La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) TIEMPO JUNTO A MARI
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TIEMPO JUNTO A MARI

—¿Quieres conducir? —le dijo Sergio enseñándole las llaves del coche.

—¿Tu coche?

—A no ser que estas llaves sean de otro, sí.

—Es que… nunca lo he conducido. Nada, llévalo tú mejor, a mí me da un poco de cosa, a ver si lo voy a rozar.

—¿Tú crees? —Llegando ya a la altura del coche— ¿Qué me importa algo que lo roces? Mamá, donde lo golpees, ya lo hice yo antes. Además, llevaste el coche de la tía, que eso es un barco.

—¡Venga! Tira esas llaves.

Sergio lanzó las llaves por encima del coche y Mari las cazó al vuelo, se sintió una colegiala a la que su novio mayor de edad le dejaba conducir. Qué estupidez, si ella era muchos años mayor… ¡Ah! Y además su madre…

—Qué poco cojo el coche, debería hacerlo más a menudo, al final le voy a coger miedo y se me va a olvidar.

—Pues menuda paliza te pegaste al venir al pueblo tú sola.

—Ya… —puso la llave en el contacto y arrancó a la primera, el pequeño coche seguía en forma— Eso es diferente, es una línea recta, aquí hay mucho tonto en la carretera.

—En eso puede que tengas razón, pero venga, vamos. Y no te preocupes de los tontos, ya les digo yo cuatro cosas por la ventana.

Ambos rieron y en tres maniobras Mari sacó el coche del aparcamiento. Apretó con fuerza el volante y dio la primera curva, tampoco parecía tan difícil conducirlo, con suma rapidez se amoldó.

Fue despacio, aunque cuando se disculpó con Sergio, él le cambió la palabra a precavida, siempre tenía buenas frases para su madre.

Los dos se bajaron del vehículo, había muy pocos aparcamientos y tuvieron que estacionar en uno algo alejado, pero no importaba, aún quedaban bastantes minutos para que el filme empezara.

—Espero que te guste, porque no sé si me gustara a mí… —dijo el joven subiendo las escaleras del centro comercial.

—Seguro que sí, siempre has tenido buen gusto. Todavía recuerdo de pequeño cuando elegías las películas del videoclub, salvo alguna que no parabas de traer, las demás eran buenas.

—Me encantaba ir al videoclub, ahora digamos que lo tengo en casa, bajo una película y fin. Aunque de cierta manera lo echo de menos, solíamos ir muchas veces juntos.

—Era cuando no parábamos de hacer cosas juntos, luego creciste y dejaste de ser mi bebe.

Ambos se sonrieron a la par que entraban en la parte principal del centro comercial.

Estaba a rebosar, apenas tenían que seguir ríos de gente que iban de un lado a otro.

Con calma, sin desesperarse se dirigieron a los cines, que por suerte estaban algo más vacíos, pero no mucho.

Por lo que Mari vio, lo que se llevaba entre las parejas de hoy en día era más ir a cenar que ir a ver una película. “Bueno, ellos se lo pierden”.

Llegaron al puesto de comida y refrescos, justo al lado de la entrada del cine, por supuesto sitio estratégico. Hicieron la larga cola mientras hablaban de los próximos exámenes del joven, hasta que Mari se dio cuenta al mirar alrededor, que solo había parejas jóvenes.

—Será la primera vez, que una madre y su hijo vienen a esta hora al cine. —Sergio la miró extrañado sin entender muy bien a lo que se refería— Lo digo porque aquí solo hay parejas.

—Cierto. Las madres que llevan a sus hijos al cine no suelen tener más de 10 años. —Mari sonrió ante el comentario y Sergio añadió— Esto me recuerda a algo. ¿Te acuerdas cuando me fui con la tía, que te dije que paramos a dormir en un hotel?

—Sí, hijo, qué cabezonería. Todo por no esperar a salir el día siguiente.

—Sí, mamá, ya me lo has dicho más de cien veces… —Mari le golpeó el brazo riéndose— Pues en ese hotel, pasaba algo similar a esto. La mayoría de los que estaban eran parejas, no había niños.

—Voy a tener que preguntarle a tu tía a ver a que hoteles te lleva.

Era un comentario a modo de broma, pero Sergio se dio cuenta en ese momento de algo que no había pensado todavía, ¿Qué pasaría si su madre se enterase de lo que pasó con Carmen?

—Culpa mía, exculpó a la tía en su totalidad.

Mari volvió a reír, la cola estaba acercándose al final cuando a Sergio se le ocurrió algo. Era una estupidez, algo que no le encontraba sentido, pero quería contarlo. Quería decirle a su madre que les habían tomado por pareja, solo por observar la reacción de su madre.

—Sabes que fue lo más extraño, que nos tomaron como pareja, dos enamorados como los demás del hotel.

—¿Y eso?

El gesto de su rostro fue una mueca que la afeó. Tenía curiosidad, pero mostrando una desconfianza por las palabras que fueran a salir de la boca de su hijo, quizá no le gustaban. Muy cerca del puesto de palomitas, Sergio siguió hablando.

—No sé, la verían a ella más joven y que podría estar…

con un hombre florero. —al joven le dio la sensación de querer molestar a su madre, pero de forma sana, por lo que prosiguió—Es que la tía es una mujer muy guapa.

Además se cuida, viste a la moda y claro, puede que piensen que sea mi pareja… qué raro suena…

Mari sintió ciertos celos en su interior, sin saber a qué se debían. Podría ser porque su hermana diera la sensación de aparentar menos edad que ella, porque se veía algo más joven siendo la mayor o porque… ¿Podría tener un chico como Sergio sin llamar la atención?

El recipiente de cristal donde las palomitas saltaban sin parar la reflejaba.

Con su chaqueta de cuero negra, aquellos pantalones vaqueros y el jersey ceñido, estaba preciosa.

“Mucho más que Carmen” pensó mirándose fijamente por varios segundos con cierta envidia.

Sus ojos relucían y echando un vistazo a las chicas más jóvenes que había allí, algo en lo más profundo saltó la barrera de la humildad meditando una realidad, “soy más guapa que ellas”.

—¿Podría pasar como tu pareja?

Sergio sonrió maliciosamente, sabía que su madre era competitiva, pero ahora comprobaba que el punto que decía su tía era cierto.

Alzó los hombros para seguir picándola y queriendo ver hasta donde era capaz de llegar.

El puesto de palomitas se liberó y les tocaba pedir, anduvieron dos pasos hasta la sonriente joven que les iba a tomar nota.

Justo antes de pararse frente a ella, Sergio le dijo a su madre para azuzarla.

—¿Quieres comprobarlo?

A ella no le dio tiempo a responder, solo quedarse con cierta cara de expectación por ver cuál era la ficha que movía su hijo.

De pronto algo totalmente improbable y descabellado saltó en su mente, “¿no me irá a dar un beso delante de ella?”.

En un principio no reparó en el beso en sí, lo que primero le saltó a su cabeza era que si Sergio la besaba, lo haría delante de toda aquella gente, pero después meditó.

Se dio cuenta de que el beso lo había dejado en segundo plano, “¿qué me bese Sergio…?”.

Lo había tomado como algo normal, algo que podía pasar en casa en cualquier momento, pero se ocultaba a sí mismo cuál sería la zona.

Por un momento se vio en el futuro cercano, casi el presente.

Su hijo asaltándola delante del mostrador con un beso ante la atenta mirada de la joven dependienta.

Sus suaves labios tocando los suyos y con una mano certera rodeándole la cintura revestida con la chaqueta de cuero.

La mente se le atoró y desechó cualquier imagen relacionada con besos entre una madre y un hijo. “¿Por qué me he imaginado eso?” pensó mientras se negaba a afirmar lo evidente… le había gustado.

—Yo quiero una grande de palomitas y que el refresco también sea grande. —miró a Mari que estaba con el rostro firme y le preguntó con naturalidad— Tú, mi vida, ¿qué quieres? ¿Una de palomitas pequeñas?

Mari abrió los ojos mirando el descaro de su hijo.

Sin embargo, ¿qué descaro? Aquella joven no tenía ni idea de quienes eran.

Sus palabras habían sonado tan ciertas para la joven Nuria, si es que el nombre que ponía en su chaqueta se correspondía con la realidad, como para cualquier otra persona de la cola.

Sergio había hablado tan claro que era convincente y la muchacha no había puesto ni un gesto de extrañeza, ¿por qué no comprobar si podía pasar por su novia? Solamente era un inofensivo juego.

—Cariño, deja que decida yo. —lanzó una mirada cómplice a Nuria y le dijo entrecerrando los ojos— Hombres… un día les dices que sí y ya te planean la vida…

—Te entiendo perfectamente, querida. —Nuria se rio levemente manteniendo cierta seriedad en el puesto de trabajo.

—Nada, cielo, ponme por favor una mediana con un refresco grande.

La joven trajo todo en un tiempo más que rápido dándoles la cuenta, en el momento que Mari simuló que detenía la mano de Sergio y decía de la misma.

—Esta vez me toca pagar a mí. —sacó un billete del monedero y se lo tendió a la muchacha. Sergio observaba— Siempre intenta pagar antes que yo… —volvió a dirigirse a Nuria buscando de nuevo la complicidad.

—El mío al revés, no saca la cartera ni aunque le amenacen.

Las dos mujeres volvieron a reír, mientras Sergio seguía observando atónito la escena por el comportamiento de su progenitora.

—Bueno, guapa, muchas gracias.

—De nada, pareja. Disfrutar de la película.

Los dos se alejaron sonriendo y cuando el señor de la entrada les cortó el ticket señalándoles por donde se llegaba a su sala, Mari miró a su joven acompañante y le dijo por lo bajo.

—Al parecer… yo también podría tener un novio joven.

Mari alzó la barbilla sintiéndose orgullosa, quizá con un poco de exageración para que su hijo se riera.

Sin embargo, le había gustado que confundieran a Sergio con su joven pareja, era una muestra más de que todavía seguía siendo bella, se lo tenía que creer.

Para los demás siempre había sido guapa, decidida, inteligente…

¿Por qué para ella no? Debía desterrar esa negatividad.