La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) EL REENCUENTRO
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EL REENCUENTRO

Entró en la biblioteca con las manos sudadas y un ligero tic en el parpado, se notaba como en su primera cita.

El corazón le latía frenético notando como tamborileaba dentro de su pecho y la sangre le retumbaba en las sienes.

Subió los dos pisos que le separaban de su destino, desde que descubrió que en el tercer siempre había sitio para estudiar y la tranquilidad era completa, nunca iba a otro.

Llegó arriba sin aliento, podría haber subido en ascensor, pero se veía con fuerzas, error, estaba agotado y pensaba que en cualquier momento se pondría a sudar. Se dirigió a su mesa con el paso más firme que pudo, pero sorpresa… Marta aún no había llegado.

Miró la hora por mera curiosidad, como si no le importase que no estuviera, pero claro que le importaba.

No recordaba lo impuntual que era y lo irritado que eso le ponía “si quedas a una hora es para llegar a esa hora, si no queda más tarde”.

Solía repetirlo como un mantra mientras la esperaba, aunque luego cuando llegaba, no se lo decía, solo dejaba caer algunos comentarios a modo de broma.

Quince minutos después de la hora, ya sentado y con los libros abiertos, escuchó unos pasos.

Se dio la vuelta con rapidez como las tres veces anteriores, pero esta vez sí, Marta estaba allí.

Su melena rubia se movía en el aire a cada paso, se acercaba con una sonrisa de lo más dulce que Sergio recordó al instante.

Al verla, no sintió otra cosa que buenos recuerdos y felicidad, seguía tan guapa como siempre.

Su precioso pelo, sus ojos brillando por la luz de las lámparas y un cuerpo perfecto moldeado por la juventud.

Intentó no sonreírla, estar lo más serio posible y mostrar cierta indiferencia, esa era su baza.

Pero le fue imposible, cuando ella dejó su mochila al lado de este y se apartó el pelo del rostro, un perfume muy reconocible llegó hasta las fosas nasales del joven, drogándolo al instante. Sergio la sonrió.

—Lo siento mucho, de verdad. —parecía que las costumbres no cambiaban. Siempre que llegaba tarde pedía disculpas, al menos era algo…— El profesor estaba dando los últimos apuntes y se pasó de la hora.

—No te preocupes, acabo de llegar hace uno o dos minutos. —no le quedaba otra que mentir, no le hacía gracia admitir que llevaba quince minutos esperándola.

Le volvió a sonreír mientras se quitaba el abrigo. Sergio se fijó en la camisa algo holgada de color rosa que vestía, era la primera vez que le veía con una prenda así y pensó “no le queda mal”.

—¿Qué tienes que hacer? —su voz de lo más calmada y agradable le hacían sentir al joven muy bien y… no debía sentirse de ese modo o al menos, eso se había prometido.

—Estadística, tengo que llevar para mañana cinco ejercicios…

—O sea que todavía estadística, se te ha atragantado… —le cortó al hablar, nunca le gustó que le hiciera eso.

—Bueno… creo que hemos quedado para otra cosa, no para hablar de la universidad —por una vez Sergio logró controlar sus nervios.

—Qué corte… —su rostro cambió y viró sus ojos verdes hacia los libros que comenzaba a sacar— No tengo mucho que decir, solo quería dar la cara y…

—Vas un poco tarde, Marta, tendrías que haber dado la cara hace bastante tiempo —Sergio por una vez habló serio y con autoridad.

—No tengo perdón, lo que hice no estuvo bien…

—Marta, no sé qué quieres en verdad. Mira, me dejaste —Sergio comenzó a alzar la voz debido al enfado. Se había olvidado de que estaban en la biblioteca— por tu ex… sinceramente, me da igual si tuviste algo con él mientras éramos pareja, pero que menos que ir de cara, en teoría me querías.

—Te quería muchísimo, Sergio… pero las cosas cambiaron, fue una época mala, me equivoqué. No puedo decir más que eso, soy humana y cometo errores, uno muy grande fue aquel…

Al escuchar unas palabras tan sinceras, el joven la miró con intriga, no comprendía a que venía todo aquello, pero ¿podría ser cierto que estaba arrepentida?

—No creo que te excuse que tuvieras una mala época… y si me querías de verdad, eso te hace ser una mala persona.

El último comentario sonó duro y en tono alto, logrando que dos compañeros a cinco mesas de distancia se girasen para mirar. Rápido volvieron la vista mientras Marta y Sergio no dejaban de mirarse.

—Sergio… no me digas eso…

Ante la incredulidad del joven, unas gotas se derramaron por el rostro de la joven. Sergio no podía dar crédito a lo que sus ojos veían, fue la primera vez que vio a Marta llorar, en toda su relación, por mucho que discutieran, jamás la había visto así. “¡¡¿¿De verdad la ha dolido??!!”.

Unos pequeños sollozos se comenzaron a escuchar más alto y una de las lágrimas llegó hasta el libro que la joven tenía abierto.

Alguien carraspeó desde el otro lado, eran los mismos de antes, haciéndoles ver que el sonido era ya más que elevado, al haber tan poca gente en ese piso, se escuchaba casi todo.

—A ver, Marta, lo… lo siento —Sergio al verla llorar no podía sentirse peor.

Con aquella frase se había pasado. Su mano por pura inercia se movió por la espalda de su ex, dudando si debería hacerlo.

Aunque antes de que concretara el siguiente movimiento, su mano rodeaba la cintura de la chica atrayéndola hacia su cuerpo, Marta se dejaba hacer— cálmate, por favor. Siento si te ha dolido lo que he dicho.

Se levantó sin poder parar el llanto desconsolado que comenzaba a aflorar en ella y con paso rápido dejando todas las cosas allí, anduvo hasta el baño de ese mismo piso.

Sergio la siguió sin saber muy bien por qué, lo más sensato hubiera sido quedarse en su sitio y esperar a que la mujer se calmara.

Aquella situación, de ir tras de ella, le evocó recuerdos…

memorias sobre enfados y ella yéndose hacia casa mientras el joven la acompañaba para tratar de ir en paz.

La puerta del baño de las chicas, la encontró cerrada al llegar, desde fuera el sonido a llanto se escuchaba de forma tenue y apagado, menos mal que allí no había casi nunca nadie.

Con voz baja y mirando primero en el baño de los chicos que había al lado por si hubiera alguien, Sergio le comentó a su exnovia.

—Marta, sal que no pasa nada de verdad. Estudiamos y luego hablamos, no te preocupes, pero ahora estate tranquila.

—Sergio… —escuchó unos pasos que se acercaban a él, de pronto se detuvieron y la puerta se abrió unos centímetros por donde asomó Marta— Pasa, por favor. —viendo la cara del muchacho agregó— No hay nadie… es que no se me pasa, perdona.

Entró en territorio prohibido, jamás había estado en un baño para chicas, era curioso lo raro que se sentía en un lugar que era prácticamente idéntico a donde solía ir a mear.

Marta se había apoyado en el lavabo, veía su rostro lloroso en el espejo y en un acto de bondad o simplemente por pena, Sergio la puso una mano en el hombro.

—Ya vale… mira, no quiero llevarme mal contigo. Te he querido mucho y has sido importante para mí. Vamos a fuera, estudiamos como dos personas normales y hablamos luego.

—No… no puedo… necesito sacarlo —pasó una de sus manos por sus ojos para limpiarse— soy una mierda de persona. Fue un golpe muy bajo… no te puedo decir por qué lo hice, solo pedirte perdón.

—Nunca te he tenido rencor, —no podía ser más mentiroso, pero la situación lo requería— eso ya está olvidado. Somos amigos normales y ya, no hay problema de verdad.

—Pero yo… —Marta le miró con unos ojos que brillaban debido a las lágrimas y a las luces que titilaban sobre sus cabezas— no… no quiero ser tu amiga.

El corazón del joven se paró y todo su cuerpo sufrió un incendio, era lo que en el fondo se había temido, no estaba allí únicamente para pedirle perdón. Por unos segundos, la miró con la boca abierta sin poder decir nada mientras la joven esperaba una contestación que no llegaba.

Visto que no pasaba nada, Marta decidió dar un paso. Se acercó a Sergio que intentaba dar unos pasos atrás tratando de evitarla. Cuando lo consiguió, después de dos cortos movimientos, chocó con una de las puertas que daba a un retrete individual.

—Quiero que me perdones la tremenda cagada que hice. Haré cualquier cosa… Te lo prometo, pero Sergio, me sigues gustando, nunca has dejado de gustarme. He estado pensando en ti cada día desde que lo dejamos.

—No, no, no… —soltó por su boca que temblaba, aunque esas palabras no iban dirigidas a la chica rubia, sino a él mismo. Sabía que era débil… tenía que aguantar— Esto está fuera de lugar, te fuiste con tu ex, Marta, no quiero oír esas cosas ahora.

—Perdóname, fue un fallo. Estaba mal, muy mal, él apareció, fue algo fugaz y de lo que me arrepiento cada día, tú eras mi hombre.

Las manos de la joven, pequeñas y frágiles se posaron en el pecho de Sergio que respiraba con dificultad.

Todo el odio acumulado, toda la bilis soltada con su tía y su madre ahora quedaba como una pesadilla lejana.

El ardor de su vientre se había convertido en deseo, ante sus ojos volvía ver a Marta, la del principio, no la que le había engañado.

Se acercó a sus labios. Sergio seguía inmóvil sin separar los ojos de aquellos globos oculares verdes que le atraían “me gusta mucho…” se decía succionado por una fuerza de la cual no podía resistirse.

—Para… para… —suplicó Sergio colocando las manos en los hombros de la chica. Realmente la veía preciosa, ¿siempre había sido así o era cosa de ese momento? Lo ignoraba— No es así de fácil… no puedes pretender besarme como si nada, lo he pasado muy mal.

—Dame una oportunidad, seré la mejor novia posible. Solo imagino un futuro contigo.

Las palabras de la chica le punzaban en los oídos.

Había llegado con la certeza de que Marta le podía proponer volver, una idea muy loca que rondaba su cabeza, pero que se había vuelto realidad.

En casa le había sido muy fácil rechazarla, se decía una y otra vez frente al espejo “No, Marta” y antes de salir se había visto con tantas fuerzas que era imposible que cambiara de opinión.