Capítulo 3
Ventanas al bosque
La cabaña amaneció envuelta en neblina, como si el bosque aún no hubiera decidido despertarse.
Para los dos habitantes peludos recién llegados, cada rincón era una posibilidad nueva: olores desconocidos, sonidos sin nombre, y una luz distinta, más suave, que entraba por las ventanas como si pidiera permiso.
El mundo ya no se miraba desde las alturas de un edificio, ahora, todo estaba al nivel de sus bigotes.
Fue la más joven quien se despertó primero o tal vez nunca durmió del todo. El silencio del bosque era tan distinto al de la ciudad o la playa, que no sabía si debía relajarse o mantenerse alerta. Saltó del sofá al alféizar, y desde ahí, apoyó la frente contra el vidrio.
En las inmediaciones todo parecía envuelto en una capa de susurros. La neblina no cubría el paisaje: lo acariciaba, las ramas se movían con lentitud, como si estiraran los brazos después de una larga noche. Un ave pequeña caminaba entre las hojas, alzando las patas con dignidad cómica.
Dante se desperezó sobre su manta con un crujido de huesos felinos.
—¿Ya es hora de explorar o aún estamos fingiendo que estamos de vacaciones? —preguntó sin levantarse.
—Es hora de mirar, de mirar de verdad —respondió ella, sin despegar los ojos del exterior.
—¿Y qué tiene de especial? ¿No son solo árboles, hojas y humedad?
—No. Son árboles gigantes, hojas brillantes y humedad con historia.
Él se incorporó con esfuerzo, caminó hasta la ventana y observó. Admitirlo le costaba, pero el paisaje era... impresionante, cada cosa parecía más lenta, más viva, como si el mundo estuviera concentrado en respirar.
—Huele a musgo.
—Huele a comienzo —susurró Morita.
Y ambos se quedaron ahí, mirando sin decir más, porque algunas vistas no se describen. Se comparten.
La puerta trasera se abrió con un chirrido, y una bocanada de aire húmedo invadió la sala. La galería techada llevaba a un patio de madera cercado que daba al inicio de un sendero. La humana dejó la puerta entreabierta, una invitación clara o una prueba.
Dante fue el primero en avanzar, con la cabeza erguida y los pasos lentos, examinaba cada baldosa como si cruzara una pista de aterrizaje recién encerada. La otra, más ligera, lo seguía en zigzag, oliendo cada rincón, trepando por el banco de madera, husmeando los maceteros con descaro.
Él la miró con cierta envidia discreta, alguna vez también trepaba así, sin pensarlo, sin medir distancias. Ahora, cada salto requería cálculo… y un poco de descanso después.
—Este lugar es enorme —dijo ella, encaramada ahora a una pila de leña.
—Este lugar tiene demasiadas cosas moviéndose a la vez —replicó él, espantando una hoja que flotaba con aires de superioridad.
Un crujido fuerte los hizo congelarse, algo se movía entre los matorrales. Un par de ojos brillaron brevemente desde la sombra, luego, con paso decidido, emergió una figura redondeada y de patas ágiles: un chucao.
—¡Un chucao! —exclamó la gata, agazapada de emoción.
—¿Un qué?
—Un pájaro con patas veloces y alma de espía, lo vi en ese documental que ellos vieron sin saber que yo estaba detrás del sofá.
El ave los observó con calma, ladeando la cabeza de un lado a otro, como quien evalúa más de lo que muestra y, para sorpresa de ambos, habló.
—¿Turistas?
Los dos felinos asintieron al mismo tiempo.
—Entonces, escuchen bien —dijo el chucao, con voz grave y cortita—: este bosque no espera que lo entiendan, pero siempre se hace notar. Si lo van a recorrer… escuchen más de lo que maúllan.
Y sin más, desapareció entre los helechos, dejando tras de sí solo un leve aleteo y silencio.
—Nos acaba de catalogar —dijo Morita.
—Nos acaba de advertir —respondió Dante—. Y probablemente tiene razón.
Ella rodó sobre su lomo en la terraza de madera hasta quedar mirando el cielo. El otro se acomodó a su lado, dignamente, como siempre.
—¿Y si cada hoja fuera un mapa?
—Entonces necesitaríamos un GPS para gatos.
—No. Solo una buena nariz… y ganas de perderse un poco.
—Yo ya me perdí en la humedad —murmuró él, mirando su cola húmeda con desdén.
Pero no se movió, porque en el fondo, esa humedad… tampoco estaba tan mal.
El almuerzo pasó sin incidentes: comida conocida en platos nuevos, lo cual ya era suficiente para despertar desconfianzas en Dante, pero tras un par de olfateos, comieron en paz.
Luego, ambos decidieron seguir explorando la casa de madera por dentro. Morita lo hizo en modo torbellino.
Subía a las repisas como si escalara montañas invisibles, metía la cabeza entre los cojines, rascaba las alfombras gruesas, olía debajo del mueble del televisor como si allí viviera una historia secreta.
Descubrió que, si empujaba con la pata las manillas de las puertas, algunas cedían con un pequeño clic.
Abrió un clóset, se metió y salió con una pelusa adherida al bigote.
Después intentó repetir la hazaña con otra puerta, pero esa estaba cerrada con llave.
—¡Dante! Hay un túnel de mantas aquí adentro. ¡Y huelen a bosque!
El mayor intentaba seguirle el ritmo, pero ya no estaba para esos trotes. Se limitó a inspeccionar con lentitud cada rincón visible, se detuvo frente a uno de los espejos del pasillo y lo miró como si lo desafiara.
—Parezco un pompón mojado.
La gata asomó la cabeza desde dentro del clóset, con los ojos brillantes.
—Pareces un explorador que sobrevivió a una avalancha de helechos.
Salió, se sacudió y se sentó a su lado, mirando también el espejo.
—Parecemos gatos urbanos fingiendo saber de naturaleza —agregó él.
—No. Parecemos exactamente lo que somos.
El felino resopló, se sentía levemente derrotado por el entusiasmo ajeno. Caminó hasta el ventanal del dormitorio, donde el cielo parecía más cercano. Su hermana, claro, lo siguió al trote, sin dejar de maullar en susurros a una araña que tejía en una esquina.
Mientras trotaba tras él, algo se agitó dentro de ella. ¿Siempre caminaba tan lento? ¿O era el suelo de madera que lo hacía parecer más despacio? Quiso preguntarle si estaba bien… pero no encontró cómo hacerlo sin que sonara raro, así que solo se acercó, como siempre, como si nada.
Afuera, el bosque seguía allí: respirando, esperando, como si tuviera paciencia.
—¿Sabes? —dijo él, sin mirarla—. Todo se ve distinto desde esta altura.
—¿Porque estamos más bajos?
—Porque estamos más cerca.
Ella apoyó la cabeza en su lomo, aún con la cola inquieta.
Y durante un rato largo no se movieron, solo se escuchaban el viento entre las ramas, una gota cayendo del alero… y esa certeza silenciosa de que, a veces, mirar el mundo desde abajo también es una forma de crecer.
La tarde comenzó a deslizarse en tonos más oscuros, como si alguien girara lentamente el dial del día. Las hojas húmedas del bosque crujían apenas con el viento. Dentro del lugar, el ambiente se volvió suave, tibio, acogedor.
La estufa crepitaba con un ritmo hipnótico, el calor que emanaba envolvía todo con un aroma a leña, como si el aire estuviera hecho de recuerdos.
Morita se echó justo frente al fuego, panza arriba, con las patas estiradas hacia el cielo como si estuviera agradeciendo al universo por haber inventado las cabañas.
Su hermano llegó caminando con elegancia fingida, dio una vuelta sobre sí mismo y se dejó caer a su lado con un suspiro largo.
—¿Ya te transformaste en alfombra? —preguntó él.
—Sí, pero una alfombra valiente. Vi una babosa en la ventana y no grité —respondió ella con orgullo.
—Admirable, cuando escriban tu biografía, ese será el título: “Morita, la que enfrentó a la babosa”.
—¿Y tú qué hiciste hoy, oh peludo sabio?
—Reorganicé mis pensamientos y decidí que este bosque me cae mejor cuando lo miro desde adentro.
—¿Sabes qué me pasa? —dijo bajando la voz—. Todo esto... me hace sentir chiquita.
Él ladeó la cabeza.
—Bueno, lo eres.
—¡No en tamaño! Me refiero a que todo parece tan grande, tan nuevo, como si todavía no supiera cómo estar aquí.
El gato mayor no respondió de inmediato. Miró las llamas un momento; luego a su hermana y, finalmente, dijo:
—Saber cómo estar no es tan importante; lo importante es querer estar.
Ella se quedó callada, y luego apoyó suavemente su cabeza sobre el lomo de él.
—Me alegra que estemos los dos.
—Sí. Dos es una buena cantidad para explorar un mundo.
Y así, bajo el calor de la estufa y la luz anaranjada del atardecer, no hubo más palabras, solo dos cuerpos felinos, latiendo al mismo ritmo, escuchando la respiración lenta del refugio y el murmullo del bosque, como si todo estuviera en paz.