AVENTURAS EN PATA DE GATO. LA HISTORIA DE DANTE Y MORITA. VALDILLUVIA Capítulo 6
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Capítulo 6

El día que Morita se perdió

Aveces, el peligro no ruge ni se anuncia. A veces, llega en forma de un insecto brillante, un paso más allá del camino, un aroma nuevo que despierta la parte más antigua del instinto.

Ese día, el bosque no gritó, solo susurró. Y Morita lo escuchó demasiado cerca.

La tarde se había vuelto extrañamente silenciosa, dentro, sus dueños conversaban en la cocina. Olor a sopa caliente, a pan tostado y a calma de fin de día flotaba en el ambiente.

Dante dormía enroscado junto a la estufa, sobre una manta gruesa, con las orejas relajadas y los bigotes temblando apenas con cada sueño, no sospechaba que, en pocos minutos, volvería a sentir algo que creía superado: la soledad.

Morita, en cambio, no dormía, ni lo intentaba. Tenía esa inquietud que le recorría la espalda como un cosquilleo cuando algo interesante estaba a punto de pasar y, esta vez, la oportunidad no fue casualidad: fue obra suya.

Desde que llegaron, las manillas se habían convertido en un desafío irresistible para Morita: empujaban el manillar hacia abajo y la madera cedía con un leve clic. Lo memorizó, lo practicó mentalmente y ahora, en un descuido mínimo, lo intentó.

Saltó, el manillar giró y la puerta, con un susurro apenas audible, se abrió sola.

Nadie lo vio venir, ni los humanos… ni su hermano.

El aire que entró olía a hojas mojadas, a corteza viva, a algo que palpitaba allá, en los alrededores y que la llamaba sin palabras.

Un escarabajo verde cruzó justo frente a sus ojos, brillante como una gema viva, con reflejos metálicos que danzaban como arcoíris líquidos, caminaba por el borde de la entrada como si conociera el camino.

Y ella no dudó, no corrió ni saltó, solo avanzó con determinación sigilosa.

El insecto descendió por los peldaños y se desvaneció entre las raíces del sendero, y Morita lo siguió, cruzando la puerta sin mirar atrás.

El musgo bajo sus patas era frío. Las ramas formaban túneles naturales, y la luz del sol jugaba al escondite entre los troncos, atrás, el refugio ya no se veía.

Atrás, Dante dormía…

Hasta que algo lo despertó, un silencio diferente, una corriente de aire que no debía estar ahí.

Abrió los ojos, parpadeó y vio la puerta entreabierta…

—¿Morita?

Demasiado tarde, el bosque, hoja a hoja, ya la había envuelto.

Allá, entre los arbustos, la gata avanzaba, pero pronto el escarabajo desapareció tras un helecho gigantesco y ella se detuvo, todo era verde y gris y húmedo.

Parpadeó y dio una vuelta sobre sí misma.

—¿Dante…?

Nadie respondió y por primera vez, ese bosque dejó de parecer mágico… para volverse enorme.

Morita se movió en círculos pequeños, quería reconocer algo, una piedra, una raíz, una rama caída. Pero todo parecía igual, cada rincón del bosque tenía musgo, cada árbol tenía corteza oscura y la luz… la luz no caía como antes. Era más fría, más rota, como si el sol ya no supiera por dónde entrar.

Se agachó entre dos arbustos bajos, con el corazón golpeándole el pecho.

—Solo son unos pasos… ya volveré… —se dijo a sí misma, pero su voz no sonó como siempre, sonó chiquita.

La humedad le calaba el pelaje, no era un rocío, era una niebla pegajosa que se metía entre los bigotes y hacía que todo oliera a tierra mojada, a hongos, a cosas que no conocía.

Intentó retroceder, pero ¿por dónde?

Había perdido el rastro del escarabajo, había perdido el camino y ahora perdía la calma.

Se sentó, se lamió una pata, como para calmarse, pero sus movimientos eran torpes, mecánicos. El miedo no se iba.

—Fue mi culpa —susurró—. No debí salir sola.

Sintió el cuerpo temblarle, el viento movía las hojas en lo alto, pero allá abajo todo era denso, cerrado, como una manta sobre su cabeza que no podía sacarse. Pensó en Dante.

¿Estaría buscándola? ¿Estaría enojado?

No, él no se enojaba fácil, solo cuando se asustaba.

Y eso la hizo llorar, lagrimitas silenciosas que se mezclaban con la humedad de su pelaje, no quería ser valiente, no quería aventuras, quería el sofá, la manta, el ronquido suave de su hermano al otro lado de la estufa.

Quería volver, pero no sabía cómo.

Así que se metió bajo una raíz en forma de arco, enroscó su cuerpo y escondió la cabeza y, ahí, entre ramas y silencios, la gatita más curiosa del mundo… se quedó quieta.

Esperando.

La puerta abierta, el silencio, el aire distinto. La ausencia.

Dante lo supo antes de oírlo, lo sintió como se sienten las cosas importantes: sin ruido, sin aviso, como una corriente fría que se cuela por debajo de la puerta y te eriza el lomo antes de que entiendas por qué.

Se incorporó de golpe y el cuerpo tardó una fracción más de lo habitual en responder, corrió hacia la entrada.

Nadie. Saltó a la baranda. Nada.

—Morita…

La palabra salió débil, gastada. Saltó al suelo sin pensarlo dos veces. El golpe le atravesó las patas con un dolor seco, punzante, pero no se detuvo, abrió los bigotes, giró las orejas, aspiró el aire con desesperación.

—¡Morita! —llamó, más fuerte.

No hubo respuesta. Avanzó por el sendero, las hojas húmedas se pegaban al suelo como si no quisieran ser pisadas. Olfateó cada rama, cada raíz, cada rincón, el aire estaba saturado de olores nuevos, de bosque, de agua… pero no del único que importaba.

—Por favor… por favor, no —susurró, mientras se internaba entre los árboles.

Todo parecía más grande que antes, no por su tamaño, sino por cómo lo rodeaba, lo encerraba, lo hacía sentirse pequeño, viejo, lento. Tropezó con una rama caída, una pata se le enredó, cayó de costado.

Se quedó ahí un segundo de más, en el suelo frío, con una hoja pegada en la mejilla. El pecho subiendo y bajando demasiado rápido y, entonces, lo entendió.

No había despertado, no había escuchado la puerta, no había sentido el crujido.

—Estoy viejo… —dijo, en voz baja, como si la palabra pesara—. Si hubiera sido antes… yo habría despertado.

La frase le dolió más que la caída.

—No debí dormir, no debí confiarme, no la cuidé —murmuró—. Era mi deber, es mi hermana… y yo me quedé dormido.

Sintió algo que no recordaba desde que era cachorro: impotencia. No miedo, no rabia, algo peor. La certeza de no haber estado cuando hacía falta.

Apretó los dientes y se obligó a levantarse. Caminó más lento ahora, no por cansancio, sino por atención, cada paso medido, cada sonido examinado. Oídos tensos, corazón desbocado.

Entonces se detuvo, no por algo que oyó, por algo que sintió: una vibración, un presentimiento del alma.

Giró hacia un claro cubierto de raíces y helechos, sus patas avanzaron solas, el pecho le latía como un tambor desordenado y, ahí, entre la niebla baja y las sombras húmedas, vio un bulto pequeño, enroscado, tembloroso.

—Morita… —susurró, con la voz quebrada.

Ella levantó la cabeza y el mundo volvió a respirar.

Dante avanzó tan rápido como su cuerpo le permitió. Ni las patas entumidas, ni la humedad, ni el miedo lo detuvieron. Su hermana estaba ahí, acurrucada bajo un árbol enorme, con las raíces desnudas como brazos saliendo de la tierra.

—Hermana… —dijo, y su voz fue apenas un hilo.

Ella alzó la cabeza, su hocico estaba mojado, pero no por el aire empapado. Las orejas, gachas; los ojos, más grandes que nunca.

—Dante… yo… me perdí —susurró.

Él no preguntó nada, no la retó, no hizo muecas de sarcasmo ni comentarios ingeniosos.

Se acercó despacio, como se acercan los que han llorado en silencio, la tocó con la nariz y luego, con ternura, comenzó a lamerle la frente.

Una, dos, tres veces.

Morita se encogió contra su pecho, con un pequeño sollozo.

—Pensé… que no volvería a verte —dijo.

—Yo también —respondió él, y por un instante, su voz tembló—. Te prometí cuidarte, ¿recuerdas?

Ella asintió, con la cabeza enterrada en su pelaje.

—Pero… —continuó él, bajito—… no sé si siempre podré. Me canso más, me duelen cosas, a veces… a veces tengo miedo de no alcanzarte.

Ella lo miró, sus ojitos brillaban, no por el llanto, sino por algo más profundo.

—Entonces yo te cuidaré cuando tú ya no puedas.

Y Dante, el viejo gato de ojos sabios, sintió algo extraño en el pecho: no era orgullo, no era alivio, era… descanso, como si por fin pudiera dejar de sostener el mundo solo.

Se quedaron un rato ahí, bajo el árbol. Juntos.

La niebla los envolvía como una manta húmeda y el bosque, testigo de lo vivido, guardaba silencio. Luego emprendieron el camino de regreso, con pasos firmes, lentos y seguros, ya no se separarían.

A lo lejos, la cabaña los esperaba con su luz encendida, y cuando aparecieron entre los arbustos, los humanos corrieron a abrazarlos sin contener la emoción. Porque aunque no se diga en voz alta, hay encuentros que lo cambian todo y ese, sin duda, era uno de ellos.