CONFIDENCIAS #2
Levantó las lentes para verse con más precisión.
Justo al hacerlo descubrió sus ojos, aquellos dos globos oculares de los que siempre se había sentido orgullosa seguían allí, aunque ella casi los había olvidado.
En el espejo el azul de su mirada se reflejaba de forma intensa con un brillo propio, dos estrellas en el firmamento que habían puesto en su rostro por gracia genética.
Se podía engañar si quería, pero era preciosa.
Era una mujer bella, aunque quizá al volver a casa, esa mujer se volvería a esconder de nuevo detrás de las ojeras, los peinados rápidos y el poco cuidado. ¿Por qué se dejaba tanto? ¿Para tanto era el cuidado de la casa que no le dejaba tiempo? O ¿era ella la que no se dedicaba tiempo?
Miró a su izquierda, su hijo conducía tranquilamente por la carretera, ajeno a los pensamientos de su madre.
Le echó un ojo con disimulo, tratando de que no le pillara.
Se había convertido en un hombre sin que ella se diera cuenta, en un buen hombre…
nunca había esperado ver esa faceta en su hijo, siempre lo tenía como su bebe.
No obstante, allí estaba, era educado, bueno y comprensible.
Incluso… ¡Había hablado con él de sus problemas!
“Aunque otros quedaran en mi mente, es un primer paso”.
En su imaginación nació una idea, un pequeño soplo que pasó fugaz, pero logró atraparlo.
Disimuló la sonrisa mirando hacia el paisaje lleno de una extensa porción de árboles verdes, pensando en esa mínima idea, pero que sentía como una verdad.
Aunque no quería expresarla en su mente, prefiriendo no darle una forma, al final sucumbió a lo evidente “ojalá Dani se parecía a su hijo…”.
Aparcaron cerca de la plaza del pueblo, sentándose en uno de los bares. La zona estaba medio vacía, por el pueblo aún se respetaba la buena costumbre de la siesta y más con aquel calor. Por lo que hasta dentro de un rato la zona no se llenaría de gente, podían tener… más intimidad.
—Se va acabando nuestro día en familia… —dijo Sergio con un tono algo ausente.
—Pero aún no ha terminado —respondió su madre con una sonrisa, mientras pedía al camarero una Coca-Cola y un vino.
—Qué raro se me hace verte beber —Mari solo era de beber en ocasiones especiales.
—No estoy acostumbrada, pero… estoy de vacaciones. Aunque mejor no beber como el otro día… me pasé un poco.
Sergio casi tenía olvidado el “pedete” que su madre sufrió al llegar.
Pero lo que no olvidaba y menos de una imagen muy nítida que corría por su mente.
Más que recordar a su madre borracha, lo que no podía sacar de la cabeza, ni quería, era el cuerpo semi desnudo que tuvo en frente y que metió en cama.
Su móvil sonó y lo cogió con desgana por haberle sacado de esos pensamientos. No tenía ni idea de quién podía ser, quizá algo de publicidad de alguna compañía telefónica, no recordaba haber hablado con ningún amigo.
Al momento que vio que era de “Tía Carmen” el cuerpo se le revolvió, no se esperaba lo que vio. Su tía le había mandado una foto, una única instantánea en la que de manera explícita, aparecían tanto un pezón, como sus labios. Le había devuelto la moneda, foto por foto.
El joven abrió los ojos de par en par y como no, su entrepierna juvenil comenzó a reclamar sangre desesperadamente. Tan absorto estaba en la foto que casi se le pasa el texto que le había escrito.
—Te echo de menos…
“Por dios, MI TÍA, me vuelve loco…” pensó antes de que algo le sacara de la gloriosa visión.
—Sergio, ¿estás aquí o…? —era su madre con la copa de vino ya en la mesa mientras el camarero servía la Coca-Cola.
—Sí, sí, lo siento. Una amiga… —soltó de pronto tan descuidadamente, “¿Cómo que una amiga? ¡Si yo no he tenido amigas en la vida!”.
—¿Amiga? —preguntó su madre extrañada y a la vez sorprendida— No sabía que tenías amigas.
—Si bueno, es muy reciente… hace poco que nos conocemos — “¿Qué haces? ¡Cállate!” Su mente luchaba contra sí misma.
—¿Qué tal? —Sergio la miraba extrañado— Me refiero con tu “amiga” —entrecomilló con un gesto de manos— no te creerás que soy tonta…
Sergio se había metido en un lío de la forma más infantil posible, de manera indirecta le había dicho que alguien le había hablado.
Aunque eso era lo de menos, porque si su madre llega a ver quién le hablaba y que le había mandado, le daría un infarto.
El joven no supo que decir, “quizá lo mejor será decirla que no es nada”.
—Después de tantas preguntas que me has hecho y ahora, ¿tú no me contestas?
—en aquello no le faltaba razón. ¿Cómo no contarle?
Si Sergio no decía algo, quizá esa buena relación que estaban labrando se desmoronaría.
Además no la mentía, el joven tenía una amiga, aunque esta era la hermana de su madre.
—Bueno… No sé qué contarte, nos estamos conociendo…
—¿Sí? Qué bien, ¿y vas en serio con ella, o es…? —Mari no encontraba el término para referirse a la chica. Pero Sergio la cortó mientras pensaba en posibles palabras que encajasen en una conversación de madre e hijo.
—Todavía no lo sé, simplemente nos estamos conociendo, mamá, dame tiempo. Es muy pronto para saber hacia dónde va todo —ambos sonrieron y Mari dio un trago largo a su copa.
—Bueno, pero déjala para otro momento, dile que estás ocupado con otra chica. —su madre le guiñó de forma cómplice, un gesto más de Carmen que de ella, algo que Sergio jamás había visto y que le dejó perplejo.
El joven guardó el móvil y siguieron hablando de otros temas sin importancia mientras ambos se acababan primero una ronda y después otra. Pasaba la tarde mientras corría la tercera copa de vino y Sergio cambiaba su refresco a agua.
La tarde pasó en un suspiro y terminada aquella tercera copa de vino se levantaron y fueron al coche. Habían estado de cháchara tanto tiempo… los bares se habían comenzado a llenar e incluso el sol comenzaba su lenta bajaba dispuesto a cruzar el horizonte.
Tanto madre como hijo, llegaban bastante cansados a casa, el día había sido duro. El sol les había absorbido buena parte de las fuerzas y estaban derrotados, aunque Mari todavía tenía en el cuerpo las tres copas que se había bebido y eso le daba un plus de fuerza.