JACUZZI
La mujer le miró con ganas, con unos ojos de cazadora que el joven podría haber confundido con la de una Leona en mitad de la sabana.
Carmen se introdujo en el agua con lentitud, primero su trasero, el cual sentó con calma mojando así el bikini rosa que llevaba.
La parte de arriba no llegó a mojarse, solamente la atadura que tenía en su espalda, que junto con el nudo del cuello sujetaban y escondían unos senos que Sergio deseaba volver a ver.
El disimulo en ambos brillaba por su ausencia, según traspasó el umbral de la puerta y vio a su tía, Sergio no dudo en parar de admirar a la poderosa mujer que dentro se hallaba.
En ese instante, al tiempo que seguía mirando a su la hermana de su madre y ella le sonreía con esa picardía que solo ella sabía, supo que no era una gran idea estar allí.
—¿Has visto la foto de tu “amiga”? —procuró hablar bajo por si Mari estaba de camino— Me ha costado enviarla, es la primera vez que he hecho algo así…
—Carmen… —le contestó lo más bajo que pudo y agarrándose el paquete de manera soez y marcando ya una notable erección, añadió—, lo ves… esto, cada vez que te veo…
—Mi vida. —resopló llena de placer por ver de nuevo la gran herramienta de Sergio— Por dios, cariño…
La tensión se hizo insoportable y Sergio se amasó el pene de manera dura delante de la mirada de su tía.
Sus ojos azules iguales a los de su madre, miraban con deseo el gran cacho de carne que su sobrino tenía aprisionado.
No parecía poder abarcar todo lo que había dentro del bañador, era grande, gordo, delicioso… Carmen lo sabía muy bien.
Ambos querían poseerse allí mismo, la lujuriosa mente de la mujer rezaba porque le rompiera el bikini y contra la encimera del lavabo, le practicara un coito de forma bien dura. Sergio, no pensaba muy diferente.
—¡Si ya estáis los dos aquí! —Mari apareció por la espalda de su hijo haciendo que este soltara su paquete a la velocidad del rayo.
—Sí, esto creo que ya está caliente —el juego de palabras era tan evidente.
—Perfecto. —otro sorbo de champán y Mari metió el pie en el agua.
La tía dejó su copa junto a la de su hermana, sin perder de vista como en último lugar, Sergio se adentraba en el jacuzzi con un marcado pene que rápido escondió bajo el agua.
Formaron un triángulo en el que el joven tenía a su derecha a Mari y a su izquierda a Carmen.
Las mujeres comenzaban a comentar lo bien que se estaba y lo fabuloso que era tener uno, pero el joven no escuchaba.
El calor del agua y el masaje burbujeante le estaban calmando el cansancio, pero también transportando a una relajación muy profunda.
Antes de entrar, cierto vigor había vuelto a su cuerpo.
Ver a su tía tan ardiente, le puso un poco las pilas, aunque temía que se sobrecargara.
Observó bien la situación y agradeció a la altura de las mujeres o a la persona que creara el diseño del jacuzzi, porque justo las mamas de ambas hembras se posaban debajo del nivel del agua.
Por esta ocasión, para Sergio, sería mejor así.
Las burbujas llegaban justo, nada más y nada menos, hasta el pecho de ambas mujeres.
Cortándolos a la mitad, similar a llevar un vestido palabra de honor, dándole al joven una imagen de relativa desnudez que su loca imaginación le hizo acrecentar.
Miró con todo el descaro que pudo los de Carmen que flotaban alegres, “tan cerca…” se decía mientras agarraba su pene escondido bajo el agua.
Sin embargo algo le llamó la atención y los recuerdos de la tarde en el río afloraron.
Se acordó de aquel bulto tan pequeño que era imperceptible y que a duras penas se notaba tras la tela.
No trató de prohibir el giro de cuello que comenzaba a suceder, su curiosidad salvaje y animal le hizo que los ojos se movieran de unos pechos…
a otros. En un movimiento en el que su madre se acomodó, allí lo volvió a ver, como si le estuviera esperando.
Quitó la vista de inmediato, aunque no supo por qué.
El joven se gritaba en su cabeza “¡Es tu madre!, ¿Qué haces?”, aunque una voz demasiado débil, pero con toda la razón le respondía “y la otra tu tía… y ya ves”.
Prefirió mantener la mente limpia de sexo, mirando los rostros de las dos mujeres que estaban con él, sin embargo, era ineficaz, en su entrepierna algo había empezado a funcionar y no se iba a detener.
De mientras en el otro cerebro, en el que en teoría de verdad sirve para razonar, solo pensaba que aquella situación no era normal, “esto es el comienzo de una escena porno…”.
Con disimulo se palpó su zona íntima, corroborando lo que se imaginaba, la fábrica había empezado a bombear sangre y su pene estaba a media asta.
—¿Tú qué tal, Sergio? ¿También te lo estás pasando bien? —le preguntó Carmen forzándole a que participara.
—¿Cómo…? —el joven no sabía apenas ni donde estaba. Se encontraba fuera de la conversación, mucho más preocupado por su miembro— Eh… sí… se está muy a gusto aquí con vosotras.
—Me refería al viaje, cariño —le contestó Carmen sin esconder una mirada de saber muy bien lo que ocurría a su joven amante.
—Sí, eso… también. Una delicia.
—Sergio, ¿estás bien? —preguntó su madre mirándole el rostro— ¿Estás algo acalorado? La cara, la tienes algo roja —buscaba el veredicto de su hermana, ella la asintió.
—No sé… supongo que sí… o sea, digo sí —Sergio cada vez se encontraba mejor y peor.
La sensación de placer le invadía, se notaba demasiado bien dentro del agua, su pene creciente era testigo directo de ello. No obstante, la tensión por estar así a escasos centímetros de su tía, con su madre presente… era un cóctel difícil de asimilar.
—Déjale, Mari, tendrá vergüenza de estar con dos viejas en el jacuzzi —saltó Carmen picándole con claridad.
Sergio no contestó, ¿para qué lo iba a hacer? Vio cómo su tía le miraba mientras se rellenaba la copa y su madre… estaba haciendo lo mismo. La única diferencia era que una sentía cierta preocupación por su hijo, pero había algo más…
Sus ojos no eran los de siempre, quizá por el alcohol, quizá el día, quizá… a saber por qué, Sergio no lo sabía. Sin embargo, la mirada de su madre no era la misma, era diferente, más cercana a la que le lanzaba… su tía.
—¿Sabes a lo que me recuerda esto, Carmen? —dijo Mari, mientras su hermana esperaba paciente la respuesta— Cuando íbamos al río de adolescentes.
—Buenos momentos —respondió dejando la copa— algunos demasiado buenos… —las dos rieron como colegialas— ¿Te acuerdas el día que nos quedamos con Francisco Javier?
—No me llaméis así, me llamo Javi —la madre de Sergio imitó una voz de enfado infantil en alusión al hombre del que hablaban—. Sí que me acuerdo, como para no… ¿Qué será de él?
—Se casó y se marchó del pueblo, similar a lo que hiciste tú. No tengo la menor idea de que será de su vida, ¿crees que se acordará de nosotras? —preguntó Carmen, a lo que Mari le respondió con un gesto cómplice, para después sonrojarse.
—¿Qué… pasó? —Sergio obviamente no lo sabía y pensaba que quizá fuera mejor así. Aunque preguntó… por supuesto que su lujuria interna quería saberlo.
Las dos chicas, porque ya no parecían mujeres, sino dos féminas atrapadas en sus recuerdos de adolescencia, se rieron al escuchar la pregunta del joven y se miraron de manera malvada.
—Cuéntalo, Carmen, que a mí me da algo de reparo.
—Bueno… —no podía parar de sonreír— Sergio, no te pienses que somos malas, solo fue una vez.
Estuvimos en el río, por donde has estado esta tarde me imagino, ya sabes cerca de las afueras del pueblo.
Habíamos quedado unos cuantos, era un día como hoy, de verano y hacía mucho calor.
Al final, casi todos fallaron y solo fuimos cinco creo…
—Sí, fuimos dos coches, tres y dos. —matizó Mari que se mordía una uña a la par que sonreía.
—Eso es, en uno iban una pareja y en otro íbamos Javi, tu madre y yo. Javi era un chico de 17 años, no tenía carnet obvio, aunque bueno… esto era el pueblo y se conducía y ya. Nadie decía nada. Buen paquete le caería a más de uno si lo hiciera hoy en día.
—Carmen, te lías —le reprochó Mari expectante al tiempo que daba un nuevo sorbo.
—Sí, sí, pues eso. Tu madre tenía 16 y yo 19, Javi era un amigo más. Estábamos allí los cinco, ya era de noche, y la pareja se fue y entonces… no sé ni porque se nos pasó por la cabeza, pero nos metimos al agua. Los tres.
Sergio escuchaba expectante, su tía lo estaba contando con una voz melosa, en un tono más bajo de lo habitual.
La pausa, la tranquilidad y el modo de narrarlo, trasmitía un erotismo que el muchacho no comprendía.
La sensación que le daba era que aquella historia no podía terminar bien y lo peor de todo, que su madre con el rostro ruborizado en su totalidad, escuchaba con gusto como si lo reviviera.
—Y bueno, creo que mejor resumir, le provocamos un poco…
—Provocar, provocar… a ver, no fue para tanto.
—Sí, Mari, lo hicimos… —las dos se miraron y asintieron dando validez a sus palabras— Nos metimos con él en el agua.
Nos desnudamos, primero las chicas y luego lo hizo Javi.
Tenía una cara que no se lo creía y después…
—lanzó una mirada sexual a su sobrino, importándole bien poco que su hermana estuviera presente y le preguntó— ¿Qué crees que pasó, Sergio?
La voz de Carmen sonó de lo más fiera, una cazadora viendo al joven cervatillo amedrentado y listo para ser devorado.
La mujer notaba la tensión del chico, estaba al borde de la locura, podía sentirlo en la burbujeante agua.
Aquella situación le estaba calentando a rabiar, solo la detenía la presencia de su hermana.
El joven no respondió, solo se volvió a sujetar el pene bajo el agua y movió los hombros.
Pero ambas mujeres esperaban una contestación.
—Os lo… Os lo folla… —llegó a decir el joven casi con toda su fuerza de voluntad, dedicándole una mirada tímida a su tía.