La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) TIEMPO PARA DESAHOGARSE
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TIEMPO PARA DESAHOGARSE

Comieron tranquilos en la mesa de la cocina, en silencio y disfrutando de cada bocado.

Seguramente tanta calma se debió a que Sol, la mujer que rondaba la cuarentena y que según Sergio era muy poco agraciada, les acompañó por insistencia de Carmen.

El muchacho la observó por un momento, sus kilos de más la hacían que no entrase en su clasificación y su maligna mente se rio de sí mismo diciéndole, “superficial”.

Mientras estuvo Sol en la casa apenas tuvieron contacto, como si la presencia de la mujer fuera suficiente para alejarlos.

Aunque no le daban forma a la idea, los dos se sentían dos amantes que trataban de eludirse para no despertar sospechas en terceras personas.

Sin embargo, no lo eran… ¿Por qué sentían aquello?

Sol marchó sobre las cuatro de la tarde, momento que aprovechó Carmen para subir a su habitación y volver vestida para la piscina. Sergio que ya se había puesto el bañador después de darse la ducha mañanera y lo usaba para estar en casa, la acompañó.

Se encontraron los dos en el jardín, liberados por esa sensación que les producía estar en contacto con un tercero. Cada uno salió con una copa en la mano, dispuestos a disfrutar de una tarde tranquila, o así pensaban que sería.

—Se me hace raro beber sin salir de fiesta —dijo Sergio sentándose en la hamaca junto a su tía.

—Cuando llegas a una edad no tienes que tener escusas para beber, aunque no soy una borracha ¡eh! —matizó.

—¿Quieres remolonear un poco sobre el tema o vamos directos al grano?

—Joder, cariño, como seas así de directo para todo… —dio un sorbo de su copa, “otra vez, para ya, Carmen, por favor”— bueno creo que es mejor así, rápido y sin dolor, ¿no?

—Quizá haya dolor tía, eso todavía no lo sabemos. Antes de nada, debería decirte que puede ser que te equivoques, igual no hay nada y solo son suposiciones.

—Puede ser, cariño, pero ¿y si no? ¿Y si en verdad está pasando? —miró a lejanía buscando unas respuestas que no existían— Me gustaría que hiciéramos una cosa.

—Tú me dirás.

—¿Podríamos hablar como amigos? No como si fuera tu tía y sobre todo, no como si Pedro fuera tu tío. Me gustaría que fuera una conversación que tendrías con tu mejor amiga, quiero que seas lo más objetivo posible.

—Como quieras, mi nueva mejor amiga —repasó por un momento a sus amigas y la confianza que tenía con su tía. Era irónico porque la confianza que tenía con ella sí que era de una gran amiga y no dudo en decírselo— en verdad, esto te va a sorprender, pero puede que seas mi mejor amiga.

—Eres un poco bobo, pero me encanta —no sabía si creerse sus palabras.

Bebió otro sorbo de su copa, se acomodó las gafas de sol y dijo— ¿cómo empezar?

Quizá por el principio. No sé cuánto llevaremos así, no recuerdo el día exacto ni pienso esforzarme en hacerlo, aunque supongo que esto no es de un día, sino que va surgiendo hasta que se hace evidente.

Un síntoma seguro de que algo no va bien creo que es observa el tema sexual… bueno igual estoy liándome.

—No pienses, Carmen, solo habla. —la mujer tragó saliva dispuesta a hablar sin creerse que su mejor confidente iba a ser su sobrino.

—Últimamente le he estado dando muchas vueltas al tema, sí que estoy a las puertas de los 50.

Te he dicho que no me lo llamas, sin embargo…

¡Qué vieja soy por favor! —se rio ella sola sin mirar a su sobrino que la escuchaba con atención— ¿Sabes?

Es una edad curiosa para las mujeres. Creo que de aquí en adelante vamos en caída libre, pero bueno, con el ejercicio y todavía manteniéndome sin arrugas, tengo que admitirlo estoy de buen ver.

Por lo que el tema físico no creo que sea, pienso que Pedro me verá atractiva, al menos “apetecible”.

Una cálida brisa surcó el jardín haciendo que la piel del joven se erizara. Se pasó la mano instintivamente por el brazo sin perder de vista a su tía que seguía hablando y mientras la escuchaba aprovechó a dar un sorbo a su copa deslizando el alcohol por la garganta.

—Y si no es eso, está claro lo que es. Simplemente…

mi marido se ha cansado de mí, no veo otra posibilidad.

Te voy a ser sincera, Sergio, cuando era joven no creía en eso del amor eterno.

He descubierto que puedes amar alguien toda la vida, eso es verdad, aunque no es el amor de los primeros años, es de otro tipo.

Hay diferentes amores, el que surge de la pasión y el que nace con el apego, no dudo del segundo, pero el primero…

está muerto. —Otro sorbo apenas mojándose los labios cortó la conversación— Con esto quería hilar el tema de la cama.

Pensaba que siempre estaría bien en ese aspecto, pero me engañaba a mí misma, ahora simplemente me he quitado el velo que me autoimpuse.

El joven la observaba con unos ojos fijos.

El cuerpo de Carmen lucia al sol, casi brillaba como un diamante y Sergio no podía obviar que su tía era preciosa…

hermosa. Su sola voz le evocaba erotismo, una calidez que le hacía imposible no escucharla, sobre todo si hablaba de algo relacionado con el sexo.

El muchacho tuvo que hacer de tripas corazón para no dejar su mente volar y seguir el hilo de lo que le contaba.

—En pocos años cumplirá 60, y si lo veo desde fuera, desde un punto racional por completo, casi animal…

igual en unos años eso ni le funciona, ya estamos usando de vez en cuando pastillas.

La cosa es, ¿Qué más da que goce estos años con quien sea?

, luego tendremos ¿Qué? ¿Veinte años más de matrimonio?

Eso es así. Aunque por otro lado, también pienso en qué lugar quedo yo, en la cornuda que le quiere por su dinero.

¡Dios! Estoy divagando, guíame un poco, Sergio, que mientras más hablo más me lío.

—No si vas bien, tía, no sabes ni qué hacer, ni que pensar, ni nada, estás hecha un lío, es normal que estés así, apenas acabamos de empezar a hablar ¿tú le quieres?

—Por supuesto, hemos recorrido una vida de la mano y tenemos dos hijas.

—Otro sorbo de su copa, esta vez una cantidad moderada atravesó su garganta— Aunque, es cierto que no le quiero como antes.

A ver, las cartas sobre la mesa, es el padre de mis hijas, pero después de esto mi amor por él ha descendido de forma abismal.

Sé que la Carmen joven me diría “¿Qué haces?, abandónale y disfruta de los últimos años buenos que te quedan”, pero tengo que ser sensata.

No soy una muchacha, tengo una edad y no tengo nada aparte de mi marido, hace mucho que no trabajo…

—A ver, dejarle no creo que sea una opción, pero aparte, ¿estás segura de que tus suposiciones son al 100% ciertas?

—Mis suposiciones son claras. La primera vez, fue después de una fiesta que celebró en el trabajo.

Llegó tardísimo y apestando a alcohol. A la mañana fui a lavar su ropa, tenía una mancha de carmín, ¿esto te la he contado?

—Sergio negó. Carmen únicamente lo había rememorado en su cabeza— Pues cuando cogí la ropa tenía esa mancha y vamos, era en una zona que estaba claro que eso no se lo había hecho sin querer.

Nadie te da un beso en el cuello de la chaqueta así de casualidad, está claro que esos besos recorrían un camino.

—Vaya… —no sabía qué decir.

—Vaya, eso es, vaya… lo tomé como algo extraño, un error, un desliz.

Fui la buena mujer ama de casa, calladita y sin mancillar el buen nombre de mi esposo.

Sin embargo, ¿tú crees, Sergio, que lo pude olvidar?

—el joven no respondió— No. Imposible. Eso queda grabado a fuego.

—Tomó aire y otro sorbo de su copa que estaba consumida a la mitad— Después de un viaje hace unos 5 años creo…

no estoy segura, vi unos cargos extraños en la tarjeta y eran bares en Brasil.

Sé que no es una prueba terrible que quieres que te diga, pero no me fio.

Sobre todo, que las horas… pues no cuadraban, 100 euros a las 5 de la mañana me hacen sospechar, puede que sea una discoteca, pero joder…

—una lágrima comenzó a aflorar tras las gafas de sol.

—Tía, si quieres podemos seguir en un rato.

—No, tranquilo, esto es lo que necesito. Lo necesitaba años atrás…

Sergio sintió que aquello la había destrozado por dentro. Por alegrarla o calmarla o simplemente por interactuar en esa situación, alargó su mano y aferró la de su tía con fuerza, algo que hizo que Carmen sollozara.

—Cuando se va de viaje, dejo de mirar la tarjeta, lo he visto otras veces, bares a altas horas —su rabia se estaba concentrando— me mata mirar. Sé que está allí, follándose a una puta con más ganas que acierto. ¿Y qué hago yo aquí?, mientras él se salta nuestro matrimonio por los mismísimos…

—No te puedo aconsejar nada, no soy quien. Solo te puedo dar apoyo, ¿has pensado en hablarlo?

—Sí, tenía pensado hasta que decirle, incluso le pregunte qué hacía cuando iba de viaje, si iba a bares o discotecas, todo muy casual.

Simplemente me contestó “si”, sin dejar de mirar el periódico, como que le daba igual.

Me quedé mirándole a ver si mis ojos hacían que su conciencia se quebrara, pero no movió ni una pestaña, no ganaba nada con decírselo, no tenía pruebas contundentes.

Podría decirme que eran bares, que estoy loca por pensar así…

que ya es mayor para esas cosas… que no estuviera paranoica…

—Entiendo… pero tampoco puedes estar así, te está comiendo por dentro, ¿tienes miedo de perder esto?

—¡No!, ¡Para nada! —con el vaso aún en la mano, agitó los brazos— ¡Que le den a esta casa, que le den a la piscina!

A todo. ¡Joder! ¡Que les den a mis hijas si no me apoyasen en esto!

—aunque el volumen no era alto se la notaba excesivamente cabreada— si el plan es ese, me divorcio y vivo de las rentas.

Pero no es eso, ¿Qué tengo que hacer, devolverle la moneda?

, sacar a tu madre de fiesta cuando esté aquí y…

como decís ahora… ¡Ah! Zorrear eso, ¿zorrear con todos?