AVENTURAS EN PATA DE GATO. LA HISTORIA DE DANTE Y MORITA. VALDILLUVIA Capítulo 4
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Capítulo 4

Charcos, fiebre y una lengua conocida

Al tercer día, la lluvia simplemente se instaló. Cayó sobre los tejados, los helechos, los charcos viejos y los nuevos. Para algunos, era solo agua, para otros, era una excusa para mirar por la ventana, pero para una gata con alma de torbellino, el aguacero era un llamado.

Y para un gato mayor con el pelaje largo… un problema.

El chaparrón comenzó en la madrugada, como un murmullo sobre el techo de madera. Para cuando la gata se asomó al umbral de la puerta, el mundo ya era un tapiz de gotas, charcos y hojas brillantes.

El agua no caía con furia, sino con insistencia, unos chubascos serios, constantes, de esos que no mojan con rabia, sino con dedicación.

Morita se asomó a la puerta que los humanos habían dejado entreabierta unos minutos antes, seguramente para ventilar la sala. Nadie notó que no la cerraron del todo. Nadie salvo ella.

Con la nariz en alto y los bigotes atentos, se deslizó por la rendija como una sombra curiosa, ni siquiera maulló, solo apareció, de pronto, en el marco de la galería, con las patas delanteras apoyadas en el borde y el cuerpo vibrando de emoción contenida.

Estiró el cuello, cerró los ojos un momento, olía a barro fresco, a corteza mojada, a posibilidades.

Dio un paso, luego otro, y sintió la humedad subirle por las patas como un cosquilleo y entonces… giró.

Una vuelta entera sobre sí misma, luego otra, la cola como bandera, las orejas hacia atrás, las patas salpicando sin pudor.

Saltaba de un charco a otro, como si cada uno fuera una puerta mágica.

Desde el interior del lugar, él la observaba con expresión de horror.

—¿Te volviste loca?

Ella se detuvo un segundo y levantó la mirada, con los bigotes empapados y los ojos encendidos.

—¡Es maravilloso! ¡Como jugar con el cielo!

—¡Morita! ¡Vas a traer toda la tierra del sur encima!

Y sin pensarlo —o quizás sí—, Dante saltó desde el peldaño directo al barro. Cayó con un flop rotundo, el lodo le cubrió las patas, el pecho y algo de su dignidad.

—¡Nooo! —exclamó al sentir la humedad traspasarle el pelaje—. ¡Estoy… envuelto en pantano!

Las personas aparecieron a los segundos. Hubo gritos, risas y toallas. La persecución por el pasillo terminó con ambos en la bañera y luego envueltos en mantas. Ella temblando entre carcajadas; él, en cambio… estornudaba.

—Te dije —murmuró él con la voz tomada—. El barro… es vengativo.

Y la estufa se encendió.

Y el primer estornudo no sería el último.

La casa de madera estaba en silencio. La lluvia seguía cayendo sin pausa, pero dentro todo parecía amortiguado, como si el mundo caminara de puntillas. En una esquina, la estufa mantenía su ronroneo de leña encendida.

Él no se sentía bien: su nariz húmeda, sus ojos entrecerrados y esa sensación molesta de tener el cuerpo demasiado liviano y pesado a la vez.

Estaba enroscado en una manta junto al fuego, con las orejas bajas y el pelaje enmarañado, el mundo le dolía un poco, no mucho, pero lo suficiente como para no querer moverse.

Más temprano, una humana con olor a clínica lo había revisado con manos suaves y palabras tranquilas, había dicho que era solo un resfriado leve, típico de los días húmedos, y que con descanso y los remedios que dejó, estaría bien en un par de días, pero que debían cuidarlo,

puesto que ya era un gato mayor.

Morita lo había visto todo desde un rincón, sin hablar, como si temiera que cualquier sonido desarmara la calma, cuando la veterinaria se fue y la puerta volvió a cerrarse, ella se acercó despacio, sin hacer ruido, y se acostó a su lado sin tocarlo.

—¿Quieres agua? —susurró, sin esperar respuesta.

Dante entrecerró los ojos, apenas podía distinguir formas, las llamas dibujaban figuras que bailaban en las paredes, el diluvio afuera, el calor adentro.

Y de pronto, sintió una lengua tibia en la frente.

No era una caricia rápida, era lenta, cíclica y precisa.

Como aquellas que recordaba desde cachorro, cuando el mundo era apenas una cama tibia en el fondo de un dormitorio, y todo lo desconocido se resolvía con el olor de su madre.

La fiebre le nublaba los sentidos, pero ese gesto… ese gesto lo llevó directo a ese rincón.

Volvió a ser pequeño, su pelaje aún ralo, las patas torpes. La cabeza demasiado grande para el cuerpo, Lina, su madre, lo lamía con ese ritmo que calmaba hasta los huesos y, mientras lo hacía, le hablaba bajito, como si le estuviera contando un secreto del universo.

—Algún día saldrás a conocer árboles de verdad —le decía ella, entre lengüetazos—. No esos que ves por la ventana, árboles de los que se escuchan respirar. Pero tranquilo… todo a su tiempo.

Y él se acurrucaba más cerca, con los ojos apenas abiertos, sin entender del todo, pero sintiéndose a salvo.

Como ahora.

—Mamá… —susurró.

No supo si lo dijo en voz alta o si solo pensó su nombre.

A su lado, una lengua tibia seguía su ritual, una nariz húmeda y un cuerpo pequeño haciéndole compañía. No era Lina, pero había algo en ese cuidado, en esa insistencia delicada, que lo trajo de vuelta.

Y sin darse cuenta, se quedó dormido con una sensación de protección: la de ser importante para alguien, la de ser amado sin preguntas.

Por un instante, su respiración se hizo más lenta, sintió el calor de su madre envolviéndolo como antes, con la verdad absoluta de que todo iba a estar bien.

La pequeña gata, que ahora lo lamía con ternura, no sabía que estaba tocando un recuerdo, sin saber que, con cada gesto, lo estaba salvando un poquito.

El felino no dijo nada más, solo se dejó cuidar.

Y el fuego siguió crepitando y la lluvia… no paró.

El día avanzaba lento, como si la lluvia le hubiera robado el reloj, el lugar entero parecía haberse encogido para abrigar al enfermo. Él dormía, enroscado junto a la estufa, con una manta hasta la barbilla y los bigotes quietos.

Ella no se alejaba mucho, caminaba en silencio, comía poco, y cada cierto tiempo se asomaba a ver si seguía respirando con normalidad. La veterinaria había dicho que no era grave. Pero aun así, algo en ella no se quedaba tranquilo.

—Está enfermo… pero se va a mejorar —susurró, solo para ella—. Es solo un resfrío. Los gatos grandes también se resfrían, eso no significa nada.

Hizo una pausa.

—No está más lento, solo está cansado… porque llovió toda la noche, y la humedad cansa, ¿cierto?

Parpadeó, como si eso bastara para borrar el pensamiento que le rondaba.

—Él sigue siendo el mismo, sigue siendo mi hermano... el fuerte, el que sabe todo, el que siempre encuentra el camino.

Pero cuando lo miró otra vez, dormido, con la cabeza hundida en la manta y los bigotes más blancos que nunca, algo en su garganta se apretó.

—No está más viejo —insistió en voz muy baja—. Solo… solo está descansando.

Se subió al respaldo del sofá y miró hacia el exterior, las gotas dibujaban caminos en el vidrio, como hormigas de agua, el bosque estaba cubierto por un velo brillante, y las ramas de los árboles se mecían como si supieran un secreto que nadie más podía escuchar.

Morita apoyó el mentón sobre sus patas delanteras, pensó en lo que era cuidar.

En lo difícil que era estar quieta, en cómo antes creía que las aventuras eran solo correr, saltar, trepar, pero ahora...

estaba empezando a entender que también hay aventuras silenciosas, que a veces, el corazón se ensancha en lo inmóvil.

Un rayo de luz, pálido y fugaz, se coló entre las nubes y rozó la ventana. Ella estiró una pata y lo tocó con la punta, luego giró la cabeza hacia el persa, que dormía profundo, con la respiración acompasada.

No dijo nada, pero en su pecho, algo nuevo había brotado, un brote de paciencia, de ternura, de estar.

Y el bosque siguió goteando sus canciones, porque incluso en el aguacero, el mundo no deja de cantar.

El día se fue apagando sin alardes, el cielo no cambió de color con dramatismo, solo se volvió más opaco, más azul grisáceo, como si la tarde tuviera sueño.

Dante ya no tenía fiebre, respiraba con más fuerza, los ojos abiertos sin ese velo de cansancio, y hasta había comido un poco. No dijo mucho, solo se reincorporó con lentitud y se estiró en silencio, como quien regresa de un viaje largo.

Morita lo observó desde el otro lado de la alfombra. No lo atosigó con preguntas, se acercó solo cuando él dio el primer paso, arrastrando la manta hasta la estufa como si fuera parte de su pelaje.

Se sentaron uno al lado del otro, muy juntos, pero sin tocarse.

El temporal había cedido un poco, ahora caía como un susurro, como si el bosque también estuviera cansado. El ventanal mostraba un mundo en pausa: hojas brillantes, charcos quietos, un tronco inclinado que parecía haber estado allí desde siempre.

—No quiero volverme mayor —dijo él de pronto, sin mirarla.

Ella no respondió enseguida.

—Pero ya eres mayor —dijo después, sin crueldad—. Solo que… de los que todavía tienen historias por contar.

Él soltó una risa breve, sin fuerza, pero verdadera.

—No sé si podré seguir todas tus locuras mucho tiempo más —añadió.

Morita se giró hacia él.

—No necesito que las sigas, solo que estés cerca cuando termine de correr.

Dante la miró con ojos lentos, con ternura callada.

—Eso sí puedo hacerlo.

Y se quedaron así, sin moverse, mientras la estufa seguía cantando su calor de leña, y el clima tejía su música en el techo, sin prisa. Sin necesidad de palabras.

Porque algunas cosas, cuando son ciertas, no suenan fuertes.

Solo quedan.