La Trilogía (Aventuras y Desventuras Húmedas #4) EN CAMINO #3
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EN CAMINO #3

Cuando atravesó la puerta, su sobrino se encontraba entre las sabanas mirando su móvil listo para dormir. Una situación algo atípica, pero dentro de lo que cabía, normal. Había dormido con él cuándo era más pequeño, aunque de eso ya hacía muchos años.

Sin embargo lo que la descolocó, no fue pensar en compartir la cama con su sobrino, sino en otra cosa.

Mientras caminaba con su precioso pijama, notó como los ojos de su sobrino la seguían hasta llegar a su lado de la cama, donde giró la vista para que su tía no se diera cuenta.

Quizá aquellas telas fueran algo inapropiadas para dormir con Sergio, pero tampoco había planeado dormir acompañada y con ellas se sentía la mar de cómodas.

La prenda hacia resaltar su cuerpo y sobre todo, colocaba sus senos de manera que fueran más visibles de lo que habían sido nunca para su sobrino. “¿Quizá como si llevara un bikini?” Carmen no evitó que una sonrisa aflorara en sus labios.

No sentía vergüenza por su cuerpo, es más, se enorgullecía de mantenerlo tan bien. La mirada de Sergio no se la tomó a mal, incluso le pareció que podía llegar a ser normal, aunque los años pasasen, sentía que todavía era atractiva.

—Se te van a quemar las neuronas con el móvil —Carmen habló por romper el silencio.

—Le estoy contando a mi madre que hemos parado.

La mano de Carmen se estiró para alcanzar un bote de crema de su maleta y con calma, de una forma muy pausada, comenzó a esparcirlo por su cuerpo.

—¿Qué te echas?

—Crema para la piel, así se queda más tersa y firme.

—¿Siempre te la das? —asintió— pues parece que te funciona, se te ve muy bien. Mira que yo siempre pensaba que esas cremas eran una estafa.

Había sido algo sutil, quizá Sergio no lo había pensado, pero el simple hecho de decir que las cremas funcionaban le hizo sentir a Carmen que aquello era un piropo. Algo totalmente espontaneo y sin ninguna otra intención, no obstante a la mujer le caló.

Siempre le había gustado cuidarse y de nuevo, otra pregunta cabalgó por su mente “¿hace cuánto que no me dicen nada bonito?”. Trató de no externalizar lo que sentía, aunque dudó si el sentimiento que le corría por cada poro de piel era felicidad, de esa que tienes que saltar para expulsarla.

—Vaya… muchas gracias, Sergio —apretó los labios para mantener un estado anímico normal— Pues, sí que funcionan sí, es que sinceramente, no me gusta ser vieja. Suelo echarme todas las noches, tanto en la piel como en la cara.

—¿Te confieso una cosa? —preguntó Sergio contemplando la espalda de la mujer que seguía en su tarea—. Eso sí, después haremos como si no hubiera dicho esto en la vida.

—Como hayas matado a alguien, voy a llamar a la policía, ni lo dudas, te quiero mucho, pero…

—No, tía, es peor… —les encantaba bromear— tienes la piel muy bien, tienes un cuerpo en forma, en general te cuidas muy bien. Siempre me ha parecido que entre mi madre y tú, la joven eres tú.

—Muchas gracias —lo agradeció de corazón— y… me olvido de lo que has dicho, secreto entre los dos. Pero, una duda, ¿me ves joven a mí, o mayor a Mari?

—Mi madre también se conserva bien para su edad, será por vuestros genes.

Siempre ha tenido un rostro que parece muy joven, bueno…

tú también, os parecéis mucho. Pero ya le empiezan a pesar los años, el estrés…

algo de culpa tengo en eso… Creo que por eso se ve más mayor, unas buenas vacaciones le vendrían bien.

Tú la verdad tía, no parece que tengas tus años.

En definitiva que me estoy liando, pareces más joven.

—¡Sí, eh! Vamos, Sergio, regálame los oídos, por favor. —Sergio notó que la broma seguía, pero en el fondo Carmen quería escuchar todo aquello— ¿Cuántos años crees que podría aparentar?

—Muy pocos, te lo aseguro, entre los noventa y los cien, no aparentas los doscientos que calzas.

—Serás… —agarró el primer cojín que pudo y soltó varios golpes a su sobrino.

—No, tía, perdón… una bromita nada más. Parece que estuvieras entrando en los cuarenta y pocos.

—Eso, está mejor… que subida de moral. Llegas a equivocarte y duermes en la ducha.

Los dos rieron espontáneamente, mientras Carmen pulsaba el mando de la tela para entretenerse un poco. Sergio por su parte parecía derrotado y se tapó para tratar de dormir, haciéndose un ovillo en el lado opuesto donde su tía se encontraba.

La mujer apagó la televisión unos minutos más tarde, su sobrino se había marchado al mundo de los sueños y no le quería molestar con los chillidos que salían de la caja tonta.

Le miró con los mismos ojos que habían heredado tanto su hermana, como su sobrina.

Un azul del color del océano tan intenso que te podrían hacer sumergir en un mar sin salida.

Notaba en su cuerpo cierta felicidad que hacía años que no tenía.

Apenas había sido una tarde junto al joven, sin embargo no encontraba el sentido.

Siempre era agradable estar con Sergio, nunca dudo de eso, pero aquella tarde, la sensación había crecido de una forma exponencial, sin saber, que todavía le quedaba por crecer.

La felicidad que podría esperarle al final de la carretera podría ser inexplicable, aunque lo primero, era dormir.