15 Lucas #2
—O subimos ya o estas ruinas van a ser testigos de algo más —musita con la respiración alterada.
Vaya, de modo que el doctorcito también tiene prisa...
En el interior del ascensor los besos se vuelven más intensos.
Sus manos acarician mi cuerpo por encima de la ropa y mis pezones luchan por salir disparados a su encuentro.
Para cuando el indicador luminoso nos avisa de que hemos alcanzado la planta y la voz robótica anuncia la llegada, su camisa está casi desabrochada y mi blusa ha salido del pantalón.
—Joder, pues sí que vas a por todas, doctor.
—Llevo toda la noche deseando este momento, Ava.
Dios, cómo me altera que pronuncie mi nombre con esa cadencia.
Cruzamos el umbral de mi casa y cierro la puerta justo antes de que me empuje contra la madera y me sujete las muñecas por encima de la cabeza.
No sabría decir si me agrada o no la postura: quiero tocarlo y resulta evidente que así me resulta imposible.
Gruño contra sus labios y él se aparta unos centímetros.
—Joder, consigues que pierda el control, y yo no soy así. No voy a follarte contra la puerta de entrada. ¿Me guías, por favor?
Tiro de su mano para adentrarnos en mi dormitorio. Al descubrir la estructura del cabecero de la cama se le dibuja una sonrisa socarrona.
Nos despojamos de la ropa sin interrumpir los besos ni las caricias. Ahora sí me permite explorar su anatomía; me recreo en un tatuaje fino que le adorna la piel con el símbolo de Libra. Supongo que será su signo del zodiaco.
Antes de dejar el pantalón en el suelo, extrae del bolsillo posterior un pañuelo de seda con un estampado singular —una reproducción de La noche estrellada de Van Gogh— y un preservativo.
Me toma de la mano hasta conducirme a la cama, me empuja sobre la colcha con suavidad y me pide que alce los brazos.
—Ava, te recuerdo que puedes negarte en cualquier momento. ¿Tienes a mano algún objeto metálico que no sea muy grande? —Lo observo con extrañeza—. Vas a sostenerlo en el puño y, si en algún instante en que no puedas articular palabra deseas que detenga el juego, solo debes dejarlo caer al suelo.
—No voy a pedirte que pares —le aseguro.
—Quiero que lo conserves en la mano de todos modos.
Sobre la mesilla reposa una esfera metálica sobre una peana de madera, un adorno que adquirí tiempo atrás y que siempre me acompaña en los traslados.
La tomo entre los dedos y solo entonces me junta las muñecas y las alinea para sujetarlas al cabecero, una estructura que combina forja y madera.
Se distancia unos centímetros para contemplarme: en sus ojos solo hay fuego, deseo en estado puro, supongo que igual que en los míos.
Percibo cómo mi sexo se contrae y se moja todavía más.
Junto las piernas de forma instintiva, pero él sonríe mientras me los separa con lentitud.
—No te va a hacer falta juntar las piernas; vas a disfrutar como jamás lo has hecho, estoy convencido.
Desliza una mano por debajo de mi culo y me despoja de la braguita, arrastrando a su paso los restos de mi excitación. Me mira y vuelve a sonreír. Dios, quiero que me folle ya.
—Lucas…
—Lo sé, pero esto apenas acaba de comenzar —y soy consciente de que no miente.
No interrumpe la conexión visual en ningún instante.
Asciende el recorrido hasta mis pechos, que lame, mordisquea y sopla para continuar su descenso hacia mi sexo.
Mi primera reacción es amagar con cerrar los muslos; no me siento cómoda con la desnudez en esa zona, o al menos no lo he estado hasta la fecha.
Solo con Rober me permití explorar esas sensaciones y no...
Joder, pero ¿esto qué es? No se trata únicamente de su lengua: la destreza de sus dedos en mi interior me está desquiciando y lo peor es que dudo entre querer que prosiga o pedirle que se detenga para no alcanzar el colapso.
Me conduce al límite en un par de ocasiones antes de parar para colocarse el condón y penetrarme sin ofrecer la menor resistencia.
Estoy tan mojada que, a pesar de su volumen considerable, no me genera molestia ni tensión; me limito a disfrutarlo.
—¿Ves cómo la experiencia mejora, Ava? Estás al borde del abismo, ahora llega lo mejor, ¿de acuerdo? Recuerda: si deseas que me detenga, suelta la esfera, ¿entendido? —pregunta sin pausar las embestidas ni dejar de acariciarme.
—Sí...
Justo en el instante en que voy a correrme, me restringe el paso del aire con una presión en el cuello y el orgasmo se prolonga hasta el infinito.
Ignoro cuánto tiempo transcurre o cómo sucede, solo sé que representa la experiencia más intensa que he experimentado jamás.
Prosigue moviéndose sobre mí y noto cómo afloja la presión justo cuando su propio orgasmo lo alcanza, arrastrándolo con una fuerza similar a la mía.
Intento recobrar el aliento despacio sin lograrlo del todo y termino tosiendo.
—Despacio, cariño. Así, muy bien. —Me acaricia el rostro y deposita un beso suave en mis labios. Sale de mí y me examina la garganta—. Lo has hecho muy bien. ¿Dime qué te ha parecido? ¿Tienes crema para los golpes?
—Ha sido descomunal. Y sí, tengo un tubo en el baño.
Desata la seda de mis muñecas y me las masajea con delicadeza. Se incorpora de la cama y deshecha el preservativo tras anudarlo.
—Dime dónde se encuentra, si no te importa que la busque yo mismo.
—En el cajón central del mueble.
Me aplica la pomada en las muñecas tras comprobar que la articulación de los hombros no ha sufrido. Extiende también una capa ligera sobre el cuello, en la zona donde ejerció la presión.
—Puedes darte una ducha antes de irte; no tienes por qué salir huyendo como si hubieras cometido un delito —le comento al descubrirlo recogiendo sus prendas del suelo.
—Solo si te duchas conmigo. Por eso de ahorrar agua... Luego te vuelvo a aplicar la crema.
Y, por supuesto, no desaprovecho la oportunidad de meterme en la cabina de ducha a su lado, donde el segundo polvo no tiene nada que envidiarle al primero.
Resulta un encuentro más convencional, más vainilla, a pesar de que me susurró al oído, mientras me tatuaba el relieve de los azulejos en la espalda, que no le atrae el sexo descafeinado.
Me aplica de nuevo la crema en las zonas sensibilizadas y se viste con parsimonia. Lo acompaño hasta el recibidor y, para mi sorpresa, me deposita un pico en los labios antes de despedirse con un guiño:
—Ha sido un auténtico placer, Ava.