CONFIDENCIAS
En las toallas volvió a reinar el silencio, el sol había evitado las hojas de los árboles y les daba en diagonal con más intensidad.
Las gotas que se deslizaban por sus cuerpos apenas tardaron en secarse.
Su madre se había puesto las gafas de sol y de mientras su hijo cerraba los ojos para relajarse, sin embargo algo le perturbó, una cosa que le llamó la atención y que casualmente había visto todo el día.
El cuerpo de Mari tumbado boca arriba seguía secándose.
Siendo agosto y sobre todo con este par de días en los que había tomado el sol, había perdido buena parte de su palidez.
Naciendo por toda su piel un pequeño tono dorado que la hacía resplandecer.
No llegaba a estar morena, quizá en unos días lo lograría, pero el cambio de color era evidente.
Sergio sabía por pasados veranos, que la mayor muestra de que su madre se estaba poniendo morena, eran las pecas que le salían en el rostro y alguna ya había florecido.
Eran muy idénticas a las de su tía Carmen, salvo que esta, las lucía casi todo el año debido a los largos ratos que pasaba al sol.
El joven la miraba con uno de sus ojos entrecerrado, no podía negar que su madre había parado el reloj del tiempo, es más, lo había puesto marcha atrás.
Aquel color de piel, aquella sonrisa, su pelo cuidado…
todo era una mezcla perfecta que la hacía parecer más joven y a Sergio, eso le gustaba.
Sin embargo, el muchacho no se fijó únicamente en la piel de su madre o en las graciosas pecas que le surcaban la nariz.
Con el único ojo que la miraba y con la mente medio dormida debido al calor, vio como la parte inferior del bikini amarillo que compró Carmen, caían todavía gotas traviesas que mojaban la toalla.
Decidió subir sus ojos, recorriendo primero las costillas, algo marcadas por la delgadez de la mujer y después, parar esa mirada en una zona poco apropiada.
Se sentía levitando, cerca del mundo de los sueños, sin embargo, su visión ponía atención a lo que tenía enfrente, la parte de arriba del bikini.
Una gota descendía desde el sujetador surcando el lateral del cuerpo de la mujer, sin que ella se diera cuenta.
Sergio podía ver que tras el cristal oscuro de las lentes de su madre, sus ojos estaban cerrados, no dormía, pero estaría tan relajada que no podría sentir sus ojos analizando cada centímetro de piel.
La tela en esa parte también estaba mojada, se había pegado a la piel y la silueta de los senos desde el punto de vista de Sergio era evidentes. Un pequeño montículo coronaba la mama, un ligero bulto que sobresalía por la zona acolchada del sujetador. Ni se le ocurrió dejar de mirar.
Durante unos segundos, quizá breves… o quizá no tanto, sus ojos se quedaron fijos en ese punto, una mínima elevación encima de una mayor. Su mente le avisó de lo que estaba haciendo, le estaba mirando los pechos a su madre, no por casualidad o cierta curiosidad, si con mucha intencionalidad.
Dentro de su bañador, el miembro que había estado inerte bastante tiempo aquel día, de pronto pegó un pequeño salto que hizo alarmar al joven.
Sus ojos escaparon de la perfección que estaba observando, tuvo que parpadear como si pudiera borrar la imagen y su cuerpo trató de fingir una normalidad que no existía.
“Saca algún tema o piensa en otra cosa, ¡estúpido!” se dijo notando que otra leve sacudida se iniciaba dentro del bañador.
Pensó en que podría decirla, por nada del mundo debía tener ese cosquilleo en la entrepierna, lo tenía que bajar.
“Carmen me ha desestabilizado” se dijo convenciéndose una y otra vez, aunque ¿eso era cierto?
—Mamá… —en la tempestad que era su mente vio buena opción seguir hablando del tema que habían tratado antes. Además que todavía le quedaba alguna duda por resolver— te apetece seguir hablando, ¿o lo damos por terminado?
—¿Sobre lo de antes?
—Sí… sobre todo de una cosa, es algo que me gustaría saber.
—Dime.
—No te enfades, por favor, ¿has tenido alguna vez dudas de estar con papá?
Mari no contestó, el silencio llegó para quedarse unos cuantos segundos, solo se podía escuchar la suave brisa y ecos distantes de otras personas que parecían estar en otra galaxia.
La mujer sopesaba la respuesta al tiempo que su hijo no percibía el menor cambio en ella.
Le dio la sensación de haber hecho una pregunta sin importancia, pero bien sabía que no era así.
Percibió que los labios de su madre se comenzaban a mover y un fugaz pensamiento le dijo que le pidiera perdón, sin embargo, su madre fue más rápida.
—¿Te…? —dijo Mari tomando la palabra con firmeza— ¿Te ha contado algo tu tía?
No hacía falta que lo confirmara, la complicidad entre ambos Mari la conocía, las únicas dudas que le quedaban a la mujer, era saber hasta qué punto habían hablado de ella.
—Hablamos de cuando erais jóvenes…
—Hijo, eres ya mayor y creo que puedes entenderlo.
—a Sergio aquella frase le impactó como si su madre le fuera a desvelar el mayor de los secretos— Tú tienes ahora 21, yo con esa edad iba a quedarme embarazada y ya estaba casada.
Eran otros tiempos, sí… aun así te lo digo para que te pongas en situación.
Piensa ahora, que tú con esta edad estuvieras con una chica que conoces de hace solo 2 años…
y que además, es mayor que tú… concretamente tu padre tenía 26 años cuando nos casamos.
Sergio comenzó a pensar en la idea de ser padre y casarse, un supuesto que era tan lejano que ni siquiera se lo había planteado. Cuando oía la palabra matrimonio e hijos, lo asociaba a la treintena o más… no ahora que estaba disfrutando en la universidad. Todo aquello era más para “viejos”.
—Una niña con 21 años —siguió su madre—, en un pueblo como en el que nos criamos, que aún estábamos algo atrasados, no es una exageración, es una obviedad…
hablo en tema cultural —matizó ella—. Es normal que tuviera dudas.
Sergio, —volteó la cabeza para mirar a su hijo tras las lentes y finalizó— estaba cagada de miedo.
—Te entiendo, yo no contemplo casarme hasta dentro de bastantes años…
—Mi situación era un poco esa, no pensaba en casarme hasta dentro de unos años, pero la presión de mis padres, pues…
hizo que sucediera. Al final tu padre ya era “mayor”, entiende mayor en esos años.
Por lo que al final nos casamos, pero cuando naciste tú…
fue una bendición, y luego tu hermana, claro.
Cuando te cogí en brazos por primera vez, supe que no tendría que haber dudado en ningún momento, elegí el camino correcto.
—Me alegro, de esa forma existo yo. —ambos sonrieron— Mamá, lo que te he dicho antes de ayudarte a que estés feliz, lo digo muy en serio, no tomes mis palabras en saco roto. Cualquier día si quieres hacer algo o tienes un plan en mente, no tienes más que decírmelo.
—Es que hijo… tampoco es que me apetezca mucho. Con tu padre siempre intentaba salir y hacer algo. Pero ahora con toda la semana trabajando es normal que no quiera… está cansado… entiendo perfectamente que quiera descansar…
—No, Mari, hay que forzarse un poco, ya descansará después. El fin de semana lo pasa en el sofá, o sea que descansa lo suficiente.
No pretendía hacer reír a su madre, pero una leve sonrisa se formó en su rostro, tuvo que tapársela para que su hijo no viera que se reía de su marido.
—No sé… aunque no te quito la razón, todavía somos jóvenes. Si no hacemos las cosas ahora… ¿Qué las vamos a hacer con sesenta?
—Podemos hacer un poco presión de grupo.
Mira, tú le dices algo en la sala cuando estemos todos, y entre los dos…
y si se anima Laura… si no está con sus cosas de preadolescente.
—su madre le intentó hacer un gesto de enojo, aunque…
¿Para qué? No mentía— Hacemos que papá y tú valláis por ahí, ¿bien?
Su madre le miraba fijamente, en verdad, ¿Cuándo se había convertido su hijo en ese chico…
hombre, tan bueno y sensato? Movió su mano hasta el rostro de Sergio.
Los dedos secos y calientes debido a los rayos del sol acariciaron la tersa piel de su hijo, quitando alguna gota de agua que aún resistía el calor.
—De verdad, eres un buen hijo… —dijo en un tono muy bajo—, me cuesta mucho decirte esto, creo que lo sabes, pero… —aspiró con fuera y soltó casi sin voz— te quiero mucho.
—Y yo. Qué raro me suena que me lo digas, mamá, no estoy acostumbrado.
—Te tendrás que acostumbrar… debo cambiar, por ti, por mí, por tu hermana… por todos.
Sergio se quedó pensando en lo bien que le sentaban esas palabras salidas de la boca de su progenitora, le llenaban el cuerpo y hacían que una mueca de felicidad le pintara el rostro.
El interior de Mari gritaba de alegría, se sentía dichosa al decirle todo lo que amaba a su hijo, entonces ¿por qué le costaba tanto algo tan sencillo? No lo sabía. Sin embargo, el esfuerzo de soltar esas tres palabras le había dejado un buen sabor de boca y una sonrisa que no se le iba del rostro.
Siguieron secándose al sol en silencio, hasta que comprobaron que no había ni una gota de agua en sus cuerpos. Casi a la vez, vieron buen momento de “levantar el campamento” y volver al pueblo siguiendo con el plan que la mujer había elaborado.
En camino de vuelta dentro del coche, Mari seguía pensativa y mirando el paisaje, daba vueltas a su cabeza mientras su hijo conducía en silencio.
Se miraba en el espejo, su imagen se veía borrosa en el pequeño cristal del copiloto, pero podía observar que su belleza no se había esfumado, seguía allí.
El pelo negro todavía húmedo y algo encrespado caía salvaje hasta sus hombros, todavía conservaba un color muy vivo que no vestía ninguna cana.
No mentía su hijo al decirla que lo tenía descuidado, sin embargo ni con esas perdía belleza su cabello, ya que lucía unos mechones frondosos que brillaban a la luz del sol.