La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) DEMASIADA FIESTA #2
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DEMASIADA FIESTA #2

El sujetador de su madre dejaba muy bien los senos que contenía, apretados…

tocándose el uno al otro… esponjosos como había visto los de su tía, parecían sendas nubes de algodón.

Giró bruscamente la cabeza para no caer de nuevo en la tentación de esos grandes pechos, a su miembro viril ya le daba igual de quien eran, solo pensaba que al fin y al cabo eran grandes mamas.

“Mierda que es mi madre, estoy enfermo” se dijo notando un calor que retornaba a la entrepierna.

En su cabeza solo cabía una excusa, “son similares a los de Carmen, quizá mi subconsciente me haya hecho ponerme…”.

Aquello no valía y Sergio lo sabía muy bien.

La única diferencia entre un busto y el otro era que la delgadez de Mari hacia una ilusión óptica de que fueran más grandes, por lo demás, eran idénticos.

“Deja de pensar eso imbécil” se gritó en un momento.

Antes de darse cuenta resopló aliviado llegando a la habitación de Mari y entrando en ella todavía con la mano en la cintura de su madre, “menos mal”.

—De aquí en adelante…

—Mejor acompáñame —le dijo su madre con la boca pastosa y un ojo medio cerrado.

Llegaron al centro de la habitación, muy similar a la que el mismo habitaba.

Mari le señaló la maleta, Sergio entendió que quería el pijama.

Rebuscó con rapidez, encontrando el primero y dándoselo a su madre la cual parecía más dormida que despierta.

La mujer se dio la vuelta, dando la espalda a su hijo y abriendo la boca para decir algo.

—Quítame la cremallera, por favor.

Estaba nervioso. Los dedos de Sergio bajaron la cremallera con torpeza, topándose con el final cerca del comienzo del trasero de su madre.

Sin que nadie se lo pidiera, por un gesto natural…

o eso creía, posó ambas manos en los hombros de su progenitora.

Desde allí, le fue bajando el vestido hasta que comenzó a resbalar con independencia por toda su piel.

De forma silenciosa, acabó por caer alrededor de sus pies.

Mari con su poca conciencia, se dio la vuelta teniendo de frente a su hijo. Su cuerpo estaba en ropa interior, esa ropa interior tan bonita y tan cara que su hermana le había comprado y que ella, al principio cortésmente había rechazado.

Su hijo la miraba a los ojos y ella hacía lo propio, dándose cuenta de las pocas veces que le miraba por tanto tiempo y con tanta atención.

Su hijo había crecido y muy bien además, convirtiéndose en un pequeño hombrecito que dentro de poco volaría de su nido con la mujer perfecta.

Abrió sus brazos y sin notar la incertidumbre de Sergio por lo que ocurría, abrazó de nuevo a su hijo esta vez sin que nadie se lo pidiera.

Como si fuera una muñeca de porcelana, el chico la rodeó tocándola con suavidad. Se le hizo de lo más extraño tocar la piel desnuda de su madre, aunque… no le desagradó.

—Muchas gracias, te quiero —ninguno de los dos recordaba tanto amor en tan poco tiempo.

Su madre se envalentonó, movida por su embriaguez, dándole un beso en la mejilla al tiempo que acariciaba la contraria.

Sergio no entendía a que venía todo aquello, aunque la culpa estaba clara que era del alcohol, sin embargo su cuerpo… lo agradeció.

—Yo también te quiero, hermana —habló Carmen desde la puerta observando todo este tiempo como un guardián silencioso.

El joven salió de la estancia mientras su madre en vez de meterse en la cama, casi se lanzaba sin ponerse el pijama ni quitarse los zapatos. La vio por última vez, tumbada, inerte, seguramente ya dormida y aun sorprendido por como la había visto, “tan libre, cariñosa, efusiva… guapa…”

La mujer ya en el pasillo, observaba como su sobrino cerraba la puerta con la mente ausente del mundo terrenal. El alcohol aunque todavía muy presente le ha dejado ver esa rara situación con Mari y no puede dejar de mirarle.

—Es hora de dormir, cariño.

—Si… —Sergio se fijó en su tía, su figura apoyada en la barandilla parece que hubiera crecido diez metros y se lo fuera a engullir. Algo le atenazaba de pronto dejándole paralizado.

—Por cierto, solo una duda. —la boca se le secó al joven, su tía se acercó y no pudo evitar pensar, en las múltiples cosas que sentía por ella— Eso de ahí abajo.

—estiró uno de sus dedos con una larga uña pintada y con tono serio señaló la entrepierna abultada del joven— ¿Ha pasado por Mari o… por otra?

Al muchacho le encantaría responderla, pero no pudo.

Su lengua se trabó y su boca no permitía movimiento alguno.

Quería decirle de todo, sin embargo… no le salió.

Sus labios no se movían, su garganta estaba paralizada y la tripa le daba vueltas.

Por mucho que imaginase, por mucho que lo deseara, seguía siendo su tía y esas palabras no concordaban hacia ella.

—Por… por… por… —le salió decir en un susurro mientras creía que su corazón había parado de latir.

—¿Por…? —miró con duda al muchacho que era un conejo asustado y terminó por preguntarle— ¿las dos? —mantuvo una media sonrisa pícara. Para después darse la vuelta y añadir— bueno, vete a cama, Sergio, que mañana tendremos que cuidar a tu madre.

Carmen desapareció contoneando su trasero hasta su habitación dejando a Sergio solo, en medio del pasillo con la erección más dura que jamás había sentido en su vida.

Dándose la vuelta, al ver como su tía entraba en la habitación, hizo lo propio.

Ni siquiera quería tocársela, demasiadas emociones en menos de media hora.

Se tumbó en la cama, pero el corazón le estaba inquieto y algo que rondaba por abajo, quería escapar de su pantalón, si era necesario, desgarrando la tela.

No lo soportaba, no podía aguantarse más. Levantándose de la cama como si tuviera un muelle en la espalda y haciendo caso a su “cerebro de abajo”, siguió el camino que su dura entrepierna le marcaba.

Recorrió el pasillo totalmente a oscuras, solo una única luz salía por la rendija de la última puerta, la de Carmen.

Pasó al lado de la puerta de su madre, apenas se escuchaba nada, su madre o estaba muerta o dormida como un oso en plena hibernación, no le prestó demasiada atención, tenía un objetivo.

Respiraba con excesiva rapidez y la boca estaba tan seca que ni con la piscina entera la conseguiría humedecer.

Su garganta era un amasijo de músculos agarrotados que apenas podían sacar un pequeño sonido gutural.

Sin darse cuenta, llegó a su destino, una puerta de madera de color negro, con un picaporte plateado. La puerta de su tía Carmen.