DÍA EN FAMILIA
Mari que se entretenía en el sofá mientras veía la televisión, escuchó como su hermana bajaba por las escaleras atisbando en ella cierta coloración a la que no dio importancia.
—¿Has visto a Sergio?
—Me ha parecido oír la ducha, estará allí. Espero que no haga cosas de adolescente dentro, ¿ya sabes? —no hizo falta añadir un gesto de masturbación, Mari lo entendió a la primera.
—Por los clínex que consume y dónde los consume… diría que es más de hacerlo en su cuarto. —su marido le había explicado que aquel gasto de papel era normal, para ella siempre fue demasiado…
Carmen no se esperó tal comentario y no se le quitó la sonrisa hasta que se sentó en el sofá, la imagen de su sobrino agarrando su miembro mientras lo movía, la dejaba en una tensión sexual.
—Si todavía sigues dándole vueltas a lo de ayer, si quieres… ¿Entramos al baño y le pillamos desnudo? ¿Una por otra? —su hermana lo tomó a modo de broma. Ambas se rieron aunque en la cabeza de Carmen la idea le resultó intrigante.
—No, hija, no.
—No te preocupes por algo tan bobo como lo de ayer, te vio con unas copas de más eso es normal. Creo que el tema del cariño tienes que ir poco a poco, si te apetece darle un abrazo dáselo, no lo dudes, que no te dé reparo.
—Muchas veces me apetece, pero una vergüenza me echa para atrás, ya ves ¡con mi hijo…!
—Puede que con un hijo sea diferente. Con mis hijas siempre fuimos muy amorosas y bueno entre tú y yo también, pero te puedo entender.
Tienes que apartar esa vergüenza a un lado, ¡si ha salido de tus entrañas, cariño!
—le lanzó una mirada que conectó en los ojos de Mari, también de ese color azul precioso.
—Voy a tratar de cambiar, forzarme un poco, aunque no sé, me siento como cohibida. Es muy raro —suspiró profundamente— eso sí… ya me vio borracha… me desnudo… y me metió en la cama. ¿Qué vergüenza voy a tener? —se llevó las manos a la boca mientras trataba de no reír— De verdad, qué mal momento…
—¿Es la primera vez que te ve en ropa interior?
—A ver, sí y no. Muchas veces me paseo en ropa interior por casa, bueno mis hijos y yo, mi marido es el único que no. Dani siempre fue pudoroso, —volviendo al tema— pero una cosa es eso y otra cosa es de la guisa que me vio ayer.
—Boberías, cariño. —queriendo cambiar de tema, sabía que Sergio en cualquier momento bajaría— Además, ayer estábamos espectaculares, ¿te acuerdas de aquel tío que vino donde nosotras?
—Le espantaste rápido —respondió Mari riéndose.
—Demasiado feo, querida, nosotros tenemos más glamour. —Carmen añadió un tono de “pija” que a su hermana le encantó.
Las dos comenzaron a reír como locas en la sala, volviendo a sentirse como cuando eran adolescentes.
Charlaron durante un buen rato de la noche anterior, rellenando algún que otro hueco que Mari había perdido por el camino.
Hasta que escucharon como Sergio descendía por las escaleras dirigiéndose al sofá donde se encontraban.
—Nuestro caballero —anunció Carmen al verle.
—Buenos días, tía —se acercó a esta dándole un beso en la mejilla que le supo a poco y después, le dio otro a su madre, preguntándola— ¿Qué tal te encuentras, mamá?
—Bien, mi vida. —sentía su rostro acalorándose debido a la vergüenza. Se pasó una mano por el cabello para evadir ese sentimiento, pero le era imposible— Muchas gracias, creo que me duele un poco la cabeza y nada más.
—Me alegro, estabas un poco “pedete” —era la palabra que usaba ella cuando el joven llegaba perjudicado.
—No te rías de tu madre… —le dijo con una voz notablemente cortaba por lo que sentía en su interior. La imagen de estar frente a su hijo, ebria y casi desnuda no desaparecía.
—¿Qué os parece —saltó de pronto Carmen— si salimos y nos vamos a comer? Hoy Sol no está y ninguna de las dos va a cocinar —señalando a su hermana.
A los dos les pareció buena idea y después de pasar un rato de la mañana preparándose, todos montaron en el coche de Sergio para dirigirse al restaurante que las mujeres decidieron.
La comida fue amena, hablaron de todo y se rieron juntos, el tiempo era una delicia y una brisa de verano perfecta les acompañó en la terraza donde acabaron llenos de tanto comer.
El joven mientras escuchaba a las dos mujeres conversar sin parar, trataba de ser lo más sutil posible porque no podía parar de mirar a su tía.
Con unas pocas ropas casuales y unas gafas de sol que le tapan las leves ojeras que tenía del día anterior, le resultaba una mujer de bandera, le era imposible quitársela de la cabeza.
Lo de la noche anterior le había sabido a muy poco, ¿qué habían estado, diez minutos como mucho? No era suficiente. Lo de esa misma mañana, no había hecho otra cosa que acrecentar sus ganas por pasar tiempo a solas con Carmen, tocar su piel, probarla y si podía ser, penetrarla.
De pronto, una voz le sacó de sus pensamientos. Miró a las dos mujeres que levantaban sus ojos justo a la espalda del chico. Este giró la cabeza para ver de qué se trataba. Un chico de su edad, parado en medio de la calle le miraba con sorpresa sin creer que fuera él.
—¿Sergio? —echó un vistazo al muchacho que le preguntaba, dejando de prestar atención a sus dos mujeres favoritas.
—¡Héctor! —contestó levantándose a saludar.
—¿Qué tal? Pensaba que venías más tarde —ambos se abrazaron como viejos amigos que eran.
—Sí, pero me adelanté, así paso algo de tiempo con mi tía y mi madre —dijo señalando a ambas que saludaron al joven.
—¡Qué bien! Oye te apetece tomar algo, si no estás ocupado digo.
Sergio miró tanto a su madre como a su tía. Se lo estaba pasando en grande con ellas, pero necesitaba estar un rato con gente de su edad y sobre todo, para quitarse a Carmen de la cabeza. Quizá alejándose un poco de ella podría “enfriarse”, aunque solo fuera un poco.
—¿Os veo luego en casa? Así tomo algo con Héctor.
Ambas movieron las manos con rapidez en señal de que no importaba, pareciera que se quitaran un peso de encima, aunque nada más alejado de la realidad.
Observaron al joven muchacho alejarse con su amigo.
Carmen aunque luchó contra su cuerpo, no pudo evitar mirar como el trasero se le movía al andar, pensando en si podría tener otro momento a su lado, necesitaba mucho más de lo que había tenido.
Mari en cambio, solamente pensó una única cosa, que tampoco entendió muy bien como había llegado a su mente.
Quizá nunca lo había visto así o simplemente el que le “cuidara” la noche anterior había cambiado su percepción del joven.
Sin embargo su cabeza le hizo preguntarse “¿Cuándo se ha hecho un hombre?”.
—Bueno… nos hemos quedado solas, ¿quieres un café? —le dijo Mari sin responder a sus propias dudas.
—Bien, ahora pedimos —Carmen hizo una pausa y añadió—, por cierto, ayer quería pasármelo bien, pero hoy creo que ya nos toca cotillear un poco. —la mujer morena sacó media sonrisa— ¿Qué tal con Dani?
—Pues como siempre, no hay nada nuevo que contar, rutina, rutina y más rutina.
—Yo en cambio, —desde la conversación con Sergio sentía tal liberación que necesitaba compartirlo con su hermana, la que siempre había sido su gran confidente— tengo algo que contar.
Mari se quedó con curiosidad al oír aquello. Jamás había escuchado quejas más allá de las normales acerca de Pedro, pero esas palabras parecían haber salido de su boca con algo de tristeza. El camarero escuchó el pedido y se fue con los dos cafés anotados.
—¿Qué pasa, Carmen, estás bien?
—No, no lo estoy, te lo digo sin rodeos, yendo al grano, que al final va a ser lo más sencillo, creo que Pedro me ha sido infiel.
—Mari se llevó la mano a la boca sin creer sus palabras y sin poder asimilar del todo aquella información— He visto pruebas que me llevan a pensar eso.
Cargos en bares a las tantas, una mancha de carmín en la chaqueta y claro…
luego están las pocas cosas que hacemos juntos, sin contar las cosas que hacemos en la intimidad.
De esto último… mejor ni mencionarlo… aunque tampoco hay mucho que contar, ya me entiendes.
—Joder… no sé qué decir. ¿Tú estás segura de eso? Es que me pillas de sopetón, no es algo que me esperase.
—Sí, estoy segura, muy cerca del 100%. Hace años que no es lo mismo y estaba un poco apenada, bastante triste por como irían las cosas, pero…
Carmen recordó el viaje con su sobrino, el desahogo en la piscina… se sentía mejor y todo gracias a su sobrino. Pero… ¿Estaría bien decírselo a su hermana? ¿Qué gracias a su hijo todo había cambiado?
—¿Pero…?
—Pero… estos días he cambiado de parecer. Ya no estoy tan mal, la verdad… he pasado dos o tres años realmente malos. Obviamente la procesión va por dentro.
—Habérmelo dicho, ¡soy tu hermana!
—Ya lo sé, pero estamos muy lejos y sé que tú ya tienes tus problemas, es complicado, cariño.
—No lo es —dijo rápidamente Mari—. Me llamas y hablamos, punto. —vio que el camarero llegaba con los cafés y al irse siguió— Me lo tendrías que haber contado desde el primer minuto. Aunque me alegro de que estés mejor, eso está claro, sin embargo… ¿Qué ha pasado? ¿Por qué ese cambio?
—Ha sido… muy raro… —no sabía si decírselo, ni como se lo tomaría— mira, no sé si te lo vas a creer, ni si te sentara bien o mal o extraño. Pero por lo que estoy mejor ahora, es por… tu hijo.
—¿Cómo? ¿Por Sergio?
—Sí… —Carmen veía que su hermana necesitaba más detalles y prosiguió— tuvimos un viaje largo en coche, tan largo y a la vez tan corto.
Desde el principio comenzamos a hablar y hablar, y no sé…
estaba tan a gusto, tan bien. —por su mente viajaban imágenes de las que no le podría hablar nunca a nadie— Comenzó a contarme las cosas con su ex y…
no tengo ni idea a día de hoy porque lo hice. Pero le conté lo mío con Pedro.
—Espera, una cosa antes que nada ¿Qué Sergio está mal con Marta?
—Sí… tan mal que ya no están juntos. Hace medio año que lo han dejado, bueno, ella le dejó, además por su ex.