LA PISCINA
Con un ojo abierto y restos de saliva caliente por sus labios, Sergio comenzó a desperezarse. Hizo crujir sus huesos estirándose como un gato y de un salto, gracias a la energía de la juventud, se levantó de la cama, acercándose con paso perezoso al gran ventanal por donde la luz se introducía.
Apoyado en la ventana, observó cómo los rayos del sol golpeaban en el agua recreando una gran masa de cristal, “tiene que estar calentita, en su punto” pensó.
No pasó desapercibido para él, que en pleno jardín sobre una tumbona, su tía estaba leyendo lo que parecía una revista.
Se había vestido con un bikini que sin duda le quedaba mejor que el bañador de su sobrino.
El atuendo lo coronó con una pamela para evitar rayos del sol y como guinda del pastel el cóctel que había dicho que se iba a tomar, mujer de palabra.
Sergio sonrió con cierta ironía, lo primero que le vino a la mente era una de esas escenas de una película para adultos. Una mujer madura se encuentra dorándose al sol, cuando el joven jardinero hacia acto de presencia y… lo demás es historia.
La sonrisa pícara de su rostro, se comienza a desvanecer cuando comprueba que la escena que recrea en su mente no cesa, sino que se retroalimenta.
Tiene que sacudir su cabeza como un cachorro mojado para alejar ese pensamiento, “¿a qué ha venido eso?” pensó con cierta sorpresa.
Sabe muy bien que no es una mujer cualquiera… ¡Es su tía la que está abajo!
Lo malo de todo eso era que mientras su cerebro proyectaba unas imágenes muy vividas su mano con total involuntariedad, se dirigía a su entrepierna con ganas de amasarla fuertemente. Aunque peor era… que esa zona, había agrandado considerablemente de tamaño.
Alejándose de la ventana, evitó seguir pensando de esa forma y colocándose el bañador percibió el pequeño bulto que no disminuida en su entrepierna.
Decidió mejor esperar un rato y enfriar del todo la zona antes de bajar donde su tía.
No tardó en conseguirlo y con la certeza de que todo estaba como debía estar bajó y salió al jardín.
—¿Qué tal, tía? ¿Se está bien al sol?
—No lo sabes bien, ¿vienes a acompañarme? —asintió— tómate algo si quieres, tienes un mini bar en la cocina.
—No, gracias, no me gusta beber si no estoy de fiesta, soy raro.
—Lo que quieras, cariño, —poniéndose las gafas de sol— entonces disfruta del sol.
—Tú ya estás bien morena —matizó el joven sentándose en la otra hamaca.
—Si hay sol, no hay día que no baje a relajarme.
—Yo también lo haría, te envidio.
Cogió un poco de la crema solar de Carmen para esparcirla por su cuerpo, mientras la mujer sorbía de su copa.
—¿Qué sueles hacer en el día a día?
—Pues un poco de todo. Si no es verano, pues voy a la compra, hago la comida, me veo alguna película o serie que me guste, salgo con tu tío a tomar algo y si no está, quedo con las amigas.
Si hace bueno, le dejo hacer esas tareas más a Sol.
La ayudo un poco, pero a las mañanas bajo al sótano donde tenemos un pequeño gimnasio.
Hago algo de deporte todos los días y después…
tomo el sol. A las tardes suelo tomar algo si está Pedro y si no… pues también —alzó su copa.
—Eso del gimnasio es nuevo, alucino contigo, tía. Teniendo gimnasio privado en casa, normal que parezcas más joven.
—¡Calla ya, por favor, cielo! Ya en dos días he recibido más halagos que en un año —tristemente, era verdad— vas a hacer que me sonroje. Pero bueno, no es un gimnasio, tenemos una cinta para correr, par de bicis y unas pesas para hacer algo de ejercicio, mañana baja si quieres, estaré allí.
—Es que de verdad, igual te parece una estupidez, o quizá sea desde mi posición de adolescente. —podría ser— Tengo la teoría que las mujeres a poco que os cuidéis, ya sois un cinco.
—¿Cómo que un cinco?
—Por la nota, un cinco sobre diez. No digo que seáis un número, solo que si os pongo en escala de ser aceptable o no. Una mujer que se cuida lo tiene fácil para llegar a ese mínimo, por lo menos a mi gusto claro, no sé si me entiendes.
—Sí, te entiendo… —jugó con la pajita y después añadió— pero aclárame, ¿Aprobar para qué? —preguntó con una sonrisa maléfica, sabía muy bien a que se refería.
—Pues, ya sabes, no hace falta que lo diga —trato de evitar un gesto nervioso.
—Vale, vale, no hace falta que lo digas, pero explícame esa teoría tuya.
—Para mí, una mujer ya delgada, que cuide su cuerpo, pues ya tendrá un 5 de nota. —ante el comentario de Sergio, Carmen con un poco alcohol en sus venas, no pudo contener la risa.
—O sea… que poniendo notas a las mujeres ¡eh!
—Joe, tía, te lo he dicho antes, que es por calificar, por enumerar de alguna forma, no me tomes por un tipo de hombre superficial.
—Es broma, Sergio. Te entiendo, cariño, sigue anda.
—A ver, en mi humilde opinión… si una mujer se cuida, pues, tendrá mi atención, así igual queda mejor dicho.
—Entonces, muchas mujeres llamaran tu atención o tendrán tus “cincos” —volvió a reír.
—Aparte de tus vaciles, que los conozco muy bien… te lo voy a explicar mejor. Para mí, casi todas las mujeres llaman mi atención, no es que me gusten todas, no soy un salido. Añadiré que si tienen un buen cuerpo, pues seguro que… pues eso… ya sabes.
—Bueno, ahora mi sobrino que se despelota sin problema delante de mí tiene vergüenza de decir una palabra que empieza por F. A ver dila, mueve la boquita así… que te oiga tu tía, fo… fo… —entre el calor y el cóctel, Carmen estaba más cerca de tener el puntillo.
—Follar, si… —aunque pasaba vergüenza, a Sergio le encantaba cuando su tía se ponía así de pesada— Es que a ver tía…
no me líes. —se tuvo que reír de por el nerviosismo— Sigo.
Pues eso, mira así de fácil, mis cálculos matemáticos son que el 90% de las mujeres, son…
—le costó repetirlo— para lo que he dicho antes, eso seguro y luego un 5% son las que tendrías algo más, estos datos son oficiales de la Universidad de Melo Invento.
Carmen comenzó a reírse a mandíbula abierta de tal forma que acabo por pegarle la risa a su sobrino. Incluso una pequeña lágrima salió de sus ojos tras las gafas de sol, hacía mucho que no se reía de esa forma, ni lo recordaba.
—Y en ese 90% —logró decirle al serenarse— ¿no tendrías algo más con ninguna? Qué exigente.
—Noooooo —dijo volviendo a tomar la palabra—. Estos porcentajes son a primera vista, ese noventa por cien pues lo harías mínimo y de las otras casi te enamoras.
—¡Ah! Comprendo, vale, vale, ¿y el otro 5%?
—Bueno… algún listón tendré que poner, ¿no?
Carmen de nuevo comenzó a reír sin parar.
Le encantaba escuchar a su sobrino y más cuando trataba esos temas, su risa era incontrolable hasta casi el punto que se le cae su copa encima.
No era en ningún momento forzado, estar con Sergio le hacía tan bien que incluso aquellas pequeñas gracias la hacían desternillarse.
—O sea que poco límite tienes.
—¡Oye que sí! Paso. Sé que me estás vacilando, tía, lo has entendido de maravilla, deja de reírte de mí. —Aunque trataba de parecer malhumorado no lo conseguía, ver a Carmen reírse de esa forma le causaba felicidad.
—No, Sergio, te juro que me interesa, cuéntame más —dijo con un tono mimoso.
—Pues creo que es todo, poco más puedo añadir.
—Háblame de ese 90%, cuéntame donde tienes ese listón… me encanta escuchar cuando estoy tomando el sol, me relaja.
—Pero no te duermas que eso me cabrea —su tía volvió a sonreír aguantándose esta vez la carcajada.
Estaba tan bien, tan relajada, de nuevo su mente le advirtió, “demasiado bien…”— pues a ver.
Mi listón, supongo… que está en mujeres o muy feas, o muy pasadas de peso, o quizá inaguantables, creo que ya te puedes hacer una idea.
—Fuera. Las quitamos, ¿qué más?
—Lo demás entra en el rango que podría estar una noche. O sea aunque sea algo feíta, pero si tiene un cuerpo espectacular, o al revés, que no tenga un gran cuerpo, pero sea muy guapa, no sé… ya sabes jugando con los límites. ¿Te haces a la idea? Manejándome en ese espectro.
—No está mal tu clasificación, tienes un gran abanico de mujeres, bueno… casi todas.
—Es que para qué me voy a limitar, la gran mayoría de mujeres tienen puntos fuertes, qué más da que otra parte no sea buena. Puede que tengan unos kilos de más, pero sean majísimas o quizá con cuerpo de escándalo, pero no tan guapas, pues a mí me vale.
—¿Con unos kilos de más como los míos? —dijo ella con curiosidad señalándose su vientre.
—Anda por favor, tía. Tú no tienes kilos de más, lo que no tienes es el cuerpo definido, como una chica deportista, pero nada más, a mí los cuerpos así me encantan.
—¡Uy! Qué bien saber que no estoy debajo de tu límite. No podría imaginarme estando en ese 5%, ¡Qué horror! —dijo con cierto tono dramático y alzando la voz.
—¿Cómo vas a estar ahí? —rápidamente pensó en lo que había dicho. Un error de cálculo por las rápidas preguntas de su tía y por la comodidad de la situación. Rápido su mente le advirtió que se corrigiera— digo sí. O sea tú eres mi tía —casi se indignó al ver que la mujer no paraba de reír.
—Mi amor, que te lías… —Carmen le sonrió mirándole por encima de las gafas con sus ojos azules— pero me quedo más tranquila sabiendo que estoy en tu límite.
Imagínate que no, no podría ni dormir —le seguía vacilando y Sergio lo aguantaba con una fría mirada.
Aunque los ojos azules de su tía se la derretían— aunque que metas a tu tía dentro de esa clasificación, no sé yo si está bien.
—Tía, de verdad, no paras ¡eh! Paso de ti. Me voy al agua a que me dejes un rato en paz.
En verdad, su tía entraba de sobra y más viéndola con aquel bikini.
Sergio sabía que una mujer así estaría en el puesto que quisiera.
Tenía que ser sincero consigo mismo, ya que había tenido épocas en las que su tía solía aparecer en su imaginación para ciertos alivios sexuales y no habían sido pocas veces… que va.
Sin embargo, aquello siempre le pareció un juego, como un sueño.
Algo que jamás sucedería, una cosa irreal, como imaginar a una estrella famosa del cine la cual jamás te cruzarías.
Esa leve barrera de moralidad, fantaseando con un familiar la había rebasado hacia años, pero sumergiéndose en el agua, algo le pasó fugaz por la mente “¿si fuera real, me atrevería?”.
La miró de nuevo mientras nadaba, sumergiéndose dentro del agua templada y sofocando cierto curioso calor que le había nacido.
Carmen tenía un cuerpo casi en forma, con unas piernas sin marcas de la edad, un vientre que podría pasar por cualquier compañera de la universidad.
Para nada era fea, es más, era muy guapa y Sergio lo sabía, ese rostro juvenil que también poseía su madre le daba una belleza que el joven nunca negó.
Todo ello, sumado a unos pechos que para el muchacho pasaban la barrera de la perfección.
“Una mujer así, podría acercarse al 10, esta bueni…” dejó de pensar para no sentirse mal por terminar la frase y reprimió lo inevitable.
El calor de su interior se convirtió en una ola que recorrió su cuerpo y una muy conocida sensación eléctrica atravesó su espalda hasta llegar a sus genitales.
Se zambulló dentro del agua para ocultar sus sentimientos y también, porque se dio cuenta de que los penetrantes ojos azules de su tía, le volvían a observarle por encima de las gafas de sol.