior que llevaba sí que lo hacía.
A cada golpe de su mano para quitarse los pequeños trocitos que le molestaban, se movía ligeramente hasta el momento que Sergio la miró.
Cierta parte del escote era visible y desde su posición el seno derecho se podía contemplar con su forma curva. Por un instante, para el joven la película se terminó, la poca luz que había en el lugar enfocaba a ese lugar exacto y sus ojos centelleaban de placer.
Había visto pechos, unos más grandes, otros más pequeños, pechos perfectos como los de Carmen y pechos bonitos aunque no tan grandes como los de Marta.
Incluso esa misma madrugada había sentido en sus propias manos los de Alicia, ¿Por qué se maravillaba ante los de Mari?
Ni lo entendía, ni podía dejar de mirar.
Cada vez que metía la mano en el bote de palomitas, lanzaba una mirada fugaz para poder observarlos. Por un lado se sentía sucio, no le parecía lo correcto hacérselo a su madre, pero otra parte y la que ganaba por mayoría, le decía que siguiera mirando.
Las palomitas se terminaron y la excusa para deleitarse con su preciada vista se acabó.
El bote de palomitas que yacía en el suelo entre las piernas de su madre parecía ahora tan lejano, una reliquia de un museo acordonada para no tocarla.
Con el final a la vuelta de la esquina, Sergio se centró en la película, olvidándose o tratando de hacerlo… de su madre.
Sin embargo la tensión aumentó. Mari se encorvó hacia delante y de pronto, mientras una persecución de autos ocupaba la pantalla con cierto suspense, la mujer por puro instinto, como lo haría con su marido, buscó su mano hasta encontrarla.
Sergio la miró, su madre le aferraba con fuerza buscando entrelazar los dedos de su hijo, este rápido lo permitió.
Mari no le miraba, pero Sergio sí lo hacía, la mano le apretaba sin querer soltarse jamás.
La mujer se volvió a recostar en la butaca cuando la persecución acabó.
Con comodidad movió su trasero en el asiento, pero…
la mano seguía aferrada a Sergio. El joven no quería soltarla, ni se le pasaba por la cabeza, todo ese rato juntos había sido maravilloso, de risas y buen humor, muy alejado de lo mal que se sentía a la mañana.
¿Marta y Alicia? Mientras estaba junto a Mari solo eran un mero recuerdo del pasado, una anécdota medio olvidada a la que no le daba la menor importancia. Con el valor que pudo reunir, movió el dedo gordo de su mano y con suma delicadeza, se atrevió a… ¡Acariciar el meñique de Mari!
Siguió haciéndolo por un minuto más o menos, el corazón le palpitaba con fuerza, no entendía cuál era el propósito, solo que lo quería hacer. Las manos le sudaban, suerte que la palma apenas rozaba los dedos de la mujer, sin embargo su mano izquierda, parecía que estaba debajo de un grifo.
Sergio no prestaba atención a la película, solo a los finos dedos de su madre que finalizaban en unas uñas de color rojo, “¿Se está comenzando a cuidar?” pensó.
De pronto, algo sucedió, algo que si no estuviera en total tensión, le hubiera hecho saltar del asiento, la mano de Mari le correspondió y… comenzó a acariciarle.
No había sido un movimiento casual o un espasmo, eran caricias, unas caricias maravillosas.
La respiración se le agitó y se le aceleró el corazón.
Una pregunta siempre le rondaba la cabeza y la solía dar esquinazo desde el verano, pero después de un día tan malo, se dio en lujo de pensarla, “¿me gusta, mamá?”.
—Sergio, —el joven salió de sus pensamientos algo sobresaltado. Giró su rostro para ver a su madre que ahora tenía ambas manos sobre la suya— perdón… pensaba que estabas menos atento. Solo te quería decir, gracias por invitarme al cine.
Los ojos de su madre le miraban fijamente, ese azul tan intenso que se veía a la perfección en la oscuridad de la sala.
Se mantuvo en silencio contemplándola, su coleta estaba bien hecha, se había puesto ropa a la moda e incluso se maquilló ligeramente.
Su madre no necesitaba eso para estar bella, Sergio lo sabía bien, lo que necesitaba era felicidad.
Sin embargo, todo aquello ayudaba a mejorar la apariencia y sobre todo una parte que hipnotizó al joven.
Su cuerpo estaba girado y ambos brazos se apretaron contra sus senos, era inevitable que estuviera así y de haberse fijado en como tenía la camiseta interior no lo habría hecho.
Un pecho se chocó contra el otro, dando la sensación de aumento de tamaño, aunque no era real, nadie le iba a quitar ese pensamiento al muchacho.
Estaban allí, delante de sus ojos, unos pechos tan perfectos como los de su tía que suplicaban su atención. Cerró los ojos en el instante que se dio cuenta de lo inapropiado de la situación, estaban tan cerca y para colmo… su madre estaba mirándole.
Sonrió de forma casual, más mostrando una mueca de nerviosismo que la propia sonrisa.
Mari que apenas podía vislumbrar el rostro de su hijo, no le dio importancia pensando que podría haber sido un efecto óptico, salvo que no lo era.
Lo único que había pasado y que la mujer observó malamente en la oscuridad del cine, fue que su hijo se alteró al ver un escote que mostraba tanto.
—Todo es poco para ti.
La frase les sorprendió a ambos, incluso Mari echó para atrás la cabeza y sonrió perpleja por tal afirmación. Ladeó la cabeza haciendo caer la coleta sobre el hombro y con media mueca de felicidad y otra media de incredulidad le contestó.
—Qué romántico, Sergio.
Ambos sacaron una ligera sonrisa y volvieron la vista a la pantalla, donde la trama se había resuelto y el protagonista salía victorioso.
En las butacas, Sergio no había salido victorioso, sino que seguía sudando y una leve erección comenzaba a hacerse hueco en su ropa interior…
y no tenía intención de bajar. Sobre todo por un motivo en especial, la mano de Mari le seguía acariciando.
La mujer fue la primera que se levantó al terminar la película. Sergio mientras ella se colocaba bien la ropa, se estuvo mirando un rato más la mano, todavía podía notar el suave tacto de la caricia.
—¡Qué bien estuvo! ¿No crees? —saltó su madre cuando ambos comenzaron a bajar las escaleras.
—Te diré que no tenía ninguna esperanza, pero sí, me ha sorprendido.
—Pues la has elegido de maravilla, has acertado de pleno. Cuando este para descargarla, a ver si me la puedes bajar y así la vuelvo a ver.
—Lo que quieras, mamá.
Salieron por la puerta trasera con las demás personas y Mari no dejaba de hablar de la película.
Comentaba casi todas las escenas y como los giros de guion del final le habían encantado.
El joven no podía dejar de mirarla, la veía feliz, radiante, con una sonrisa perpetua, cuando su madre estaba así, era perfecta.
En un momento, sin dejar de hablar sobre el protagonista y sin dar ni siquiera una pausa a su alegato, de forma instintiva, Mari agarró de nuevo la mano de su hijo que caminaba a su lado.
La conversación continuó por el mismo derrotero, pero a Sergio ya poco le importaba la película, lo que le estaba encantando era que de nuevo, los dos se acariciaban.
Sintió algo extraño, un sentimiento mágico o así es como lo calificó su cabeza.
Parecían dos realidades diferentes, en una Mari se explayaba en las explicaciones mientras gesticulaba con su mano izquierda.
Sergio la escuchaba sin parar e incluso sonreía a sus acertados comentarios.
Sin embargo, sus manos entrelazadas hablaban otro idioma.
Sentía que aquello no eran unas caricias normales, sino algo más, algo que sintió por primera vez en casa de su tía Carmen.