AVENTURAS EN PATA DE GATO. LA HISTORIA DE DANTE Y MORITA. VALDILLUVIA Capítulo 5
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Capítulo 5

La ciudad de los ríos

El cielo no estaba despejado, tampoco tormentoso, estaba en modo "gris perla con actitud". Era el tipo de día en que todo brilla un poco más si se mira con buena disposición… o desde una mochila cómoda.

Ese día, sus dueños decidieron salir a explorar la ciudad de Valdilluvia y, como nadie confiaba en dejar a los bigotudos solos —después del episodio del barro—, fueron invitados oficialmente a la expedición. Uno en mochila y la otra en brazos, ambos con los ojos bien abiertos.

Los humanos estaban inquietos, se movían de un lado a otro como si estuvieran preparando una expedición a Marte. Ropa impermeable, zapatos con suela antideslizante, gorros, paraguas plegables, cámara, una mochila especial, con ventanas de malla y base acolchada.

—No —dijo Dante desde el sofá; además, le habían puesto un chaleco para que se mantuviera calentito—. No me metan ahí.

Morita, en cambio, brincó sobre la mesa y olfateó la mochila como si fuera una nave espacial lista para despegar y dijo animadamente:

—¡Vamos de paseo otra vez! ¡Lo sé! ¡Lo huelo! ¡Lo presiento!

—Yo presiento que esto va a terminar con humedad en mis huesos —gruñó, enterrando la cara en el cojín.

La humana se acercó con voz melosa. Le habló como si fuera un bebé. Él la miró con condescendencia.

—Puedes intentar convencerme con cariño —dijo—, pero exijo cláusulas claras: mantita tibia, buena ventilación y cero sacudidas.

Pese a sus condiciones, fue el primero en estar listo, acomodado en la mochila con una expresión entre resignada y regia, como un príncipe enjaulado.

Antes de salir, los humanos les ajustaron cuidadosamente los arneses, un trámite que Dante consideraba una ofensa a su independencia y que Morita interpretaba como parte del uniforme oficial de exploradora.

Su hermana, ya en brazos, daba vueltas de la emoción.

Salieron al porche. El aire olía a río, madera mojada y pan tostado de alguna cabaña cercana, la gata abrió los ojos como platos, el gato los entrecerró por instinto.

—Esto no es un paseo —él murmuró—. Esto es un operativo logístico de alto riesgo.

—¡Es una aventura urbana!

—Es tráfico, humedad y personas que quieren tocarnos.

—¡Es una exploración sensorial, hermano! ¡Una misión interbigotes!

El gato suspiró.

Y, aun así, cuando el auto partió rumbo al centro de Valdilluvia, sus orejas se mantuvieron erguidas, solo por si acaso había algo digno de ver… o de criticar.

El paseo por la ciudad había sido un vaivén de aromas nuevos, autos que salpicaban charcos, perros curiosos tras rejas y una brisa que parecía venir de todas partes a la vez.

La pareja felina avanzaba entre mochilas, brazos, miradas y pausas bajo bancos húmedos.

Pero todo cambió cuando llegaron a un enorme puente de cemento que cruzaba el río como una lengua gris suspendida en el aire.

Morita abrió los ojos como si viera una montaña rusa.

—¿Eso qué es? —preguntó, mirando hacia arriba.

—Un puente —respondió él, resignado—. El famoso Gaviota Grande.

—¿Y por qué se llama así?

El gato bufó con ironía.

—Porque apenas subes, el viento te despeina el alma y, si estás en una mochila mal cerrada, puedes salir volando como bolsa de supermercado.

Morita, por supuesto, lo interpretó como una invitación.

—¡Quiero subirme! ¡Vamos! ¡Desde allá se debe ver todo Valdilluvia!

—Desde allá se te congelan los bigotes, además, no tengo ganas de ser parte del paisaje fluvial.

A pesar de las quejas del persa gruñón, la humana que los acompañaba ya caminaba rumbo al puente, y la mochila vibró con cada paso. Dante sintió cómo su dignidad se iba deslizando como hoja mojada.

Al llegar al centro del puente, sus dueños se detuvieron un momento para sacar sus teléfonos, la vista lo merecía.

Morita ya tenía la cabeza asomada, el viento le revolvía los pelos, le estiraba los bigotes hacia atrás y le metía un frío en las orejas que le hizo fruncir la nariz con un estornudo pequeño.

Fue entonces cuando Dante, desde su cápsula, se aclaró la garganta y maulló insistentemente diciendo:

—Exijo bajar —declaró con tono solemne—. Un puente así no se atraviesa mirando desde una ventana plástica.

Los humanos intercambiaron una mirada divertida… y lo bajaron cuidadosamente, una vez en el suelo, el felino estiró una pata, luego la otra, y caminó con esa dignidad que hace parecer que el mundo entero está allí para admirarlo.

—¿Cómo se siente, su majestad?, expresó ella graciosamente.

—Más cerca del cielo, menos cerca del lumbago.

Y siguieron así, los cuatro, dos personas entusiasmadas, una gata que saltaba de baranda en baranda, y un gato mayor caminando con paso firme, aunque más lento, como quien ya ha cruzado muchos puentes en la vida…

pero igual quiere cruzar uno más. Sabía que no podía moverse como antes, pero no estaba listo para quedarse mirando desde abajo.

—¡Es como estar en la punta del mundo! —dijo ella con un gran salto.

—Es como estar en una licuadora sin tapa —gruñó mientras caminaba.

Ella rió, feliz. Él, tiritando, pensó en todos los días de sol que había desperdiciado cuando era joven y no tenía que cruzar puentes. Caminar por el Gaviota Grande no era cualquier paseo, para los felinos era como atravesar el cielo… pero con barandas.

El puente era largo, ancho y estaba alto sobre el río. El sonido de las lanchas pasando debajo hacía temblar el suelo a ratos, y la gata se detenía cada pocos pasos para espiar entre los barrotes.

—¡Ese bote tiene un toldo rojo! —gritó—. ¡Y ese otro lleva cajas! ¡Seguro son cajas de pescado… o de secretos!

—Son turistas —corrigió Dante, con tono cansado—. Y ese bote solo lleva ruido.

Mientras caminaban charlando y sacando fotos, los gatos, bien asegurados con sus arneses, avanzaban detrás como pequeños exploradores con agenda propia.

A un costado, se alzaban árboles altos del “Jardín Botánico”; al otro, las casas de “Las Ánimas” se apretaban entre árboles húmedos y tejados brillantes y, por encima, una gaviota enorme pasó volando con el porte de una cometa malhumorada.

—¿Viste eso? —dijo ella encogiéndose un poco—. Esa gaviota me miró raro.

—Es su puente —murmuró él—. Solo nos está dejando pasar.

La gata no insistió. Prefirió observar en silencio cómo el río, que brillaba como si tuviera vida propia, se extendía más allá de la ciudad, mientras el olor a algas, madera mojada y pan recién hecho flotaba como algo nuevo.

—Dante… ¿crees que los puentes también sienten?

Él la miró de reojo.

—Los gatos sí, los puentes, si tienen suerte, nos escuchan pasar.

Siguieron caminando, uno más lento, la otra más inquieta. Pero ambos con la misma idea retumbando en el pecho: era un buen día para estar vivos.

Tras cruzar el Gaviota Grande, con sus botes, gaviotas y brisas que despeinaban hasta el alma, Dante se detuvo en seco, se sacudió una pata con gesto teatral, miró a sus humanos y luego a su hermana, que aún trotaba como si recién comenzara el paseo.

—He tomado una decisión —anunció, intentando sonar teatral—. A partir de este punto, me trasladaré con dignidad.

La verdad era que las patas le dolían un poco y que, aunque no lo reconocería ni en sueños, necesitaba ese descanso más de lo que le gustaba aceptar.

—¿Te vas a empujar tú solo? —preguntó ella, arqueando una ceja.

—No, volveré a la mochila, pero con ceremonia.

Con una lentitud casi solemne, se dejó alzar y acomodar dentro de su cápsula acolchada, dejando solo la nariz asomada por el borde.

Nadie dijo nada, pero todos supieron que el paseo lo había agotado más de lo que quería admitir.

Porque en el fondo, ser un gato mayor no era dejar de vivir aventuras…

era aprender a elegir cuándo dejarse llevar.

Ya camino a la costanera, el silencio entre ellos era cómodo. La gata seguía mirando todo con entusiasmo, y él, desde su trono portátil, la observaba en silencio.

—Oye, Dante… —dijo ella, sin girarse—. ¿No es hermoso todo esto?

—Sí… —respondió él, cerrando los ojos—. Pero sería más hermoso visto desde el sofá.

Y, sin embargo, ahí seguía, dentro de la mochila, con la nariz asomada y los ojos brillando un poco. Aunque no lo admitiera.

Lo bajaron nuevamente de la mochila cerca del mercado, justo donde el paseo se abría hacia el río. El cielo seguía gris, pero no amenazante, el pavimento mojado brillaba bajo sus patitas, y los colores de los toldos del mercado se reflejaban en los charcos como si fuesen banderas de feria.

Morita caminaba como turista en día libre: olisqueando cada poste, saltando cada rendija, saludando con la cola erguida a todo lo que se moviera.

—¡Huele a pescado fresco! —exclamó, con la boca entreabierta por la emoción—. ¡Y a algas… y a zapatos mojados!

—También a palomas, a perro viejo y a medias sin secar —agregó Dante, con cara de quien analiza un menú de aromas.

Pero nada los preparó para lo que encontraron unos pasos más allá.

Primero lo oyeron: un sonido gutural, entre bufido y rugido, como si un ropero se quejara al moverlo. Luego, los vieron: sobre una plataforma flotante, gordos, oscuros y brillantes como piedras vivas, estaban los verdaderos dueños del río: los lobos marinos.

—¡¿Qué… son… esos?! —preguntó Morita, petrificada.

—Colchonetas carnívoras —susurró Dante, con un ojo entrecerrado.

Uno de los enormes animales levantó la cabeza y soltó un bostezo que revelaba colmillos amarillos y una lengua digna de dragón dormido. Otro se rascó la panza con una aleta en un gesto lento, majestuoso.

—Mira esa seguridad, ese nivel de panza, ese desprecio por todo lo que no sea estar echado —dijo el gato, entre fascinado y envidioso—. Si hay reencarnación, quiero ser uno de ellos.

Ella se acercó unos pasos, cautelosa.

—Pero son tan grandes… ¿y si se tiran al agua y vienen por nosotros?

—No vienen por nadie —replicó el persa—. Son celebridades, no se mojan por gusto, solo si hay prensa.

Como si escucharan la conversación, uno de los lobos alzó la cabeza, soltó un ruido que sonó entre estornudo y carcajada, y volvió a dormirse.

Los gatos se sentaron en silencio, observando.

Las personas pasaban, sacaban fotos, reían, comentaban.

Pero ellos no, ellos entendían algo más profundo: ese arte ancestral de dormir al sol sin culpa, de existir sin explicaciones.

—¿Y si nos quedamos aquí? —dijo acurrucándose junto a él.

—¿Para siempre?

—Para un ratito.

Y así lo hicieron, porque en Valdilluvia, entre el río y la neblina, había lugares donde los gatos podían aprender de los lobos marinos cómo ser libres sin moverse.

El cielo comenzaba a apagarse, como una lámpara tenue bajando su intensidad sin aviso, las luces anaranjadas de las farolas se encendían una a una, y la humedad del río se volvía niebla delgada, abrazando los bordes de la costanera.

Los felinos caminaban en silencio, había algo distinto en sus patas: no era cansancio, era otra cosa, una mezcla de plenitud y reverencia, como si hubiesen sido testigos de un secreto memorable.

—¿Sabes qué creo? —dijo la gata rompiendo la pausa con voz baja—. Que los lugares también sueñan.

—¿Cómo así?

—Este río sueña con los lobos y los lobos sueñan con dormir. Y nosotros… bueno, nosotros estamos dentro de ese sueño.

El gato no respondió, solo miró hacia el agua, donde las luces se estiraban en reflejos temblorosos.

Al regresar a las Cabañas Cola de Lluvia, no hubo carreras, ni maullidos, ni peleas por el sofá, solo dos cuerpos tibios que se acomodaron frente al ventanal, en silencio.

La chimenea crepitaba. En el exterior lloviznaba. Morita apoyó su cabeza en el lomo del felino y susurró:

—Hoy fue el mejor día de mi vida.

Dante cerró los ojos y sintió su respiración acompasada.

—Cada día contigo... es como agregar una huella nueva en nuestro mapa invisible —murmuró al fin—. Ese que no se ve, pero que siempre sabemos cómo leer.

Ella ronroneó, suave, casi imperceptible.

Y aunque la lluvia seguía tejiendo su canción sobre el tejado, ellos ya estaban dentro del mapa, uno donde nunca se perdían, mientras se tuvieran el uno al otro.