AVENTURAS EN PATA DE GATO. LA HISTORIA DE DANTE Y MORITA. VALDILLUVIA Capítulo 1
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Capítulo 1

Folletos, patas y presentimientos

Los humanos llegaron con folletos, entusiasmo y promesas de “aire puro” y “paz natural”. Para Morita, fue como abrir una ventana a otro mundo: árboles, aguaceros, y una cabaña en medio del bosque. Para Dante, en cambio, fue una advertencia disfrazada de vacaciones.

Mientras uno soñaba con hojas gigantes, el otro visualizaba barro en sus patas. Y aunque aún no lo sabían, el viaje que estaba por comenzar sería mucho más que un cambio de paisaje.

El otoño comenzaba a instalarse en el departamento, dejando su marca en los vidrios empañados y en los rayos de sol que ya no alcanzaban toda la alfombra. Mientras tanto, afuera, el aire traía olor a hojas húmedas y a cambios que todavía no tenían nombre.

Morita tenía tres años, una edad en la que se corre por gusto, se salta por capricho y se maúlla sin explicación. Dante, en cambio, ya contaba trece inviernos, caminaba más lento, dormía más profundo… aunque ninguno de los dos estuviera listo para decirlo en voz alta.

Aquella tarde, la gata descansaba panza arriba, justo en medio del paso, como toda felina convencida de que el mundo gira a su alrededor. Él, en cambio, dormía sobre el respaldo del sofá, perfectamente enroscado sobre su manta de lana, ni un solo bigote fuera de lugar.

Todo parecía igual que siempre, hasta que las personas aparecieron con esa energía particular…

—¿Lo viste, amor? Míralas, están preciosas —dijo una voz femenina, mientras abría el computador.

Morita alzó la cabeza lentamente, con las orejas en posición de “curiosidad activa”.

—Hay ríos, lluvia, senderos… ¡Y hay una cabaña pet friendly!

La gata se enderezó por completo. ¿Pet friendly? ¿Eso nos incluye?

Dante no se movió, ni pestañeó, pero abrió un ojo.

—No me gusta ese tono —murmuró desde lo alto—. Cuando empiezan a hablar con diminutivos y entusiasmo… algo se viene.

Y ella ya estaba trepando a la mesa.

—¡Dante, Dante, están mirando fotos! ¡Mira eso! ¡Un árbol gigante! ¿Eso es un río?

—Un río es básicamente agua corriendo sin supervisión, una trampa húmeda —bufó Dante, bajando lentamente.

Los humanos hablaban con entusiasmo sobre un lugar llamado Valdilluvia, donde —según decían— las hojas nunca se secaban del todo y las nubes eran más frecuentes que el sol.

—¡Y encontré estas! Mira qué lindas —dijo uno de ellos, mostrando fotos en la pantalla.

—Val… ¿qué? —preguntó, ladeando la cabeza.

—Valdilluvia, así le dicen —respondió él mientras se estiraba con pesadez—. Porque llueve… siempre, lo que significa: humedad.

—¿Y qué tiene de malo mojarse? —preguntó ella emocionada—. ¡Debe ser como un juego de agua gigante!

El gato giró la cabeza lentamente, como si acabara de escuchar la mayor herejía felina del año.

—¿Tú? ¿Dices eso tú? ¿La misma gata que trepa las cortinas cada vez que escucha el agua correr en el baño?

Ella infló las mejillas.

—¡Eso es distinto!

—Ajá. Distinto es que grites como si te estuvieran deshaciendo cuando te lavan una patita.

—¡Es que el agua de la ducha está programada para arruinarme el alma! ¡La lluvia es natural, libre, poética!

Él la miró con cara de gato que ha vivido más de una década de lluvias, y sabe que ninguna de ellas es poética cuando ya no tienes la elasticidad de antes. Incluso subirse al respaldo del sofá era una proeza diaria… pero eso, por supuesto, no se decía en voz alta.

—¿Poética?

—Sí. ¡La lluvia cae suave! ¡No tiene presión! ¡No hay manos humanas enjabonándome!

—Pero igual moja.

—¡Pero con dignidad!

Se miraron de reojo.

—Yo quiero quedarme: manta, calefacción, comida a la hora precisa y cero insectos sorpresivos.

En ese momento, uno de los humanos giró la pantalla y dijo:

—¿Y si nos llevamos a los gatos? Allá tienen terraza cerrada. ¡Se van a entretener!

Ella pegó un salto.

—¡VAMOS A IR!

Dante se tumbó.

—Este es el principio del fin.

Morita corrió por el pasillo, maullando de emoción. Él se quedó mirando por la ventana con ojos de preocupación.

Allá abajo, los autos pasaban sin apuro. El cielo estaba despejado.

—Disfrútalo mientras dure —se dijo para sí mismo—. Pronto, cada paso será… mojado.

El tiempo había volado.

Una semana atrás, sus dueños solo hablaban de mapas, reservas y maletas. Ahora todo estaba listo. Las mochilas en la entrada, las cajas de transporte limpias, el ratoncito de peluche que tanto amaba Morita… guardado cuidadosamente en el equipaje, envuelto como si fuera una joya.

—¿Y si se le olvida llevarlo? —había preguntado ella tres veces.

—Lo tengo bajo control —respondió Dante, como quien administra un banco.

Pero ahora la noche había caído, y con ella ese silencio extraño que solo llega cuando algo importante está por pasar. Ya se habían apagado las luces del departamento, y solo el reloj de la cocina hacía su tic-tac rítmico, como si midiera las ganas de Morita de quedarse quieta.

Pero ella no podía.

Saltaba de la silla al respaldo del sofá, del sofá a la mesa y de la mesa al suelo…

Y vuelta a empezar.

—¿Morita? —murmuró una voz desde la penumbra—. Vas a desgastar el piso.

—No puedo dormir —susurró la gata—. Estoy emocionada. ¡Vamos a conocer los árboles gigantes! ¿Y si llueve? ¿Y si los ríos son como espejos? ¿Y si hay conejos?

Dante se estiró sin levantarse. Solo un par de músculos perezosos. Solo los necesarios para abrir un ojo.

—¿Y si intentas dormir y mañana nos cuentas todo eso?

Ella se detuvo un segundo. Se acurrucó a su lado, sin dejar de mover la cola.

—¿Crees que allá soñaré distinto?

—Seguro, allá hasta los sueños son más húmedos.

Morita rió bajito y, por fin, se quedó quieta un rato.

—¡Ahhh! ¡No puedo dormir! —y volvió a saltar.

—No puedes dormir porque saltas —gruñó Dante desde su cama acolchada, molesto por tercera vez en diez minutos.

—¡No salto porque no puedo dormir! —respondió con ojos brillantes—. ¡Es que mañana nos vamos a Valdilluvia, Dante! ¡¿Puedes creerlo?! ¡Un bosque real! ¡Lluvia de verdad! ¡Aire con aroma a musgo!

Dante se giró en su caja, dándole la espalda.

—Aroma a humedad y patas mojadas, quieres decir.

Ella caminó sigilosamente y lo miró con esa expresión que usaba cuando buscaba comprensión... o drama.

—¿Y si allá hay gatos salvajes que saben cuentos y fábulas? ¿Y si encontramos un árbol mágico que habla en ronroneos? ¿O si encontramos más tesoros entre los árboles?

—¿Y si nos dan comida con olor a madera húmeda? —respondió sin abrir los ojos—. ¿Y si el arenero está al aire libre? ¿Y si el viento trae hojas… que tocan cosas?

—¡Eres un exagerado!

—Soy un realista, con pelaje largo.

Ella suspiró y subió al respaldo del sofá. Desde allí, miró por la ventana. La ciudad seguía despierta en algunas esquinas: faroles, autos que pasaban y un perro lejano ladrando.

—Vamos a estar en una casa que huele a bosque, con ventanas enormes y silencio, de ese que suena bonito.

—¿Cómo suena el silencio bonito?

—Como si alguien respirara despacito cerca tuyo.

Dante no dijo nada, pero abrió un ojo.

Ella bajó la voz, apenas un susurro:

—Y si allá hay rincones nuevos que nunca hemos olido… quiero que los descubramos juntos.

Cerró el ojo otra vez, pero con menos firmeza.

Ella se deslizó hasta su cojín, dio tres vueltas sobre sí misma, y murmuró:

—Aunque seas un gruñón, me gusta cuando estás cerca.

Él no respondió, pero movió la cola, muy suavemente, hasta que rozó la suya.

Morita sonrió.

Diez segundos después, volvió a abrir los ojos.

—¿Y si allá hay conejos o ratones?

—¡MORITA, DUÉRMETE!