¡CORRE, CARMEN ESPERA! #4
El joven se sorprendió de tales gritos e improperios, era la primera vez que la oía decir la palabra cabrón, y menos común era escucharla soltar las barbaridades que decía mientras se corría.
Sintió como el interior de su la mujer se contraía para después relajarse al máximo.
Carmen gimió sin parar y su cuerpo se relajó mientras sus flujos caían sobre el pene que tanto placer le había dado.
El segundo orgasmo de la tarde le recorrió todo el cuerpo, estaba sintiendo cada estrella del firmamento, se notaba en medio de un viaje astral.
Con los ojos azules abiertos, no veía nada, una capa blanca se movía delante de ella imposibilitando su visión, todo para que su cuerpo se centrase en recibir cada gota de placer.
Se aferró al cuerpo de su sobrino como si se fuera a caer al vacío, incluso clavándole las unas en su cuello, el cual seguía agarrando contra su pecho.
Las piernas le temblaron, el trasero le tembló, el alma le tembló, todo le tembló.
Se colocó como buenamente pudo su cabello detrás de la oreja y cuando volvió en sí, soltó de la atadura a su sobrino.
Aprovechando para separar también la unión que tenían en la parte baja de sus caderas y se derrumbó en la cama.
—Ahora… —habló Sergio con la voz cansada— sí que me gustaría que vivieras cerca.
—Y… a mí… —respondió Carmen de manera forzada— se… sexo… en condiciones… lo había olvidado.
—Te he escuchado decir cosas, que jamás te hubiera imaginado.
—Estoy… —con las manos en el pecho intentando tranquilizarse— desatada, cariño.
—Me alegro. —observando su pene lleno de fluidos blancos que caían por su cadera le añadió— ¿Estabas llena?
—Creo que… después de este… estaré menos acelerada. Tú… —le costaba hablar debido a la falta de aire. Dudo un momento lo que iba a salir de su boca, ¿hace cuánto no lo decía en alto? Y su mente le dijo con rapidez “¿por qué no?”— tu polla… me ha vaciado.
—Tía, —la miró sorprendido al oír el nuevo vocabulario de la mujer— me acabas de excitar…
—¿Por decir POLLA? —lo remarcó.
—Sí, una palabra que no pensaba que te escucharía decir en mi vida, y claro…
Ambos rieron tumbados en la cama y Carmen agarró la mano de Sergio trayéndolo hacia sí. Este lo comprendió y se colocó encima de ella mientras la mujer abría las piernas. Estaban en la postura del misionero y Carmen cogió con su mano de nuevo la entrepierna del joven y se la colocó en su entrada.
—Entonces te diré algo… —la vergüenza parecía disminuir hasta el cero y se decidió a decir algo con cierta melosidad— méteme… tu polla.
—A sus órdenes… —el pene entró y ambos gimieron sin control.
Sergio estuvo un buen rato comandando el coito, entrando y saliendo de ella mientras esta sollozaba y el joven observaba como sus pechos se movían de un lado a otro.
En algunos momentos su tía le daba un pezón para que lo succionara, no le cabían en la boca, ni tampoco los abarcaba cuando por primera vez posó una de sus manos en los magníficos senos.
El sexo fue más tranquilo, ya no era tan pasional, la fogosidad había sido aplacada y ahora, era más sentido.
Sergio la giró sobre la cama dejándola de lado, subiéndole la pierna y con su mano dándola placer en el clítoris a la vez que la penetraba.
Carmen se sentía novata en todo, hacia tanto que no salía del misionero, o como mucho ella cabalgando, que cualquier situación diferente parecía que lo hacía por primera vez… aunque no era así.
El orgasmo tardaba en llegar, sin embargo no importaba, porque el sexo estaba siendo de lo más delicioso. Ambos se tocaban, se acariciaban, se sentían… muchas veces de manera lenta, cuando el pene de su sobrino entraba por completo, Carmen tenía que apretar los labios para soportar tanto gozo.
Después de unos minutos, Sergio decidió que esa postura ya valía y volvió a girar un poco más a su tía, colocándola “a cuatro patas” sobre la cama. Sacó y metió muy lentamente su pene para que se acomodase a la nueva postura y cuando entró por completo, Carmen aulló.
—Por dios, ¿ha agrandado?
—No lo creo, quizá te haya entrado mejor —respondió Sergio para que Carmen cambiara su cara de duda.
—Pero, qué diferencia… ¡La Virgen! Vete despacio por favor.
Por supuesto el joven la hizo caso, las entradas eran lentas y profundas, así el interior de Carmen se acomodaría a todo lo que le entraba.
—¿Mejor? —preguntó Sergio al de unos minutos.
—Sí… creo que sí… Aaaaahhh —dijo al notar que el pene de Sergio entraba aún más dentro— creo… creo… que puedes… su… subir el ritmo.
—Lo que digas. —comenzando a hacer caso a su tía.
—Me gusta… que… obedezcas—Carmen se volteó lanzado una mirada más que pícara y de nuevo giró para mirar al frente.
El ritmo se incrementaba, la penetración era increíble y Carmen estaba que no se lo podía creer, “¿si esto también es sexo?, ¿Yo que he estado haciendo estos años?”.
La velocidad ya se había elevado sin parar, el cuerpo de la tía, estaba venciéndose hacia la cama y solo quedaba bien erguido su trasero.
Lo tenía colocado lo más respingón posible tratando de no desmoronarse en ningún momento.
Era el último bastión que resistía el duro sexo que le propinaba su sobrino, no debía caer.
Las acometidas eran mucho más potentes que antes, el sonido llenaba la casa y la mujer notaba como los genitales de su sobrino la golpeaban con dureza el clítoris.
No podía más, estaba a punto. De nuevo se iba a correr, lo sabía, “tres…” pensó para sí, “todos los de un año en menos de una hora. Gracias, Sergio” acabó por pensar.
No se podía mover, el placer la tenía paralizada, agarraba con fuerza las sabanas y comenzaba a gritar de manera sonora sabiendo que otro orgasmo llamaba a la puerta, es más, la iba a tirar.
—Mi… vida…, otro… otro… —Carmen no podía levantar el rostro de la cama.
—Dios, tía, te vas a secar, ¿te doy más?
—Sí… dame más… —Sergio comenzó a acelerar un ritmo que se solapaba una entrada con la siguiente, Carmen gritó como loca. Ni en sus mejores sueños había sentido ese placer— ni… me acuerdo… hace tanto que no lo hacía así… la del “perrito”.
—La mejor. —el muchacho jadeaba por el esfuerzo, cayéndole las primeras gotas de sudor por el cuerpo.
—Viene, viene. —Carmen con fuerza de voluntad colocó su cuerpo en paralelo a la cama, separando sus pechos del edredón.
Agarró con fuerza este, clavando sus uñas.
Quien la viera podría pensar que estaba sufriendo, pero nada más lejos de la realidad.
Abrió sus piernas todo lo que pudo a la vez que levantaba el trasero.
Mientras su cabello rubio ya algo despeinado por el coito le golpeaba su rostro sin parar.
La mujer abrió la boca y con todas sus fuerzas clamó al cielo— ¡Dame Sergio!
¡Méteme tu polla, por favor! ¡QUÉ ME CORRO… !.
—¡Carmen, por dios! —las palabras de su tía le subieron tanto el calentón, que agarró con fuerza la cintura de la mujer para poder penetrarla con aún más fuerza. Era una batalla y Sergio no mostraba piedad.
Un grito aterrador salió de la boca de la mujer, algo tan fuerte que incluso hizo pensar a Sergio que la había hecho daño, no era así.
Carmen sentía el fuerte agarre de su sobrino en su cintura, impulsando hacia atrás su cuerpo mientras le introducía todos los centímetros que tenía.
La mujer supo al instante que era lo que estaba pasando en su interior, estaba teniendo el mayor orgasmo de su vida.
En ese momento, en aquel preciso instante en el que sentía las fuertes manos de Sergio agarrándola, más el pene erecto horadándola sin parar pensó “me están follando… ¡ME ESTÁN FOLLANDO!”.
La mezcla de sentimientos en su interior era una bomba e iba a explotar. La pasión del coito, la manera en la que Sergio se lo estaba haciendo y… el morbo de estar haciéndolo con su sobrino. Todo aquello se juntó, mezcló y agitó sirviendo el orgasmo que estaba por llegar.
Sus fluidos salieron explotando en el pene de su sobrino, sus piernas se movieron sin parar y su culo vibraba con tal fiereza que la unión se rompió.
Parecía que estaba en la misma silla eléctrica.
Sergio vio cómo su pene salía totalmente manchado de fluidos y con su punta roja del color del fuego, aunque lo que se quedó mirando fue la vagina de su familiar.
Un pequeño hilo de líquido salía hasta su clítoris recorriendo un camino de fluidos que se perdió en su vientre.
Para Carmen había sido el mejor de su vida, pero para Sergio… también.
La mujer se lanzó boca abajo casi sin poder respirar, y el joven quedó agotado sentado en la cama y con el cuerpo totalmente agitado.
Ninguno rompió el silencio en varios minutos, estaban extasiados, lo habían deseado durante todo el día y acabado el coito, no podían más.
Quizá Sergio tenía algo más de fuerza, pero también le temblaban las piernas del esfuerzo.
Por fin Carmen se intentó levantar, logrando sentarse en la cama. Miró el móvil, marcaban las ocho menos cuarto de la tarde, todavía les quedaba tiempo, pero no fuerzas. Se puso de pie aunque al instante se sentó de nuevo.
—Sergio, ayúdame, por favor.
Este se levantó de la cama con más vitalidad y ayudó a su tía de la forma más caballeresca que sabía mientras ambos se sonreían.
—Acompáñame hasta la ducha. No sé si las piernas me van a aguantar.
—Lo que quieras. —los dos comenzaron a andar de forma lenta— ¿Estuvo bien?
—Nada mal… —Carmen le dio un beso en la mejilla.
La mujer se sentó en la taza del váter y Sergio accionó la ducha a petición de esta. Carmen suspiraba todavía sin creerse los orgasmos y el placer que había sentía, era glorioso, es más, aún sentía algo de calor y partes de ese último orgasmo flotando dentro de su cuerpo.
—Quédate aquí por si acaso, cariño —le dijo a su sobrino introduciéndose en la ducha.