16 Pero ¿qué ha sido esto?
PERO ¿QUÉ HA SIDO ESTO?
«Pero a la fiesta fue invitada también la malvada madrastra. Como se había engalanado con hermosos vestidos, se colocó frente al espejo y dijo: —Espejito, espejito de la pared, la más hermosa de todo el reino, ¿quién es?»
— BLANCANIEVES. JACOB GRIMM.
LUCAS
¿En serio? Lucas, joder: «¿Si te duchas conmigo?
». ¿Pero a ti qué coño te pasa? Me reprendo sobre la marcha mientras abandono su portal y salgo a recibir el frescor de la noche.
Mi piso se ubica a escasos diez minutos del suyo, en pleno centro de la ciudad, una zona de arquitectura más antigua que no cambiaría por nada; ni por la pesada de mi vecina, que parece tener registrados hasta los horarios en los que acudo al baño.
Ni siquiera los escasos quince grados que marca el termómetro me sirven para despejar la cabeza. ¿De verdad lo hemos hecho en dos ocasiones, me he duchado con ella, le he estampado un beso al despedirme y, durante un breve instante, mi mente ha volado más lejos de lo debido?
Es muy guapa, eso es indiscutible, y lo hemos disfrutado.
No ha dudado ni un segundo, y eso no es lo habitual en este tipo de encuentros con desconocidas.
Solo con Oliv existe esa confianza, pero Ava la ha depositado en mí sin planteárselo ni un momento.
Aun así, solo ha sido sexo y no volveremos a vernos.
La parte chunga de mí sigue hostigándome: «Solo te ha faltado pedirle el número, capullo».
Llego a casa después de las cinco de la mañana, alterado, nervioso, sin ganas de meterme en la cama. Mi mente sigue a su bola y me imagina en un escenario alternativo donde, por una vez, me hubiera quedado a pasar el resto de la noche con ella, y tal vez hasta a desayunar. ¿Pero qué cojones, Lucas?
Trato de despejar los pensamientos, me preparo un café —total, no voy a dormir— y cuando saco el móvil del bolsillo para dejarlo en la base de carga, veo un mensaje de Mario, mi mejor amigo.
Ya en casa. No ha sido gran cosa. Siento haberte dejado tirado, prometía más de lo que ha sido. ¿Desayunamos?
Pásate por casa cuando quieras. Acabo de llegar pero no tengo mucho sueño.
Lo envió hace un par de horas, así que imagino que estará dormido.
Salgo a la terraza y, a pesar del frío, cojo una manta y me siento en una de las sillas. La calma de estas horas me relaja. Creo que me quedo dormido porque el estruendo de la taza al caerse me sobresalta.
—¡Joder! —Me levanto tras desperezarme y darme cuenta de que tengo la mano izquierda dormida.
La sacudo un par de veces y recojo los pedazos del suelo.
Menos mal que mi taza favorita, la de La noche estrellada de Van Gogh, estaba en el lavavajillas; si no, ahora sería otra víctima de mi despiste.
Está amaneciendo cuando entro con los trozos en la mano.
Era una taza vieja y desportillada, pero le tenía cariño.
Me la regaló mi hermana cuando aprobé la oposición. En fin, renovarse o morir.
Miro el móvil y un mensaje de Mario parpadea en la pantalla:
Te espero abajo, en la cafetería, a las diez.
Son las ocho. Todavía tengo tiempo de dar una cabezada. La imagen de Ava vuelve a mí en cuanto entro en el dormitorio y veo el cabecero, tan parecido al suyo, en el que la amarré hace apenas unas horas. Y si…
Dejo de darle vueltas. Soy de los que piensan que, si el destino quiere, será él quien decida; y si no, es inútil enredarse en pensamientos que no llevan a ninguna parte.
Mi profesión me ha vuelto escéptico en muchas cosas, y creyente en otras.
Soy médico, como le dije, sí, pero médico forense.
Con esos pensamientos erráticos rondándome, me tumbo en la cama y vuelvo a quedarme dormido navegando en unos ojos azules que, no sé por qué, no me resultan del todo desconocidos.
El interfono me despierta. Son las diez y media. Camino arrastrando los pies, tropiezo con uno de los libros que siguen en el suelo sin colocar y le abro a mi amigo.
—Joder, Luc, ¿todavía llevas la ropa de anoche? —pregunta al entrar y verme recoger algunas de las cosas que forman parte de mi pequeño caos organizado. Sí, para mí lo es.
—Para, para. No tengo la culpa de que tu polvo no saliera como esperabas. Yo llegué cuando te respondí. En diez minutos me cambio. Prepárate un café si quieres, o espera sin más.
—¿Cambiarte de ropa? ¿No te duchas?
No le respondo. Le dejo que se coma el coco y piense lo que le dé la gana, que lo va a hacer de todas formas.
Entro en el dormitorio y cojo lo primero que encuentro: un vaquero gastado, una camiseta y una sudadera.
No hace tanto frío y solo vamos al bar de abajo.
Después ya me cambiaré y me iré a rutear con la moto un rato.
El lunes tengo guardia y prefiero estar descansado para cualquier cosa.
Salimos al rellano y, oh, sorpresa, mi vecina Sofía también abre su puerta. No puedo evitar poner los ojos en blanco.
—Buenos días, chicos. ¡Feliz domingo! —Hoy se ha tragado un arcoíris, o ha follado. Una de dos.
—Buenos días, Sofía —respondemos al unísono, y bajamos la escalera a toda prisa antes de que pueda añadir nada más.
La cafetería está a veinte metros de casa. Entramos, nos acomodamos en la mesa de siempre y el chico que suele atendernos se acerca con la libreta.
—Buenos días. Tostada de jamón con tomate y café con leche en taza grande, azúcar moreno, por favor —pido.
—Lo mismo, el azúcar me da igual —añade Mario.
Me mira esperando que le cuente algo, lo cual no pienso hacer a menos que mi vida corra peligro. Le conozco demasiado y no tengo ganas de aguantar sus chorradas.
—¿No me lo vas a contar? —Me encojo de hombros y miro hacia la calle.
—Ni idea de qué hablas. ¿Y tú? La chica parecía muy dispuesta.
—No te digo que no, pero después fui yo el que no tenía ganas —dice, y parece agobiado. Aun así, no pienso darle tregua; él tampoco me la da a mí.
—Para, para. ¿Que tuviste un gatillazo? —me burlo en voz alta. Los chicos de la mesa de al lado nos miran asombrados.
—Eres un capullo. Claro que no. Pero no me puso tanto como creía, estaba loco por largarme y encima quería mi teléfono y quedar hoy y…
Me acerco un poco más y sonrío antes de hablar.
—Por eso yo les dejo claro desde el principio que no repito. Que solo es sexo. Lo digo desde que empezamos a tontear.
—Pues ayer te vi muy cómodo con la morena.
Nos traen las tostadas. Me entretengo en ponerle el aceite, el tomate, los trozos de jamón, y le doy un mordisco antes de echar el azúcar al café. Mario no ha tocado nada, y decido pincharlo.
—Mi niño, ¿quieres que te lo prepare papi?
—Gilipollas. —Ufff. Cuando Mario suelta insultos seguidos, mejor cubrirse.
—Uy, qué boca más sucia. Y sí, los polvos con la morena han sido la hostia. Lo siento por ti.
—¿Perdona? ¿Has dicho polvos? Joder, Luc, eso es nuevo.
—Mira, y a riesgo de que me lo tires cuando te dé la gana: sí, uno como ya sabes que me pone, y otro cuando nos hemos duchado. Y además le he dado un beso al despedirme.
—¿Quééé? Hostia puta. —Gesticula de tal forma que, si no sujeto la aceitera, la hubiera tirado al suelo.
—Ja, ja, ja. Ya, pero nada más. No sé nada de ella, salvo dónde vive. Y eso lo sé de todas.
—Yaaaa. Hablaremos de esto más adelante. ¿Qué piensas hacer hoy?
—No, no, no me planees nada, que ya tengo planes con mi chica. —Abre mucho los ojos y va a replicar, pero no le dejo—. Mi moto, capullo. Mi moto.
Se lleva la mano al pecho de forma teatral y suelta un suspiro ruidoso.
—Me habías acojonado.
Terminamos el desayuno y, a pesar de su insistencia, no me dejo convencer.
Subo a casa, me pongo el mono, cojo el casco, bajo al garaje y monto en mi Ducati Panigale V4.
No tengo rumbo definido, pero durante unos segundos que trato de arrancarme de la cabeza, Ava regresa y la imagino a lomos de mi chica, disfrutándola tanto como yo.
No sé si le gustan las motos, pero esa imagen se instala sola y creo que sí, que es del tipo de mujer a la que le gustan tanto de piloto como de paquete.
Los meses siguientes son una sucesión de días sin mucho sentido. Necropsias de accidentes laborales, uno brutal de autobús que trato de borrar sin conseguirlo del todo, ni con ayuda. Y ella, que vuelve a mí una y otra vez.
Después de una noche movida con una chica con la que no lo he pasado mal, pero…, en el IMLCF y mi compañera me informa que hay una salida.
—Lucas. —Uf. Cuando Inma pronuncia mi nombre con esa suavidad, sé que algo grave se avecina—. Tu siguiente paciente es un chico. Muy joven. Tienes que ir al hospital. Si quieres, puedo ir yo.
—¿Y que el jefe ponga el grito en el cielo? No, iré yo. ¿Qué edad tiene?
—Doce.
—Dime que no lo… —La interrumpo, pero su cabeza asiente despacio.
Un puñetazo estalla contra la mesa. Joder, joder, joder. ¿Qué mierda de mundo es este?
—Cuando llegues, probablemente ya se habrá despertado. También lo han drogado. Deja la moto, toma mis llaves —me ofrece, sacando las suyas del bolsillo.
—No.