¿ESTÁ LISTO EL DESAYUNO?
Sergio despertó con las pilas totalmente cargadas.
El anterior había sido un día duro, tanto que todavía notaba las piernas algo entumecidas por el sexo, pero aun así, estaba repleto de energía, rebosaba.
Encendió la pantalla del móvil y ya eran las once de la mañana, había dormido más de ¡doce horas! , “Como para no tener energías”.
Puso un pie en el suelo pensando en su tía, “¿será posible hoy otro encuentro?” Esperaba que sí, aunque recordó que su madre había preparado un plan para estar juntos. Por un lado no le sentó bien no tener opción de hacerlo con Carmen, aunque pasar el día con Mari era algo que en verdad necesitaba.
Bajó a la sala después de estirar cada uno de sus músculos y allí vio a las dos mujeres hablando, se acercó saludándolas y cogió en la cocina una fruta para desayunar.
—O sea que hoy me dejáis tirada ¡eh!, Sergio. —supo que era una broma aunque en sus ojos había una pequeña cantidad de reproche o decepción que el joven no supo descifrar.
—Solo es un día, así te olvidas de nosotros un poco.
—¿Te vistes y vamos, cariño? Ya tengo todo listo.
Sergio asintió y después de dar dos besos a cada una de las mujeres, fue a la ducha. “Esos besos cada vez me resultan más raros…” pensó mientras subía las escaleras, ya que con su madre no tenía la costumbre y darle a su tía un simple beso en la mejilla… le sabía a poco.
Terminó en la ducha saliendo fuera para secarse. Había tenido la intención de darse un poco de placer bajo el agua, pero prefirió que no. No tenía ganas de gastar sus fuerzas a lo tonto, podía reservarlas para algún momento con su tía, no perdía la esperanza de tener un rato a “solas”.
En la puerta sonaron dos golpes y vio como la manilla se giraba, se tapó rápido por inercia con la tolla y observó que Carmen entraba en el baño.
—Parece ser que hoy me dejas sola… Demonio… —la mujer entró con media sonrisa y un rostro malicioso.
—¿Tía? ¿Qué haces…? —dijo Sergio alarmado porque su madre seguía en la misma casa y… despierta.
—Tranquilo, cariño. Está fuera metiendo unas cosas en el coche, en teoría… también voy a la ducha. —Carmen se acercó a su sobrino y añadió— Me da pena que no estés aquí hoy, pero mejor, así descanso, ayer… fue demasiado… estoy algo irritada ahí abajo.
—Lo siento…
—No, no, ni se te ocurra sentirlo, valió la pena cada segundo —le dijo cortándole—. Es por la falta de hábito, nada más. Pásalo bien con tu madre, anímala y dale cariño como tu bien sabes.
—Lo intentaré, la verdad tengo ganas de estar a solas con ella.
—Vaya… —dijo mirando lo que escondía tras la toalla. Pasando sus manos por esta, el joven soltó la atadura y dejó que la mujer le dejara sin nada que taparse, descubriendo que tenía una parte erecta— ¿Y esto?
—Tú culpa… te veo y…
—Sí ¡eh! —se arrodilló delante del muchacho.
Desde que se había puesto un pie en el suelo las ganas por estar con el joven opacaban las demás.
A Carmen le dio pena pensar que lo mejor era no meter nada dentro de su molesto sexo, sin embargo…
algo podía hacer. Sin ningún ápice de duda, agarró con fuerza el pene húmedo de su querido sobrino y abriendo la boca todo lo que pudo, sin pedir permiso, se lo introdujo en varias ocasiones.
Trató de que todos los centímetros posibles le cupieran en la boca, topando con su garganta que le recomendó no seguir.
El calor era demasiado, cada momento a solas de esos dos era puro fuego.
Carmen sentía en su lengua cada grado centígrado de calor que se elevaba hasta alcanzar la temperatura del mismo infierno.
No obstante lo recomendado era parar. De forma sensata saco de su interior el tremendo ariete de su sobrino y lo miró con detenimiento. Le había dejado un reguero de saliva, como si de su firma se tratase, “propiedad de Carmen, no tocar”.
Se levantó con cierta lentitud, sus piernas no eran las mismas y tampoco lo serían durante todo el día, tuvo que apoyarse en el lavabo para incorporarse delante de su sobrino.
—Eso, para que te acuerdes de mí, voy a pensar en algo para intentar estar solos, tú… me entiendes.
Limpiándose una pequeña gota de líquido que le brotaba de la comisura del labio, podría ser su propia salía o líquido preseminal salido del pene que tanto deseaba, daba lo mismo.
Se giró para ir a la puerta, pero antes dio la vuelta a la cabeza y dedicó un guiño más que cómplice para acabar por decir.
—Ahora, vístete rápido que tu madre te espera… ¡Ah! Y sécate bien… —señalando el miembro erecto— que no queremos que coja frío.
Carmen desapareció por la puerta tan rápido como había entrado y Sergio solo pudo pensar en una cosa mientras su miembro daba pequeños saltos de alegría. “¿Cómo me puede excitar tanto?”.