LA CASA DE ALICIA
Era un caballo desbocado dando zancadas de varios metros. Cualquiera que le hubiera visto pensaría que huida de la misma muerte, pero no había nadie que le viera, ni siquiera su hermana, que ya comenzaba la última recta en dirección a casa.
El corazón le estallaba y no del cansancio por la carrera, sino por la tensión de lo prohibido.
Había llegado al portal en menos de dos minutos cuando caminando hubiera necesitado mínimo cinco.
Llamó al portero con los pulmones ardiendo, menos mal que nadie preguntó, solo aulló el sonido de la cerradura metálica abriéndose.
Si hubiera tenido que decir una mísera palabra, no hubiera podido.
Esperó al ascensor, primero porque debía descansar y segundo porque se quería hacer un poco de rogar.
“A buenas horas” saltó su mente racional, “como si Alicia no supiera a lo que vienes”.
El ascensor le dejó en el quinto piso y la puerta de más a la derecha ya estaba abierta.
Allí posaba su amante, Alicia, con un pijama corto y unas zapatillas peludas que asemejaban un conejo.
Dio el primer paso acercándose a la joven. Una pequeña voz en su interior le decía que recordase a su novia, que Marta no merecía eso, pero era algo tan lejano… un eco venido de la cima de un monte que no se podía escuchar.
Alicia comenzó a cerrar la puerta, sin embargo, antes de conseguirlo el chico que tan ardiente parecía, ya la había rodeado con sus brazos y comenzaba a besarla.
Los besos se sucedían sin parar, el sabor a alcohol no les parecía para nada desagradable y mientras la puerta se cerraba con brusquedad, la jovencita era alzada en brazos.
Las manos de Sergio aferradas con dureza a las nalgas de la joven la llevaban en volandas por el descansillo. Toparon con una pared y Alicia movió la cadera para sentir algo que la golpeada, era el pene del joven que ya venía preparado.
—Sigue el pasillo y a la derecha.
Pudo decir la muchacha mientras sus lenguas batallaban con ferocidad.
Sergio la llevó sin soltarla ni por un momento, recorrió el pasillo y después se paró en la puerta de la sala.
Allí se adentró y la depositó en el sofá, se sentía con tanta fuerza que la chica apenas le pesaba más que un papel.
La adrenalina en su cuerpo, sumado a lo caliente que estaba le hacía sentir que podía hacer cualquier cosa.
—Me has hecho esperarte un poco —saltó Alicia sentada contra el respaldo del sofá.
—Ahora lo compenso —Sergio no quería hablar, solo pensaba en una cosa, sexo.
Se sentó a su lado y con ganas pasó su mano por la pierna desnuda de la muchacha que rio al notar el cosquilleo que le producía.
Los dedos curiosos avanzaban por la suave piel que a cada centímetro se erizaba aún más.
Estaba muy cerca del pequeño pantaloncito que cubría una zona que Sergio deseaba probar, unos pocos milímetros le separaban, apretó esa parte del muslo con ganas antes de llegar.
Sin embargo, Alicia le detuvo. Colocó su mano en la muñeca del chico y paró su avance sin ofrecer ningún motivo. Le miró con ojos deseosos, no se comprendía que podía pasar y menos una mente como la de Sergio, que entre la calentura y el alcohol, se había vuelto la de un chimpancé.
—¿Está todo bien? —preguntó Alicia con su mano aferrando la del joven.
—¿Cómo?
—Lo digo por tu novia.
—No creo que sea el momento de hablar de eso. —casi se sentía indignado porque Marta saliera en ese instante, si nunca hablaban de ello por algo sería.
—Lo que no me apetece es que mañana estés mal, quiero que no te arrepientas.
—Si estoy aquí, no creo que me vaya a arrepentir. —no sabía lo que decía.
Sergio lanzó un beso que Alicia evitó colocando su mejilla donde deberían estar los labios. Comenzó a besarle poco a poco y al llegar a su oído, la amiga de Laura susurró.
—¿Esto lleva a algo más?
—No lo sé. —el joven torció el gesto, para después sonreír al notar un pequeño mordisco de la chica— ¿Quién sabe? Mañana lo podré pensar mejor.
Alicia aspiró con fuerza, le agarró el rostro y girándolo hacia ella, le besó con toda la pasión que tenía dentro.
Sin dejar pensar al muchacho, se montó encima de él dejando una pierna a cada lado.
Sus manos calientes por el ambiente acogedor del hogar pasaron por el pecho de Sergio levantando la camiseta y el jersey.
Contrastaban con los dedos gélidos del joven que trataba de calentarse apretando con fuerza sendas nalgas.
—Estaría bien que quisieras algo más —dijo en un momento Alicia separando los labios.
—Veamos que pasa hoy y pensaremos mejor en unas horas.
La joven con rapidez cogió la parte baja de su camiseta de pijama y con unos pómulos rojos e inflamados debido al erotismo, se la quitó de golpe, dejando que cayera en el sofá.
—¿Te gustaría tener esto todos los días?
Alicia se pasó sus manos por los senos haciendo que los pezones rosados se le endurecieran levemente. Las nalgas de la muchacha habían sido abandonadas por las manos de Sergio que ahora surcaban la cintura para llegar a esos dos montes que tanto se parecían a los de… Marta.
En qué momento se le pasaba su novia por la cabeza.
Podría decirse que en tamaño y color eran similares, aun así, su cerebro le jugaba una mala pasada.
Cerró y abrió los ojos para centrarse. Esa voz de su interior, la cual rugía por salir le estaba molestando.
Aún estaba dentro de un pozo de varios metros lleno de agua, pero ni con esas se callaba, su conciencia era fuerte.
—Estaría bien —contestó como un autónomo.
Había tenido unos senos más grandes entre las manos, incluso más esponjosos, sin embargo, los de Alicia le parecían “nuevos”.
Pensó que podían estar inmaculados, como si nadie hubiera pasado antes por allí, iba a ser Neil Armstrong en los pechos de la joven.
Aunque solo era una sensación, más de un chico había probado la delicada piel que Alicia tenía por esa zona.
—Entonces me vas a tener que invitar un día a… no sé… al cine o a cenar, ¿no?
Las manos de la joven se enredaban en el pelo de Sergio mientras hablaba y cuando este comenzó a asentir a la pregunta de la chica, ella lo atrajo hacia su cuerpo.
No sabía ni que contestar, ni siquiera cuál era la pregunta.
Movió la cabeza por alcanzar su objetivo, parecido al niño que dice que no lo volverá a hacer solo para volver a jugar.
La boca encajó a la perfección con la mama de la joven cumpleañera, que suspiró al notar la ardiente saliva. La lengua describió un movimiento circular en torno a la protuberancia que logró la completa erección, solo quedaba una cosa, sorberlo.
Sergio pensaba que aquello podía acabar en cualquier momento, que su estúpida conciencia saldría a la luz, lanzaría a la chica por los aires y se iría tan rápido como había venido.
Sin embargo, era muy poco probable. Con el pezón aferrado por sus labios, los únicos pensamientos que tenía eran sobre Alicia.
Marta era un simple borrón en su memoria y ni siquiera pensaba en si su hermana había llegado ya a casa. Solo quería gozar.
Las manos de la joven soltaron el cabello y se fueron directas a la entrepierna de este.
Con poca maña, pero algo de acierto, logró desabrochar el pantalón e introducir una mano por dentro de la ropa interior.
El bulto ya era considerable, solo le faltaba salir a que le diera la luz como a una planta y crecer del todo.
Alicia no dudó en abrir los ojos de sorpresa al notar toda la carne en su mano, decididamente había tenido suerte.
—¡¿Qué tienes aquí?! —preguntó sorprendida al mismo tiempo que gozaba del masaje con la lengua.
—¿Quieres verla?
Sergio estaba caliente como nuca, notando el seno en su boca se sentía de lo más afortunado y no pensaba parar hasta que las piernas se lo permitieran.
Su cabeza no regia, solo se dejaba llevar por ese yo “caliente”.
Le apetecía tumbar a la muchacha en el sofá y someterla con tantas penetraciones que perdiera todos sus líquidos.
Antes de que respondiera se percató de una cosa tan obvia que en ningún momento había calculado. En su cartera solo había dinero, tarjetas y pelusas, ni un preservativo. Con los ojos abiertos y únicamente lamiendo con su lengua el pezón derecho de la joven, la miró para preguntarla.
—¿Tienes condón?
—Sí. —sonrió avergonzada y dándole un tierno beso en los labios, alejado de la pasión del comienzo, añadió— Lo he dejado preparado en la mesa.
Sergio no contuvo la mueca de satisfacción y se levantó dejando a la chica en el sofá.
El envoltorio de color aluminio, estaba a la vista, preparado para la gran ocasión.
No perdió tiempo en historias, se deshizo de la parte de arriba de la ropa y después de la de abajo en un visto y no visto.
No le dejaba todavía ver lo que tenía entre las piernas a su amante, quería que fuera una sorpresa, aunque ya lo había palpado y en su imaginación estaba claro.
Sin embargo, Sergio en su estado embriagado y ardiente quería pavonearse ante la joven.
Se giró con el preservativo ya sacado en sus manos, su cara dibujaba una sonrisa estúpida que gritaba “mira lo que tengo, nena”.
Pero Alicia no fue la única sorprendida, Sergio vio como la joven se había desvestido mientras él hacia el “indio” quedándose sentada en el sofá, con las piernas abiertas.
Estaba expuesta a todo lo que tuviera que venir.
Un sexo rosado y algo mojado resplandecía con las tres luces del salón.
El joven clavó su mirada, era un aperitivo listo para ser devorado, pero no quería perder el tiempo en preliminares, tenían que ir directamente al postre.
—Vaya… Qué polla… —resopló Alicia llena de una pasión incontrolable.
—Es tu regalo, Alicia. —Sergio se colocó el condón con poca maña quitando el glamour que pensaba que tenía— Dieciocho centímetros, uno por cada año.