VUELTA A LA RUTA #2
—Eres un sol, Sergio. Es muy duro lo que te voy a decir —tragó saliva con la esperanza que las palabras no dolieran tanto— Con este distanciamiento, pienso que tu tío puede estar…
—las palabras no le fluían, decirlas era más difícil que pensarlas.
Por mucha saliva que tragara su garganta parecía un desierto— puede que esté en un hotel como en el que hemos estado…
pero no con una sobrina, ¿me comprendes?
—Entiendo —asintió el chico escondiendo la sorpresa por lo que escuchaba.
—No es la primera vez que lo pienso y bueno, no es que sea con “amigas”, sino…
será con… prosti… —no quería acabar la palabra.
Se llevó las manos al rostro para tratar de tapar la vergüenza que sentía, no lo soportaba— no es que tenga a una enamorada en cada lugar como un marinero.
Quizá eso me dolería más, pero esto… me parte el corazón.
—No creo que sea así, el tío es buena gente.
—Claro que lo es, pero hasta la buena gente puede hacerlo, el sexo es independiente a la personalidad de las personas. Si eres hombre sabrás que lo que tenéis ahí abajo, muchas veces piensa por sí solo.
Eso Sergio lo entendía, ¿quién le hubiera dicho que su ex, tan buena que era con él, iba a jugársela de esa manera?
, comprendía a las mil maravillas lo que Carmen le contaba.
Sin contar el tema del “cerebro de abajo” ese sí que lo conocía bien y sabía lo independiente que podía a llegar a ser con el resto del cuerpo.
—No sé cómo apoyarte tía, solo te puedo decir que no pienses en ello, que seguramente son suposiciones, nada más, ¿necesitas algo de mí?
—¿Un abrazo? —dijo ella poniendo una media sonrisa y un rostro algo aniñado tras el fluir de las lágrimas.
Por supuesto, su sobrino se lo dio. La rodeó con sus brazos notando el calor que su tía emanaba y como su respiración comenzaba a convertirse en sollozos.
Carmen hizo lo propio rodeándole con fuerza sin querer soltarle, como si fuera su único punto de apoyo en la tierra.
El joven, que no encontraba más palabras añadir, le dio un beso fraternal entre su pelo para tratar de calmarla.
Después de un minuto ininterrumpido de estar juntos sin centímetros de por medio, Carmen se sentía realmente reconfortada, algo que no se hubiera imaginado.
Se había quitado un peso de encima y era su sobrino quien la había ayudado.
El efecto había sido tan rápido, algo tan sorprendente como si se tratase de dos amigos inseparables, de esos por los cuales podrías dar tu vida que ellos te la devolverían.
Los brazos de Carmen se abrieron soltando a su sobrino y ambos se miraron con una sonrisa en el rostro.
A la mujer se le disiparon las ganas de llorar y aunque tenía claro que en algún momento volverían, sentía que habían sido recluidas a lo más hondo de su ser.
No quería volver a llorar por ese tema nunca más.
Había soltado el ancla que la ataba y no la dejaba aceptar los sucesos. Esas dudas, en dos frases y en un abrazo habían sido liberadas… y casi curadas. Le seguirían doliendo, no cabía duda, pero de otra forma y de lo que estaba segura es que jamás volvería a sufrir esa angustia y dolor.
Sin embargo, Sergio sintiendo la misma plenitud que su tía, sentía algo más.
El roce del abrazo, el sentir el aroma tan cercano de Carmen, su calor, su corazón, todo, le había hecho que una parte se activara.
Cuando sus cuerpos se juntaron por completo algo paso, los pechos de su tía se colocaron contra el suyo y los sintió por completo.
No pudo evitarlo, la sangre sin pedir permiso, comenzó a bombear hacia abajo.
No se permitía estropear un momento tan bonito y mientras Carmen se miraba al espejo limpiándose los últimos rastros de humedad, él se concentraba como si del peor examen se tratase para detener la erección. El cerebro de abajo…
Salieron de su parada rumbo de nuevo a la carretera y al de un rato de conducción, justo al comienzo de un puerto, por desgracia encontraron caravana. Las obras en la calzada, solo habían dejado un carril abierto para pasar y el embotellamiento de unir tres carriles en uno, era terrible.
Parados, con el asfalto caliente, la montonera de coches y el calor de agosto, aquello se había convertido en una parrilla. Por supuesto, con el incesante calor ya dentro con ellos, Sergio se dio cuenta por primera vez, que importante podía ser el aire acondicionado en el coche.
—Pues nos ha tocado, ya me hice a la idea que alguna pillábamos —dijo el joven deteniendo el coche.
—Odio las caravanas, no hay nada peor, mira que para ir a veros no me topé con ninguna.
—Que va tía, lo peor es el calor que hace. Casi es mediodía y estoy asado.
—Yo ya llevo sudando un buen rato… —se podía leer en su tono lo incómoda que estaba.
El coche se encontraba parado y apenas se movía unos metros cada minuto. Los carriles pasaron de ser tres a ser dos y Sergio supuso que las obras estarían cerca, se equivocaba. Sin poder soportarlo más, se quitó la camiseta y la dejó en la parte de atrás hecha un ovillo.
—¡¿Qué hace 50 grados?! —unos 40 podía ser, pero no tantos— No aguanto, ¡Qué calor!
Carmen que estaba con la chaqueta puesta, se la tuvo que quitar, quedando solamente con la camisa blanca de “buena tela”.
Sentía que el pantalón se le pegaba a la piel, el sudor empezaba a ser una lata, no podía con ello.
Todo eso, sumado al calor que comenzaba a entrar sin parar en el coche, hizo que Carmen comenzara a tener la sensación de estar en un ataúd con ruedas.
—Hace un calor de mil demonios —matizó.
—Lo peor, será llegar al pueblo y que hará frío —los dos rieron— tía es verte y me da un calor… ¿No te asas?
—Sí, pero ¿qué le voy a hacer? Por la ventanilla entra calor y el aire acondicionado solo da calor.
—De acondicionado no tiene nada, solo es aire. Pues ponte cómoda, que vamos a estar aquí un buen rato, nos hemos duchado para nada.
—¿Qué quieres que haga? ¿Me tiro el agua por la cabeza? —decía ella simulando con la botella cerrada que lo hacía.
—También estará caliente… —rieron ambos. Felicidad parecía que no les faltaba. Sergio añadió— quítate algo.
—Sí claro, me quito algo y que me vea todo el mundo, quita, quita.
Sergio se quedó con cara de circunstancia sin entender esa vergüenza que tenía su tía. Su madre en alguna ocasión similar, se había quitado la camiseta, quedándose en sujetador delante de ellos y nadie de otros coches se fijaba, “y eso que tiene pechos para que la miren…”.
El joven accionó el intermitente y según le dejaron paso, se colocó en el carril de la derecha, el otro que todavía seguía abierto. Quedándose sin conductores en el lado del copiloto, solo el arcén y monte virgen.
—¿Así mejor? —preguntó el chico.
—Que no, Sergio, ¡¿Cómo me voy a quitar la ropa?!
—Nadie te va a ver, como mucho algún conejo, vas a ser la comidilla de los animalitos del bosque.
—Prefiero ir así —acabó diciendo algo sonrojada sabiendo que se moriría de calor.
—Como veas, tía, yo ahora voy mucho mejor, solo para tu información.