La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) DEMASIADA FIESTA
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DEMASIADA FIESTA

Se despertó sobresaltado debido a un golpe.

Miró el móvil dándose cuenta de que eran las ¡Cuatro de la mañana!

No había otra alternativa, las dos mujeres estaban de regreso.

No trató de volver a dormir, habían puesto la música al máximo y conciliar el sueño era una quimera.

Habían entrado en casa bebidas y cantando como dos estrellas de rock.

Con su pijama, o más bien ropa de deporte, descendió las escaleras para ver que ocurría.

Su madre bailaba encima del sofá ante su hermana que la imitaba delante del televisor.

Habían puesto una lista de reproducción en el móvil y sonaba similar a un concierto, al joven le dio la impresión de estar contemplando a dos amigas suyas de la universidad y no dos mujeres de mediana edad.

Aunque bueno… pensándolo mejor, quizá dos chicas de su edad se comportasen algo menos alocadas.

—Vaya, Sergio, te hemos despertado… y eso que hemos puesto la música bajita —dijo su tía muy ebria, el muchacho no pudo discernir si lo decía en broma o en serio. Aunque más tiraba por lo segundo.

—Me parece que está al máximo —apuntilló.

—¿Hijo, no vendrás a quejarte? Aguafiestas, aguafiestas… —Mari miró a su hermana y esta la siguió a coro, haciendo que Sergio levantase los brazos para acallarlas sintiéndose el padre de ambas.

—Para nada, solo quería comprobar que estáis bien, vuelvo a la cama.

—Estamos mejor que bien… —contestó su tía con la mirada fija en el muchacho— ¿Por qué no te quedas?

—¡Venga! —añadió su madre. Dudó, pero al momento pensó “¿Por qué no?”— lo siento hijo, creo que nunca me has visto así.

—¿Lo dices por lo guapa que vas? —las palabras le fluyeron con sinceridad, puesto que era lo que realmente sentía. Su madre se bajó del sofá con el rostro enrojecido por tal halago.

—¡Toma! —retomó la conversación Carmen con un tono que mostraba embriaguez— es un amor de hijo, de esto es lo que te he hablado.

Las mujeres vieron como Sergio se acercaba a ellas y estando los tres a la misma altura, se sentaron en el sofá, apagando la música por fin.

—¿Os lo habéis pasado bien? —preguntó Sergio mirando a las dos.

—De maravilla, como dos chiquillas —los ojos de Carmen brillaban, por la felicidad y el alcohol— por un momento hemos vuelto a la adolescencia. Incluso hemos espantado a unos moscones, podríamos haber ligado y todo, estamos hechas unas mozas Mari.

Su madre dio un sorbo a la copa que tenía en la mesa y no pudo evitar taparse los labios para no reírse y derramar todo el líquido. Sergio pudo ver que los ojos de Mari, por un momento contemplaban el infinito evocando recuerdos muy vividos de su adolescencia.

—Por cierto —cortó Mari volviendo de su viaje al pasado—, me ha contado tu tía que quiere escribir un libro ¿Qué te parece?

—Fantástico, aunque todavía está en proceso, lo tiene bien construido. Pero, le tiene que dar el giro final.

—Tu madre ha pensado que tiene que ser algo guarro, bueno aunque al principio lo llamaba “guarrete”, la palabra ha variado con la suma de copas.

—¿Sí? —al joven no le cabía en la cabeza que su madre pensara eso, la tenía por una mujer demasiado escueta en cuanto al sexo.

—Es lo que se lleva ahora, tienes que meter amor y algo más, si no ¿para qué…?

Sergio sonrió sin pudor al escuchar ese “pare que”, haciendo contacto con los preciosos ojos azules de su madre la cual le mostraba una media sonrisa como nunca antes lo había hecho “¿Está feliz?”.

Los ojos algo vidriosos por el alcohol, brillaban con la tenue luz de la sala y hacían que Sergio se extrañase por ver a esa mujer… porque no parecía su madre.

—Jamás te había visto así, estás menos… tensa… Me encanta, mamá, es como si fueras otra persona… me gusta la Mari que veo.

—¡Hijo! Calla ya, que me van a subir los colores.

—Dale un abrazo a tu hijo, que es el único que tienes. Yo no tengo, pobre de mí —saltó Carmen de pronto, haciéndose pasar por la reina del drama.

Aunque a Mari en cualquier momento le hubiera avergonzado, con el alcohol parecía haber olvidado ese poco apego por lo cariñoso. Sentada como estaba al lado de su hijo, abrió los brazos rodeándole con relativa fuerza.

Escuchó a su hermana aplaudir a su espalda y le salió una pequeña sonrisa pensando en lo boba que era, pero de pronto, algo cambio. En el instante previo a la separación, su hijo giró su cabeza, Mari sintió como los labios del muchacho se posaban en su cuello dándola un beso de amor fraternal.

Cada uno se sentó como antes y la mujer no dio muestras de nada en particular, salvo que dentro de ella un cosquilleo muy sentido le había recorrido el cuerpo. Se miró con disimulo mientras se frotaba el brazo derecho, tenía toda la piel erizada.

Sintiéndose mucho más mareada que antes, pidió disculpas como si estuviera en una reunión de negocios, encaminándose a la cocina a por un vaso de agua. Con aquel beso todo el cuerpo se le había revuelto, seguramente debido al alcohol. De mientras en la sala, Carmen y Sergio se quedaron solos.

—¿Ha venido tu madre y ahora va a acaparar todos los abrazos? —abrió los brazos a su sobrino.

Los dos se abrazaron mientras Mari seguía en la cocina consiguiendo que su cuerpo y mente volvieran a estabilizarse. Después de un apretón aún más fuerte por parte de su tía, ambos se separaron sin dejar de mirarse.

Trató de evitarlo, pero le era imposible, su tía estaba tan guapa que pasaba los ojos de forma fugaz por su cuerpo.

Analizaba cada curva, cada centímetro de piel expuesto, sintiendo que estaba no delante de una mujer, sino de una diosa.

Y lo más curioso, es que cuanto más la miraba, más bella la sentía.

Su exhaustivo análisis se detuvo en los ojos de Carmen, los preciosos ojos iguales a los de su madre. Pero ¡Qué sorpresa! Carmen con cierto descaro o poco cuidado debido a su embriaguez, tenía la mirada clavada en la entrepierna del chico.

Sergio se atoró al momento, sintiendo un nerviosismo inigualable.

La observó con detenimiento, son dos o tres segundos en los que la descubrió mirando su miembro viril.

La mujer se sentía agitada, su respiración era acelerada y su pecho y subía y bajaba abruptamente.

No se lo podía creer, ¡su tía le estaba mirando el pene!

Intentó aparentar que no la había pillado, pero daba igual, porque lo peor era otra cosa. Debido al arrumaco reciente con Carmen, su pene comenzaba a atisbarse como un pequeño bulto y ahí era donde su tía tenía fijada la mirada.

Carmen pensaba que solo había sido un vistazo fugaz y que en el abrigo del hogar nadie se había enterado de cómo le miraba la entrepierna a Sergio, pero no es así. Lo que la descolocó fue el bulto que comenzaba a emerger saludándola, viéndose a la perfección con la luz de las lámparas.

Querría contenerse, pero eso ya le es imposible. Algo apareció en su vientre, una bola que le subía por la garganta deshaciendo nudos y al final, le obliga a abrir la boca para expulsar lo siguiente.

—Qué curioso…

—No, no, esto… —habló rápido Sergio tratando de cortar a Carmen que ahora se tapaba la boca evitando que la sonrisa le cubriera todo el rostro— No, a ver…

—¿Qué reís sin mí? —escucharon como Mari venía desde la cocina.

—No nada, tu hijo, que le encanta estar con nosotras. —el joven sintió sin ningún tipo de dudas que esa mirada ya no era normal.

—No estás nada mal aquí ¿eh, cariño? —Mari había llegado hasta donde ellos.

Su corazón se le salía del pecho, su empalme había sido visto por su tía y además durante varios segundos.

Pensó qué pasaría si estuvieran solos, si no estuviera su madre, si Sol no cortase la tensión…

lo sabía con certeza, se lanzaría a por ella pasara lo que pasara… “A tomar por culo la moralidad”.

Sin embargo, no era el momento, le quedaban varios días, tenía todavía otra vida para gastar, lo sentía.

Aun así, la mirada de Carmen era demasiado intensa y no le dejaba respirar.

Su rostro bello como siempre, aunaba una mezcla de embriaguez y lujuria de la cual no podía escapar, era un momento soñado, pero con su madre allí… ni hablar.

—Creo que es hora de ir a cama —comentó su madre al ver que nadie hablaba— además, Sergio, no son horas que estés levantado.

Esa broma hizo que la tensión del joven se desvaneciera, logrando que cierta parte de la sangre de su cuerpo dejara de fluir a los bajos. Sonrió de manera lamentable, incluso sintiendo como el labio le temblaba, a su tía en cambio no le temblaba nada.

—¿Te ayudo, mamá? Esas escaleras no las conoces y no te veo del todo bien.

—No, mejor… bueno, mejor sí —acabó diciendo Mari sabiendo que no estaba para muchos paseos— estoy un poco… bastante borracha.

El alcohol había hecho mella en ella y su mirada, estaba un poco perdida. Por lo que Sergio actuando como un caballero, la sujetó de la cintura andando junto a ella mientras su madre le rodeaba el cuello con su brazo.

Los tacones de ambas retumbaron con fuerza en la madera al tiempo que subían.

Era evidente que Mari no podía subir sola, aquel último abrazo con ese…

beso, le había hecho que todo su cuerpo se derrumbara.

No estaba acostumbrada a beber, eso era verdad, pero una cosa pasó por su cerebro lleno de alcohol, “menos acostumbrada estoy a los besos en el cuello”.

A Sergio no le costó subirla, aunque lo peor sucedería en el momento que el vestido de su madre se estiraba demasiado junto a su cuerpo y algo del sujetador empezó salir a la luz.

Trató de no mirar, pero la calentura que dominaba su cuerpo esos días le obligó a hacerlo.

“¿Por qué lo hago? Es que este día no se acaba…” se maldijo una y otra vez en un lapso de tiempo muy corto.