LA PUERTA DE CARMEN #2
Los juegos habían acabado, no podían soportarlo más.
Colocó su punta en la entrada. Los labios vaginales se abrieron dando un ansiado beso al prepucio enrojecido del joven.
La sensación era ardiente y húmeda, no podía haber nada más glorioso para Sergio.
No hizo apenas esfuerzo, solo un leve movimiento de cadera y…
el pene se introdujo en el sexo de su tía.
La mujer aspiró súbitamente en los primeros centímetros, el placer era indescriptible. Cuando notó como la mitad estaba dentro y aquello le estaba llenando todo su interior, se tuvo que tapar la boca para no gritar a los cuatro vientos todo lo que sentía.
Empujó un poco más quedándose casi toda en el interior y acomodándose al sexo de Carmen.
Al sentir en sus adentros los dieciocho centímetros, tensó el cuello y arqueó todo el cuerpo recibiendo la primera entrada completa.
Trató de coger aire, todo el que podía, pero no le era suficiente, necesitaba cuatro pulmones para reponerse de la primera sacudida.
Era algo abrumador, un sentimiento de que en verdad… la habían llenado.
—¡Jesús! —dijo en voz baja conteniendo las muestras de placer que no paraban de llegar y tratando de comportarse lo más normal posible, añadió— ma… ¿Más?
La pregunta de la mujer rubia fue contestada con rapidez cuando su sobrino comenzó a meter y sacar con calma su pene.
Sergio lo introducía lentamente, mucho más de lo que le gustaría, pero entre que su madre estaba dormida (imposible que se despertase) y sabiendo que si subía algo el ritmo podría terminar rápido. Prefería ir despacio.
El primer minuto pasó rápido, las paredes de Carmen se adecuaron a lo que le habían metido entre ellas y el placer de ambos traspasaba fronteras.
Casi había olvidado lo que era sentir tal placer.
Aunque algo la detenía, necesitaba expresarse, ser ella misma como siempre, le gustaba conversar en el sexo, pero por una extraña vergüenza, no podía.
—Lo deseaba… —Sergio la miró con unos ojos de verdadero animal— por favor, cariño… lo necesito.
Subió las piernas cuanto pudo, para permitir una entrada perfecta a su sobrino. La falda se le arremolinó en la tripa dejando sus piernas al aire y un sexo que devoraba el miembro del muchacho.
Notó algo, algo que hacía mucho que no notaba, una sensación se concentraba en su interior, era algo grandioso.
La temperatura de Carmen se elevó, sus pechos se endurecieron por momentos y la sensación de placer le agarrotó el cuerpo.
Las venas del cuello se le estaban hinchando y como pudo agarró uno de los cojines que había en la cama.
—Un poco… más… —rogó a su sobrino sin casi respirar.
Obediente, Sergio entró un par de veces más, de manera lenta y pausada, pero muy profundo, impulsando los últimos centímetros para que llegaran a lo más hondo.
Carmen intentó aguantar concentrando más y más placer.
Estaba a punto de reventar, el placer era inaguantable y no podía contenerlo en su cuerpo por más tiempo.
Mordió el cojín llegando a deshilacharlo con furia, para después, con un pequeño quejido que supo minimizar, dejar que todo fluyera.
Las entradas de su sobrino habían logrado que su vagina explotase en mil sensaciones. Se acababa de correr haciendo que el placer no cesara de aumentar. Ahogó mil y un gritos en el cojín mientras todo su cuerpo comenzaba a contraerse, moviéndose en espasmos como un pez fuera del agua.
Perdió la noción del tiempo y del propio mundo, no sabía ni donde estaba, solo observó puntos de colores en sus ojos.
Jamás supo cuánto tiempo pasó desde el comienzo del orgasmo hasta que fue consciente de nuevo de donde estaba, quizá un segundo o quizá una vida.
Alargó su mano en busca de su amante hasta tocar el abdomen de su sobrino.
Dejó las yemas de los dedos sobre la piel del joven sintiendo el calor que desprendía y haciéndole saber que de momento era suficiente.
—Ya… ya… para, cariño —consiguió emitir por su garganta mientras se ahogaba con el cojín.
Sergio obedeció y Carmen liberó su rostro de la presión que se autosometía.
El joven la vio con un color rojo y los ojos brillantes, con una expresión de satisfacción natural, simplemente preciosa.
Sus pechos subían y bajaban como si tuviera un terremoto en su interior.
La respiración es demasiado elevada, Carmen sin duda había tenido el mejor orgasmo de su vida, o por lo menos el mejor que recordaba y apenas habían pasado unos minutos en la tarea.
—Maravilloso —sentenció al aire con un tono más normal.
Levantó un poco la cabeza y volviendo a apoyarse en sus antebrazos, observó cómo su sobrino sujetaba sus piernas y la miraba con un rostro de satisfacción. Ella se dio cuenta de la situación, no debía ser egoísta y aunque se podría dormir simplemente bajando los parpados, quedaba algo por hacer.
—¿Seguimos? —consiguió decirle su sobrino sin que la voz le temblase. Carmen no dudó en asentir— estoy casi…
—Sí… por supuesto—le contestó con más normalidad, sin tener nada de normal la situación.
Las entradas volvieron a producirse. Esta vez Carmen sintió una sensación de placer demasiado grande e incluso al principio le incomodó.
Pero solo duraron unos instantes, hasta que se acostumbró de nuevo a que el miembro de Sergio la llenase su interior.
La sensación de placer volvió a ser la misma que antes, un placer de una magnitud inigualable, algo que ya apenas solo podía concebir en su mente.
Mientras meditaba en aquel gozo, veía como su sobrino, de nuevo comenzaba a moverse con algo más de rapidez. Su cara cambiaba y los sonidos que emitía elevaron el volumen, parecía que el final se acercaba. Carmen se llevó rápidamente el dedo a la boca y le dijo.
—¡Shh! No querrás… —que difícil se le hacía hablar— que nos oiga tu madre.
—Ahora… me da igual… quien escuche —el placer era tal que no le importaría que entrara el marido de Carmen, le daría lo mismo, él seguiría a lo suyo.
—¡Joder! —contestó con un tono que demostraba lo caliente que estaba— ¿No te importaría?
—Estoy casi… —dijo susurrando sin poder hacer más que centrarse en su eyaculación y añadió tajante— No.
Sergio finalizaba. Se venía lo que tanto había deseado esos días. El placer le recorrió el cuerpo y de sus genitales nació un cosquilleo que le arrebataba la vida.
—Me corro… mierda, ¡Me corro! —dijo mientras Carmen le miraba esperando el acto final.
El joven sintió el placer concentrado de tantos días.
Logrando en un instante que todos los músculos se agarrotaran para el único fin de conseguir expulsar todo el cargamento que llevaba dentro.
Introdujo el máximo de la envergadura de su pene, dejando todo su peso sobre la cadera de su tía y la primera porción de su néctar, se disparó.
Estaba ardiente, espeso y… abundante, la mujer lo sintió en el momento que el blanco líquido salió por la punta del joven pene.
Aquella primera descarga fue poderosa, pero la segunda no se quedó atrás.
El jugoso manjar salió en misma cantidad y con el mismo poder volviendo a golpear sus paredes internas hasta el punto que las piernas le temblaran.
Mientras su sobrino apretaba los labios, cerraba los ojos de placer y aferraba sus dedos sobre los muslos de su tía, esta sintió el último. Increíblemente era igual de poderoso que los otros, incluso causándole cierto placer al golpearla. Al mismo tiempo, su sobrino desfalleció.
Con Sergio jadeante y con la fuerza justa para no desmoronarse en la cama, Carmen sintió como unas gotas comenzaban a recorrer su trasero hasta llegar a la cama. El semen mezclado con los fluidos de la mujer, abandonaba el dulce sexo de ambos.
—¡La virgen! Qué… bueno…
La vitalidad le abandonó al muchacho, que se tuvo que apoyar en la cama para no caer sobre su tía.
Ambos respiraban acelerados quedándose satisfechos por lo sucedido.
El joven rompió la unión, haciendo que de la vagina de su tía, el jugo que caía en pequeñas gotas, saliera ahora de forma abundante.
Quizá en otro momento de su vida aquello no le hubiera gustado, pero en ese instante, era precioso.
—Creo que… nos toca dormir… —dijo ella aún tumbada.
—Mañana… nos vemos —Sergio apenas era consciente de lo que decía, el placer le acompañaría toda esa noche.
—Voy a dormir como un bebe —el fuego grabado en sus pómulos no desaparecía.
—Yo también, estoy muerto.
Carmen no pudo evitar sonreír ante aquel comentario y observó cómo su sobrino hacia lo mismo, rompiendo la pequeña vergüenza que parecía separarles, dejándoles por fin totalmente liberados.
El joven amante se levantó de la cama, aunque Carmen ni siquiera recordaría verle subirse los pantalones, todavía miraba al techo notando la picazón que le surgía en lo más profundo. Escuchó los pasos alejarse y volviendo la cabeza para la puerta dijo.
—Ciérrame la puerta al salir, cariño —intentando levantarse de la cama sin lograrlo. Sergio ya estaba con la mano en el picaporte, cuando escuchó de nuevo a Carmen— a ver si… mañana… otra vez.
Ambos se sonrieron, un gesto cómplice al que Sergio sumó un guiño que dejaba todo bien entre ellos. No había remordimientos, no habría conversaciones incómodas sobre las repercusiones de lo ocurrido, los dos lo deseaban, había pasado y si surgía ¿volvería a pasar?
Sin tener en calma su cuerpo aunque si el alma, la mujer consiguió mover las piernas para vestirse con una ropa interior nueva. La otra estaba por lo menos para lavar si no es que era mejor tirarla, la había humedecido demasiado.
Metiéndose en la cama y echándose la sabana, no puede evitar reírse. Sabía que al día siguiente tendía que ponerse otra ropa interior nueva, ya que los fluidos de su sobrino fueron tales que seguro se despertaba con esta totalmente sucia. La idea no le desagrado.