LLEGA LA NOCHE #2
—Tía —saltó Sergio al de un rato—, no sé si es buen momento, pero siempre he pensado que las noches son buenas para hablar, ¿te gustaría hablar de Pedro?
—No lo sé —dijo dudando sin saber si era buen momento o no. Ni siquiera sabía si era un buen momento para estar a solas con Sergio.
—Sé que no es comparable, una cosa es lo mío con Marta, solo llevábamos 3 años, lo que tú sientes al final es infinitamente peor.
Quiero que sepas que estoy aquí estos días para lo que necesites, si te apetece hablar, hablamos, si quieres chillar, lo haremos juntos.
—Sergio dibujó una sonrisa únicamente dirigida por y para ella— Y por supuesto si quieres llorar, pues te abrazaré hasta que se te pase.
Carmen se quedó perpleja ante aquellas palabras.
Un escalofrío le recorrió la espalda teniendo de forma veloz y punzante.
Su estremecimiento fue tal, que disimulo levantándose y acercando la manta.
Sentada en el sofá de nuevo se da cuenta de que no está cómoda…
el problema es que no podría estar más cómoda.
Por un rato al menos, trata de seguir el hilo de la película, pero le es imposible, aunque su rostro parece sereno, bajo la manta todo su cuerpo está vibrando.
—Sergio, gracias por tu ayuda. ¿Me puedes resolver una duda? —Carmen se mojó los labios— ¿Dónde estabas cuando tenía 20 años? Siempre me he imaginado que un hombre tiene que tener tus valores, tu bondad, tu amabilidad, tu… Tu todo, cariño. Te lo digo muy en serio.
—Creo que no era ni un proyecto todavía —los dos sonrieron, aunque sus mirabas eran diferentes. Los ojos azules de Carmen trataban con esfuerzo embelesar a su sobrino y aunque no lo sabía, lo estaba consiguiendo.
—Si alguna vez consigues viajar al pasado.
¿Sabes no? Como en la película. —gracias a su padre, Sergio tenía una buena cultura fílmica— Pues que no se te olvide pasar a visitarme.
—seguía con la broma, aunque su sobrino sintió que el tono cambiaba.
Notaba que las bromas de Carmen habían finalizado y en el fondo, muy en el fondo la mujer lo decía en serio.
—Todavía queda para que inventen eso… —salió del paso como pudo. No es que se sintiera incómodo por el tema de conversación, sino por no saber manejar la situación, estaba superado.
Sergio la sonrió y Carmen se quedó con el mismo gesto.
Tenía el rostro enrojecido y seguía tapándose casi por completo el cuerpo, salvo el rostro con el cual no debajo de mirar al joven.
No le quito la vista de encima durante unos cuantos segundos más, sus ojos no la dejaban que separase la mirada de aquel, lo tenía prohibido.
Bajo aquel gesto que no mostraba ningún sentimiento, sus manos estrujaban la manta escondidas en el anonimato tratando de rebajar la tensión de su alma, sin embargo no sirvió de mucho.
—Sería gracioso.
Acabaron ambos riéndose de manera nerviosa, para seguir atendiendo a la película sin que ninguno de los dos hablara. Carmen tenía una sensación que el corazón le iba a salir por la boca, estaba sofocada, “¿Por qué he dicho eso?” se preguntaba, aunque sabía muy bien por qué.
Sus recuerdos estaban borrosos al recordar la sensación que le embargaba por todo su cuerpo, pero la había sentido años atrás.
Recordaba los primeros años con Pedro, con los chicos en el pueblo, incluso con aquel profesor en la universidad con el que no logro culminar.
Lo comenzaba a saber exactamente, la respuesta surcó su cabeza como un comenta y gritó en su interior “¡Estoy caliente!”.
Sergio en cambio, intentaba no pensar en nada, dejar la mente en blanco y que el pequeño bulto (por el momento) que nacía en sus pantalones siguiera siendo eso, solo un pequeño bulto.
Sin embargo, su mente de adolescente comenzó a carburar.
El viaje y esa tarde, sumado a una abstinencia sexual, habían hecho que su cabeza diera rienda suelta a su imaginación, donde una película siempre poco verídica cobraba más realismo que nunca.
Mientras Sergio seguía con sus historias la película de la televisión terminó. Ambos subieron a sus respectivas habitaciones, despidiéndose en silencio con un simple movimiento de manos, que denotaba una tensión muy poco habitual entre ellos.
Carmen concilió el sueño rápidamente, la exposición al sol la agotaba, sin embargo a Sergio le costó más.
Tenía aún un pene a mitad de erección que guerreaba por seguir firme.
Lo había conseguido disimular en la subida a cama, aunque ahora no sabía qué hacer con él.
No quería masturbarse, no por el hecho de pensar en su tía, por supuesto no hubiera sido la primera vez, sino por cierto código caballeresco extraño de no mancillar la casa de Carmen.
Jamás se había tocado el miembro en allí y quería que siguiera siendo de esa forma, en el fondo, chorradas.
Al final, el sueño acabó por derrotarlo y sin separar la mano de su entrepierna, como si de un juguete se tratara, soñó con algo que no recordaría al día siguiente.
Un viaje al pasado, encontrándose con una joven y preciosa Carmen, la cual no solo le esperaba con los brazos abiertos, sino también… con las piernas.