Capítulo 2
Carretera infinita
Las maletas estaban listas, el transportín abierto y los humanos organizaban lo que ellos llamaban “el equipaje esencial”; para la pareja felina, sin embargo, lo esencial tenía otro nombre: mantas, platos limpios y la garantía de que nadie se movería bruscamente durante el viaje.
La carretera se extendía como una serpiente gris bajo el cielo encapotado, uno iba con el alma inquieta por la emoción; el otro, con el estómago revuelto por la preocupación. La aventura ya no era promesa: acababa de ponerse en marcha.
Desde el sofá, el gato persa observaba en silencio las maletas abiertas, las personas caminando de un lado a otro y ese ruido constante de cierres y bolsas que lo ponía nervioso. Cada vez que una puerta de clóset se abría, él pestañeaba con desconfianza.
Su compañera, en cambio, estaba en modo maratón, trepaba a las maletas, saltaba entre los bolsos y se metía en los zapatos como si fueran madrigueras de exploración.
—¿Estás segura de que empacar una pelusa vieja cuenta como “lo indispensable”? —le preguntó a su compañera desde su trono acolchado.
—¡Tiene mi olor! ¡Y mis recuerdos! —replicó mientras la empujaban suavemente fuera del bolso por quinta vez.
Dante suspiró. Ya sabía lo que venía: el transportín, esa caja con barrotes que sus dueños llamaban “segura” y que él conocía como cápsula de incomodidad rodante.
—Te advierto que, si vuelvo a sentir el vaivén del auto sin un cojín antideslizante, vomitaré con intención estética —dijo, cruzando las patas.
Su hermana solo se rió. Ya estaba trepada sobre uno de los bolsos, observando todo con la cola vibrando de emoción.
—¿Tú crees que en Valdilluvia hay ranas que hablen? ¿Y hojas que caen como un temporal? ¿Y almohadas que huelen a bosque?
—Yo creo que aún tenemos tiempo de fingir una lesión para quedarnos.
Pero ya era tarde, uno de ellos se acercó con voz dulce y la puerta de la jaula de viaje se abrió con un clic inconfundible.
Ella entró sin resistencia, ronroneando. Él entró con dignidad… y resignación.
—Listos —dijo la voz humana.
Y el mundo conocido comenzó a alejarse con cada giro de neumático.
Salir de la capital siempre tomaba tiempo. Primero eran los edificios que parecían apretujarse para despedirlos, luego venían las autopistas, los carteles, las estaciones de servicio. Pero bastaron unas horas y varias cabezadas de sueño (al menos por parte de Dante) para que todo cambiara.
El cemento empezó a ser reemplazado por tierra húmeda, las casas ya no eran torres grises, sino tejados con humo saliendo por la chimenea. Las estaciones de metro quedaron atrás, y en su lugar aparecieron tractores, silos, caminos con curvas generosas y árboles con ramas que saludaban al paso.
—¡Mira esos árboles! —chilló Morita desde su caja, con la nariz pegada a la rejilla—. ¡Parecen columnas de un castillo! ¡Y ese perro! ¡Iba solo! ¡Capaz que sea un perro explorador!
Su compañero, enroscado en una esquina de la cápsula de viaje, entrecerró los ojos con la precisión de un monje irritado.
—Los perros no exploran. Se pierden con estilo.
—¡Dante! ¡Hay vacas negras! ¡Y vacas dibujadas en un cartel! ¡Estamos más cerca!
—Ese cartel dice “lechería”, Morita…
Pero ella no lo escuchaba, cada cosa que pasaba por la ventana era un descubrimiento, como si la naturaleza entera estuviera haciendo un desfile exclusivo para ella. Todo la fascinaba: las flores silvestres, los postes torcidos y los pliegues del terreno.
Dante intentó meditar, visualizar su manta, respirar profundo. Pero cada nueva observación mantenía su mente en alerta, aunque, cuando una patita se apoyó cerca de la suya, no se movió y, cuando escuchó un “me encanta viajar contigo”, respondió con un leve ronroneo que disimuló con un bostezo.
Más al sur, el cielo cambió.
Las nubes se volvieron más densas, más anchas.
El sol parecía estirarse para no desaparecer del todo.
Y justo entonces, como una postal salida de otro tiempo…
—¡UN GALPÓN ROJO EN MEDIO DE LA NADA! —gritó la felina.
Dante pestañeó.
—Eso es… sorpresivamente común.
Y el viaje siguió.
Más verde, más frío, más cerca.
El auto se detuvo con un suspiro largo junto a una estación de servicio perdida entre árboles y viento.
El aire olía a café recién hecho, neumáticos tibios y pasto mojado.
Los humanos bajaron, estirándose como gatos mal dormidos, uno de ellos abrió el maletero y, con eso, la luz entró brevemente en la jaula de viaje.
Dante alzó la cabeza con cierta sospecha.
—¿No será aquí donde aparece el túnel, verdad?
Pero no, era solo una pausa, un suspiro antes del último tramo.
Morita estaba recostada en silencio, cosa extraña, observaba todo con ojos atentos desde la rejilla. El hombre que atendía tenía un gorro de lana con orejas de zorro, los autos hacían filas lentas y una niña comía sopaipillas envueltas en papel.
—¿Crees que allá habrá sopaipillas para gatos? —preguntó ella en voz baja.
—Solo si los gatos aprenden a freírlas sin prender fuego —respondió él.
La pausa fue breve, pero reparadora: una botella de agua, un par de caricias a través del contenedor de viaje, y de nuevo en camino.
Mientras el vehículo arrancaba, el gato cerró los ojos un instante. Últimamente lo hacía más seguido; no por sueño, sino porque descansar un poco antes de estirarse se había vuelto... necesario.
—Ni un solo túnel hasta ahora —susurró, con un dejo de satisfacción.
Desde el otro rincón del transportín, su compañera levantó las orejas.
—¿Y eso es bueno… por qué?
Él soltó un leve bufido.
—Porque cuando cruzamos uno, tú actúas como si el mundo se estuviera hundiendo y solo quedara espacio para tu tragedia.
Ella se quedó en silencio un segundo.
—Es que… se siente como si el aire se encogiera —murmuró—. Como si el cielo se olvidara de nosotros por un momento.
Él giró apenas la cabeza, sin dramatismo.
—Sí, sí. Y después sales viva, con el pelo intacto y el aliento completo, pero con cinco maullidos de emergencia y una mirada de “despedida final”.
Ella se hizo un ovillo, sin decir nada más.
El peludo mayor la miró de reojo.
—Tranquila, si aparece uno, te aviso antes… para que practiques tu escena de ópera.
Ella sonrió sin que él la viera y por primera vez en todo el viaje, los dos se acomodaron sin protestas.
Solo un zumbido leve y la ruta estirándose delante de ellos como una promesa húmeda.
La última curva fue larga, de esas que parecen no terminar nunca. El cielo ya no era azul ni gris: era un velo oscuro, perlado de nubes que apenas dejaban filtrar la luz del atardecer.
El vehículo se detuvo con un crujido de grava.
La gata pegó la nariz a la rejilla de la jaula de viaje.
En el exterior se alzaban sombras de árboles delgados y altos, tan distintos a los que solía ver desde la ventana del departamento, olía a madera, a tierra mojada y a algo que no sabía nombrar… ¿aire recién nacido?
El gato, más atrás, abrió un ojo con esfuerzo.
—¿Estamos… en la cabaña? —preguntó, sin mover ni un bigote.
—¡Estamos en la cabaña! —exclamó su hermana, con la voz entre asombro y alegría—. ¡Mira eso! ¡Todo se ve enorme!
Las personas sacaban bolsos, abrigos y una linterna que lanzaba un haz de luz titilante entre la niebla, la entrada principal tenía un pequeño letrero de madera que decía, en letras rústicas: “Cabañas Cola de Lluvia”, a Morita le pareció el nombre más hermoso del mundo.
A Dante le pareció un mal presagio.
Fueron bajados con cuidado y colocados dentro de una pequeña habitación de madera cálida, iluminada solo por una lámpara con luz ámbar, la noche ya estaba completamente instalada. En las cercanías… todo era susurro.
Ella se estiró dentro de la cápsula todo lo que pudo y pegó la nariz a la rejilla frontal, mirando hacia el ventanal con los ojos muy abiertos. No había faroles, ni bocinas, ni el zumbido eléctrico de la ciudad. Solo gotas, rítmicas, constantes, cayendo sobre hojas invisibles.
Él, aún dentro del contenedor, bostezó tan largo que la mandíbula le crujió.
—Estoy demasiado cansado para desconfiar —dijo.
—Estoy demasiado emocionada para dormir —respondió ella.
Sus dueños encendieron una estufa. El calor comenzó a llenar lentamente el aire, uno dejó un cuenco con agua, otro una manta cerca del sofá. Todo olía a nuevo, pero cómodo.
La gata cerró los ojos por un segundo.
—¿Y si mañana llueve todo el día? —preguntó en voz baja.
—Entonces prepárate para barro, truenos, y mi mal humor a jornada completa —respondió mientras se acomodaba con lentitud.
—Perfecto —dijo sonriendo.
—Perfectamente terrible —bufó él, con cariño.
Y la noche se cerró sobre ellos como una manta húmeda y silenciosa.
Pero dentro del refugio, había calor, madera crujiente… y dos felinos listos para una nueva historia.