¡QUÉ BIEN ME SIENTO A SU LADO! #3
—¿Te parece bien si primero comemos y luego hablamos? —Sergio la sonrió, un gesto cálido, lleno de comprensión y ternura. Para acto seguido, mover sus labios en silencio y sin emitir sonido decirla “vale”.
Así lo hicieron. Los bocatas los engulleron en silencio, sin apenas mirarse, solo de vez en cuando sus miradas se cruzaban mientras saciaban su hambre con el lomo con queso que Mari había preparado.
Cuando terminaron, se volvieron a tumbar y Sergio comentó que le habían salido riquísimos, en cambio su madre no reparó en eso.
Estaba pensando en lo que iba a pasar, comenzar una conversación sobre un tema que le era importante, tan serio que no se imaginaba que lo fuera a tratar con su hijo.
Sin embargo, Sergio ya no era un niño, se había convertido en un hombre, un adulto.
Le miró un instante pensando cómo no había notado ese crecimiento mental si le veía a diario, por un momento, sintió que tendría otro adulto en casa, que su niño se había ido.
—Cariño, ¿tu cómo me ves? Eres uno de los tres que me ve día a día.
—¿Sinceramente? Mal… —Sergio hablaba tumbado desde la toalla— Todos los días estás apática, falta de vida, algunas veces sonríes, pero es forzado, lo sé. Solo estos días he visto que tu rostro mostraba verdadera felicidad… creo que eres…
—¿Infeliz?
—Sí. —el joven sintió una punzada en el vientre, decirle eso a su madre le había dolido— Te expongo lo que veo yo día a día.
Te levantas con una cara… se te ve cansada, pero no físicamente, sino mentalmente.
Aunque parezca algo más externo, pero el que no te preocupes de tu aspecto, me hace ver que si no te quieres por dentro tampoco por fuera.
—su madre le miraba intrigado, estaba dando en el clavo— Te duchas y con eso basta, apenas cuidas más tu apariencia.
En casa tienes todo el día una coleta mal hecha, vistes ropas casi rotas, pareces…
una mujer… mayor. Algunos días te pones camisetas mías o de papá para estar en casa, incluso para salir a la calle.
No digo que necesites cierta ropa para estar bella, por ejemplo cuando lo hace Laura no llama la atención porque lo hace por comodidad.
Pero en tu caso es diferente, es como si quieras verte mal a propósito…
—No tengo tiempo….
—Sé que no tienes ni un minuto. Pero mira, somos tres en casa, podemos ayudar…
—pensó mejor— debemos colaborar, es nuestro cometido.
Mírate estos días, por favor, —Sergio la miró de arriba y abajo.
De no ser porque era su hijo, Mari lo tomaría como un descarado— has ido a un salón de belleza, tienes ropa más moderna y tu rostro brilla, incluso parece que tus ojos son más azules.
Ahora, en casa de tu hermana, podrías ponerte una camiseta mía o revolcarte en lodo, que seguirías estando guapísima, pero todo eso viene porque estas bien por dentro.
En cambio, si tuvieras el rostro y la desgana que tienes siempre en casa, seguirías… mal… espero que me entiendas…
—Sergio… —intentó detener las palabras de su hijo. La garganta se le había agarrotado y apretaba los labios para contener los sentimientos, incluso la rabia…, pero no hacia el joven, sino hacia ella misma.
Su hijo estaba acertando de lleno. Lo que le sucedía era una tristeza continua, una rutina diabólica que le había llevado a catalogar su vida como un infierno.
Levantarse, hacer la casa, comprar, preparar la comida, limpiar…
una vida monótona que no estaba hecha para ella.
Se sentía vacía, asqueada, nada la hacía feliz, quizá también fuera su culpa, pero el bucle en el que había entrado la horrorizaba.
—Aquí es diferente, creo que es efecto de la tía.
Te alegra la vida y… te pareces más a ella, menos cortada, más suelta, como si te importara bien poco lo que dijeran los demás.
Te ves otra, mamá, las dos… cuando estáis juntas, os convertís en dos mujeres que bueno…
perfectas. Unas personas que una adolescente como Laura debería tener como referencia.
Resplandecéis tanto en lo anímico, como en lo físico… bueno, creo que me he explicado.
—Sí, cariño, te explicas bien.
La brisa venida del río sonó entre los árboles meciendo las hojas.
Alguna no soportó el baile que el viento les proporcionaba y se deslizó en un gracioso movimiento hasta sus toallas.
Mari seguía mirando sin parar a su primogénito, pero ninguno de los dos hablaba, su cuerpo le decía que ella era la que tenía que dar el paso y retomar la conversación. Sin embargo Sergio se adelantó.
—Mamá, ¿te sientes bien con ese bikini? —a Mari volvió a parecerle “rara” la pregunta. Si hubiera sigo cualquier otra persona, le hubiera vuelto a sonar descarado, pero era de su pequeño… aunque no tan pequeño.
—Sí, ¿Por qué?
—Porque te he visto con bañadores otras veces, cierto es que no tan “pequeño” digámoslo así.
El caso es que lo llevas de otra forma, no con orgullo, pero creo que sabes que te ves muy bien y…
no te escondes. No quiero que te enfades o te suene mal, pero creo que aquí te luces, te sientes más sexy, más cómoda, con más seguridad en ti misma…
—¿Me ves así? Como… a ver… ¿Wonder Woman? ¿Una mujer poderosa? —intentó calmar un poco la seriedad del tema con una broma, pero Sergio estaba lanzado.
—Mamá, aquí eres eso y más… —la vergüenza le invadía porque jamás le dijo tanta realidad a nadie— te lo vuelvo a decir, un referente para nosotros, sobre todo para tu hija.
Me encanta la Mari que veo junto a Carmen.
Sin ir más lejos, el primer día —una pequeña sonrisa apareció en el rostro del joven— después del salón de belleza, de ponerte aquellas ropas, antes de salir ¿sabes que vi?
—ella le miró con mucha curiosidad. Sus palabras le provocaban una atención extrema— Vi en tu cara que sabías que ibas preciosa, que te sentías así… eso en casa jamás lo he visto.
—Gracias, cariño. —meditó las palabras de su hijo y le dio una contestación— Creo…
que no has fallado en nada, nada de nada…
impresionante. —se tumbó en la toalla mirando hacia las hojas que la cálida brisa seguía moviendo— Me he dejado mucho.
Sé que no tengo tiempo, sin embargo, el tema de tener que prepararme también me da pereza.
—resopló solo de pensarlo— Creo que el ir dejándome, el convertirme nada más que en una ama de casa…
me ha llevado a una rutina que me mata. —sus ojos miraron al pasado, a una época de risas con su hermana y sonrió por primera vez en toda la conversación— De joven, un pelín más joven que tú, como Laura más o menos.
Era muy alocada y también muy guapa ¡eh! … tan diferente a lo que ves ahora.
—He visto fotos tuyas de joven… y en la boda… mamá, parecías una princesa.
—Tus ojos de hijo… que no me ven de manera objetiva.
Más de una vez, Sergio lo había pensado mientras echaba un ojo a aquellas instantáneas, “realmente era guapa, muy guapa”.
En algunas fotos de la juventud, en las que estaba con Carmen, se las veía de verdad como siempre fueron y debían seguir siendo, preciosas.
En muchas instantáneas, hacían el tonto o reían a mandíbula abierta, con una felicidad inacabable.
Sabía que no eran sus ojos los que le mentían, la prueba estaba con su tía, ella le parecía igual de guapa que su madre y no había duda de ello. Por lo menos no la tarde anterior.
Algo se prendió en su cabeza, algo que quizá su cerebro le estaba bloqueando o quería salvar esa última barrera que por temas de moralidad estaba cerrada a cal y canto.
Pero en menos de una fracción de segundo, todas las preguntas posibles se resumieron en un conjunto de ideas que llevó a una única duda “¿Mari es guapa?”.
La pregunta no era la que se hace un hijo, una madre siempre es la más bella del mundo, sin embargo no era ese tipo de cuestión. Era más objetiva, hecha desde unos ojos que no veían a su madre, sino a una mujer adulta en bikini a menos de un escaso metro ¿podría contestar a tal pregunta? Sí.
No obstante algo se lo impidió, un límite que le dejaba su mente parada sin poder reaccionar. Había podido responder a una pregunta similar con su tía, pero este caso era diferente y no pudo hallar la respuesta. Aunque mejor dicho, su propio subconsciente no se lo permitió.
Aun así, mientras su madre le seguía mirando, con una mirada tierna llena de un amor verdadero, se atrevió a contestarla.
Porque lo que le iba a decir era cierto, no la iba a mentir.
Sus ojos de hijo la veían guapa, pero en ese momento, ¿de qué forma la miraba?
La opinión de que su madre era guapa… salía de su parte de hombre, no de la de hijo.
—Aparte de tu hijo, también soy un hombre, mamá. Puede ser objetivo.
La mirada de uno quedó fija en los ojos del otro, un sentimiento de lo más incómodo, pero atrayente que ninguno se atrevía a romper.
Escuchar aquellas palabras, a Mari le hizo que el corazón se le parara.
No era algo que un hijo le decía a su madre, no la frase en sí, sino el tono, la fuerza, la seguridad…
era raro. Además, ¿Dónde la había escuchado?
Rebuscó en su memoria. No tardó en acordarse de la conversación con su hermana mientras hacía de vientre, ¿no le había dicho algo similar?
¿Por qué ahora volvía a escuchar esas palabras?
El sol seguía calentándoles el cuerpo entre las sombras de los árboles, nadie se divisaba alrededor, estaban prácticamente solos, solos en una zona casi paradisiaca.
Aquel remanso de paz al lado del río y cubierto de mullida hierba era como en un limbo donde nada importaba, nada más que esos ojos que se miraban el uno al otro.