TIEMPO PARA DESAHOGARSE #2
Se quitó las gafas y su rostro estaba totalmente compungido, tenía los ojos llorosos de los que comenzaban a caer pequeñas lágrimas que parecían imparables.
—Tía…
—Tranquilo, Sergio, esto es lo que necesito, me sienta mejor desahogarme.
Sé que no merece la pena separarme a mi edad, son más problemas que soluciones —observó a su sobrino mientras sostenía en una mano la copa y en otra las gafas de sol— mira, cariño.
¿Me has visto? Hago deporte para sentirme bien conmigo misma, aunque también es para que me vea atractiva y aun así, nada.
A veces siento que he sacrificado mi vida, he criado dos hijas maravillosas, la mejor enseñanza, las mejores universidades, eso es verdad y a mi marido le fue fenomenal, pero ¿y yo?
—No digas eso por dios, es un escarceo nada más, simplemente un hombre maduro que aún se quiere sentir joven.
Tu misma lo has dicho, quiere usar su cosa…
—decir pene al miembro de su tío no entraba en sus planes— antes de que muera.
Que no le exculpo ¡eh!, obviamente está mal lo que hace, no te digo que le perdones.
Pero si te va a hacer más mal hablarlo y separarte, entonces quizá lo mejor sea reconsiderar tu posición en la casa y pasar.
—Puede ser cariño, puede ser… pero es muy desesperante.
Te voy a decir una cosa muy cierta —Carmen no se veía con su sobrino, sino más bien con su psicólogo o realmente como habían dicho…
un amigo…— y tan real como la vida misma.
Mientras él paga por sexo, ¿sabes hace cuanto no tengo un orgasmo?
—Sergio negó. La conversación tomaba tintes extraños, quizá por el alcohol que Carmen no paraba de tragar y le hacía soltar su lengua más de lo que le gustaría.
Aunque, ¿Sergio quería saber cuántas veces su tía se había corrido?
Su subconsciente le dijo que… sí— ni yo lo recuerdo.
Tampoco el sexo nunca fue satisfactorio del todo, no es un dios en la cama, ni detallista, vamos ni nada, ¡Qué mierda, una puta joya!
—pasó su mano limpiándose las lágrimas. Aspiró bien hondo el aire caliente que corría por el jardín y añadió— lo siento cariño, eso no viene al caso.
Pero es frustrante y ¡Vaya! Esta copa se ha acabado y creo que me ha agitado el cerebro. ¡Dios! Qué bien y que mal me siento.
Carmen se levantó y se quedó mirando al infinito.
Se colocó las gafas en la cabeza sujetando su pelo rubio, dejando su rostro libre, sin ocultar como las lágrimas fluían por él.
El sobrino se levantó sin dudar, su tía no se merecía estar así, nadie lo merecía.
Se sintió algo identificado, su relación parecía que había sido igual de mierda, una pérdida de tiempo según las palabras que la mujer había usado.
Lentamente, por su espalda, se acercó a ella y pasando sus brazos alrededor de esta la abrazó con fuerza.
Carmen dejó caer la cabeza hacia atrás, donde el hombro del joven la esperaba y lloró con ganas mirando al cielo.
—No te preocupes, todo acabará solucionándose y seguramente cuando te note distante se dará cuenta y cambiará.
—Por un lado no quiero que vuelva, y por otro, quiero que todo sea como antes, aunque el amor se haya terminado —aún abrazados sostuvo una de las manos que su sobrino anudo en su vientre.
—Ha sido tu compañero de viaje tantos años…
—Sí, pero estos últimos… no sé, 10 años, ha sido una rutina continua. La distancia entre nosotros es terrible. Cariño, hasta contigo en 2 días me lo he pasado mejor.
Sergio sin intenciones dobles, ni pensamientos sacados de la realidad, se adentró entre el cabello de su tía. Buscó la mejilla húmeda de esta y mientras ella seguía observando el cielo tan limpio que reinaba esa tarde de agosto, le dio el beso más dulce que pudo.
—Estos días —dijo el joven— estoy contigo, y dentro de poco mi madre. Solo olvídalo y piensa en ti misma, te queda aún mucha guerra por dar. —Carmen intentó limpiar todas las lágrimas que le caían. Girándose después y viendo el rostro de su sobrino que muy cerca le sonreía… tan cerca…
—Te quiero, Sergio, ojalá hubiera tenido un hijo como tú.
—No te creas, creo que soy mejor sobrino que hijo. Mi madre seguro que opina igual que yo.
—Cambiaremos eso, lo verás. Solo tienes que ser así, natural.
—¿Quieres que hagamos algo o seguimos hablando? —le comentó Sergio una vez separados de camino a sentarse de nuevo en las hamacas.
—Hablemos Sergio, hablemos, quiero olvidarme de mi vida, cuéntame la tuya.
—¿Qué quieres que te cuente, tía? Pregúntame lo que quieras, hoy tengo la información en oferta —le comentó riéndose.
—Pues prepárate, menudo interrogatorio te espera —Carmen sonriendo, de nuevo con las gafas de sol y sin rastro de lágrimas en sus ojos— a ver empecemos, ¿qué tal estos meses sin novia?
—Tengo dos respuestas, y las dos dicen lo mismo, ¿quieres la respuesta a una amiga o a mi tía?
—Olvídate de tu tía, somos amigos, ya te lo he dicho antes. Ahora, llámame Carmen, anda.
—De pena, Carmen, de puta pena.
—Cuéntame por qué —se recostó en la tumbona con las gafas en los ojos al tiempo que sorbía con delicadeza una nueva copa. Cada vez la relajación era mayor, con aquel arrebato de tristeza se notaba mucho más ligera, mucho más que la botella que tenía al lado y pensaba vaciar.
—Aparte de esa sensación malísima que llevo dentro, al final es perder a alguien de manera abrupta, es como si hubiera muerto.
Una cosa es cierta —por un momento dudo, pero no había vergüenza entre ellos— teníamos una gran actividad…
ya sabes. Incluso decía que después de mí, lo demás le sabría poco…
palabras vacías, Carmen, todo postureo como decimos ahora.
En fin, terminarlo de pronto es muy duro de asimilar.
—Eso de morir, es muy exagerado. O sea que te tenía malacostumbrado, al igual que a mí, ¿verdad? —saltó con ironía a la par que negaba con la cabeza sumándole una risa sarcástica. A Sergio le dio la sensación que su tía comenzaba a estar borracha.
—Algo mejor sí que estaba, sí. Pero por el efecto rebote, ahora estoy peor que tú.
—Como decíamos de jóvenes, ¿Estás sediento de carne?
—Sí, claro. Al final, por mucho que quieras, estar con uno mismo… no es lo mismo —dijo Sergio olvidándose ya por completo que estaba hablado con su familiar.
—Sergio… —le dijo ella dándole en la pierna— ¿así es como hablas a una amiga?
—Carmen, yo apenas tengo amigas y eso es mi culpa, he perdido la práctica de hablar con ellas.
Al final, siempre intento algo más, me es inevitable.
Si fueras mi amiga acabaría queriendo hacer otra cosa, siempre me pasa igual.
—dio un sorbo de su copa y le supo mucho mejor que al principio— Pienso que es por eso que me hago su amigo, porque al final quiero algo con ellas, incluso antes de saberlo.
—¿Cómo qué? —Carmen estaba más que interesada en oírlo, aunque se hizo la inocente.
—¿Tú qué crees?
La mujer dio un trago largo a su copa, la pena había abandonado su cuerpo para dejar entrar ese calor que ya le comenzaba a resultar muy familiar. No venía de sol, sino que emanaba desde lo más profundo de su cuerpo.
—Estás salido, hijo mío —dejó su segunda copa en el suelo casi terminaba mientras se secaba sus labios carnosos con la lengua— Bueno, como todos. Jamás hablé de sexo abiertamente, solamente con tu madre, mis hijas nunca me contaban nada y no era por falta de ganas, me encantan estos temas.
—¡Qué sorpresa! Con mamá no hablé nunca de esto…
—Pues deberías —le cortó—, estos temas a tu madre le encantan.
—Suelo tirar de mis amigos, pero siempre acabamos bromeando y sin tomarlo en serio. Como te imaginarás… ahora mismo… amigas no tengo y bueno, mi hermana, ni me habla casi o sea que…