¡QUÉ BIEN ME SIENTO A SU LADO! #4
Mari comenzó a sentir una incomodidad demasiado marcada en su cuerpo, no podía aguantar la mirada de su hijo, no parecía la mirada de un chico, se asemejaba…
a algo que no lograba adivinar. Aunque cuando cerró los ojos apartando la vista, lo supo bien.
Era la misma mirada que su marido tantas veces le había dedicado y que hacía años que no sentía, la mirada de un hombre que mira de verdad a una mujer.
Mari se levantó para evitar que Sergio se diera cuenta de que su cuerpo se había puesto a temblar.
Los ojos de su hijo la habían hecho que un escalofrío recorriera su espalda teniendo que pensar en otras cosas.
La sensación había sido tan extraña, que erguida mirando al agua solo quiso zambullirse y gritar.
Lo había sentido, había notado la mirada en un hombre en su cuerpo, quizá no intencionada, pero aquellos no eran los ojos de su niño, estaba segura. No tenía dudas, Sergio era un hombre.
—¿Vamos al agua? —preguntó sin mirarle. Sonó a una orden, su hijo no contestó, solo se levantó.
La tensión era palpable e incómoda, Sergio podía ver como su madre estaba tensa y él, cada vez se sentía más extraño.
Sin motivo aparente, recordó de forma involuntaria el momento en el que la desvistió en su habitación cuando llegó de fiesta.
La vio con un sujetador nuevo magnífico, petición obviamente de su tía y unas braguitas a juego que también llevaban la misma firma.
La recordaba despampanante, una mujer que no se parecía en nada a la Mari de casa, era más como Carmen… su tía Carmen…
Pero ¿qué había hecho su tía al salir de aquella habitación?
le había visto la erección que portaba. Le preguntó si era por Mari o por otra, sabía muy bien por quien era.
En aquel instante, saliendo del cuarto, podía responder con claridad que había surgido gracias a Carmen.
Pero ahora… en el momento que caminaba junto a su madre hacia el agua, se volvió a preguntar con muchas dudas “¿Por quién era?”.
Se adentró en el agua con velocidad, estaba templada, pero le vino de maravilla para paliar el calor que amanecía como el sol en su interior.
Su madre apenas le miraba y bajaba con calma por el camino empedrado, primero sus pies, después sus piernas, con lentitud fue metiendo el resto del cuerpo mientras su hijo la mirada de soslayo.
Sergio estaba atenazado, no sabía que decir ni hacer, pensaba que podría estropear el día con un único movimiento…
debía recobrar la normalidad de madre e hijo.
Para no sentirse tan “raro”, por su mente aún adolescente y por supuesto, más que brillante… solo se le ocurrió una idea.
Se acercó a su madre que le miraba con dudas, sus ojos azules intentaban entrar en sus pensamientos, pero no podía, “¿Qué quiere?”.
Los brazos de su hijo la rodearon con fuerza, los notaba en forma, como el resto de su cuerpo, pasarían muchos años hasta que saliera la típica “barriga cervecera”.
Posó sus manos en sus hombros por inercia, como si estuviera levantándola en un baile acrobático, de nuevo sus ojos contactaron, ninguno sonreía, era una mirada que intentaba ver más allá.
La mujer estaba descolocada, no podía entender que iba a hacer su hijo.
Estaba tan cerca que ambas pieles calientes por el sol y húmedas por el agua del río, hicieron contacto.
Mari y Sergio estaban pegados. Los brazos le apretaron con más fuerza y su bikini rozó el pecho del joven, una pregunta explotó en su cabeza de nuevo “¿QUÉ QUIERE?”.
Mari por fin se dio cuenta de lo que su hijo tramaba cuando su cuerpo se alzó para después sumergirse bruscamente en el agua. El río estaba templado y la sacó del trance en el que llevaba introducida un largo rato.
Salió rápido aspirando una bocanada de aire y echándose en un movimiento veloz todo su pelo moreno hacia atrás. Salpicó gotas de agua con los mechones de su cabellera y abrió sus preciosos ojos azules tanto como pudo para poder ver con claridad. El color de sus ojos se podía confundir con el agua.
—¡SERGIO! —clamó con un grito al cielo.
El joven no dijo nada, se quedó mirando a su madre, que tenía una mano en sus pechos sujetando la parte de arriba del bikini para comprobar que el golpe no lo hubiera movido.
Todo en orden. Sergio vio como sus manos apretaban los senos contra su propio cuerpo, haciendo que el volumen de estos agrandara sin quererlo, se reprimió así mismo y alzó sus ojos al rostro mojado de su madre. No debía mirar más abajo.
La cara de la madre al ver a su hijo quieto dentro del agua y con el rostro de forma “boba”, le hizo sentir tal ternura que una sonrisa comenzó a salir de su boca.
No pudo aguantarlo, aquella sonrisa desembocó en una carcajada a mandíbula abierta que no se detenía.
Los dos comenzaron a reír como locos sin saber muy bien por qué.
Mari se acercó a su hijo todavía sonriendo, pero de manera más maliciosa, posó las manos en la cabeza de Sergio y devolviéndole la jugada, le introdujo con fuerza dentro del agua. Pasaron así varios minutos jugando como niños, como lo hacían cuando Sergio todavía no había cumplido los diez años.
La madre no recordaba pasárselo tan bien con tan poca cosa. Perdió la noción del tiempo mientras pasaban los minutos jugando, solo supo que salieron con los dedos arrugados y con un dolor agudo en el vientre de tanto reírse.
—¿Te parece que comencemos a recoger después de secarnos? —propuso Mari habiendo apartado a un lado el sentimiento tan incómodo de su cuerpo.
—Bien, he acabado algo cansado con esa pelea…
—¿Además de perder, te cansas?
—¡Oye! Yo no lo veo así —trató de hacerse el ofendido sin conseguirlo.