LA PUERTA DE CARMEN
¿¡Qué cojones hago!?, se dijo mientras su mano se alzaba. Parecía que por un momento sí que era consciente de lo que pretendía. La mente la tenía completamente en blanco, no pensaba, bueno, no es del todo cierto… solo meditaba una única cosa.
Encogió dos de sus dedos y con estos, golpeó la puerta de la forma más suave posible. Solo dos toques intercalados que llegaron a los oídos de su tía y entonces los pasos de Carmen… llegaron a los oídos de su sobrino, que seguía de pie aún con la mano levantada.
Sergio vio el picaporte moverse, se iba a derretir, no entendía en qué momento se pensó que era buena idea.
Se iba a presentar delante de su tía, con el pijama y con una erección de caballo que señalaba a la puerta como un dedo acusador “¿me da tiempo a huir?”, por supuesto que no.
El calor, la vergüenza y miles de sentimientos le invadieron cuando la luz atravesó la abertura de la puerta.
Carmen se quedó mirando a su sobrino, justo había salido del baño.
Se estaba desmaquillando cuando escuchó los golpes y aún estaba vestida como había salido de fiesta.
En un vistazo rápido, sus ojos se movieron por el cuerpo del chico, analizándolo sin parar en una fracción de tiempo.
Lo que deseaba, lo que anhelaba… allí estaba.
Sabía de sobra por qué estaba allí, a que había venido, pero una duda le asaltaba ¿Qué debería hacer ella? El chico había dado el primer paso.
Carmen pasó su visión al bulto, que despierto se movía enorme en la entrepierna del muchacho.
Se llevaría la mano a la boca para ocultar su asombro, pero no tenía el cerebro demasiado lucido.
El montículo que se formaba en la entrepierna era terrible, más de lo que recordaba haber visto nunca, por supuesto mucho más que su marido.
Sergio la miró fijamente, con el vestido de noche estaba espectacular y trató de decirla algo, pero estaba cohibido, su garganta estaba de adorno, no le funcionaba.
Fue entonces que su tía movió los labios y aunque pareciera que de estos no iba a salir ningún sonido…
el joven logró escuchar una deliciosa palabra.
—Pasa.
Entró con temor, un miedo que le hizo humedecer sus manos. Su tía le agarró de una de estas después de cerrar la puerta, no le importa lo sudadas que estaban, la sujetó con fuerza y sin decir nada más, los dos caminaron hasta la cama.
El nerviosismo se apoderó de ellos, dos colegiales en su primera noche juntos.
Estaban subidos en una nube que les transportaba por un mundo imaginario, no podía ser real lo que estaban viviendo.
Carmen sintió su cuerpo arder en los fuegos del averno, el joven más de lo mismo, ni en sus mejores sueños habían estado tan excitados.
Por tener más edad y quizá una mente más responsable, la mujer se sintió en la obligación de tomar la palabra, aunque no sabía si sería capaz. Estaba a tan pocos momentos de volverse loca por la tensión que se respiraba en la habitación.
—¿A qué has venido? —Carmen lo sabía muy bien. Primero le acarició la mano para acto seguido subir por el antebrazo. El suave tacto del hombre que tanto deseaba, le hizo notar como bajo su sujetador, los pezones se le estaban endureciendo.
—Venía… ve… venía a… —la lengua le pesaba y su cuerpo estaba entumecido.
Carmen se mantuvo en silencio para que pudiera contestar.
La voz del joven sonaba más adulta, más suelta— a contestar lo de antes.
Puede que… —no quería expresar esa tentación perpetua que sentía al verla.
Quizá compartiendo el anterior momento fuera mejor— Me has preguntado por quién me había puesto…
creo que por las dos. —cuando lo escuchó en voz alta, se dio cuenta de lo estúpido que era.
¿Por ella y su madre se había empalmado?
Qué tontería, sonaba tan irreal fuera de su mente, pero… no mentía.
Carmen resopló, de alguna manera debía ventilarse tras escuchar a su sobrino decirle claramente que le excitaba.
Obvió a un lado lo de su hermana, ahora mismo ella era la importante.
No sabía cuál fue el detonante, la gota que colmó el vaso, pero no había vuelta atrás.
Apretó sus piernas con fuerza queriendo resistir por última vez el pecado.
—Menuda puta locura, esto es muy heavy —apenas susurró la mujer, notando la humedad de su vagina impregnando su braga.
Bajó una mano temblorosa hasta la pierna del joven.
Sin mirarle a los ojos, aquellos dedos caminaron por el cuerpo de este hasta llegar a la cintura, donde la goma del pantalón de deporte le impedía el paso.
La última frontera, como si fuera una barrera moral…
engañar a su marido, hacer algo con su sobrino, el hijo de su hermana…
era el último paso y… nada la iba a detener.
Estaba loca, sí, loca por desatar su pasión con el hombre que más sentimientos había provocado en ella.
—Te dije la verdad en la piscina… —ella le miró quitando la vista del pene, aunque con el primer dedo atravesando la goma—no puedo tener amigas. Siempre acabo queriendo algo más.
—¿Qué quieres conmigo? —su voz sonaba tan melosa, tan ardiente, una sinfonía dedicada al amor, un susurro que Sergio apenas pudo escuchar.
Sus cuerpos estaban pegados, el calor de uno era transportado al del otro. Sus cabezas pegadas la una contra la otra. Carmen mirando como el joven había sujetado su mano, la cual ya notaba el primer vello en la yema de sus dedos.
No hizo falta que contestara a la pregunta de su tía, el joven pensó acertadamente que mejor actuar a hablar. Con delicadeza y lentitud la mano que tenía sujeta la fue introduciendo en el interior de su ropa, hasta el punto de llegar a la zona más dura de su cuerpo.
Carmen sintió la dureza, el calor, la suavidad de la piel…
una auténtica delicia. La agarró rodeándola con cada una de sus dedos, notó el poder, el placer, su humedad…
lo notó todo. “¡Está ardiendo!”, chilló su cabeza a la par que se deleitaba de una sensación que había olvidado, una satisfacción extrema.
—Es grande… —soltó la mujer por su boca con la voz más erótica que pudo.
—Dieciocho… —respondió Sergio posando la frente contra la de su tía. Estaba con el rostro enrojecido y su voz sonaba entrecortada por la vergüenza y el gozo— pero… lo mejor… o eso dicen… es que es gorda.
Carmen la soltó y de su boca salió un rebuzno animal. Estaba como nunca, con aquel sonido se recordó a la frase que le decía una amiga “caliente como una perra”, porque eso parecía, un animal en celo.
Sin dejar de mirar a su sobrino, abandonó el tan ansiado calzoncillo.
Con las manos, delicadamente como si estuviera hecha de papel y en cualquier momento se fuera a romper, sacó del bajo de su vestido unas bragas rojas.
Sergio que entendió la señal, se levantó posicionándose delante de ella, observando como Carmen dejaba con calma su braga encima de la cama.
La mujer se tumbó sobre el colchón quedando apoyada en sus antebrazos sin dejar de mirar a Sergio, esperando que diera el siguiente paso.
El joven miraba el sexo de su tía con unos ojos que se iban a salir de sus órbitas. Recortado pulcramente dejando poco vello y brillante a la luz de la tenue lámpara. Un ágil dedo se posó encima de ese manjar que le hacía derretirse y sintió como su tía temblaba.
Lo introdujo con pausa, con un amor y una pasión que casi había olvidado.
Carmen apretó los labios sintiendo el cuerpo extraño horadando en su interior por primera vez, “¡Qué delicia!” Pensó muy cachonda.
El sobrino sacó su dedo mojado, con un líquido trasparente que brillaba.
Sin dudarlo, se lo introdujo en la boca, saboreando los jugos que habían salido del cuerpo de la mujer.
Carmen se estremeció, sus piernas se cerraron y abrieron en un rápido movimiento, echando la cabeza hacia atrás y resoplando de manera sonora, si su hermana estuviera consciente la podría escuchar.
No podía aguantar más, quería el siguiente asalto, saltarse todas las normas escritas.
Le daba igual ahora, y le daría igual en un futuro, lo sabía, no habría cargos de conciencia.
No pensaba ni su familia, ni su marido, ni siquiera en su hermana, pensaba en el joven que con una cara roja de placer sentía lo mismo que ella.
—¡Dios mío! Sí… —apenas era un susurro audible.
De los pantalones de Sergio emergió la figura de un miembro erecto que a los ojos de Carmen pareció un coloso.
Dieciocho centímetros de carne, Sergio no mentía, y tampoco en lo gruesa que era, algo que la mujer repitió en su cabeza, “qué gorda…”.
Su respiración se agitó, su pecho subía y bajaba de forma alocada, la espera por lo inevitable se le hacía eterna.
Sus piernas se abrieron con fuerza, escuchando en ese momento un ligero chof, eran sus líquidos, habían emanado fuera de su sexo y se rezumaban sin parar.
“Tendría que haberlo rapado del todo, ni un pelo, pero… ¿Quién pensaba que esto se haría realidad?”.
La mujer sin despegar la mirada del miembro de su sobrino, observó como con una mano que parecía pequeña lo acercaba a su entrada.
El pantalón del joven yacía en sus tobillos y las rodillas se posaron en la cama, justo a la altura perfecta para hacer lo que ambos pretendían.
La mano le temblaba ligeramente, Sergio vio a la perfección el dulce y precioso sexo de su tía…
tan maravilloso… y que en teoría, solo debía ser contemplado por su tío.
—Estoy soñando… —se le escapó, lo estaba pensando, pero ya que había hablado, siguió—, el mejor sueño de mi vida.
Colocó tremenda herramienta en el agujero de su tía, la cual miraba expectante, apoyada en sus antebrazos sin perder de vista lo que estaba por suceder.
El contacto de su capullo con la vulva de la mujer hizo que ambos se estremecieran.
Pasó su pene por el clítoris de Carmen, algo que sabía que a su ex le gustaba y cuando vio como la mujer se mordía el labio, supo que a ella también.