La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) ¿Y AHORA?
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¿Y AHORA?

Con los primeros rayos que entraron por la ventana, Sergio amaneció.

Se tuvo que desperezar en varios minutos hasta que logró sentarse en la cama, meditando todavía si lo de ayer fue algo real o todo había sido fruto de su imaginación.

Los restos secos que perduraban en su entrepierna demostraron la realidad.

Cogió el móvil comprobando que todavía eran las nueve de la mañana. Las mujeres de la casa, obviamente, tardarían en despertar y por no molestarlas, se puso un bañador y bajó directamente a la piscina.

El chapuzón le hizo despertar por completo.

El agua todavía algo fría de la noche consiguió que su cerebro se activara por completo y también, quitarle el olor a sexo que parecía perseguirle.

El pequeño baño había sido una gran opción, no le hacía gracia pasearse con aquel olor por la casa, no por su tía, sino más bien por Mari “no vaya a olerlo”.

El agua le ayudó a reactivar todo el cuerpo ya no tenía ni ese olor ni el poco sueño que aún quedaba en su cuerpo. Se secó con rapidez, aunque el sol comenzaba a calentar con rapidez, todavía la temperatura era más que normal y no quería coger frío, no era momento para ponerse malo.

Volvió a la casa para desayunar unas frutas que cogió en la cocina.

Puso la tele sentándose en el sofá para relajar sus músculos como si estuviera cansado, pero en realidad lo estaba.

Mientras mordía la pera de su mano, rememoraba cada imagen del día anterior.

Las tenía grabadas a fuego y sabía que no se le olvidarían jamás, solo una cosa se le clavaba como una espina, “¿pasará de nuevo?”.

Casi rezaba por ello, aunque la realidad era que su tía lo había hecho con el mientras estaba borracha, quizá serena la cosa cambiara.

Escuchó un ruido en la planta de arriba que le hizo salirse de sus pensamientos. La curiosidad le pudo y decidió subir por si alguien se estaba levantando, su mente y su entrepierna por fin de acuerdo pedían que Carmen estuviera despierta.

La habitación de su madre estaba cerrada y bajo la rendija de la puerta no se apreciaba ninguna luz.

Recordaba que al despedirla a la noche, la habitación estaba completamente a oscuras, por lo que si todo seguía igual, ella estaba dormida.

En cambio, la de Carmen sí que asomaba algo de luz natural.

Se acercó con nerviosismo, como esa misma madrugada le había sucedido, alzó la mano con decisión y le echó valor golpeando la puerta, no hubo respuesta.

No podía quedarse ahí, decidido, movió el picaporte y entró de sopetón.

Repetía los mismos gestos que a la madrugada, pero no había nadie en la habitación.

La cama estaba deshecha y la ropa del día anterior estaba puesta en una silla, aunque lo que le importaba era la luz que salía del baño.

La puerta estaba entreabierta y el sonido de un cepillo eléctrico le llegó a sus oídos.

Asomó la cabeza después de golpear levemente la madera.

Carmen se dio la vuelta y vio la cabeza de su sobrino, antes de girarse sabía que era él.

Escupió la pasta de dientes y después de secarse, sonrió al joven a través del reflejo del cristal.

Se dio la vuelta y dio tres pasos hacia el muchacho que ya estaba dentro.

—¿Has dormido bien? —Sergio no podía contener la sonrisa, quizá producida por cierta vergüenza.

—¡Qué malo! —añadiendo— Hacia mucho que no dormía tan bien… por cierto, me has dado una idea para el libro.

—¿Si? —preguntó, mientras notaba la mano de su tía acariciándole el pecho.

—Podría introducir algo basado en… lo de ayer —echó un vistazo fuera para después preguntar— ¿has visto a tu madre? ¿Está dormida?

—Creo que sí, no miré dentro, pero no se veía ninguna luz encendida.

—Bien. Bueno… me apetece… —el joven miraba expectante esperando las palabras clave de su tía— ¿me refrescas la memoria sobre lo de ayer?

—Me encantaría.

La mano de Carmen agarró la del joven introduciéndole aún más en el interior del baño y cerrando la puerta tras ellos. Caminaron pegados, mirándose, hasta que el lavabo se topó con el trasero de la mujer.

—Lo recuerdo bien… te lo puedo recordar con detalles —aunque la voz se le quebraba, sus brazos comenzaron a rodearla— tú te tumbaste.

—¿Ah sí?, no me acuerdo, ¿algún dato más? —Carmen se dio la vuelta para que ambos pudieran observarse en el espejo.

—Los dos nos tocamos.

El aliento de Sergio golpeaba en el cuello de la mujer. La piel se le empezó a erizar y al sentir como una mano ajena a las suyas subía por su cadera desnudando la piel que su camiseta tapaba, un cosquilleo anormalmente placentero desbordó en su interior.

—Nada… mal…

La temperatura comenzó a subir. El cuerpo de Carmen como un horno trabajando a destajo echaba humo.

Sujetó la mano que subía con calma por su cuerpo y la apretó contra su vientre sintiéndola piel con piel.

Echó su cabeza hacia atrás golpeando el hombro del joven, su rostro estaba a pocos centímetros del suyo.

—Cuando estuviste tumbada —la voz era un susurro, un secreto en su oído. Notaba el aire que salía de su boca más que las palabras. Era el tono de voz más meloso que había escuchado, un caramelo para los oídos agitados de la mujer— metí algo dentro de ti…

—¿Qué cosa?

La boca de Sergio se posó con lentitud en el cuello de su tía. Primero un beso, rozándola con sus labios, lento, sentido… después un segundo de la misma forma hizo que Carmen soltara el aire que parecía pesarla.

El espejo le reflejaba a Carmen todo lo que quería ver.

Su sobrino había dejado su cuello y volvía a acercar sus labios a la oreja.

Los pelos se le ponían de punta y los dientes del joven mordieron con ternura y erotismo su lóbulo, no lo soportaba.

Apretó aún más la mano de Sergio contra su vientre queriendo pasar a la siguiente fase, pero esperar valdría la pena.

Pegados a su oído los labios se movieron, el erotismo era máximo.

Ambos estaban pegados solamente separados por unas finas telas que les repugnaban, nadie las había invitado a la fiesta.

La mujer esperaba lo que su sobrino le tenía que decir, al tiempo que sentía un miembro enorme que chocaba contra su trasero.

La espera se le hizo eterna unos segundos inacabables hasta que la garganta ardiente de Sergio emitió el sonido que Carmen deseaba escuchar.

—Mi polla.

La mujer rebuznó poseída por el deseo, pasando con una velocidad inhumana su mano por sus nalgas hasta topar con el acero tan duro que tenía allí abajo. La agarró con fuerza, y más fuerza hubiera hecho, pero sabía que el límite del dolor estaba cerca.

—Es grande…

—Ayer, contigo… se me puso muchísimo. —el masaje que Carmen le estaba haciendo en su pene era demasiado placentero.

—¿Se lo dices a todas? —dijo la mujer por seguir hablando, conocía a su sobrino, no era de esos— ¿ahora… se portará igual de bien que ayer?

Carmen que ya estaba mojada, no soltaba el miembro de Sergio, era su flotador en medio del océano. Seguía sin creerse la locura que cometía, sin embargo, no se podía sentir más feliz, más caliente y más… viva.

Notó como las manos calientes de su sobrino, se introducían bajo la camiseta que usaba como pijama. Subieron rozando su piel, llevando toda la intención de subir hasta sus voluminosos senos y hacer el mismo desempeño que hacia ella en su miembro.

Sus pezones duros y notorios tras la tela, esperaban con ansias que esas manos se posaran en ellos. Carmen se preparaba para sentirlas, para notar un apretón que le hiciera gemir de placer, en cambio, escuchó algo.

Un golpe secó se escuchó en la puerta, algo muy leve, que sumidos en su mundo erótico apenas sintieron, sin embargo, ambos se quedaron petrificados. Sabían lo que pasaba, lo entendieron casi antes de que sucediera, Mari estaba en la habitación.

Por un momento, ninguno de los dos respiró.

La mano de Carmen siguió en su sitio y las manos del joven, tan cerca de los senos de su tía se quedaron quietas, sin gasolina para moverse.

Los pasos se escucharon muy cerca, demasiado cerca…

la madre de Sergio habría visto el halo de luz que salía de debajo de la puerta del baño y comenzó a caminar en esa dirección.

El corazón les comenzó a funcionar de forma acelerada, se separaron repelidos por una fuerza invisible.

Carmen saltó hacia la puerta de madera y con rapidez, pero también con sumo cuidado, colocó el pestillo apoyándose después en esta como si la fueran a tirar abajo.

Las aletas de la nariz de la mujer se abrían y cerraban de forma salvaje, observaba a su sobrino como se sentaba en el retrete como agazapado esperando lo inevitable.

La mirada de ambos se cruzó, una mirada de ¿y ahora qué?

Podrían haber disimulado, no era una cuestión complicada, pero habían actuado erróneamente, ahora podían pagarlo.

Justo en ese instante, en la madera donde la espalda de Carmen se apoyaba, sonaron dos golpes.

—¿Carmen, estás visible? —la mujer no contestó y movió el dedo índice a los labios pidiendo silencio a su sobrino— Carmen, te he visto cerrar la puerta.

Movió los labios en silencio aunque Sergio pudo intuir perfectamente que había maldecido “mierda”. Su madre sabía que su hermana estaba ahí dentro, aunque menos mal que no se imagina que estaba con su hijo.

—Sí, cielo, pero estoy ocupada.

—Necesito hablar contigo, es que me encuentro un poco mal.

Carmen interesada en saber que le pasaba a su hermana y suponiendo que no había visto a Sergio, siguió fingiendo que nada pasaba. La preguntó al mismo tiempo que fijaba la vista en el bulto de su sobrino que no bajaba.

—¿Qué te pasa?