La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) ¿QUÉ PUEDE HACER?
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¿QUÉ PUEDE HACER?

De nuevo en su cuarto y todavía con el pelo húmedo de la ducha, encendió el móvil.

Lo primero que vio fue un mensaje de Alicia que le decía “qué duermas bien”.

Lo obvió con rapidez, no quería ni siquiera abrir la conversación, no por la joven, que era amable, guapa y buena, si no por el asco que le producía sentirse de esa forma.

Miró la conversación con Marta, hacía un día que no hablaban, debía decirla algo, quizá un perdón al menos, pero cuando comprobó que estaba en línea dejó el móvil.

Sintió como si su novia pudiera verle a través del teléfono, que su culpa iba a llegar en forma de mensaje y ella lo sabría.

No quería que sufriera, no quería hacerla daño, pero… ya se lo había hecho.

Decidió entrar en el ordenador, mirar la cartelera del cine más cercano y elegir una película.

Ir al cine o ver películas en casa, era algo que les apasionaba a ambos, seguramente la única cosa en la que conectaban a la perfección.

Poco había dónde elegir, alguna película de dibujos animados, de miedo y “dramones” como los solía llamar su novia, una semana pobre en cuanto a calidad.

Vio el tráiler de la única que le llamó la atención, una de acción, y compró las entradas para la sesión de las diez de la noche.

Su plan era algo simple, quería resarcir el momento nefasto que había cometido esa madrugada, pero tampoco le podía regalar flores, no quería que fuera sospechoso.

Con aquellas entradas y una conversación para zanjar el tema del día anterior, bastaría.

La intención del joven era enterrar bien hondo lo sucedido y seguir con su vida normal, al menos hasta que todo le explotara en las narices. Descargadas ya ambas entradas en el móvil, lo cogió de nuevo y vio el mensaje de Alicia, que aún seguía allí y tampoco se iba a ir.

Quitó la notificación, sonriendo por primera vez en el día al pensar lo curioso que era, un día atrás, habría dado botes de alegría porque Alicia le hablase, incluso su madre lo había notado. Ahora, le daban ganas de vomitar… de nuevo.

Se olvidó de su amante por un momento y buscó el número de su novia. Era ya mediodía y estaría más que despierta por lo que la llamó, no quería mandarla un frío mensaje. Eso sí, cuando sonó el primer tono se quedó atemorizado pensando en si notaria en su voz que la había traicionado.

—Hola, Sergio —la voz tras el teléfono la sintió apagada, Marta aún estaba triste.

—¿Qué tal estás?

—Bien, bueno, no he tenido mi mejor noche, pero bien.

—Creo que lo de ayer estuvo fuera de lugar. —en el interior, Sergio imploraba el perdón, pero no por eso, sino por su adulterio.

—Ya… creo que… te pasaste con lo que dijiste, aunque no estuvo nada bien que dudara de ti.

El corazón se le detuvo, no podía ser que su novia le dijera eso.

Prefería mil veces que le insultara a escuchar que había hecho mal en pensar que era un infiel, un traidor…

una mierda de persona. Sergio se sentía mal, quería gritarle por el teléfono lo que le había hecho, pero no pudo, solo le comentó.

—Sí, no estuvimos bien ninguno de los dos. Quería preguntarte algo —no esperó a que contestase— ¿te apetece ir esta noche al cine?

—Esta noche he quedado, voy a salir con las chicas.

—Entiendo. —su mente sabía que si había hecho un plan con tanta antelación era porque estaba enfadada— ¿Quieres hablarlo ahora u otro día?

—Mejor otro día… —en su voz había más duda de la que Sergio podía calcular— no estoy bien. Lo de ayer me hizo pensar en cosas acerca de nosotros, creo que tenemos dudas el uno del otro.

Sergio mantuvo el silencio al otro lado del teléfono, él no tenía dudas acerca de ella, no había pensado en que le podría ser desleal. Sin embargo, tenía muchas dudas acerca de si él, podría hacerlo otra vez.

—Entiendo por qué lo dices, hoy no te molesto más, Marta. No te preocupes, hablamos cuando quieras.

—Bien. —el tono era muy seco— Pásalo bien, Sergio.

—Y tú también.

—Adiós.

—Adiós.

Sergio se mantuvo escuchando el pitido final del teléfono sin despegarlo de la oreja.

Un simple adiós, ni un te quiero forzado de esos que creía rutinarios, ni un amago de “te quiero” o un simple cariño.

Marta estaba dolida, muy dolida. Las palabras de Sergio le habían hecho daño, pensaba que todo aquello había quedado atrás, que no volverían a tratar el tema, ella estaba con su novio de forma incondicional.

Sin embargo, no creía que Sergio pudiera olvidarlo.

La habitación se convirtió en una jaula para el joven.

Se asfixiaba dentro, pero también era en el único sitio donde le apetecía estar.

Miraba de vez en cuando el móvil por si su novia le hablaba, pero solo le surgía en la pantalla la notificación de Alicia, que volvía una y otra vez aunque la quitase.

Comió sin ganas, solo respondiendo a que estaba así por la fiesta del día anterior, que estaba cansado.

No tardó en volver al cuarto donde se sumergió bajo el edredón para tratar de ocultarse del mundo y que siguiera girando sin él presente.

Sin embargo, así no son las cosas, las situaciones hay que afrontarlas y lo primero era, al menos contestar el mensaje de Alicia.

El mensaje seguía allí y lo abrió viendo que otra pregunta se había añadido al primer “qué duermas bien”.

—¿Qué tal amaneciste?

—Bien y ¿tú? —respondió Sergio mintiendo como nunca.

—Demasiado bien… —añadió un icono que se reía y Sergio solo podía ver a una niña, su cuerpo no notaba lo mismo que antes.

—Me alegra saberlo.

Vio que la joven amiga de su hermana estaba escribiendo y se sentó desencantado.

No quería seguir con la conversación, se sentía demasiado mal y lo peor, era lo que le decía el cuerpo, para Sergio, Alicia ya había cumplido su función.

Así de cruel estaba siendo su pensamiento, la muchacha ya le había servido para sus intereses, ¿para qué hablar con ella?

“Soy asqueroso…” pensó en el momento que volvió a mirar el móvil, viendo que el nuevo mensaje de Alicia había llegado.

—¿Tienes algo que hacer hoy?

Resopló al ver aquello, pasándose una mano por el cabello de forma agobiada. Pulsó rápido las teclas y evadió todo por el momento, no quería hablar con Alicia, al menos por ahora.

—Tengo planes.

—Comprendo. Bueno, si mañana u otro día te apetece quedar o algo, me puedes decir.

—Ahora en enero empiezo con los exámenes —por lo menos no mentir con eso le sentaba bien— estaré atareado. Pero si tengo un hueco ya te lo comentaré.

—¿Puedo preguntarte qué tal con Marta?

Sergio cerró los ojos y suspiró lleno de rabia. No quería hablar más con ella y de un momento a otro, la mandaría al quinto pino, debía relajarse, la chica no tenía culpa de nada. El malo de la película, únicamente era él.

—Mejor que no, no estamos en un buen momento.

—Te quería decir, aunque suene algo lanzado, que si lo dejáis, no me importaría pedirte una cita.

—Tomo nota.

Cerró el móvil con esa frase a modo de despedida, no quería meterse en lo que podría derivar en una conversación absurda que no le traería nada claro. Ya tenía bastante con el enfado de Marta que tenía pinta de ser mucho más serio de lo que pensaba, “¿y si lo dejamos?”.

La idea le recorrió la mente y por un momento sintió dolor, aunque era algo absurdo, había estado pensando en esa posibilidad todo el mes de diciembre. Ya no era lo mismo de antes, era rutina tras rutina, no cambiaban nunca sus planes, entonces ¿para qué seguir?

Los planes elaborados en la cabeza están muy bien, pero llevarlos a cabo es otra cosa muy diferente y pensar que podría romper con Marta le dolía.

Se vistió y salió a dar una vuelta en solitario, solo un pequeño paseo por cerca del barrio.

No pensó en nada, solo en caminar, quería olvidarse de todo, no pensar.

Aun así la mente le daba vueltas y le recreaba cada momento con Alicia y después, imágenes de Marta poblaban su memoria.

No había hecho lo correcto, pero no debía martirizarse más, si su novia quería dejarlo, vale, lo aceptaría, y si Alicia quería algo más, le diría que sintiéndolo mucho, no. En su mente todo era muy sencillo.

Debía alejarse de esa versión suya movida por el erotismo, había hecho una locura y dañado a una persona que quería…

incluso dejó a su hermana sola para volver a casa.

Volvió sobre sus pasos en dirección a su hogar, con un aire renovado, quizá en parte a que el frío del invierno le había quitado parte de la resaca.

Sentándose junto a su padre en el sofá de la sala, vio que sus progenitores estaban viendo una película que daba la impresión de ser realmente mala.

Su madre reposaba tumbada en el otro sofá, parecía que la película no le iba mucho porque Sergio tuvo la sensación de que estaba dormida.

—Papá, —Dani le miró alejando la vista de la televisión— ¿esta noche trabajas?

—Sí, entro en un rato, a las nueve.

Mari miró hacia atrás. Estaba casi dormida y escuchar la voz de su hijo la había desvelado.

—Qué pena, tenía dos entradas de cine, iba a ir con Marta, pero… —prefirió mentir a dar explicaciones— se ha puesto mala. Era por si la queríais aprovechar vosotros.

—Gracias, Sergio, pero por mi imposible, el trabajo me llama.

—¿Laura? —preguntó el joven mirando a su madre.

—Se fue hace nada, iba a cenar por ahí.

—Y para mí —cortó Dani levantándose del sofá—, es hora de que me vaya preparando, que en dos horas tengo que estar allí.

—Que te sea leve, papá.

Le comentó Sergio apiadándose de todo lo que trabajaba su padre.

Este le revolvió el pelo como cuando era joven y siguió su camino.

El muchacho quedó en silencio observando la película de vaqueros que estaban proyectando y después volvió la vista a su madre.

Estaba tumbada de lo más tranquila mientras sus pies desnudos le salían por debajo de la manta.

—Mamá.