EN CAMINO #2
Carmen se paró a revisar toda la maleta por más de cinco minutos en los que Sergio esperaba de pie pacientemente.
Pareció que al final la mujer encontró algo de su agrado y se lo lanzó al joven que lo atrapó al vuelo.
Era una camisa de cuadros y un pantalón vaquero corto, ahora Sergio sí que se veía con mejor “pinta”.
Con el permiso y beneplácito de Carmen, bajaron al restaurante que quedaba al lado de recepción.
Sergio al entrar, no puedo evitar fijarse en que todos los que estaban cenando, lo hacían en parejas.
La luz era muy tenue, muy acogedora, dando un toque de intimidad a cada mesa.
Una música suave sonaba de fondo, como si fuera un eco distante que envolvía el ambiente dándole un toque de magnetismo que el muchacho desconocía.
Uno de los metres les guio entre varias mesas donde tres parejas se susurraban confidencias, roces de mano y miradas penetrantes.
Tomaron asiento y el hombre les hablo de la carta de vinos en un tono que apenas se le podía escuchar.
Carmen tomó la palabra, ya que Sergio seguía algo hipnotizado por el lugar.
Con cierta experiencia en lugares de este estilo, la mujer preguntó por varios caldos en concreto, mientras Sergio la observaba sin saber que decía.
Después de que el metre le dedicase a su tía una sonrisa con su dentadura perfecta, le preguntó a Sergio lo mismo.
El muchacho en cambio, no pudo hacer otra cosa que mantener la boca cerrada y levantar los hombros.
—Tomará lo mismo que yo —se adelantó Carmen. Cuando el metre se alejó, miró a Sergio para iniciar una conversación— he dado por hecho que si sales de fiesta, bebes vino.
—Sí, aunque el vino, no es que me guste mucho.
—Este seguro que sí, ya verás.
El hombre no tardó en volver, esta vez con las dos copas y una bolsa refrigerante que envolvía el vino solicitado.
Con calma derramó el líquido, manchando los vasos levemente para que ambos lo probaran.
Le preguntó a Sergio, si era de su agrado, el joven no pudo decir otra cosa que “está bien”.
Carmen, en cambio, soltó una frase salida de un concurso de catadores, haciendo referencia al gran sabor afrutado que poseía el brebaje.
Antes de marcharse el hombre, mirando directamente a los ojos azules de la mujer y con un tono un tanto adulador, le dijo.
—La dama, tiene un gran paladar
Ambos se sonrieron cortésmente y cuando Sergio comprobó que el caballero estaba a una distancia considerable preguntó extrañado.
—¿Está ligando contigo?
—No, hijo, los metres son así de amables.
—Pues, a mí no me ha dicho eso… —añadiéndola una sonrisa picarona, ante lo que Carmen solo pudo copiar el anterior gesto de su sobrino y levantar los hombros.
La velada transcurría de lo más relajada. Los temas eran de lo más variados, aunque el interés de Carmen, como buena tía, se centraba en los estudios de Sergio.
El metre se acercó una vez terminados los postres, queriendo saber si todo había sido del agrado de los comensales. Sergio fue el primero en hablar y con palabras que su tía le había sugerido que dijera, le soltó.
—Exquisito manjar. El toque de canela es un acierto, mis felicitaciones al chef.
—Señora, usted tenía buen paladar para el vino, pero su pareja lo tiene para el dulce —Carmen le volvió a sonreír mientras el hombre retiraba los platos y posteriormente perderse entre las mesas.
De vuelta a la habitación, mientras pulsaba el botón del tercer piso, Sergio no podía mantener la curiosidad, la respuesta del metre le había descolocado.
—¿Cuándo me ha llamado pareja… como lo ha dicho?, no sé si me explico. ¿En plan una parte de dos… o pareja, ya sabes, casados, novios…? —Carmen le miró con los ojos abiertos y después, se tapó la boca para poder reírse.
—Más por lo segundo, cariño. Si te has fijado, estamos en un hotel de parejas, no hay ningún niño y no había más de dos personas por mesa, o sea que es normal que se confunda.
—Pero, por favor, ¿cómo no pueden ver que soy tu sobrino? Si me sacas muchos años.
—Oye, ¡¿me estás llamando vieja?! —tratando de poner un rostro de falso enfado.
—No tía, si tú te cuidas mucho, pero que me sacas casi 30 años.
—No llegan a 30 mi vida, no me sumes que me da un mal… además, si tú supieras lo que he visto yo… —soltó Carmen al entrar en la habitación.
—¿Mucha diferencia de edad?
—Sí, algo como tú y yo sería lo “normal” —haciendo con sus manos un gesto de entrecomillado— hay cosas peores que no se las cree nadie y que están…
bueno… por interés. Hay jóvenes, ya sean hombres o mujeres que están con personas que apenas se levantan solas.
Pero… ¡¿Sergio?! —se sorprendió de pronto al ver a su sobrino.
—¿Qué pasa?
El joven había comenzado a quitarse la ropa delante de su tía.
No hacía nada extraño, si lo comparaba con su rutina habitual en casa.
La parte de arriba había volado y a su tía solo le dio tiempo a detenerle cuando sus manos desabrochaban el botón del pantalón, atisbándose ligeramente un bóxer a rayas.
—¡Qué te voy a ver todo!, desvístete en el baño. ¿Te has tomado en serio que somos pareja?
—¡Ah, perdón! No sabía que te molestaba verme, voy al baño —Sergio de forma ingenua, no entendía lo inapropiado de la situación.
—No, no es eso. Pero chico, quedarte en ropa interior delante de tu tía… pues me ha impactado de primeras —las manos de Carmen se movían algo nerviosas al querer expresarse.
—Tía, que me has visto durante toda mi vida en bañador, esto es lo mismo. Aunque tranquila, que voy al baño no te preocupes —en su mente resonaba una pregunta “¿Puedes ver a alguien con el bañador más pequeño, pero en ropa interior no?”
—Cariño, te he visto así, aunque eso es diferente.
—Ya… —no pudo evitar una mueca de victoria, para después añadir— tienes razón, cuando tengo el bañador, ves más que ahora… —realidad pura y dura.
—Ya, sin embargo… —sin saber que decir ante aquel argumento— bueno, mira haz lo que quieras, venga ponte el pijama.
—Duermo sin… —incluso al joven le dio vergüenza decirlo— mi madre me metió uno creo… ¡Aquí esta! Me lo pongo.
Carmen decidió coger la ropa que había dejado lista de antemano y dirigirse dirección al baño, dándose por vencido y dejando que su sobrino se desvistiera donde quisiera.
—Ay, cariño… si sé que eres tan bobo —usó el tono más dulce del mundo— no me caso contigo, estás atontado. —rio al tiempo que cerraba la puerta y escuchaba a su sobrino contestarle desde el otro lado con ironía.
—Sí, tía, un montón…
Dejó las ropas en el amplio mármol al lado del lavabo, comenzando a desvestirse sin prisa mientras soltaba una leve carcajada al recordar la frase de Sergio, “Con el bañador veía más”.
Era cierto, no mentía, pero Carmen tenía otro punto de vista, sabía por la experiencia y los años, que ver a una persona en bañador, puede resultar curioso.
Pero ver como alguien se quita la ropa, quedándose como dios le trajo al mundo, no tiene precio, sobre todo en ciertas ocasiones… sexuales.
Mientras se deshacía de su pantalón y este recorría sus piernas con el agradable tacto de la tela, la pregunta más obvia apareció en su mente, ¿hacia cuánto que no tenía sexo? No lo recordaba.
A una velocidad sideral, con el reflejo de sus piernas desnudas en el espejo, una imagen pasó su mente. Recreando lo que sus ojos habían visto unos segundos atrás, una figura estilizada apareció, un cuerpo joven y mantenido gracias a los años de la juventud, era la imagen de Sergio.
Tan solo le hicieron falta unos pocos segundos para mirar en detalle el cuerpo de su sobrino.
Sin músculos prominentes, solo marcados seguramente gracias a la delgadez por el deporte que solía hacer.
Un joven lleno de energía, que rebosaba vitalidad y buen humor, en verdad su sobrino era un buen partido, no sabía cómo su ex le había podido cambiar por otro.
Abrió los ojos al pensar de esa forma en su joven acompañante, había crecido, pero “¿tanto?”. Una idea se había construido en su mente incluso antes de entrar en el baño, la tuvo que dejar salir porque le empujaba dentro de la cabeza. “Si yo hubiera tenido de joven uno así…”.
Antes de recoger la ropa, se vistió con el salto de cama de terciopelo que tanto le gustaba. El suave tacto consiguió erizarle la piel, aunque tenía sus dudas si solamente había sido eso, o también la breve imagen de un cuerpo joven tan cerca de ella.
Posó los ojos en el espejo admirando su figura, nada mal para los años que gastaba, todavía podría causar deseo, no tenía duda de eso.
Sin embargo no podía comprender por qué Pedro no lo veía así.
Sin encontrar respuesta, acabó por mover la cabeza a modo de negación, se revolvió el cabello en un gesto de liberación más que por eficacia y se encaminó a la habitación.