La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) VUELTA A LA RUTA
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VUELTA A LA RUTA

Por la mañana, apenas perdieron el tiempo.

Se asearon rápido, con las maletas ya preparadas y desayunaron en la misma mesa de la noche anterior.

El lugar se veía de una forma muy diferente.

Las luces iluminaban mucho más el recinto y los susurros se habían intercambiado por conversación a un volumen mucho mayor.

Sergio pidió sin dudar un cola-cao, algo que hizo reír a Carmen que había pedido un café. Por mucho que hubiera pensado la noche anterior que Sergio había crecido, todavía seguían siendo muy joven.

Dio el primer sorbo de café, dándose cuenta de que la leche se había enfriado, algo que para Carmen le quitaba todo lo bueno al brebaje.

Sin embargo, decidió tomarlo de esa forma, aunque su sobrino le dijo que lo cambiase, ella contestó que no era necesario, que lo tomaría así.

Pero de pronto, Sergio girándose hacia el camarero le llamó la atención.

—Perdón, le podría traer leche caliente a mi esposa, es que se le ha enfriado.

Carmen se quedó sorprendida y arqueó una ceja en gesto de perplejidad, no por la poca vergüenza de su sobrino para exigir algo, sino por el comentario en sí. Al final, cuando el camarero se alejó unos cuantos metros, no evitó que una sonrisa muy curiosa se dibujase en su rostro.

—¿Desde ayer sigo siendo tu esposa? ¡Eres un caradura! Y como me gusta, sin duda, te pareces a mí.

—Ya que me confundieron con un hombre florero, pues se me ha ocurrido aparentarlo un poco y no se está nada mal. Además, que si ahora le digo “mi tía”, quedaría aún más extraño.

—No tienes remedio hijo… y que pena que no viváis más cerca ¡Dios! Como te hubiera malcriado.

Terminaron deprisa el desayuno y Sergio sin dejar que Carmen tocase las maletas siquiera, metió estas en el coche para acto seguido, poner rumbo hacia el pueblo.

El reloj de muñeca de Carmen, marcaba las 10 de la mañana cuando el coche arrancó de nuevo pisando el asfalto.

Sentada en el asiento del copiloto, con buena música de fondo y una grata compañía, se sentía dichosa, aunque el calor que comenzaba a aparecer en el ambiente cambiaría la situación.

—No entiendo una cosa, tía. ¿Cómo nos puede tomar como pareja? O sea, me refiero que sí, tenemos edades diferentes y eso, pero tampoco hemos hecho nada que nos tomara como tal, ¿no?

—Ya te dije, Sergio, los que estaban allí eran pareja.

Además cariño, tampoco harías nada si estuvieras cenando con tu novia, ¿qué te ibas a comer la boca delante de todos?

Como mucho te sujetas la mano, lanzas miradas y ya.

En las habitaciones es donde se hacen cosas más íntimas.

Y te lo vuelvo a repetir, hay cosas peores que tú y yo, una mujer como yo, aún podría ligarse a un “yogurin” —dijo con la voz llena de orgullo.

—Que sí, tía, si eso no lo dudo, pero no es lo habitual.

—¡Ay, mi vida…! Lo habitual no siempre es lo mejor. —Sergio la miró extrañado, no entendía muy bien el significado— lo digo porque a veces el amor lo puedes encontrar en cualquier lado y con cualquier edad.

Sergio asintió terminando la conversación, dejando que la música de la radio sonara durante un tiempo y disfrutar de ese “silencio”.

Dentro del coche, aunque ninguno de los dos hablara, ambos sentían lo mismo, una comodidad que ninguna otra persona les podría proporcionar en ese momento.

Ninguno de los dos entendía ese extraño sentimiento, aunque no le tenían que dar un motivo, simplemente debían disfrutarlo.

—¿El tío cuando vuelve? —dijo Sergio rompiendo el silencio.

—Siendo sincera, no lo sé, ni él tampoco, quizá en una semana o quizá en más, me ha dicho que las negociaciones son pesadas. —era un tema que no le agradaba tratar.

—Cuando vuelva, si sigo aquí, me paso y así le veo.

—Te vuelvo a decir, que si quieres puedes quedarte en casa, no hay ningún problema, no vas a ser ningún estorbo, vamos ni mucho menos.

—No, tía, de verdad, además que así cuando llegue el tío estáis solos. Después de no verle durante tanto tiempo estarás con ganas de estar con él.

—Sí.

No mentía. Carmen tenía ganas de estar cerca de su marido, pero en el fondo, sabía que la relación llevaba fría desde hacía muchos años y no era lo mismo.

Podría decir que más que marido y mujer, eran dos conocidos que habían tomado la decisión de vivir juntos.

Sergio sintió que la palabra que salía de la boca de su tía, no iba acorde con lo que sentía.

—Aunque si quieres… el primer día lo puedo pasar contigo, además que mis amigos todavía no estarán.

—¡Vamos, faltaría más! Es que eso lo daba por hecho. Además, que la casa es grande y cuando estoy sola se me cae encima, me muero de soledad allí dentro de verdad.

Ya habían recorrido más de la mitad del viaje.

Carmen se había quedado callada, el comentario de Sergio le removió algo por dentro.

Ella y su marido no estaban bien, era un hecho.

Tampoco la situación iba a desencadenar un divorcio, no tenían la edad para hacer esas cosas, o eso pensaba ella, sin embargo, la distancia que les separaba era mucho mayor de la que les unía.

Carmen no se dio cuenta de cómo tenía el rostro. Concentrado, tenso, similar a una roca, con la vista perdida en el horizonte. Sergio al instante que la vio notó que algo no iba bien, ya que esa cara, era la misma que ponía su madre y ella solía ponerla a menudo.

—Oye, tía, ¿estás bien?

—Sí, sí, cariño —volviendo en sí y sacando una falsa sonrisa— claro que sí, solo estaba pensando.

—¿Puedo preguntarte en qué?

—Nada en mis cosas, la casa, las niñas, problemas de madre ya sabes —intentó disimular.

—Es que tienes la misma cara que pone mi madre, incluso os ponéis un poco pálidas cuando estáis así y arrugáis el entrecejo de una forma feísima.

Carmen se miró en el espejo del coche y vio que lo que decía su sobrino era cierto.

El rostro había palidecido y su moreno de piscina ahora era nada más que una sombra, era evidente que algo la pasaba.

“¿Cómo no se me va a poner esta cara?”, pensaba mientras recordaba como su marido cada vez tenía más viajes.

Algunos se alargaban más de la cuenta por diversos motivos, todas las dudas que le surgían en cada partida eran pocas.

Nunca le habían dado buenas sensaciones los viajes, pero ahora con más edad y con una cabeza más madura, sabía que siempre que viajaba, aparte de negocios, pasaban más cosas. Era innegable, había pruebas que no se podían ocultar aunque ella tratara de no asumirlo.

—No sé, me habrá dado una bajada de azúcar o algo, no te preocupes.

Sergio tocó la pierna de su tía sintiendo que las cosas no iban bien. No podía ser solo coincidencia que las dos hermanas tuvieran el mismo gesto, si su madre lo ponía por problemas, su tía seguro que también.

—De verdad tía, ¿Estás bien? ¿Paramos si quieres?

—No, no, cariño, tira de verdad, todo bien.

En su mente siempre aparecían las imágenes de su marido en un burdel, disfrutando en otro lugar lo que podía obtener en casa. “Al menos de postín, no en uno de mala muerte” se consolaba ella, mientras se lo imaginaba rodeado de sus colegas de negocios, brasileños, suecos, italianos… daba lo mismo.

La película que se rodaba en su mente siempre era la misma, donde el teórico hombre de su vida acababa gozando de placeres que luego en casa ella no disfrutaba.

¿Cuántas veces lo había pensado estos años?

No sabría decirlo, aunque cada vez era más frecuente porque sabía que era real.

Se había vuelto tal rutina que siempre que le decía que tenía que marchar, Carmen lo imaginaba entrando por la puerta del club de alterne.

Apenas tenían relaciones, algunas después de una fiesta y casi siempre cuando estaban bebidos.

Le costaba horrores admitirlo, pero la imagen de Pedro con otras mujeres, seguramente mucho más jóvenes que ella, le volvía loca de rabia.

Sentía tal ira, tal traición que siempre que entraba en ese bucle, acababa hundida… humillada.

Sus ojos se humedecieron sin remedio, no podía evitarlo aunque lo intentó. Contuvo sus sentimientos luchando con todo su orgullo, no quería llorar delante de su sobrino, sin embargo la primera lágrima cayó.

Trató rápidamente de limpiársela sin que Sergio lo notase. Pero por supuesto que Sergio se dio cuenta y sin decir nada, tomó la siguiente salida, estacionando en una gasolinera cercana.

—¿Qué ha pasado?, ¿He dicho o hecho algo malo?

—Por favor, mi vida, ¡No! Son cosas de tu tía, nada más.

—Si lo dices en voz alta igual te sientes mejor, a mí me vino bien contarte lo de Marta “la zo… de mi ex”. —Carmen no pudo evitar reírse, los jóvenes pensaban que todo era tan fácil.

Mientras miraba a su sobrino, contemplaba sus ojos llenos de infinita ternura, preocupación e interés, y entonces, la segunda lágrima descendió por su rostro.

Pensó que podría darle una oportunidad a la idea de Sergio, estaba tan a gusto junto a él, que no era tan descabellado… ¿Por qué no?

—No es tan fácil cariño, son cosas de pareja, tu tío y yo nos hemos distanciado y me da pena. No es que nos vallamos a divorciar ni mucho menos, pero es duro.

—¿Es por eso entonces? —preguntó Sergio con preocupación.

—Sí, bueno… pero, ¿qué hacemos hablando de esto Sergio?, no te quiero entretener con mis cosas de vieja loca, no te quiero dar el viaje. —rio aunque otra lágrima le recorrió el pómulo por el mismo camino que las anteriores. Uno de sus dedos la recogió para secarla en el pantalón.

—Tía, si no te ayuda la familia ¿quién lo va a hacer?

Carmen pasó su mano por el rostro de su sobrino con dulzura, en verdad se había convertido en un joven caballero.

Se había dado cuenta en unas pocas miradas que su tía estaba afligida, que algo la devoraba por dentro y se había detenido solo para escucharla, para estar con ella en un momento de tristeza.

La mujer se dio cuenta de que sus ojos azules, húmedos por las lágrimas lo miraban de otra forma. Al volante de ese pequeño coche, se veía tan gentil, tan puro, tan atento, tan… apuesto.