AL FIN LLEGAMOS
El silencio se apropió de ellos después de la última conversación. La música sonaba de fondo, mientras las ideas calientes surgidas en el interior de Carmen se habían evaporado. Ahora se sentía mal por el chico, “¿Le estará dando vueltas? Espero que no”.
Sin embargo, Sergio seguía pensando en aquellas palabras. Al principio algo enfadado, como si hubiera vivido en una mentira, aunque después sintió pena por ambos, aunque más por su madre. Sintió que era absurdo que él se sintiera mal, gracias a aquel “amorío” estaba vivo.
Quizá su madre se hubiera casado por presión y con dudas, seguramente por su culpa, ya que sabía que se casaron unos cuantos meses antes de que naciera. Aunque por otro lado, su madre siguió junto a su marido siempre, demostrándole su amor e incluso teniendo una segunda hija.
A lo lejos, vio el cartel que anunciaba la entrada en la provincia de sus ancestros, aquello le sacó del interrogatorio mental al que se sometía y rompió el silencio que les rodeaba.
—Por fin, la tierra de la familia.
—Tiene un olor peculiar al entrar que me encanta.
—Carmen, —Sergio respiró hondo y dijo— una pregunta, si quieres contestarme claro, si no nada.
—Sí, dime, cariño. —Carmen se esperaba retomar el tema y no le hacía gracia, pero asumiría su error contestando lo que quisiera.
—¿Vosotras dos erais guapas de jóvenes?
—Sergio, claro que te respondo —la pregunta le sorprendió totalmente, pero se sintió algo aliviada y con una sonrisa pícara contestó— guapísimas, ni te lo imaginas ¿por qué?
—Pensando en lo que has dicho, por supuesto quiero mucho a papá, pero quiero que me contestes con sinceridad. ¿Crees que era el hombre que ella quería? En las fotos de la boda, mamá parece una princesa y Dani, no tan príncipe…
—Tu padre no es feo, Sergio, para nada, y muchas veces lo que resalta de una persona no es su físico. Aunque tu madre… era una belleza, esa es la verdad, en el pueblo cualquiera se hubiera casado con ella.
—¿Quizá se apresuró? Aunque bendita prisa, que de ahí salí yo.
—Esto, —volvió a resoplar— no es lo que yo pienso, si no lo que he oído de ella y lo que pude interpretar en su momento. Puede ser, que si…
—Pues, vaya… —dijo algo cabizbajo aunque se le ocurrió preguntar— ¿Y tú?, ¿qué me dices de ti?
Carmen no pudo evitar mirar con una sonrisa maliciosa a su sobrino, una pregunta tan descarada solo puede venir de su boca, le encantaba como era.
—¿Quieres saber si me apresuré? O ¿si también me podría haber casado con cualquiera?
Sergio alzó los hombros, sabía que era igual guapa que su madre, la segunda respuesta la tenía clara, con cualquiera seguro.
—Nuestro padre siempre dijo que éramos las más hermosas del mundo…
quizá en eso se pasó, pero, ¿del pueblo?
Creo que sí. Quizá no suene demasiado humilde, pero es la verdad.
En mi caso, tenía pretendientes, pero Pedro me encandiló, no era lo que tenía pensado, atarme a alguien de por vida, pero… no me puedo quejar.
—¿Qué vida hubieras preferido? ¿La de viajera? —ambos rieron.
—No lo sé, pero ser un alma libre, coger a tu madre e irnos en coche por el mundo, sin que nadie nos detuviera.
Vivir la vida con 20 años hasta los 30 o los 40…
quien sabe, pero elegí sabiamente, esa vida no me llevaba a nada y quizá hubiera arrastrado a tu madre.
Hubiera sido una vida muy “hippie”… ahora las dos somos felices.
—La verdad, que mi madre cada año la veo más apática, más apagada.
Cuando éramos pequeños hacíamos más viajes, más cosas…
pero ahora, será por la edad, apenas sale a dar un paseo o tomar algo con las amigas muy de vez en cuando.
Esas pequeñas salidas al menos la hacen mantenerse un poco activa. Y tía tú…
—Tu madre, —prefirió no retomar el tema de Pedro y sus escarceos— aunque no lo parezca es igual de coqueta que yo, le encanta verse guapa.
—Puedes ser, tía, pero es que no la ves, tiene una vida de vieja. Tú eres muy guapa, pero ella cada vez se cuida menos y se ve más mayor.
—No digas eso ¡hombre!, si tu madre estuviera unas semanas conmigo, la volvía como nueva.
La obligaba a hacer deporte conmigo, que un rato al día no viene nada mal.
La llevaba a la peluquería, que por lo que he visto, hace meses que no va…
pero, no quiere… es muy cabezota —y al final añadió— y gracias.
¿Tan guapa me ves mi vida? —¿Por qué le gustaban tanto los halagos de su sobrino? No lo sabía.
—Ojalá pudieras hacer eso con mamá, entre todos la matamos de verdad, yo cada vez intento molestarla menos —añadió al final— y bueno… para ser una señora mayor sí que eres guapa…
Sergio recibió un golpe en el brazo a modo de broma que le pico brevemente. La cara de Carmen fingiendo estar malhumorada le hizo saber que se lo había ganado.
—Lo que tienes que hacer, no es dejarla en paz, sino quererla cuanto más mejor, eso la dará vida, intenta hacer cosas con ella, oblígala a salir. ¿La tratas como me tratas a mí?
—No sé… creo que no… contigo es otra cosa, me sale natural, más de amigos, como si tuviera más confianza.
—¿Somos amigos? No sabía eso, entonces espero que me lleves con tus amigos de fiesta. —acabó riéndose y retomó el tema de su hermana— de verdad, Sergio, deberías tener esta confianza con ella, darla amor, es lo que necesita.
—Si quieres te llevo encantado —la miró imaginándose la estampa, sería bastante extraño aparecer delante de sus amigos con su tía— Con lo de mamá, entiendo lo que dices, ¿a ti te ha faltado alguna vez?
—Si recuerdas la conversación que hemos tenido sobre tu tío, puedes deducir que muchas veces —sentenció— pero, desde que me he montado en el coche tengo que decirte, que no me falta nada de amor.
—¿Por mí? —se sorprendió y miró a los ojos a su tía.
—Sí —ella le correspondió con una intensa mirada.
—¿No entiendo? Tampoco te he tratado de manera especial o eso creo…
—Siempre me lo paso muy bien contigo, ¡Eres la leche, cariño!
—qué joven se sintió Carmen con esa frase— aunque en este trayecto, he estado especialmente feliz.
Me he reído como nunca y me lo he pasado muy bien, ¡Si hasta voy con un pareo mojado y los pechos casi al aire! Y mira, no me da vergüenza decírtelo.
—Me alegro, aunque no he hecho nada, Carmen, siempre soy así.
—Otras veces también hemos estado solos y te conozco muy bien.
Sin embargo, de manera tan cercana, solos durante horas…
nunca. Me has pasado tu vitalidad, Sergio, te lo juro.
Si hasta te he contado lo de Pedro —las palabras salían de su boca de forma sincera, ni ella se creía lo bien que se encontraba— me siento…
como tú mismo has dicho… como con una amiga.
Puede que tengas razón con lo de nuestra amistad.
—Yo también, aunque siempre te vi como algo más que un familiar, por eso te dije lo de Marta.
—Espero que no te hayan aburrido mis cosas de vieja loca, es que me sentía tan bien.
—¿Soy una buena Sergiocina? —dijo el joven sonriendo ampliamente.
—¿Cómo?
—Si soy buena medicina, Sergio más medicina…
—¡Ah! Vale… Qué broma más mala, cariño. —rio después de manera estridente— Puede ser.
Hubo un breve silencio y Sergio vio el instante perfecto para decirle algo que había decidido a último momento, en un instante en el que esa felicidad que les rodeaba les envolvió por completo.
—Más o menos, ¿podríamos decir que el tío vuelve entonces en una semana?
—Eso espero, pero nunca se sabe, como se alargue me voy a cabrear.
—Carmen, dime sinceramente, ¿te gustaría que me quedara en tu casa? —no entendía el reparo que le daba preguntárselo, incluso su propia tía le había dicho que podía hacerlo.
—Por supuesto —respondió con tono serio y seguro.
—Si no me vuelves a pegar esos manotazos, que pican… me quedo contigo.
—No te prometo nada… —siguió la broma y al final añadió— me encanta la idea.
—Si tuviéramos tiempo, incluso me gustaría que viniera mi madre, así podrías hacerla disfrutar y que se relaje.
—Por poder… pero ella tiene que querer… y eso no va a suceder —Carmen dudó al principio, pero después se acercó a su sobrino.
Posó sin pensarlo sus labios en la mejilla del muchacho y depositó un tierno beso.
Se retiró, sentándose de nuevo en el asiento cómodamente y prosiguió— de verdad mi vida, gracias por quedarte.
Sergio sintió el aroma de su tía cuando el beso le acaloró la mejilla.
La piel se le había erizado y una picazón le comenzó a renacer donde la parte más íntima de un hombre se encuentra.
Su “cerebro de abajo” había dormitado después del incidente (o no tan incidente) del escote de su tía y de nuevo, daba la bienvenida.
Aunque luchó con toda su fuerza de voluntad aquel órgano reproductor iba en camino de estar en su máximo apogeo.
—Creo que ya hemos llegado —Carmen divisó su casa al final de la recta.
—Un viaje largo, pero entretenido, ¿no?
—Aunque te parezca raro, me ha resultado tan reconfortante que no me hubiera importado seguir más tiempo.