Ava 15 Lucas
93%

15 Lucas

LUCAS

«Te quiero más que a nada en el mundo; ven conmigo al palacio de mi padre, serás mi esposa».

​— ​BLANCANIEVES. JACOB GRIMM.

—¿En serio te ha dicho eso? Ja, ja, ja... Me gusta ese tío. ¿Y dices que tiene los ojos verdes? Joder, Ava.

Comienza a sonar un tema que a Saray le chifla.

Sin pedir permiso, me agarra de la muñeca y me arrastra hacia el centro de la pista.

Pero ¿esta chica no descansa nunca? Es Baby Don't Hurt Me.

Al final la música me arrastra a mí también y termino cantando a pleno pulmón a su lado como si no hubiera un mañana.

Y no, no estoy borracha; un gin-tonic aguado no da para tanto.

De pronto, el perfume de Lucas vuelve a alcanzarme.

Siento su presencia a mi espalda, el calor de su pecho a un milímetro de mi nuca, cantando una letra que no puede ser más explícita.

¿Y qué hace la Ava que ha decidido salir esta noche?

Me doy la vuelta, le rodeo el cuello con los brazos y me pongo a cantar con él.

Bailamos pegados al ritmo de esa dichosa canción, demasiado juntos para tratarse de un desconocido que acaba de dejarme claras sus intenciones.

—¿Has decidido ya qué quieres ser esta noche, Ava?

Menuda preguntita. No tengo la menor idea de qué me pasa con él, pero el tiempo que llevo en sequía me está pasando una enorme factura.

En otra situación lo arrastraría al baño, aunque no tiene pinta de ser de esos.

La forma en que pronuncia mi nombre, con esa voz grave rozándome la piel, me revuelve entera por dentro.

—No tengo nada que decidir, Lucas —dejo caer su nombre marcando cada sílaba.

—¿Quieres jugar?

Esa propuesta me descoloca. Debe de notarlo en la mirada, porque se apresura a añadir:

—No hablo de consolas ni de cartas.

La música ha cambiado de ritmo, pero nosotros seguimos igual. Sus manos permanecen firmes en mi cintura desde hace rato y las mías continúan enlazadas a su cuello.

—¿Al dominó?

Sé lo que busca, o al menos lo intuyo, pero quiero oírlo de su boca.

—A algo mucho más excitante, puedes estar segura. Si eres capaz de ceder el control un rato, claro. Estoy convencido de que es lo que más te cuesta en tu día a día.

Me quedo helada. ¿Pero qué...? ¿Cómo coño sabe...?

—No entiendo por qué deduces eso.

—Porque te observo desde que cruzaste la puerta —se acerca un poco más, rozando su barbilla con mi sien—. Estoy seguro de que perteneces a algún cuerpo de seguridad. Además, no pareces precisamente una novata. Así será más divertido.

—¿Y tú? —inquiero, intentando recobrar la iniciativa—. ¿Por qué necesitas llevar el mando?

—Porque por desgracia en mi trabajo no puedo.

—Aclarado entonces. Vamos. Pero espera que aviso a mi amiga... —me giro sobre mis talones y descubro a Saray acomodada en nuestra mesa, hablando con una chica monísima. Las dos están demasiado cerca la una de la otra—. ¿Y tu amigo?

—Se marchó hace rato.

Lucas guarda una distancia prudencial a mi espalda mientras me acerco a mi compañera. Tras preguntarle un par de veces si le importa que me vaya, me da un empujón para que la deje a lo suyo. No acostumbro a abandonar a quien sale conmigo, pero esta noche es diferente.

—¿Vamos a mi casa? —le pregunto al volver a su lado—. ¿O tienes alguna preferencia?

—Ahora mismo tú eres mi única preferencia. Aunque follar en un baño mugriento nunca fue una opción para mí.

—Vas directo al grano, ¿eh?

—Como si tú te anduvieras con rodeos, nena.

Importunada, me detengo en seco y me cruzo de brazos.

—Como sigas por ahí te vuelves a casa a entenderte con la mano.

No soporto que me llamen «nena», y menos sin tener confianza. Que sí, que voy a echar un polvo, pero nada más. Es solo sexo. ¿No?

—Perdón, perdón. No volverá a pasar —junta las palmas de las manos en un gesto de súplica que me arranca una carcajada. Este chico tiene su punto.

—Vale, te lo paso. Pero te noto un poco ansioso. Igual tendría que haberme hecho de rogar.

—Podrías haberlo intentado, pero tus pupilas hablan por ti.

—A ver, listillo —me planto a unos metros de la puerta del garito y lo miro a los ojos—. Es de noche. ¿Cómo quieres que las tenga? Pues igual que tú.

Sonríe despacio, con ese gesto con el que seguro que se mete en el bolsillo a quien se le ponga por delante.

—Te aseguro que las mías no están así por la falta de luz —responde muy cerca de mi oído.

Un escalofrío me eriza el vello del cuello. Joder con este tío. Y ni siquiera sé cómo se apellida ni a qué se dedica. Ava, vas mal. Muy mal.

—Anda, vamos. No vivo muy lejos.

Caminamos muy pegados; su proximidad, lejos de incomodarme, me resulta... ¿Familiar? Joder, Ava, estás para que te ingresen.

—¿Me vas a confirmar si acerté con tu profesión? —sondea.

—¿Es importante? Se supone que esto es un polvo ¿no? ¿O es que has cambiado de parecer respecto a lo de no buscar un ligue?

—No, Ava. Yo no tengo ligues, ni novias, y jamás repito.

Esa afirmación tan rotunda casi me escuece un poco, e ignoro el motivo. Lo acabo de conocer. Es un chico guapo, está muy bien y transmite un aura interesante, pero nada más.

—¿Siempre sales de caza por los mismos locales? —sigo indagando, porque el silencio amenaza con volverse incómodo. Apenas se ven transeúntes por la acera y solo se escucha el taconear de mis zapatos sobre el pavimento junto al eco amortiguado de sus deportivas.

—Tampoco es que en esta ciudad sobren las opciones. Y antes de que lo preguntes: no, no me prodigo por clubes de intercambio. Lo que menos me apetecería sería cruzarme con gente conocida en según qué actitudes.

—Estaríais en igualdad de condiciones —le rebato, buscándole la mirada. Sus ojos se cruzan con los míos al instante.

—Ya. Pero prefiero evitarlo. Te sorprendería la clase de perfiles que frecuentan esos garitos, a menos que tú seas asidua.

Me lanza el anzuelo y lo recojo sin dudar para calmar su curiosidad.

—No van conmigo esos ambientes. Me disgusta observar a desconocidos practicando sexo, que me escudriñen y, sobre todo, compartir nada con nadie. Si es lo que te atrae, puedes volverte al pub ahora mismo.

—¿Acaso ves a alguien más que a ti y a mí aquí fuera?

No, Ava —otra vez esa forma de pronunciar mi nombre, cálida, envolvente...

—, no me gusta compartir. Que te haya preguntado si querías jugar no implica a terceras personas.

Ah, y puedes negarte en cualquier momento.

Y cuando digo cualquier momento, es cualquiera.

—Ya. ¿Algún detalle más que deba considerar?

—pregunto, pues la intriga me puede, para qué negarlo; pero también me descubro ansiosa, excitada a niveles que no recordaba y con los nervios a flor de piel.

No acostumbro a meter a desconocidos en mi casa, pero esta sensación de conocerlo de antes no me abandona.

Me rodea la cintura con el brazo y por un instante me tenso. El pasado me juega una mala pasada y él lo percibe de inmediato.

—Perdón —se excusa, retirando el contacto.

—No es culpa tuya, no te preocupes. Supongo que ibas a comentarme algo.

—¿Puedo? —esta vez me pide permiso antes de apoyar la palma en mi costado. Asiento y el calor de su mano atraviesa la tela de la blusa, situada bajo la cazadora. Me aproxima a su cuerpo—. ¿Has probado a jugar con ataduras y restricción de oxígeno?

Joder... ¿Dónde me voy a meter? Lo peor —o lo mejor— es que de solo imaginarlo el cuerpo responde al estímulo y las bragas se me humedecen al instante.

Durante años he odiado sentirme atrapada dentro de mi propio cuerpo.

Tal vez ha llegado el momento de descubrir qué se siente cuando soy yo quien decide hasta dónde puede llegar alguien.

Porque esta vez la decisión es mía. Nadie me obliga, nadie decide por mí y, si en algún momento quiero detenerme, puedo hacerlo.

Necesito experimentar esa sensación.

—No, pero he leído sobre el tema —respondo tras un incómodo silencio—. Y sé que entraña cierto peligro a la par que resulta estimulante. Dime al menos, y trata de resultar convincente, que no tengo a un asesino en serie a mi lado.

—Ja, ja, ja. No, me parecería un esfuerzo excesivo; con mi trabajo ya tengo suficiente para terminar agotado mentalmente la mayoría de los días. Soy médico, por cierto. Sé que entraña riesgos, pero conozco la técnica para ejecutarlo con seguridad. Y sí, resulta enormemente excitante.

Se podría pensar que una conversación así sacada de contexto enfriaría el ambiente, pero nada más lejos de la realidad.

O es que ha transcurrido tanto tiempo desde mi último polvo con un ser humano que ya ni lo recuerdo, y mis juguetes se me quedan cortos.

Está claro: basta el calor de su palma y el tono de su voz para ponerme a cien.

Casi sin percatarme alcanzamos la entrada de mi edificio. Me detengo ante el portal para buscar la llave en el bolso.

—Vaya, vives en una buena zona, chica. No debe de resultar barato instalarse aquí —comenta con un silbido de admiración.

—No me puedo quejar. Además, mi piso está orientado hacia la parte posterior del patio, así que apenas se percibe el tráfico.

Tengo gimnasio en el bajo y hasta vestigios arqueológicos, mira.

—Se aproxima con curiosidad al espacio ajardinado e integrado en la estructura del inmueble y me coloco a su lado—.

Son restos de un arrabal tardoislámico. En fin, nada fuera de lo común en esta ciudad, pero me agrada que los integraran en la obra.

Le aporta valor añadido; en parte lo compré por eso.

Aunque no creo que hayas venido hasta aquí a recibir una lección de historia, ¿verdad?

—No. Más bien de anatomía, a ser posible de la tuya —responde, inclinándose para besarme el cuello mientras me aparta el pelo para despejarse el camino.

Un suspiro ahogado se me escapa de la garganta.

Me giro sobre mis tacones y le busco la boca; no me rechaza el beso, aunque por un segundo temí que pudiera hacerlo.

Besa increíblemente bien, demasiado para mi salud mental y para ese rollo de no repetir.

«Ava, no buscas una relación, solo es un polvo», me repito a modo de mantra.