¡QUÉ BIEN ME SIENTO A SU LADO! #2
Su madre miraba al río, ajena que los ojos de su hijo mayor la miraban con descaro.
El joven no sabía a qué venía aquello, mientras las manos de su madre subían por los botones, él se sentía más impaciente.
La había visto en sujetador, también en bañador, no había nada nuevo, ¿por qué ahora quería… necesitaba verlo?
Por fin llegó al último. Pareció detenerse el tiempo, con ambas manos se separó la blusa de los hombros cayendo hasta dejar sus bíceps libres.
El pecho salió a la luz y el vientre dio la bienvenida al sol.
Sergio no quitó la vista, su madre estaba delgada, conocía ese cuerpo, recordó todas las veces que lo había visto, eran muchas.
No obstante aquella vez era diferente, una brisa azotó el cabello moreno de la mujer haciendo que su rostro quedara limpio, parecía que manaba luz propia.
La blusa se deslizó por ambos brazos dejándola sola con el bikini, mostrando una figura delgada, pero de proporciones perfectas, el joven abrió la boca en señal de admiración.
No podía dejar de mirarla, el bikini le quedaba realmente bien. Era de un color amarillo, no muy llamativo, que se ceñía perfectamente como una segunda piel. El muchacho quiso querer quitar la vista, porque sus ojos no miraban como de costumbre, pero no pudo.
Lo primero que vio fue el busto de su madre, ese que sabía que tenía en buena cantidad, pero que nunca le había prestado atención.
La parte de arriba del bikini dejaba un canalillo que no podría salir en ninguna foto de lo tentador que era.
Bajó la mirada tratando de escapar del pecado, pero llegó a otro lugar del todo inapropiado para la forma de ver a su madre.
En su cintura un pequeño bikini se anudaba, de idéntico color a la parte de arriba.
Escondía unos glúteos duros que eran visibles a más de la mitad de su volumen.
Los ojos se le estaban secando por la pequeña brisa venida del río y debido a que no los había cerrado en un amplio lapso de tiempo.
Parpadeo en una única ocasión perdiéndose tan deliciosa visión y sabiendo que ese trasero sería la envidia de muchas mujeres de su edad.
El joven pudo combatir su curiosidad dándose la vuelta en la toalla para dejar de mirar… admirar a su madre. Movió la cabeza para sacudirse una sensación que le nacía muy dentro y pensó “la entrada de Carmen en el baño me ha dejado secuelas”.
Queriendo normalizar una situación que se le había descontrolado a él solo, volvió a darse la vuelta para hablar a su madre que justo se acomodaba el bikini de la parte inferior.
—Mamá, —atendió aunque seguía colocándose el bañador. Sergio no podía evitar decírselo, la frase le picaba en la lengua y tenía que salir— si no te gustaba la foto de antes, ahora no nos sacamos ninguna ¿verdad?
Se sentó en la toalla, acomodándose para después buscar la crema de sol en su mochila. Todavía en silencio, cogió el bote de crema solar y comenzó a esparcirse el cremoso líquido por las manos.
—¿Por qué lo dices? —no recordaba la excusa que le dio con total claridad.
—Antes, se te veía un poco el canalillo y ahora, se te ve bastante más.
—Sergio… aquí no hay nadie, no estoy muy acostumbrada a mostrarme así… este bikini me lo compró tu tía. No pensaba que me quedaría tan… al aire.
—Por favor… —Sergio sacó una sonrisa sarcástica— ni que fueras con medio pezón fuera. A mi modo de ver, es un bikini muy normal.
—Bueno… son mis cosas y ya. No me juzgues que eres mi hijo —dijo ella con voz de madre para después colocarse boca abajo.
—Vale, vale… —dio por terminada la conversación, cerrando un poco los ojos para disfrutar del calor que le proporcionaba el sol.
Después de un cuarto de hora en silencio, Sergio decidió que era un gran momento para hablar de algo que le había rondado desde que habló con su tía.
Una pregunta muy obvia apareció, ¿hace cuánto no tenían una charla sobre algo serio?
No se acordaba, si es que alguna vez la habían tenido.
Giró únicamente su cabeza permaneciendo tumbado mientras los rayos del sol que atravesaban las hojas de los árboles les proporcionaban una gran calidez.
Los ojos de su madre estaban abiertos, dos preciosos círculos azules que le estaban mirando cuando él se giró. Quizá lo sabía, quizá había leído esa sensación de querer expresar algo en su cuerpo. Por un segundo admiró los bellos ojos que su madre había dado en herencia a Laura y le dijo.
—Mamá, ¿te puedo preguntar algo? —asintió— respóndeme con sinceridad, si es que quieres contestar.
¿Tienes ganas de volver? —antes de que la mujer contestara, tomó de nuevo la palabra.
De una forma sosegada y casi en susurros, volvió a hablar, parecía que compartieran un secreto— no lo digo por ver a papá y a Laura.
Digo VOLVER, otra vez allí, lo mismo de siempre.
Mari se humedeció los labios al tiempo que pensaba si era un tema que pudiera tratar con su hijo.
Recordando las palabras de su hermana, de cómo le había ayudado le observó por un segundo, se sentía tan bien a su lado.
Su pequeño había crecido tanto… era un momento idóneo, se sentía de maravilla, en mucho tiempo no se había sentido de esa forma.
El calor golpeaba su cuerpo que era sosegado con la leve brisa que brotaba del río, si cerraba los ojos podía notar como el viento la mecía como en una nube.
“Podría dar una oportunidad a hablar con mi hijo”.
—Antes de contestarte a eso. Me ha contado Carmen…
—su tono era bajo, igual que el de su hijo, apenas hablaban más alto que el ulular del viento.
Sin quitar los ojos de este, sin importar quien más hubiera, en ese instante solo eran ellos dos— que has hablado con ella del tema de…
Pedro. —asintió sin querer decir una palabra, ambos estaban demasiado cómodos— Me gustaría saber tu opinión.
—¿De ellos dos? Mi opinión es la de un chico de 21 años.
No tengo vuestra experiencia… aun así —no sabía bien cómo encarar la pregunta, o sea que “se tiró” a la piscina— yo de ser la tía, no sé cómo actuaria.
Mi punto de vista es que debe hacer lo que quiera, tiene que ser feliz, vida solo hay una…
tiene que ver que es lo más beneficioso para ella, si seguir así, sabiendo que la engañan o cambiar.
En mi caso, con esta edad claro esta… le devolvía la moneda…
—Hijo, que es tu tío… —replicó su madre casi sin voz.
—Lo sé, mamá, deja que me explique. La tía es una mujer de los pies a la cabeza, es guapa, lista, graciosa…
se conserva de maravilla. —bien lo sabía, aunque no iban por ahí los tiros— Si en su vida marital aguanta al tío y sus deslices bien, pero…
aquí está el dilema. Todavía tiene edad para disfrutar de esa parte de la vida, si se le presenta la oportunidad, y quiere…
¿Por qué no aprovecharla si eso la hace feliz?
—En la vida no solo está el… sexo, con los años lo entenderás mejor. —la palabra sexo salió con dificultad de su boca, no recordaba haberla usado antes delante de su hijo.
—Lo entiendo. Pero ponte en su lugar, papá te engaña y lo sabes, porque el tío por desgracia, la engaña seguro.
Sabiendo que tu vida conyugal es un desastre desde hace años, de pronto, aparece una oportunidad de hacer algo…
ya entiendes, ¿Qué harías? Se sincera. No te digo que empieces una nueva vida, solo que te puedes divertir sin que nadie lo sepa.
Las palabras de Sergio la estaban haciendo pensar.
Tomó la pregunta literalmente, ¿qué haría ella?
Dio un repaso rápido a los últimos años de matrimonio.
No hizo falta pensar mucho para comprobar lo que ya sabía, su vida sexual no era para nada boyante y cada vez era peor, en eso se asemejaba a su hermana.
Entrados en los 40 el bajón había sido significativo, siempre le había buscado a Dani para el sexo, pero desde que cruzaron esa edad, había sido un punto y aparte.
Había pasado de tener cerca de uno al mes o cada dos meses, a ser 2 o 3 al año.
“¡Joder! Yo todavía me veo guapa y… fogosa” pensó con rapidez con cierta rabia, aunque de la misma se calmó sabiendo que ese no era su caso, su marido no la engañaba…
—No creo que pudiera —se quitó los pelos morenos del rostro sin dejar de mirar a su hijo con sus ojos azules.
Siguió— si papá me engañara no sé… no me entra en la cabeza…
no creo que ni se me ocurriría pensarlo.
O sea no lo digo con dudas, no quiero que lo interpretes así, tu padre y yo no estamos mal.
—Mamá —le dijo cortante Sergio—, sé que no estáis mal, sin embargo, no hace falta tener más ojos que estos dos, para ver que vuestra relación ha pasado por mejores momentos.
Mari sintió una punzada en el pecho, una quemazón que solo podía provocar una cosa, la cruda realidad. Siguió mirando a Sergio, quizá por escuchar una rectificación… alguna palabra que le hiciera saber que era broma, pero no, aquello era verdad.
¿Por qué trataba de negárselo? La comodidad era absoluta, de su interior las palabras querían brotar, aunque le costaba demasiado.
Pero ¿Qué pasaba con su hijo? Cuál era el motivo de que aquella mirada le atrajera tanto, le diera tanta seguridad, tanta tranquilidad.
¿Aquel tono de voz? La voz le parecía de lo más atrayente, un sedante en un mar de dudas, sintió las palabras de su hermana más cerca que nunca, era como hablar con un amigo.
Seguía tumbada en una toalla, pero le parecía la cama más confortable y Sergio…
no era un niño, su hijo se había convertido en un adulto hecho y derecho que trataba de ayudarla.
—Me gustaría ayudarte a estar más feliz… por eso te he hecho la pregunta sobre si querías volver.
Mari suspiró de manera profunda y se decidió que no estaría mal hablar con alguien tan cercano de sus problemas. Su hermana siempre estaba muy lejos, tener de confidente a su hijo no podía ser mala idea.