La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) JACUZZI #2
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JACUZZI #2

—Noooooooo —su madre le cortó algo apresurada y con una mano sujetando su pecho que por un momento se había agitado— hijo, ¡qué lanzado!

—Sergio que mala impresión tienes de nosotras. —el joven pensó que la maldad de su tía no conocía límites— Nos metimos en el coche rápidamente con su ropa y le hicimos que anduviera desnudo una buena parte hasta el pueblo. Creo que nos odió una temporada, pero no se lo dijimos a nadie.

Ambas explotaron en carcajadas incontenibles ante la perpleja mirada de Sergio.

El joven las observaba atónito mientras su mente le lanzaba un reproche “¿qué te crees que son tu tía y tu madre? ¿Dos actrices porno y su vida una película?”.

Aunque tuvo que añadir “eso si… menudas cabronas…” para acabar sonriendo y negando con la cabeza.

Las mujeres detuvieron sus carcajadas, mientras el joven las miraba todavía incrédulo. Se sirvieron otra copa más. Mari había perdido la cuenta, pero se notaba muy alegre y atrevida.

—Fuimos crueles… —no se le borraba la sonrisa.

—Podíamos serlo, cielo, éramos tan guapas… tan sexis… lo podíamos todo. —Carmen se encontraba evocando recuerdos cuando preguntó— ¿Te acuerdas que le dijiste cuanto te quitaste el sostén?

—Sí… es que no paraba de mirármelas y yo era una niña. —asintió algo avergonzada. Aunque tantos años atrás no tuvo la más mínima vergüenza— Me las levanté y solté un “libres y liberadas” ¡Jesús, tenía 16 años!

Ambas volvieron a reírse sin parar, mientras Sergio no daba crédito a la historia que escuchaba.

No se imaginaba a su madre calentando a un chico, además mayor que ella…

y menos, enseñándole los pechos. Aunque por otro lado, a una parte de su cuerpo que reptaba sigiloso por el muslo derecho, la historia le parecía encantadora.

—Es que cuando están liberadas, es mucho mejor —dijo en todo neutro Carmen, mientras alzaba su copa y su hermana la seguía brindando en mitad del jacuzzi.

—Hace tanto que no me quedo en toples… —ambas se habían olvidado del joven— y mira que en el río casi siempre que estábamos solas lo hacíamos… incluso alguna vez en compañía.

—Qué raras éramos para aquella época. Oye, mejor recuperar las viejas costumbres ¿no? —preguntó Carmen sonriente y con un movimiento de cejas alentó a su hermana. “¿Qué quieren hacer…?” Pensó Sergio sumamente perdido.

—Pero…

Mari pareció acordarse en el último instante de que su hijo estaba presente y miró a su hermana pensando en que no podían si él estaba allí. “No puedo enseñarle los pechos a mi hijo” meditó mientras sorbía lo poco que quedaba en su copa.

—Tranquila, se quedan bajo el agua. —Carmen guiñó un ojo y decidida se soltó el nudo del cuello para que no hubiera vuelta atrás.

Pasó sus manos con cuidado hacia la parte inferior rodeando ambas protuberancias.

Le dio mucha importancia a que su sobrino no viera ni un poco, sabía que la estaría mirando.

Se lo sacó por completo y miró a su hermana— Lo ves, se quedan bajo el agua.

Además, Sergio, no eres un chico cochino de esos que miran a las chicas cuando no se dan cuenta ¿verdad?

Sergio negó, estaba jugando con él, su pene ya estaba completamente duro y ahora con los pechos de su tía tan accesibles, el calor le estaba subiendo a la cabeza.

—¡Madre mía…! —Mari lo susurró. Parecía atorada, dispuesta a cometer una locura, surcando una barrera que nunca se había atrevido a atravesar.

Sin embargo, esa barrera ella mismo se la había puesto y quizá para otras como su hermana sus límites eran fácilmente franqueables.

Con voz seria le mencionó a su hijo— Sergio, no mires.

No miró, pero sabía lo que estaba pasando y aquello era suficiente. Su madre se quitó el bikini y lo dejó junto al de su hermana. Ambas estaban con los senos sueltos, a unos centímetros la una de la otra.

El curioso bulto que Sergio tenía en el bañador, había dejado de ser tan curioso para convertirse en un verdadero coloso que quería reventar la tela. No podía salir de allí sin ocultar tremendo “paquete” debía aguantar el chaparrón y mantenerse sereno hasta que viera una oportunidad.

—¡Mucho mejor! —resopló Mari y se acomodó con su copa en la mano.

—¿Lo ves? —su hermana asintió con cara de placer— Además, las burbujas dan un pequeño masaje.

La cabeza del muchacho estaba en otra dimensión, el agua les llegaba a cubrir el 80% del pecho y sus ojos no podían perder de vista aquellas cuatro obras de arte.

En cualquier movimiento que enturbiase el agua…

se veía mucho más, cualquiera de los cuatro pezones, podrían salir a la luz y ser visto de un momento a otro.

Las dos mujeres estaban algo borrachas, las copas de vino de Mari, más el champán le habían subido a la cabeza y ahora, con el calor del agua, todo se acrecentaba.

Carmen en cambio, no tomó tanto como su hermana, pero el calor que desprendía su cuerpo, sobre todo en cierta zona sexual, le estaba causando una sensación de mareo mayor que el alcohol.

Sergio no sabía dónde meterse, las mujeres seguían hablando ajenas al muchacho y cuando una de ellas se movía levemente, no podía evitar lanzar sus ojos en busca de algo más que ver.

Intentaba mantener quietos aquellos globos oculares marrones verdosos que la genética caprichosa no había querido que fueran azules, no obstante… no podía.

Por mucha fuerza de voluntad, siempre que los generosos pechos de su tía salían a flote, como un cazador agazapado en la maleza, soltaba una mirada fugaz observando lo máximo posible. Cuando sucedía lo mismo con su madre… ¡También miraba!

Estaba en su límite, se quería ir, bueno… no quería, pero era lo que debía hacer si no se quería desmayar allí mismo. Aunque bueno, estaba la otra opción, la de dejar fluir sus instintos primarios y arrancar la parte de abajo del bikini a su tía y que su madre contemplara lo que era capaz de hacer.

Su pene se movía como un látigo dentro del bañador, el calor que emanaba su cuerpo hacia parecer frío el propio agua del jacuzzi.

Se notaba como si se hubiera bebido un sinfín de litros de ron, estaba algo mareado y le costaba enfocar, “no he estado tan cachondo en mi vida”.

La boca se le había vuelto pastosa y una de sus manos, ya no podía soltar su miembro erecto mientras lo amasaba al amparo del agua dándose un pequeño placer.

Con la mano libre, cogió un poco de agua y se la echó por la cabeza, se dio cuenta de que no se encontraba nada bien, aunque mejor dicho…

se encontraba demasiado bien. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos por un segundo relajándose lo máximo que el cuerpo le permitía.

En su mente volaron millones de imágenes, imágenes que comenzaron a unirse como en una película.

Todo cobraba vida en su cabeza, una historia tan real que no parecía imaginación.

Ambas mujeres se le acercaban y sacando su rica entrepierna daban buena cuenta de lo que tenía.

Sabían lo que hacer y sabían lo que deseaba.

“Pobre Francisco Javier… lo que te perdiste…” pensó mientras se imaginaba que a él sí que le hacían un delicioso triángulo amoroso.

Daba igual que una fuera Mari, en ese momento cualquiera le valía.

—Mi vida… —la habló su madre esta vez desde la lejana realidad—, ¿seguro que estás bien?

Los ojos de Sergio algo perdidos, miraron a su progenitora.

Tenía los pómulos colorados y los ojos algo vidriosos, en el puente de la nariz vio marcadas las pecas que tanta gracia le hacían de pequeño.

Cada facción de su rostro le estaba pareciendo una belleza, estaba realmente preciosa, pero ¿desde cuándo? ¿Cómo pudo haber un cambio tan inmenso?

—Tienes la cara muy roja —le siguió diciendo.

—Sí… —dijo él tocándose el rostro con una mano húmeda y arrugada— creo que tengo mucho calor. —esperaba que eso no sonara con segundas.

—Salte, cariño, a ver si te vas a marear.

—No, tranquila, mamá, en un rato mejor. —no podía salir con aquella erección, se notaba como si una barra de pan atravesase su pierna, incluso sentía cierto dolor en la presionada punta. Mejor desmallarse, que enseñar aquello a su madre.

—Sergio, de verdad, vete. Tienes un poco la mirada perdida, igual te da una bajada de tensión, me estoy preocupando un poco.

La mirada de su madre no mentía. Pero el caso era que al chico no le pasaba nada malo, solo estaba más caliente que en toda su vida.

Su tía miraba la situación con una media sonrisa, sabía lo que le pasaba al joven y aquella situación, le estaba encantando, “ponerle es como una droga” pensaba para ella misma.

Mari se movió queriendo acercarse a Sergio para tocarle la frente e instarle a que se fuera a la cama.

Levantó el brazo para llegar hasta su frente y este se dejó hacer, pero en ese movimiento, en ese preciso instante, el pezón izquierdo de Mari, atravesó el umbral del agua y salió a la luz.

Ella no se había dado cuenta, suficiente preocupación tenía con su hijo, pero este lo vio y… miró.

“Mierda… en que momento” pensó mientras cerraba los ojos y apretaba sus labios con fuerza. Su pene le dio un brinco, exigiendo salir al exterior y guerrear con quien fuera, no conocía de lazos familiares, solo quería ponerse a trabajar.

—Estás caliente —dijo su madre volviendo a su posición inicial—, quizá tengas fiebre, mejor marcha, cariño. Te habrá dado mucho el sol.

—No tengo nada, mamá, de verdad, déjalo, no es fiebre… se me pasa y salgo. —Sergio se veía en un aprieto y no sabía cómo evadirse. Para colmo su tía no le iba a ayudar, aquella sonrisa la delataba.

—Sí, Sergio, mejor sal —pidió ella mordiendo con disimulo uno de sus labios. Se sentía el mismo demonio—. Vamos, otro día te metes, no pasa nada.

—¿Seguro? —le preguntó únicamente a su tía, ella asintió contenta a rabiar. Pasó su mano por su pene duro como el hierro y lo apretó con fuerza dándose un poco de placer— Mamá, mira para otro lado, por favor.

—¿Qué? ¿Para qué?—su madre no entendió nada.

—Hazme caso, date la vuelta.