La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) ¡QUÉ BIEN ME SIENTO A SU LADO!
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¡QUÉ BIEN ME SIENTO A SU LADO!

Mari esperaba en la parte delantera de la casa, apoyada en el coche al tiempo que con los ojos cerrados disfrutaba del calor que le producían los rayos de sol.

Tenía muchas ganas de pasar el día con su hijo, desde que era pequeño no tenían un día para los dos, aunque tampoco recordaba hacer mucho por para solucionarlo.

En cambio, con su hija sí que solía tener algún momento a solas, no obstante… tampoco muchas.

Tenía bien planeado el día, o al menos eso pensaba. “Primero subiremos al monte, donde está la torre, siempre la quiso ver. Después ir al lago, ¿llevo bañadores? Sí, sí… comer bocatas, estar allí tranquilos, si quiere tomamos algo en el pueblo y volver a casa, no está mal”.

La mujer seguía divagando con los ojos cerrados y sintiendo el calor de la mañana. Mientras que en otro lado de la casa, Carmen sacaba el miembro reproductor de su sobrino de la boca con un reguero de saliva más que notorio.

Pasaron los minutos sin que la mujer morena se diera cuenta, se encontraba tan a gusto que podría incluso dormirse.

Un ruido hizo que abriera los ojos y vio cómo su hijo se despedía dentro de la casa con su tía, “qué bien se llevan, me encanta”.

Los dos salieron de la casa y Carmen le acompañó hasta el coche, juntándose allí los tres.

—¿Ya te has duchado? —preguntó Mari a su hermana mientras Sergio rodeaba el coche para meterse dentro.

—No, ahora voy. Primero he ido a picar algo, tenía un poco de hambre, ya me conoces —Sergio escuchó aquello y cerró la puerta con rapidez.

—Bueno… —Mari se despidió con dos besos de Carmen— nos vemos luego.

—Pasarlo bien, os quiero.

—Y nosotros.

Madre e hijo montados en el coche, salieron por la puerta con dirección a la primera parada.

—Espero que nos lo pasemos bien, no es el superplán…, pero presiento que te va a gustar —dijo su madre ya en carretera algo nerviosa. La felicidad la desbordaba y no entendía muy bien cuál era el motivo, al fin y al cabo era una tarde con su hijo, nada más.

—No tenemos por qué pasarlo mal.

—Ya… también tienes razón… ¿Te acuerdas de la vieja torre que está antes de entrar al pueblo?

—Claro, siempre me ha gustado…

—¿Te parece ir a verla? —cortó la mujer para sorprenderle.

—Por supuesto —sonrió mirando a la carretera— empezamos bien, mamá, muy bien.

Llegaron a su destino después de perderse una única vez, un buen logro al haber ido sin mapa, ni GPS.

Aparcaron en un camino de pastoreo y tuvieron que andar un par de minutos hasta que encontraron la torre.

Sergio de niño la admiraba al pasar y siempre que venían al pueblo, jugaban a ver quién la veía primero en el horizonte.

Había olvidado por completo aquel pequeño juego que hacían todos los años, pero con el plan que había preparado su madre, lo recordó nítidamente.

“Curioso cómo actúa el cerebro” pensó justo antes de llegar a ver la torre más cerca que nunca.

—Está muy vieja —dijo su madre al ver el deterioro.

—Se nota que no está cuidada —añadió Sergio y sacando su móvil le preguntó a Mari— ¿Foto?

—¿Conmigo?

—Podría pedirse a alguna cabra, si es que le apetece a alguna pasar por aquí…

—Qué tonto eres. —se rio ante el comentario y acercándose a su hijo añadió— Pero, ¿Luego me vas a poner subir a las redes sociales?

—No subo casi nada nunca, lo que tú prefieras.

—No, lo decía porque… —sintió como Sergio pasaba su brazo por su espalda y la agarraba con firmeza de la cintura, algo en su mente se desestabilizó y le descolocó. Sentir el roce de los dedos de su hijo aferrando con fuerza su cuerpo era algo que no solía pasar, le sorprendió que le gustase.

—¿Por qué, mamá?

—Lo siento, pensaba que había pisado algo…

Fingió mirar el suelo, por supuesto no había nada más que hierbajos y piedras.

La poca costumbre a estar tan cerca le había sorprendido, pero más el tacto.

Sentir sobre su blusa, el fuerte apretón de los dedos de su hijo, incluido el meñique el cual por su posición rozaba con su cadera, le hizo sentirse tan cómoda como extrañada.

Estaban tan pegados, sentía su mano, su brazo recorriendo su espalda, su cuerpo contra el suyo, la situación era la más normal para una madre y su hijo y eso… la puso de lo más feliz.

—Nada lo decía porque tu hermana siempre me dice, “mejor házmela a mi sola”.

—Laura es muy suya… es difícil de querer… —sacando el móvil y colocándolo en modo selfie para la foto— Sonríe, mamá.

—Tienes que llevarte mejor con ella —le añadió Mari para después de hacer la foto quitarle el móvil sin pedir permiso a su hijo—. A ver, déjame ver.

Estaba sacada desde una posición más elevada que ellos, ambos sonreían como dos personas felices y en el fondo la vieja torre les miraba en silencio. Sin embargo a la mujer algo no le gustó.

La instantánea en su conjunto era perfecta, pero algo para su mente no cuadraba, algo que quizá otra Mari sí que viera normal. No obstante la “Mari de casa”, la de siempre, no la de las vacaciones, hizo acto de presencia.

“Esa mano suya… ¿Está demasiado abajo para una madre? Parece que me va a tocar el culo. Mejor que no suba esto a internet…” y de seguido una voz en su interior le preguntó “¿Lo estás diciendo en serio?”.

—Sergio, ¿te importa hacernos otra? En esta no salgo muy bien. ¿Hacemos una para que la torre se vea mejor?

—A ver… —Sergio miró la foto y obviamente no veía ningún fallo— Si estás muy guapa, mamá, creo que ha quedado muy bien.

—Sí, pero… —Mari volvió a mirar el móvil, intentando buscar una excusa, no quería decirle que en esa posición casi parecía que le estaba “metiendo mano”, menudas palabras brotaban en su mente.

Esa mano tan malvada para su mente casera, era más un efecto óptico que otra cosa.

Por lo que mirando los botones de su blusa donde se mostraba una pequeñísima parte de su escote, encontró lo que buscaba— Es que mira.

¿Ves aquí? Se me ve un poco el canalillo.

—¡Por favor, mamá! Si no se ve nada, si vieras lo que hay ahora en internet, te asustarías.

—Ya, pero no sé, no me gusta mostrar nada. Venga, cariño, otra.

—Vale… a ver… —se puso de cuclillas y le hizo señas a su madre para que se pusiera a su espalda. Ella accedió colocando sus manos en los hombros del joven para no desequilibrarse. Apenas le rozaba, como si fuera a molestarle— mamá, abrázame anda, que parezca que me quieres.

—De verdad eres tonto ¡eh! —contestó riendo y pasó sus brazos por el cuello de su hijo, anudando sus manos a la altura del pecho.

La foto salió mejor que la anterior, estaban ambos sonrientes y esta vez no se veía nada que le pareciera “raro”.

Solo un hijo con su madre, “El agarre de antes, tenía algo raro…”.

No era que no le gustara, es más, había sentido cierto cosquilleo, uno muy similar a aquellos que notaba cuando un chico la sujetaba en la adolescencia.

Los jóvenes del pueblo con brazos largos siempre tratando de tocar donde no debían, en aquellos tiempos le hacía gracia y ahora el brazo de su hijo lo veía “¿inapropiado?”.

—¿Te gusta más esta foto? —Aunque Sergio usaba un tono normal, su madre notaba la mofa— ¿Pasa tu certificado de calidad y censura?

—Sí, está mejor —dijo Mari añadiendo una mueca de burla a su rostro.

—Aunque se te ven las manos, no será demasiado sensual… —soltó el joven sin esconder su risa.

—De verdad, Sergio… —en otro momento quizá no hubiera aguantado la broma, pero en estas vacaciones le devolvió la sonrisa de forma boba.

—¿Subimos? —comenzó a andar hacia la torre.

—¿Cómo? ¿A la torre? Ni de broma vamos —a Mari esa edificación no le causaba ningún buen pálpito.

—Anda, ¿a qué hemos venido entonces? Qué no se diga, mamá.

—No, no, no, hijo. Si quieres sube tú que te espero, además que es ya algo tarde, deberíamos salir para el río y comer.

—¿Crees de verdad que es tarde o es una excusa? —ella movió la cabeza haciéndole entender que lo creía en verdad— Vale, lo que quieras. Pero seguro que nos hemos perdido unas vistas magníficas.

Volvieron a la carretera después de su primera parada y tras media hora en coche, llegaron al río. Apenas había alguna que otra persona, suerte que esa zona no era muy transitada… aparcaron de maravilla y bajaron la comida junto con las toallas.

Mari fue la que eligió un sitio cómodo entre la hierba, alejado de la gente, donde el sol pegaba con ganas, pero unos árboles obstaculizaban la luz, proporcionándoles una sombra de lo más agradable.

La orilla del río les quedaba a varios pasos, la madre de Sergio no podía haber escogido un lugar mejor.

Parecía el lugar perfecto, con sol, cercanía al agua y buen césped mullido, ni la compañía fallaba, Sergio no podía poner ni una pega.

El primero que se quedó únicamente en bañador fue Sergio. Con rapidez se quitó la camiseta, quedándose con el bañador que llevaba a modo de pantalón. Se sintió realmente reconfortado, el calor que hacía era asfixiante.

Se quedó tumbado en la toalla con los ojos puestos en su madre, sin ningún motivo en especial, simplemente sus ojos pararon en la figura más cercana.

Las manos de Mari se movieron hasta los botones de su pantalón corto, se lo bajó con gracia hasta que topó con el tobillo y un ligero movimiento le hizo desprenderse de la prenda.

De pronto una curiosidad malsana entró dentro del joven, cuando su madre se desató el botón más inferior de la blusa.

Pensó en quitar la vista, que aquello no era apropiado, sin embargo una cierta picazón en el cerebro le hizo quedarse quieto.

El segundo botón fue el siguiente, y después otro, como si estuviera mirando algo prohibido… Sergio no quitó la vista.

Ni con toda la fuerza de voluntad podría haber apartado sus ojos. La curiosidad le estaba matando y su madre… parecía que lo estuviera haciendo a cámara lenta. Sus movimientos eran pausados, sus dedos no fallaban en ningún momento, eran tan gráciles y rápidos… Sergio no parpadeaba.