LA CASA DE ALICIA #3
Lo que Sergio pretendía era verse. No quería perder la imagen del televisor que les enfocaba en mitad de la sala.
La instantánea era perfecta, Alicia estaba con las manos en la alfombra, piernas abiertas y el trasero elevado listo para la penetración.
Sergio se arrodilló a su espalda, pasando las uñas por la piel desnuda de esta y haciendo que el vello se le pusiera de punta.
Ya con las yemas acariciando sus nalgas, cambió de registro y pasó de las caricias a la fuerte sujeción con los diez dedos.
Alicia gimió al sentir el placer que le provocaba que aquel chico le sujetara el trasero de esa forma.
El pene, como toda la madrugada, estaba listo y envuelto en el plástico que apartaba los fluidos. Volvió a penetrarla.
El frenesí había descendido y lo que ahora hacían era un coito más normal. Incluso Alicia podía seguir aquel ritmo y empujaba cuando notaba entrar el pene en su interior. Sentía como los genitales le golpeaban el clítoris añadiéndole cierto cosquilleo que le venía muy bien para lo que se avecinaba.
—Alicia, tienes el mejor culo que he visto en mi vida —decirlo en voz alta le resultó extraño, incluso dándole una ligera vergüenza que no podía ocultar.
Algo parecía que había despertado, el Sergio sensato estaba haciendo a un lado al ardiente que poco a poco se iba deshaciendo, como el alcohol en su cuerpo.
—Tú tienes la mejor verga que he visto —soltó de improviso Alicia sin mirarle.
—Qué raro que lo llames así, nunca se lo había escuchado a nadie —respondió con una media sonrisa, pero sin parar de tener sexo.
Sin embargo, aunque el Sergio caliente se iba por donde había venido, algo de él todavía quedaba dentro. Escuchando como los gemidos de su amante se aceleraban, sintió que avivaba esa parte de su interior como si le echara un bidón de gasolina.
Se encorvó hasta que su nariz se posó en el cuero cabelludo negro de la joven. Olió el aroma que desprendía, una mezcla de tabaco, alcohol, perfume y sexo… mucho sexo. Se acercó a su oído y copiando más o menos lo que ella hizo en el baro, le mordió la oreja sacándola un generoso jadeo.
—Di mejor… Polla.
Solo fue un pequeño susurro, un leve respiro, nada más.
Pero Alicia abrió los ojos y volteó la mirada para ver al joven que ahora, la cabalgaba con muchísima más pasión.
Apretó los dientes sintiendo como lo de antes habían sido los aperitivos y ahora llegaba el plato principal.
Su vagina echaba humo, casi literalmente y cuando vio, como el joven alzó la mano y soltó un cachete rápido, disfrutó como nunca.
El sexo volvía a ser veloz, no tanto como antes, pero si a una velocidad considerable. El condón debía ser de buena calidad para soportar tales acometidas y en un momento, Alicia lo notó. El orgasmo.
—Más, Sergio, más…
Susurró similar a como si estuviera suplicando.
Hizo fuerza para quedarse en el sitio y que las penetraciones de Sergio no la movieran.
Sus uñas pulcramente tratadas se iban a romper si seguía con tal presión en la alfombra.
Estaba notando el cielo, el verdadero paraíso de la mano del hermano de su amiga.
“Si esto lo supiera Laura…” se rio por dentro.
En ese momento, sintió el cuerpo de su amante cayendo sobre ella.
Ambos se tumbaron, Alicia fue sometida al final del coito, estaba entre la piel y los pelos de la alfombra.
Con fuerza Sergio impulsó una y otra vez su cadera mientras contemplaba a partes iguales tanto su reflejo en el televisor como a su joven chica gozando tumbada en el suelo.
Por fin llegó, y Sergio se maldijo por tener el preservativo puesto para poder irse a la vez, no obstante aquella tela que le quitaba placer, también negaba la posibilidad de tener descendencia.
Alicia gimió primero y después, debido quizá a que su mente se había aclarado, pensó que mejor no gritar, aferrando con sus dientes los pelos de la alfombra y soportar el placer.
La cadera le tembló y el pene de Sergio fue expulsado como un incómodo invitado.
Sus piernas se movieron arriba y abajo y una mano rápida acudió a la llamada del clítoris que pedía más atención.
Alicia acabó ella misma de producirse un orgasmo con el que jamás había soñado y ahora, yacía en la alfombra de su casa manchándola con sus flujos.
—Cariño, ¡¿qué me has hecho…?! —dijo la joven tratando de levantarse.
Sergio la ayudó esta vez con mucha dulzura, pero aquello le había sentado extraño, “¿cariño?”. Para él esas muestras de amor, solo eran reservadas para las parejas o la familia, le sonaba muy a Marta y apenas le hizo gracia.
Sin embargo, aún estaba allí, con una erección monstruosa y un cansancio que no se podía ni mover.
El sudor le perlaba todo el cuerpo y se tuvo que sentar a descansar en el sofá para relajarse.
Recuperando la respiración, Alicia se sentó a su lado, de forma pesada como si no hubiera estado más cansada en su vida.
—Estuvo muy, muy, muy… bien.
—Nada mal, la verdad, me lo pasé genial. —a Sergio le costaba hablar.
—Vamos a terminar esto de forma pletórica, ¿no?
La joven alzó su mano llegando hasta el preservativo y lo arrancó del pene de Sergio, que rugía de una forma casi audible. Estaba rojo, duro y con un capullo que afloraba morado. Alicia le miró y le dio un beso en la boca al tiempo que Sergio la rozaba con su mano, tenía una piel tan suave…
—¿Te apetece una mamadita?
—¿Cómo podría rechazar algo así?
La joven sonrió con un gesto que le pareció de lo más infantil.
Había cumplido los 18, era mayor de edad, pero en el fondo no era más que una muchacha como su hermana.
Un breve sentimiento de culpa se atisbó en su cuerpo, demasiados errores en un solo día, aunque se le disiparon cuando Alicia se introdujo el sexo en su boca.
Aquello apenas duró. Arrodillada en el sofá, con una mano estimulaba los genitales del joven mientras con la otra manejaba la piel. No se le escapó ni un centímetro de piel que saborear, una mezcla de plástico, sexo y fresa (debido al condón, su sabor favorito) que no le desagradaba.
Al de dos minutos de un buen ritmo, Sergio se tensionó. Alicia no era la mejor haciendo felaciones, pero lo suplía con un desempeño que al joven le sorprendió. Sujetó una de las nalgas con mucha fuerza y mientras escuchaba como entre respiraciones jadeantes su amante succionaba su pene.
—¡Qué bueno, Alicia! Me vas a ordeñar.
Ella no habló, solo siguió al tiempo que los gemidos de Sergio le marcaban lo que se avecinaba. Al final salió. Después de un inmenso jadeo que le hizo rebotar en el sofá, el semen brotó.
Alicia apartó la boca en el último instante, haciendo que los chorros salieran a presión cayendo sobre el cuerpo del joven.
Sergio que seguía gozando de unos temblores impropios, ni siquiera notó el charco que se le formó cerca del ombligo y solo se percató cuando su amante le trajo un papel para limpiarse.
Volvió al mundo terrenal con un orgasmo que nunca disfrutaba con su novia.
“Marta…” pensó al gozar de tal clímax. Pasado el frenesí y el momento del máximo placer, el Sergio ardiente había desaparecido del todo.
Le había hecho cometer una tontería al Sergio “normal” y ahora se había largado para no asumir responsabilidades.
Mientras se limpiaba el semen aún caliente de su cuerpo y los pequeños picores le recorrían sus genitales, el vientre se le contrajo, había hecho mal, muy mal. Incluso una pequeña arcada asomó tímidamente, quería vomitar del asco que se daba.