LLEGA LA NOCHE
La tarde trascurrió bajo el sol, mientras Sergio entraba y salía del agua, Carmen disfrutaba del calor en la hamaca.
Ninguno de los dos quiso salir de casa, la suma del viaje y las horas pasadas a merced de los rayos de sol les había agotado.
Por lo que lo decidieron, prepararse unos sándwiches y asaltar el sofá junto con pijamas calentitos.
Las noches veraniegas en el pueblo daban un cambio considerable con respecto al día, incluso tuvieron dudas de si una manta sería necesaria.
Carmen cerró las ventanas de casa, la ventilación diaria se daba por finalizada, prohibiendo de esta forma la entrada al frío que luchaba por hacerse hueco.
Acomodados en el sofá y degustando los sándwiches que se habían preparado, Sergio encontró una película después de recorrerse todos los canales.
Carmen sin nada mejor que ver, aceptó ponerla.
Recostada en el sofá la mujer al ver que la película no le llamaba del todo, por pura inercia se echó un vistazo a sí misma.
Vio el pijama que llevaba puesto asaltándola de pronto una imagen muy nítida, ella dándose crema en el hotel con su sobrino en la cama y aquel salto de cama tan sexy adornando su piel.
Estaba claro que el pijama que llevaba ahora, era mejor opción para el clima del pueblo.
Sin embargo recordó como en su habitación, mientras elegía que ponerse justo antes de bajar al salón, había estado pensando.
Una cierta curiosidad o quizá por influencia de las copas de la tarde su mente le saltó una pregunta, “¿por qué no ir algo más ligerita? Al final, tampoco hace tanto frío”. Decidió que lo más correcto era ponerse el pijama largo, que quizá volver a ponerse algo similar al hotel sería “inadecuado”.
En el sofá seguía pasándose la mano por el pantalón largo que le tapaba ambas piernas.
Las mismas que brillaban al sol horas antes, “ya me las ha visto…” se decía mientras tocaba la caliente tela.
En la parte de arriba, una camiseta de tirantes y una rebeca vieja hacían el conjunto de perfecto para las noches veraniegas.
La camiseta si tenía cierto escote, no obstante el poder tapárselo con la rebeca le hizo pensar que aquella prenda sí que era adecuada.
Apenas se le veía nada, lo podía comprobar ella misma desde su posición elevada. Solamente una pequeña parte de un canalillo más que atrayente y por algún motivo que su mente no asimilaba, trataba de cazar a su sobrino por si alguna de sus miradas curiosas llegaba a aparecer.
La película transcurría a un ritmo que apenas interesaba a la mujer.
Ella daba vuelta a su mente que debido al alcohol estaba en constante movimiento.
Recordó las palabras de su sobrino, como hacía referencia a que con el bañador era lo mismo que ver a alguien en ropa interior.
En parte si era cierto, quizá podrías ver la misma porción de carne, por lo que llego a una conclusión más que razonable.
Si ya la había visto en bañador, no habría problema en verla el escote o incluso… en ropa interior, “¿no?”.
Sergio que sentado en el sofá trataba de poner atención en la película, había visto a su tía bajar las escaleras con su pijama e intento observar sin ser visto, algo que por poco lo consiguió.
Lo que no consiguió fue frenar una mano traviesa que involuntariamente acudió como un rayo a su entrepierna para agarrar con fuerza un aparato reproductor que comenzaba a activarse.
Los días sin expulsar ese preciado líquido que tanto placer le daba comenzaban a pesar.
Su cabeza giraba como una peonza y no podía creerse lo que veía, su tía le estaba resultando muy atractiva…
demasiado. Por mucho que lo meditara no encontraba una razón lógica, durante toda su vida Carmen le había parecido una mujer atractiva.
Sin embargo no pasaba de ese límite entre lo posible y lo imposible, una barrera la cual nunca se imaginó ni acercarse.
No obstante, desde esa tarde, le parecía que esa frontera era mucho más cercana de lo que se hubiera planteado jamás.
En mitad de la película, el joven no soporto más las ganas de admirar a su tía y giro la cabeza para verla.
Allí sentada con los pies en el sofá realmente se la veía preciosa, tan guapa como siempre y como…
nunca antes. Aunque lo mejor y lo peor era que según su cuello se movió y sus ojos observaron a Carmen, se dio cuenta de que ella había hecho lo mismo, en el mismo instante.
Ambos se miraron por un segundo demasiado extenso. Sergio luchó contra sus instintos más primarios de adolescente para no bajar sus ojos y ver aquella porción mínima de pechos que su tía tenía al descubierto.
—Sergio, tú crees en serio, ¿qué a tu madre le haría bien estar aquí aunque fuera unos días? —su voz sonaba suave, tenue, similar a un canto en la noche.
—Pienso que sí, se libraría de algunos agobios. Además podría estar en su pueblo y si hay tiempo ver la casa donde se crio, siempre he creído que viene menos de lo que le gustaría.
—Se me ha ocurrido una cosa. Es solo una excusa para que venga —Sergio le invitó a seguir y Carmen se propuso a contarle lo que había pensado mientras él chapoteaba en el agua— he mirado una compañía para traerme el coche.
Ya sabes, para que alguien vaya, me lo recoja y me lo traiga hasta aquí.
Esto es lo que se me ha ocurrido aunque lo veo un poco descabellado, ¿si le digo que lo traiga y que yo le pago la vuelta?
—Pues… —lo meditó con calma— no es mala idea.
Pero se lo tienes que pedir como favor, si no quizá le dé una pereza terrible.
Lo bueno es que mi padre no puede porque está trabajando y mi hermana ni tiene edad para conducir.
Puede ser una opción, me encantaría que viniera y disfrutara.
Eso sí, quizá si estáis las dos solas os lo paséis mejor.
—¿Y tú? Apenas has podido disfrutar de mi compañía y yéndote mañana, menos aún.
—Ya, y si… —una idea le rondaba, pero no le salían las palabras, se moría de vergüenza por pedirlo.
—¿Sí, cariño?
—Admito que he soltado esa frase para que me ayudaras a decirla. —respiró hondo— ¿Y si no me quisiera ir? —después del viaje y de la estancia con su tía, algo le obligaba a quedarse— Me refiero, si quisiera quedarme más tiempo.
—Te diría, que algún día te deberías manchar a estudiar —le lanzó un gesto dulce con su rostro— por mí, te puedes quedar todo el verano si quieres.
Pero unos días más están bien… me parece, que no podrías haber tenido una idea mejor.
¿Puedo preguntarte una cosa? —asintió— ¿Por qué ese cambio de parecer?
—No sé —decirle que un sentimiento extraño le evitaba querer separarse de ella, no era una opción.
Aunque ¿cómo decirlo de una forma más dulce…
?— notó que aquí es donde debo estar, me apetecía mucho estar con mis amigos, es evidente, pero tía, me parece que también debo pasar tiempo contigo.
Es como si lo necesitase, como si tuviera que priorizar a mi familia —en verdad, solo a su tía, sin embargo ni se le hubiera ocurrido decir eso— ¿suena raro?
—Más raro suena que me metas a tu tía en tus clasificaciones. —Sergio sabía que era una broma, pero su tono había sonado serio.
—Tía, por favor…
—Vale, mi vida, ya paro… —posó sus ojos azules en los del chico para decirle lo que sentía— no me parece extraño. Yo… quiero que te quedes conmigo, sabes que me encanta estar con mi sobrino favorito y después de lo bien que lo hemos pasado, quiero pasar más tiempo juntos.
—Pues si me acoges en tu casa… me quedo. Y si por casualidad, le apetece venir a mi madre me podría quedar hasta que ella quisiera, ya sea estando con mis amigos… o con vosotras.
—Aunque una cosa, si me vuelves a llamar vieja te vas a la calle. Ni aquí, ni donde la abuela ¡eh! —sonrió de manera pícara y en vez de golpear, acarició a su sobrino con el pie en el muslo.
—Es que, tía, tengo que confesarlo, no te lo quería decir para no herir tus sentimientos. —el joven trataba de implementar el máximo de drama posible a su voz— Si no entras en mi lista no es por parentesco, eso da igual… es porque que eres una VIEJA.
—Serás ca… —arrojó un cojín al rostro a su sobrino, esta vez con fuerza— ¡Fuera de mi casa ahora mismo!
Ambos rieron de una forma contagiosa, como lo venían haciendo durante todo el viaje.
En ese momento, mientras las risas cesaban, de nuevo un pensamiento fuera de lugar paso fugaz por la mente de Carmen.
Una pregunta que la agitaría por dentro, ¿en verdad podría estar en su clasificación aunque fuera su tía?
Quería preguntárselo, casi necesitaba saberlo.
El mero hecho de imaginarse que un chico como él, la viera tan atractiva como decía la descolocaba por completo.
De pronto, todavía con esa pregunta en su mente, su cerebro fue golpeado como si de una ola llegada del mar se tratase, sin embargo vacía de agua y llena de preguntas.
Todas englobaban el mismo tema, eran sobre ella y su sobrino, aunque UNA se alzó por encima de otra.
Una que la haría tragar saliva y concentrarse en las imágenes de la televisión para no delatar lo intranquilo de su cuerpo “¿si estoy en su clasificación? Quiere decir que me fo…”.
Trató de ocultar esa marea de sentimientos que atravesaban su estómago haciéndola casi sentirse indispuesta. Lo aguantó con estoicismo, sin embargo no consiguió aprisionarla del todo dentro de su cuerpo.
Un temblor atravesó su ser hasta llegar a la entrepierna, apretó ambos muslos contra su sexo con la intención de contener lo incontenible.
Por momentos logró serenarse, sabiendo que no podía poner barreras a esos pensamientos.
Suspiro como una chimenea sacando el calor sobrante de su cuerpo, los sentimientos estaban arremolinándose en una única zona y la iban a hacer desmallarse.
No sabía que le había pasado, pero pensar aquello, le había hecho sentirse de una forma de la que hacía años no tenía conocimientos.