La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) ESPÍRITU NAVIDEÑO
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ESPÍRITU NAVIDEÑO

El tiempo transcurrido durante el sexo, sumado al paseo con Marta hasta casa de sus abuelos, llegó a casa con el tiempo justo para sentarse a cenar. Ambas mujeres estaban en la cocina, Mari cocinando y su hermana pegada al móvil sentada a la mesa.

—Vamos, Sergio, que empezamos sin ti.

Su madre le dedicó una media sonrisa un tanto inusual, mientras freía las chuletas de carne que compró para la ocasión.

—¿Papá? —preguntó al no verle.

—Pues acaba de marchar hace unos 15 minutos, un poco antes y os cruzáis en el ascensor. —Mari se quitó el delantal apagando el fuego y lo dejó colgado en un aplique de la pared que estaba destinado a ese uso.

Aquel día se había levantado con cierta alegría, no por ser Navidad, sí que eran unas fechas que le gustaban, pero no especialmente por eso.

No tenía mucha idea de cuál podría ser el motivo, no obstante la sonrisa no se le había ido en toda la tarde.

Cocinó durante horas con la ayuda de su marido, que se llevó un táper al trabajo para disfrutar de la cena.

Mari se quería dar un capricho aquel día, había hablado con su hermana justo a la tarde para felicitarle las fiestas y recordaron lo bien que lo pasaron en sus pequeñas vacaciones.

Quizá movido por aquellos recuerdos felices, fue a su armario y cogió un par de prendas que le sentaban de maravilla.

Un vestido algo ajustado, que no se ponía desde hacía mucho tiempo, junto con unas medias negras y unos zapatos con algo de tacón.

Al verse así se quedó sorprendida. Nunca se ponía tacón para estar en casa, es más, lo único que se solía ponerse eran las zapatillas de casa.

No pensaba salir a festejar ni mucho menos, su plan era quedarse en el sofá y si su marido se podría haber quedado, todavía sería comprensible vestirse de esa guisa.

Sin embargo le resultaban incomprensible aquellas ganas de verse guapa, no obstante no las reprimió.

Se pintó un poco el ojo y como colofón, decidió ponerse uno de los sujetadores que le compró su hermana en sus tan anhelados días en su pueblo.

Se miró al espejo mientras Dani preparaba los últimos retoques a la mesa.

En verdad estaba espectacular, tenía una figura que le hacía sentirse preciosa.

El busto se le resaltaba bajo el vestido y sus piernas delgadas quedaban estilizadas, tanto por las medias, como por culpa de los tacones.

Cuando apareció en la cocina, hasta su marido le dedicó un pequeño halago, preguntando a modo de broma si tenía una cita. Ella se sonrojó, le encantaba que ese Dani juguetón saliera a la luz, pero pronto acabó, ya que su marido tenía que volver al trabajo.

Con Sergio ya en casa, los tres miembros de la familia se sentaron a la mesa y comenzaron a comer con ganas.

Para una vez que se aflojaban el cinturón en una temporada querían darse un buen atracón.

Mari había comprado langostinos, chuletas y otras cosas de picoteo que poco duraron encima de los platos.

Incluso Laura, muy exquisita para las comidas y siempre tratando de conservar su figura, se dio un buen banquete.

—Esto está riquísimo, mamá —saltó Sergio con medio espárrago cruzando su garganta.

Mari le sonrió con ese gesto que inexplicablemente no se le había borrado en todo el día.

Miró el móvil en un momento, por si su marido había tenido algo de tiempo para mandarla un mensaje, pero no hubo suerte.

En cambio cuando bloqueó el teléfono y la pantalla le mostró su reflejo, esta se contempló mientras los chicos dejaban la mesa sin existencias.

Realmente esa sonrisa le quedaba de fábula y además, ¡qué guapa estaba…

! Amplio aún más el gesto de felicidad y pensó “será el espíritu navideño”.

—¿Vas a salir hoy, Laura? —se interesó Sergio.

—Que va, por mí no habría problema, pero mis amigas no quieren salir.

—Mejor —saltó Mari— así no vienes tan mal como el otro día.

—Mamá… —contestó la jovencita tapándose el rostro.

Sergio y Mari se rieron, compartiendo una mirada cómplice que les hizo sonreírse durante par de segundos.

—Ya te emborracharás otro día —le dijo Sergio pelando un langostino y recibiendo un golpe con un trozo de pan—. ¡Oye! ¡Qué me das! ¿Y en reyes no sales?

Aquella pregunta venía precedida por una conversación anterior tenida con Alicia.

Habían hablado de tantas cosas que no podía recordarlas todas, pero en una de estas, le había comentado que el día 3 de enero era su cumpleaños y al cumplir la mayoría de edad, lo celebraría con ganas.

Sergio no la había querido preguntar directamente si saldría aquel día a festejar, no quería parecer demasiado interesado, por lo que tener allí a su hermana le valdría como informante.

—Quizá… Es el cumple de Alicia, o sea que igual quiere hacer una fiesta.

—Dios, hija, ya vais a hacer dieciocho años, el tiempo vuela… —añadió Mari pensando en lo pequeña que era unos años atrás— ¿Por dónde soléis salir? Creo que estoy algo desfasada.

Sergio levantó la ceja y sonrió al escuchar la pregunta, su madre sin querer le ayudaba a averiguar cosas que le interesaban.

—Por los bares del casco viejo, no salimos del pueblo que en otros no nos dejan entrar a todas.

—Me pasaré a saludarte entonces —volvió a saltar burlón el joven.

—Vamos es que ni de broma. —Laura veía como su hermano asentía con la cabeza para picarla aún más— ¡Mamáááá! Dile que no, que me deja en ridículo, el otro día me vaciló delante de mis amigas.

Mari echó un vistazo a los ojos de su hijo.

Analizó con aquel azul intenso el rostro del joven y de pronto, viendo que reía, por algún motivo inexplicable que le nacía del alma, los dos comenzaron a reír a carcajada limpia.

Laura les miró embobada sin saber lo que pasaba, les veía desternillarse como locos por algo que no entendía, quizá serían cosas de mayores (sí, para ella Sergio era mayor).

La cena terminó y en el transcurso de esta, incluso la más pequeña de la casa acabó riéndose por alguna broma.

Pero sin duda los que no paraban de sonreír eran Mari y Sergio.

Algo pasaba entre ellos, la complicidad era enorme, se sentían de la misma forma que hacía unos meses.

Aunque todavía no lo sabían o no lo notaban, era el mismo sentimiento que tenían en el pueblo y que enterraron, la sensación de una conexión increíble.

Laura acabó levantándose cerca de las once de la noche, estaba bastante cansada y tenía la gran idea de irse a dormir a su habitación.

Algo que aprovechó Sergio cuando estaban recogiendo y le dio un beso en la frente viéndola receptiva, esta le miró muy extrañada, pero con un “hasta mañana” no replicó tal acto.

—No tienes que hacer rabiar tanto a tu hermana, cielo.

—Solo un poco, mamá. —Sergio le pasaba los platos mientras Mari los metía en el lavavajillas— Está en una edad mala, pero la quiero con locura, es mi hermanita. Cuando esta así de graciosa me encanta estar con ella.

—La verdad que hoy la cena estuvo fantástica, lástima que no estuviera papá.

—Bueno, mañana comemos todos juntos, no hay problema. Ahora vengo, voy un momento al baño, regreso y terminamos con eso.

—Voy a ponerme un café, ¿quieres uno?

—No tomo, mamá, ya sabes que no me gusta. —le dedicó una dulce sonrisa y cuando se giró para marcharse escuchó de nuevo a su madre.

—Y… ¿Una copita de cava?

Sergio no pudo ocultar a su madre la sorpresa que le había causado mientras ella le mostraba sus blancos dientes con una sonrisa que ocupaba medio rostro. Su silueta marcada por el vestido era un lujo contemplarla y con aquella felicidad, parecía otra Mari… una Mari que hacía tiempo que no veía.

—Una o dos… Las que quieras.

Marchó al baño dejando a su madre sola en la cocina y sacó del bolsillo el móvil antes de llegar.

Vio un mensaje de Marta que le felicitaba la Navidad y le puso lo mismo, añadiéndole un “te quiero” que seguro su novia contestaría a la mañana.

Sin embargo, algo se le pasó por la cabeza, abrió el Instagram y confirmó que Alicia hacia poco que se había conectado.

La conversación con su hermana le había dado la idea de que podía encontrársela de fiesta algún día de forma “casual”.

Puso los dedos en el móvil y la comenzó a escribir sin pensar ni en Marta, ni en nadie, tenía unas ganas terribles de hablar con su “amante”. Aquella palabra le surcó la mente, ¿de verdad lo era? Todavía no, pero el haber pensado en ella mientras hacia el amor a su pareja, era un paso.

—¿Qué tal va la fiesta?

—Muy bien —contestó casi al instante— ¿Tú?

—Bien, ya hemos terminado, ahora una copa y a cama.

—Yo ya voy por la segunda —añadió un icono sacando la lengua.

—Una cosa. —Sergio se vio dispuesto, pensando que era el momento propicio y lanzó una pregunta que podía pasar un límite que aún no habían rebasado— ¿Te has vestido para la ocasión?

—Claro, voy monísima.

Escribió la palabra “a ver”, pero se detuvo al pulsar el botón de enviar.

Por un momento su raciocino se impuso y le dijo que lo que hacía estaba mal, que si atravesaba la barrera podría ser que no pudiera volver atrás.

Sentado en la taza del váter, Sergio echó la cabeza hacia atrás y suspiró con el rostro algo encendido.

Le ponía mucho aquella chica y tampoco sabía decir el porqué, era muy guapa, pero apenas la conocía.

Volvió a mirar el móvil pensando en el momento con Marta, en como Alicia le había ayudado a acabar dentro de ella y en un instante dudo…

aquello fue fatal. En su móvil pulsó el botón de enviar y el mensaje voló rumbo al teléfono de la chica.

Al de pocos segundos, Alicia le mandó una foto con un vestido negro ceñido, las lentejuelas brillaban y su silueta se podía admirar a la perfección.

Era una chica preciosa con un cuerpo hecho para el pecado.

La barrera había sido destruida con un solo movimiento de su pulgar y ahora, contemplando la foto, una erección se encaminaba a su punto más álgido.

—¿Te gusta? —le preguntó de seguido la joven.

—Mucho.