¿Y AHORA? #2
—No estoy bien, llevo un rato en cama. —a Carmen se le paró el corazón pensando que igual les podía haber escuchado—Es por la fiesta de ayer…
me lo pasé fenomenal, pero llegamos a casa y no sé…
me siento un poco mal. Creo que di una imagen a Sergio no sé…
—este se levantó, deslizando sus pies por los azulejos para no hacer ruido y poder escuchar.
Su tía le puso la mano en el pecho para que no se acercase más…
ya estaba muy cerca de ella. Sintió su corazón golpear en el pecho con fuerza— es que iba bien borracha…
y bueno, aparte de eso, he pensado un poco lo que me dijiste del tema del cariño y puede que sea verdad.
Debería demostrárselo más a menudo, me siento mala madre.
—No te preocupes porque te vea así, peor acabará él, seguro… —le sacó una sonrisa al muchacho— y tranquila, cariño, sabe que le quieres.
—Sentir ese abrazo… ese beso… me encantó, no sabes hasta qué punto.
Fue como sentir un cariño que me había negado a mí misma…
creo que digo bobadas, igual sigo borracha.
—se la escuchó reír tras la puerta— Creo que debería cambiar, no solo con él, sino con todos —calló un momento y después, añadió algo incrédula— oye, una duda.
Tengo una imagen, pero no me acuerdo bien… ¿Me metió en la cama?
Sergio sonrió al escuchar lo poco que recordaba su madre ese momento.
Aunque viendo a su tía en frente, prefirió más que rememorar como metía a su madre en la cama, rodearla con los brazos.
Carmen intentó negarse, con una negativa que obviamente no se creía ni ella misma.
Les volvía la calentura que el susto les había arrebatado.
Una vez que su sobrino la atrapó entre sus brazos y su cuerpo, no quiso que la soltase jamás.
—Sí, te metió en la cama —su voz sonó con algo de esfuerzo juguetón por separarse un poco de Sergio— te quitó la ropa y después, fue a dormir, un buen hijo.
—¡Qué violento! Me ve borracha y después, me desnuda… para meterme en cama, la madre del año.
Los brazos de Sergio sujetaron la cintura de Carmen mientras esta se rendía a seguir zafándose en el juego del gato y el ratón. Según se detuvo, los besos del chico volvieron al trabajo que habían dejado a medias, topando con unos húmedos labios el cuello de su tía.
—No, tranquila, cielo. —su pasión volvía y el ardor sexual se apoderaba de nuevo de su cuerpo. Incrustó las uñas en la pierna de su sobrino al notar la tremenda herramienta que volvía a posarse entre sus nalgas— es más, seguro que se llevó una buena impresión.
—¿Por qué lo dices?
Carmen apenas podía hablar con claridad, debía hacer un esfuerzo titánico no lanzarse encima de la entrepierna de Sergio. Este en cambio, estaba gozando sometiendo a su tía a semejante tortura.
—Porque, chica, te vio feliz, alegre, como tú eres…
Las risas de Mari se escucharon a través de la puerta y Carmen tuvo que morderse el labio para no gemir cuando la mano de Sergio le agarró el trasero con fuerza.
Dio la vuelta a su cabeza, para que quedara tan cerca de los labios del muchacho que ambos podían sentir el aliento en la piel del otro.
Movió sus labios de nuevo, queriendo decirle algo que le hubiera gritado en otro momento, sus gruesos labios dibujaron una palabra que su sobrino entendió a la perfección “cabrón”.
Estaban en otro mundo, un mundo sexual reservado para ellos dos, mientras en el exterior una risa se detenía y Carmen le añadió.
—Además… tú y yo… —Sergio veía como los ojos azules de su tía se le clavaban como puñales, mientras la brisa caliente salida de su boca le secaba los labios— ganamos desnudas. —el joven le asintió rogando por besarla.
—¡Calla, por dios! —alguna pequeña risotada trataba de cortarla el habla— Es mi hijo, no creo que nos vea así.
Sergio movió una mano hasta el rostro de Carmen, posándola en su mejilla y haciendo que esta no le dejase de mirar, sus labios estaban a milímetros.
A Sergio se le ocurrió que decirle en ese momento algo a su madre sería gracioso, un poco de pimienta al juego que llevan los dos dentro del baño.
Moviendo con cuidado los labios y en un tono casi imperceptible añadió.
—Dila, que aparte de hijo, también soy hombre… —al oír eso, la respiración agitada de Carmen se volvió incontrolable.
—Ya, pero… aparte de tu hijo, también es un hombre…
—no podía dejar de mirar los ojos del chico— seguro que no le desagradaría.
—casi jadeaba al hablar, no pensaba en su hermana, solo en el muchacho que la hacía arder, ¿estaba más caliente que la noche anterior?
Ella misma tenía la respuesta. Por supuesto que sí.
No hubo más que silencio durante unos segundos, los dos amates no lo tuvieron en cuenta, apenas sentían la presencia de Mari en el exterior, eran ellos solos en el mundo. Hasta que de nuevo, la mujer, con una voz algo desconcertada les recordó su presencia.
—No sé, Carmen… oye, ¿estás bien?
—Sí, sí —respondió fingiendo serenidad— es que… me has pillado cagando —sollozó de manera casi audible por otro apretón en su nalga— déjame, por favor, que ahora acabo.
—Vale, vale, perdona. Ahora nos vemos.
Los pasos se fueron alejando mientras los dos en el interior del baño se mantenían inmóviles al igual que cuando llegó Mari. Una vez se aseguraron que la otra mujer de la casa no estaba, Carmen apartó contra la puerta a su sobrino.
—Te mato, eres un sin vergüenza… cabronazo… —las palabras sonaban ofensivas, pero la sonrisa pícara y los ojos azules salvajes de Carmen decían otra cosa— un poco más y… no lo sabes bien. Te la hubiera sacado aquí mismo.
—Haberlo hecho… —le dijo su sobrino con el rostro encendido.
—Sí, claro, y tu madre detrás de la puerta. —le agarró fuerte por la mitad de su camiseta para después pasar su mano con dulzura por el bulto de sus pantalones— vete a la ducha ahora mismo, y baja después que yo. Esta te la devuelvo, ¡marcha!
Liberándole de su agarre, Sergio obediente marchó como le habían ordenado, no sin antes mandarla un beso por el aire a su tía, el cual recogió con sumo placer. “Empieza bien el día” pensaron al unísono.