ESPÍRITU NAVIDEÑO #2
Sergio contestó sin añadir nada más porque quería luchar contra el sentimiento de infidelidad que crecía en su interior, intentando que no se apoderaba de él. Aunque lo que no sabía el muchacho era que una vez germinada la semilla del adulterio, nada la paraba.
Salió del cuarto de baño camino a la cocina, su madre le esperaba con los codos apoyados en la mesa y degustando una barrita de turrón junto a la copa de cava. En el otro lado de la mesa, la de Sergio aguardaba por un anfitrión.
—¿Qué tal las cosas con Marta? —le preguntó su madre pillándolo por sorpresa.
—Bueno, comenzando de nuevo, a ver qué tal.
—Te quería comentar una cosa, sin meterme en tus asuntos, cielo. —Mari se introdujo el turrón en la boca y pronunciando con algo de dificultad siguió— Últimamente te he visto mucho con el móvil. Sueles poner una sonrisa boba cuando lo miras, ¿es cuando hablas con Marta?
Sergio fijó los ojos en su madre que estaba espléndida aquella noche, con una belleza que solo había visto en el pueblo y se dijo que sería un buen punto de partida hablar de algo como eso. Quería volver a tener la confianza que tan rápido adquirieron y que con la misma rapidez perdieron.
—No. Es una amiga.
—Vaya, un tipo de amiga por la que sonríes al hablar… No suelen ser realmente amigas.
—Mamá, —Sergio sonrió y negó con la cabeza. Le sorprendió lo suelta que tenía la lengua— me prestas demasiada atención cuando estoy en el sofá.
—Es mi trabajo, soy tu madre.
—En eso tienes toda la razón. Es una amiga, con la que bueno… no me importaría tener algo más.
—¿Algo serio? —Mari daba pequeños sorbos que deslizaban mejor el trozo de turrón por su garganta.
—No muy serio. —el joven no quería decirle directamente a su madre que solo sería algo sexual y poco más.
—Entiendo. ¿Quieres un consejo? —qué extraña estaba su madre, pero Sergio asintió para recibirlo— Quizá deberías dejarlo con Marta.
Antes que digas nada, te veo todos los días venir con esa cara aburrida, no triste, pero la estás rozando.
Últimamente no estás tan feliz como de costumbre y cuando te veo esa sonrisa que sacas con tu nueva amiga.
¿Has pensado si volver fue una buena idea?
—Creo que no lo fue… —cada día el pensamiento era más fuerte— Siento que no conectamos como antes, o quizá nunca lo hicimos del todo, no lo sé.
—Tu nueva amiga, pienso que no te solucionará nada. No digo que te olvides de ella, pero quizá lo que te viene mejor sea estar solo. No estés con alguien por estar.
Sergio echó la cabeza hacia atrás resoplando del mismo modo que en el baño y miró a su madre a los ojos.
Se sumergió en las cuencas que las féminas de la familia tenían por herencia genética y por un momento vio a su madre, esa Mari que descubrió en el viaje al pueblo.
Sentía que toda ella tenía razón, con aquel vestido, la felicidad en su rostro y arreglada, se veía que tuviera todas las soluciones del mundo, la veía superior.
—Seguramente tengas razón.
Sin quitarle la vista de encima, comprobó como el busto era más prominente que de costumbre, mucho más que cuando usaba una camiseta suya. Sintió algo en su vientre, algo que tenía olvidado desde hacía unos meses, ¿cómo su madre podía ser tan guapa?
—¿Te da vergüenza hablar con tu madre? —lanzó Mari una mueca pícara al ver que Sergio se había puesto colorado.
—No, no. —vio el dedo de su madre señalándole el rostro y al tocarlo lo notó caliente— Será el calor, no sé, quizá el cava.
—No importa. —dio un sorbo terminando la copa y añadió— Te quería comentar algo, a ver qué te parece, aún no se lo he comentado a tu padre.
—Sergio prestó atención— Últimamente, ya sabes, el trabajo de tu padre pues están como están.
No creo que le lleguen a despedir, pero por si acaso, se me ha ocurrido que podría buscar un trabajo.
—¿Cómo un trabajo? —la pregunta le salió sola, no recordaba que su madre hubiera trabajado.
—Sí, algo para traer dinero a casa, por si lo de Dani al final sale mal.
—Vaya, mamá, me pillas totalmente descolocado.
—¿No te parece buena idea? —Mari torció su gesto viendo que el apoyo que esperaba de su hijo, no aparecía. “No debería haber dicho nada” acabó por pensar.
—Que va, todo lo contrario. Siento si has pensado otra cosa, lo que pasa que nunca te he visto trabajar, se me ha hecho raro. ¿Cómo te ha dado por ahí? Sabes que si no quieres no es necesario, puedo volver al cine a ver si tienen algo para mí y así me saco un sueldo.
—Me sienta mal que hagas eso, cariño. —Sergio abrió los ojos esperando la explicación— Entiéndeme, soy tu madre. Lo lógico es que sea yo quien salga a la calle a traer dinero, ¿no? No quiero que mi hijo se tenga que ganar la paga trabajando si lo puedo hacer yo.
—Pensaba que te gustaba que trabajase.
—Perdona, Sergio, que no me he explicado. —Mari se levantó para dejar la copa en el fregadero— Me encanta que seas independiente en ese sentido. Que te busques un trabajo y te ganes tu sueldo con tu esfuerzo. Lo que no me gusta es que lo hagas para reducir gastos en casa.
—Entiendo, mamá.
Mari se acercó a su hijo y cogiendo una silla se sentó a su lado, muy cerca.
Haciendo un esfuerzo que en casa parecía como si estuviera levantando una montaña, alzó su mano y pasó las yemas de los dedos por la mejilla del joven.
El tacto que sintió Sergio le hizo reconfortarse, olvidó de sopetón lo mal que se sentía por hablar con Alicia, por pensar en ser infiel a su pareja, el calor de su madre le protegía como cuando era un bebe.
La mujer fue a retirar la mano, el roce no había sido más de dos segundos, pero suficientes para ella, sin embargo, no pudo.
Sergio elevó su mano cogiendo con dulzura la de Mari y pegándola contra su rostro por completo.
La palma caliente le proporcionaba una protección que hacia tanto que no sentía.
Cerró los ojos notando el amor que desprendía la mujer desde sus dedos y como le entraban por sus poros llegando al corazón.
—Bueno… —Mari separó la mano del rostro de su hijo con ligera vergüenza y le sonrió sin saber casi que decir. Tuvo que volver al tema anterior— ¿Entonces te parece bien que busque un trabajo?
—Me parece muy bien, en casa intentaré ayudar en todo lo que pueda, lo prometo.
—Aunque sigáis siendo un poco guarros, —Sergio sonrió mientras Mari hacia lo mismo— me ayudáis bastante.
Además, apenas dais trabajo, no es como cuando erais pequeños…
menudo calvario. Si colaboramos todos, la casa se hace en un periquete.
—vio que al final había sido buena idea hablarlo con su hijo, tenía mucha razón Carmen, “es un buen chico”.